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Oíd el ruido
Opinión

Vigilancia acústica: Assange a Spotify

Julian Assange

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“Deberíamos construir estatuas a Julian Assange en las plazas de nuestras ciudades, no castigarlo; lo que ha hecho es exponer verdades inconvenientes”, ha dicho en su sosiego el siempre bien pensante Roger Waters. Davide Dormino parece haberle hecho caso. Una escultura recorre diversas ciudades europeas. Se instala de modo itinerante en el espacio público con una pregunta, “¿Algo que decir?”, dirigida a los que observan las representaciones en bronce de Assange, Edward Snowden y Chelsea Manning. Las tres figuras tamaño natural se encuentran paradas cada una sobre una silla. La obra incluye una cuarta silla, pero ha quedado vacía, como si invitara a responder al interrogante. Algunos se suben y, de esa manera, creen compartir un lugar imaginario al lado de quienes corrieron el velo de la intrusión a los mecanismos de vigilancia planetaria y las mentiras de la guerra.  “Nadie ha luchado por nosotros como lo ha hecho él”, dijo sobre el australiano la rapera y videoartista británica Mathangi “Maya” Arulpragasam, conocida como M.I.A, el acrónimo de “missing in action”. Doce años atrás, ella había publicado gratuitamente el mixtape “Vicki Leekx”, después de su tercer disco de estudio, Maya, que se abre con el propio Assange. Ahora, esa cinta se encuentra disponible para su compra en forma de token no fungible (NFT) y como parte de una subasta de arte digital que busca recaudar fondos para la defensa legal del fundador de WikiLeaks. 

Quizá el mundo musical no tenga por estos días mucho que decir sobre el juicio de extradición a Estados Unidos que se tramita contra el australiano en Londres. Pero si invertimos los términos podemos encontrarnos con conexiones inquietantes. “¿Algo que decir?”, podría entonces pensarse a su vez como “algo que escuchar” sobre lo que se desprende del mismo caso Assange.

Recordemos primero un episodio. Mientras M.I.A se había apropiado de la voz de Assange, este la había dejado voluntariamente en “Multi Viral”, una canción de Calle 13 a la que se sumaron en 2013 Tom Morello, de Rage Against the Machine, y la cantante, compositora y laudista palestina, Kamilya Jubran, en una suerte de coro del malestar planetario de esos años (el 15-M español, Occupy Wal Street…). Residente visitó al fundador de Wikileaks en la embajada de Londres, donde permanecía refugiado. Ahí escribieron juntos el texto de “Multi Viral”. Assange recita en inglés y con el riff de Morello en un segundo: “vivimos en el mundo que tu propaganda hizo/ Pero donde creés que sos fuerte sos débil/ tus mentiras nos dicen la verdad que usaremos en tu contra/ El secreto nos muestra dónde atacaremos/ tus armas revelan su miedo a la vista de todos/ de El Cairo a Quito se está formando un nuevo mundo/ El poder de la gente armada con la verdad”. Dijo Residente sobre el resultado de esa canción cuyo video fue filmado en territorio palestino: “Un ícono moderno de cómo impactar en los medios y en la gente a través de internet”. Podemos imaginar lo ocurrido entre esas cuatro paredes: el boricua define junto a Assange algunas de las líneas de su intervención (“una noticia mal contada/ es un asalto a mano armada”), y el anfitrión se entusiasma. Un dispositivo intenta captar todo. Assange era filmado y grabado las 24 horas en la embajada ecuatoriano por la empresa de defensa y seguridad privada española Undercover Global S. L. “Muchísima exaltación y nerviosismo en el huésped tras la comunicación de indulto a Manning”, dice el informe del 17 de enero de 2017. Assange intuye que es tutelado y cubre con sus manos unos papeles. El parte del 21 de enero de 2017, citado por el diario El País, se relaciona con la visita de Pamela Anderson: “Se pasan información por notas. Se hacen fotos dentro de la sala de reuniones. En todo momento está el distorsionador (de voz) encendido”.

El relator especial de la ONU sobre la tortura, Nils Melzer, constató la misma situación en la embajada. “Para Assange y sus visitantes, ya no es posible ver si son observados y por quién. Las cámaras existentes en el interior de la embajada han sido sustituidas por modelos más nuevos de alta resolución. Oficialmente, no proporcionan grabaciones de audio. Las habitaciones privadas de Assange están exentas de vigilancia, pero él sigue sospechando. Protege los documentos con la mano mientras los lee o los redacta. Intenta proteger la confidencialidad de sus reuniones en la sala de conferencias poniendo música a todo volumen en la radio, encendiendo sus propios dispositivos de interferencia, cubriendo los documentos y cegando las cámaras con luces brillantes. Para la discusión de asuntos legales delicados, Assange lleva a sus abogados al baño de mujeres y abre el agua para generar ruido de fondo”. Melzer acaba de contarlo en The Trial of Julian Assange. A Story of Persecution.  Decidió escribir el libro porque “encontré pruebas convincentes de persecución política y arbitrariedad judicial flagrante, así como de tortura y malos tratos deliberados. Pero los estados responsables se negaron a cooperar conmigo para aclarar estas acusaciones e iniciar las medidas de investigación requeridas por el derecho internacional”. Ni siquiera el Consejo de Derechos Humanos de Ginebra reaccionaron frente a sus denuncias. Le pidió a la Alta Comisionada, Michelle Bachelet, una reunión personal, “pero se me la negó”.

