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opinión

Milei, ¿un libertarismo hidropónico?

Javier Milei, la “libertad”, en sus discursos, tiene diversas declinaciones, desde el “derecho humano” a evadir impuestos -que interpela a las clases medias, que sienten que pagan y no usan los servicios públicos- hasta la reivindicación de la economía informal.

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La vicepresidenta Cristina Kirchner hizo suya, en su entrevista estelar en C5N, la hipótesis de los tres tercios para las próximas elecciones: ya no habría bipartidismo, o mejor dicho bicoalicionismo, sino tres bloques: peronismo, JxC, libertarismo. Eso es lo que vienen diciendo las encuestas y varios encuestadores. Pero mientras que los dos primeros tercios responden a espacios políticos asentados, con identidad y experiencia de gestión, el tercer tercio es por ahora una suerte de experimento: una curiosa importación de un paleolibertarismo made in America, con la bandera de Gadsden proveniente de la Revolución estadounidense: “Dont tread on me”, dice la serpiente negra sobre fondo amarillo. Pero no es solo la bandera, el propio paleolibertarismo sigue sin ser traducido.

Milei, como lo contó varias veces, era un economista neoclásico que hacia 2013 leyó a Murray Rothbard y se convirtió a su libertarismo de derecha. Rothbard, que formó parte de la fundación del Partido Libertario estadounidense, terminó decepcionado de ese tipo de libertarismo “hippie” y antiautoridad y en un momento le opuso el paleolibertarismo, en el que articulaba anarcocapitalismo con derecha reaccionaria. Incluso escribió un texto bastante profético a la luz de lo que vino después -el trumpismo- titulado: “Populismo de derecha: Una estrategia para el movimiento paleo”. 

Mucho de lo que dice Milei, inclusive sus “escandalosas” posiciones sobre los mercados de compra-venta de niños, vienen de Rothbard. Pero Milei le suma a todo esto una dosis de teorías conspiranoicas actuales, como cuando hace poco empezó hablando de la ESI (educación sexual integral) y terminó denunciando al posmarxismo y a los ecologistas que quieren exterminar a la humanidad. En este tiempo, el candidato libertario no para de comprar teorías complotistas en el supermercado global de la alt-right (derecha alternativa) y las repite casi de memoria, sin siquiera “digerirlas”.

En Chile, José Antonio Kast proviene de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y de la estela político-cultural heredera del pinochetismo; Jair Bolsonaro expresa en Brasil un denso entramado que va desde los evangélicos hasta los agroindustriales, pasando por las milicias de Río de Janeiro, todo lo cual, como mostró André Singer tiene una base territorial, constituye una suerte de Confederación que se expresó en las dos últimas elecciones. ¿En qué se sostiene Milei?

Por ahora, como escribimos en otra ocasión, el movimiento parece bastante hidropónico (le robo la aplicación política de este término de la agricultura al politólogo chileno Juan Pablo Luna); como las lechugas cultivadas en el agua. Que unas ideas sean importadas no significa que no puedan echar raíces; la historia de la recepción de las ideologías remite precisamente a esos procesos de enraizamientos locales. Pero la construcción de Milei, articulada en torno de él, con un microentorno que tiene a su hermana -ajena a esas ideas- como figura clave, no parece favorecer ese anclaje. 

Es cierto que Milei ha atraído a numerosos jóvenes que se han sumado de manera entusiasta al libertarismo y que leen y discuten autores y teorías, y constituyen un núcleo ideológico de esta movida. Pero la construcción política de La Libertad Avanza no se basa en esos jóvenes: en el interior del país, su apuesta, malograda, fue incorporar llave en mano franquicias locales -a menudo castas provinciales de derecha-. Detrás de su discurso anticasta, Milei apostó a una táctica de político-politiquera que no funcionó y resultó además bastante caótica.

