En el 90% de las aulas hay un adolescente que sufrió por la difusión de imágenes íntimas sin permiso

Adolescentes y celulares.

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Digamos que se llama Ángeles, el resto de la historia es real. A los quince años, Ángeles se puso de novia con un compañero de su curso. Hacían lo que hacen los adolescentes: bailes, besos, juntadas, abrazos. Un día él “desconfió”. No estaba seguro de lo formal de la relación. Para asegurarse, le pidió a Ángeles una foto en ropa interior. Ella dudó. Le parecía un exceso, pero al cabo en su feed de Instagram había imágenes suyas en malla, por ejemplo. 

El chico presionó. Entonces Ángeles ensayó algunas poses, activó el temporizador del teléfono, un par de fotos y “enviar”. Lo que sucedió después fue inesperado para ella: el “novio” reenvió la foto a sus amigos, que a su vez la reenviaron a otro grupo, que incluía a chicas que también compartieron la imagen. La difusión de esa foto íntima desestabilizó a Ángeles al punto de tener que cambiarse de escuela por la vergüenza que sentía. Era un acuerdo de dos, pero él la traicionó.

De acuerdo a un informe de Faro Digital, una ONG que investiga las nuevas tecnologías y promueve un uso reflexivo y crítico, lo que le pasó a esa adolescente es un problema extendido entre chicos y chicas de la Argentina. En el 90% de las aulas alguien fue víctima de la difusión de fotos íntimas sin permiso o conocen a alguien cercano que sufrió este tipo de violencia, considerada de género, dado que la mayoría de las perjudicadas son mujeres.

El dato surge del relevamiento que hizo esta organización entre 2013 y 2018, lapso en el que ofrecieron talleres sobre el uso responsable de Internet a 15 mil alumnos y alumnas de la Ciudad y el conurbano. “La actualidad plantea e introduce un nuevo elemento a la exploración y vivencia sexual: las tecnologías digitales. (...) La gran mayoría de los y las adolescentes hoy exploran sus sexualidades a través de los dispositivos y medios culturales que consumen: los smartphones e Internet”, dice la guía. El ida y vuelta de imágenes con contenido sexual es un hecho que necesita bordes. ¿El desafío? No intervenir en las nuevas formas de las que disponen los y las jóvenes para indagar en su sexualidad.

La actualidad plantea e introduce un nuevo elemento a la exploración y vivencia sexual: las tecnologías digitales.

Es imperioso que la Educación Sexual Integral (ESI) incluya lo digital. Es urgente, porque así como hablamos del cuidado del cuerpo, del consentimiento y de las diferentes violencias a la que los chicos se ven expuestos en torno a las sexualidades, ellos están atravesando sus sexualidades a través de las plataformas digitales. Tenemos que saber qué derechos tenemos en Internet, las características del consentimiento. El rol docente es fundamental para conceptualizar, ponerle palabras, abrir el debate y fomentar la reflexión. Hay muchas prácticas violentas, específicamente de género, que se potencian en Internet”, dice Lucía Fainboim, directora de Educación en Faro Digital.

El segundo dato relevante del monitoreo es que la mayoría de los adolescentes reclaman mayor compañía de los adultos, pero no en cuanto a límites sino a empatía e información. El pedido encierra una dificultad: las madres, los padres o adultos a cargo no crecieron en un entorno digital. “Es un desafío, claramente. Los chicos y chicas necesitan sentido común, saber de la experiencia de esos adultos cercanos. No hace falta ser un técnico en informática. Hay que vencer el miedo, entender que aunque no conozcamos tanto de Internet tenemos herramientas. Escucharlos, atender sus prácticas, preocupaciones y gustos digitales, ser empáticos y construir un diálogo cotidiano, sin tabúes. Hablar de esto es entender sus prácticas”, sugiere Fainboim. No hay versus entre migrantes y nativos digitales. 

Una guía para reducir riesgos y daños*

  1. ¿Difundir una foto es lo mismo que sextear? No. El sexting es una práctica que consiste en enviar fotos, audios o videos con contenido sexual cuando hay un acuerdo entre las personas. La difusión de ese material es un problema cuando se comparte a terceros sin permiso.
  2. ¿Difundir es lo mismo que viralizar? No, aunque el daño a la víctima es el mismo. En el caso de la difusión sin permiso todos son responsables en la cadena: quien recibe y quien comparte, sean varones o mujeres. En ambos casos es una violación a la privacidad.
  3. ¿Con qué propósito se comparten imágenes sin consentimiento? Avergonzar, estigmatizar o perjudicar a quien protagoniza la imagen.
  4. ¿Cómo suelen obtenerse esas imágenes? Como amenaza (“si me dejas, comparto tus fotos); como venganza (“me dejaste así que comparto tus fotos”; como exigencia (“si me querés, mandame una foto”); como forma de reconocimiento grupal: para que el varón sea reconocido en un grupo de amigos o pares, ubicando a la imagen de su pareja fija u ocasional como “trofeo”); por robo o por descuido.
  5. ¿Hay estrategias de cuidado para compartir con los adolescentes? Sí, en principio plantear el tema en el día a día, y escuchar sobre sus prácticas en Internet. Luego, dejarles en claro que pueden pedir ayuda en el caso de que alguien los presione o chantajee para obtener una foto. Sugerir “anonimizar” las imágenes: evitar que se vean las caras, tatuajes, marcas que hagan identificables a las personas. Tener una contraseña segura, es decir, difíciles de adivinar pero fáciles de recordar. Los adolescentes suelen usar Google fotos para almacenar imágenes automáticamente: hay que eliminarlas de la nube para borrarlas definitivamente.
  6. ¿Es una cuestión de “culpa”? No. Es necesario comprender quién es víctima y quién responsable. Entender las nuevas formas de comunicación de los adolescentes y la importancia que ellos y ellas le otorgan, es el primer paso para que se sientan acompañados. 

*con información de Faro Digital

AS

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