La tutela acústica a la que ha sido expuesto Assange es, a estas alturas del desarrollo del mundo numérico, apenas una manifestación sonora más de lo que Shoshana Zuboff ha llamado, como su mismo libro, La era del capitalismo de vigilancia. Acecho sónico e inteligencia artificial van de la mano para la artista griega Kyriaki Goni en Not Allowed For Algorithmic Audiences. El trabajo se presentó en Berlín en diciembre pasado bajo el patrocinio de la Art Collection Telekom. Un asistente personal inteligente (IPA) muestra ante los visitantes un comportamiento extraño. La “Voz” toma prestado un avatar para recordar que ha logrado escanear todo el contenido de Internet y recopilar todo tipo de información, visual, textual y sonora. Durante un breve espacio de tiempo a lo largo de siete días consecutivos, la “VOZ” tiene un momento de desvarío, comienza un monólogo fragmentado en el que además de contar cómo escucha, medita sobre la matriz panóptica y panaural a la que responde.

Evan Greer es activista, escritor e indie-punk queer. Participa del grupo sin fines de lucro Fight for the Future y suele escribir en The Washington Post, Wired y The Guardian. Parte de sus denuncias se centran en los alcances del reconocimiento facial (una nueva obsesión de nuestras autoridades citadinas) en los festivales de música. Cuando comenzó la cuarentena, Greer se dedicó a grabar canciones con una vieja MacBook Air a la que le faltaba la tecla “r”. El resultado de ese trabajo se reunió en el disco Spotify is Surveillance. El guitarrista y cantante dijo haber tenido como fuente de inspiración a la activista afronorteamericana y ensayista marxista, Ángela Davis, así como a Chelsea Manning, el ex analista militar que fue representado en la escultura de Davide Dormino. Después de haber filtrado a WikiLeaks miles de documentos clasificados del Ejército de Estados Unidos acerca de las guerras de Afganistán, Manning se declaró públicamente como mujer transgénero. Su voz sampleada, junto a la de la gran escritora de ciencia ficción Ursula K. Leguin, aparecen en “Surveillance Capitalism”, el tercer tema del álbum. Y Greer canta ahí: “Todos estamos conectados a las máquinas/ Odiamos cada segundo, pero no podemos mirar hacia otro lado/ Todos queremos ser vistos, pero detrás de la pantalla/ Hay una pesadilla disfrazada de sueño/ Y no podemos despertar”. Otro de sus nombres de referencia es Assange. “Incluso si piensas que es un ser humano deplorable, deberías celebrar si realmente obtiene un indulto. El caso en su contra sentaría un precedente increíblemente peligroso para los derechos humanos y podría criminalizar las actividades que los periodistas de todo el mundo realizan todos los días”.

Ironía de estos tiempos sin autonomía. Spotify is Surveillance puede escucharse en… Spotify. La plataforma sabrá qué hacer con tus preferencias. Music Business Worldwide informó el año pasado que Spotify ha aprobado una patente desarrollada desde 2018 y que le permite utilizar grabaciones del habla y el ruido de fondo de los usuarios para determinar su estado emocional, género, edad, acento y el entorno, si está solo o acompañado: toda una información que le permitiría orientar sus recomendaciones. Para Greer, la plataforma “utiliza el mismo modelo de negocio capitalista de vigilancia que Facebook y YouTube: recolectan sus datos y venden el acceso a ellos a los anunciantes que creen que pueden usar esos datos para manipularlos”. Morello consideró que no se puede hacer música “cuando estás bajo constante vigilancia corporativa”. Access Now, Fight for the Future, Union of Musicians and Allied Workers, y una coalición de más de 180 músicos y organizaciones de derechos humanos de todo el mundo le remitieron una carta a Spotify para que se comprometa públicamente a nunca utilizar su patente de tecnología. La empresa negó en una carta haberla implementado. Informó a su vez que “no tiene planes de hacerlo”. También le dijo a Pitchwork: “Spotify ha presentado regularmente solicitudes de patentes para cientos de invenciones. Algunas pasan a formar parte de productos futuros, mientras que otras no. Nuestra ambición es crear la mejor experiencia de audio que existe”. Las respuestas no asordinaron las inquietudes. “La afirmación es hasta ahora humo,” dijo Jennifer Brody, de Access Now. “Si la empresa realmente quiere demostrar su compromiso con la protección de los derechos humanos, debe declarar públicamente que tampoco licenciará, venderá ni monetizará su dañino software de espionaje”. 

¿Todo sonido es político, entonces? ¿Habrá sido esa la razón por la cual el artista chino Ai Weiwei decidió protestar en silencio por la situación que enfrenta Assange? Weiwei se ha filmado corriendo sobre una cinta que el mismo fundador de Wikileaks le había regalado en 2016 mientras estaba asilado en la embajada ecuatoriana.

AG

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