Ahora, para la Provincia de Buenos Aires, apuesta por figuras como el Dipy (para La Matanza), un golpe de efecto pero al costo de poner a alguien que pocos pueden tomar en serio como político o gestor. Y para la vicepresidencia, Milei apostó por una candidata, Victoria Villarruel, cuyo discurso, centrado en la recuperación de la memoria de las víctimas de la guerrilla bajo la dictadura, lleva al proyecto hacia una suerte de negacionismo del terrorismo de Estado. Ya no se trata de los dos demonios, sino de la desdemonización de la dictadura militar. Y a Villarruel se suma la alianza, en el mismo sentido, con Ricardo Bussi en Tucumán.

Todo esto no significa que “el León” no pueda dar el salto y entrar el balotaje -no es lo más probable pero tampoco imposible-. Su discurso conecta con un momento particular del país. Su demagógica propuesta de dolarización expresa cierta añoranza por la estabilidad de los 90; su crítica a la casta conecta con un clima de “Que se vayan todos” de un sector de la sociedad; y su estilo rockero lo vuelve un candidato “antisistema” prêt-à-porter y una celebrity con la cual tomarse selfies. La “libertad”, en sus discursos, tiene diversas declinaciones, desde el “derecho humano” a evadir impuestos -que interpela a las clases medias, que sienten que pagan y no usan los servicios públicos- hasta la reivindicación de la economía informal, lo que le da votos también en espacios sociales otrora reactivos a votar por liberales demasiado acartonados y elitistas. 

Pero aún así, el hecho de sostener todo el proyecto en su inestable figura lo vuelve sumamente incierto. La carga utópica de su anarcocapitalismo es vista con recelo entre los sectores dominantes. Como ya se vio en las cumbres empresariales, los que manejan la plata no quieren tirarse a la pileta vacía del anarcocapitalismo ni abolir el Estado. Y entienden que la mezcla de hidroponia, personalidad de equilibrio dudoso, giro al complotismo y falta de cualquier experiencia de gestión o de armado de equipos es un riesgo real en caso de que se diera el sorpasso y Milei llegara a la Casa Rosada. Sus pelas con referentes respetados por el establishment como López Murphy, a quienes no duda en descalificar como traidores (término curioso para un fanático de la libertad), solo enciende luces amarillas. Al final, los grandes empresarios argentinos son lo que Milei llama empresauros -empresarios que viven del estado- y no capitalistas heroicos de los libros de Ayn Rand, y el Estado que Milei quiere abolir parece bastante resistente, para bien y para mal, en un país que el propio Milei, antes de ser candidato y cuando consideraba que la única salida era Ezeiza, llamaba “país de zurdos”.

Pero nada de esto resta importancia al “fenómeno Milei” -le dediqué un capítulo en mi libro “¿La rebeldía se volvió de derecha?” cuando no había saltado a la política y difundía sus ideas en televisión y desde su obra de teatro El Consultorio de Milei-. Ese fenómeno es sintomático de muchas cosas que suceden en la sociedad argentina y en el mundo occidental, donde nuevas derechas se han apropiado de la transgresión y vienen canalizando la indignación social. Pero cómo se traducirá electoralmente todo eso es aun un misterio: no sabemos si a Milei la campaña se le hará demasiado larga y se pinchará o si sus “locuras” serán el combustible para seguir creciendo. “Puedo disparar en la Quinta Avenida y no perder ningún voto”, dijo una vez Donald Trump.

Mucha de la gente que dice que lo va a votar declara al mismo tiempo no estar de acuerdo con sus propuestas más “filosas” (mercados de órganos/niños, armas para todes y otras derivadas del anarquismo de mercado). Otros parecen querer abolir el Estado pero no perder sus subsidios (su candidata en Tierra del Fuego, la pastora Andrea Almirón de Pauli, por ejemplo, defendió la continuidad de los subsidios estatales a la industria local para no suicidarse electoralmente). 

Habrá que ver si el actual “momento Quinta Avenida” de Milei perdura en el tiempo y se transforma o no en la temida (o ansiada) lluvia de votos en esta tan atípica elección presidencial.

PS/MG

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