Qatar ya llegó

“Yo, captador”: ojo, códigos y trampas de los buscadores de futbolistas de entre 4 y 15 años

Un prueba de jugadores en el club Ferro.

Un lunes a las cuatro de la tarde el Club Ferro está lleno de gente. Diego González tiene un cuaderno en la mano y grita: “¡Categoría 2016! Por acá”. Es el jefe de Captación de fútbol masculino del club. Niños de seis años con botines, medias, cortos y alguna camiseta de Messi van acercándose a la cancha de sintético 2 para que el captador los anote y les pregunte si esta es la primera vez que van a probarse en el club. 

Francisco Cornejo, Ramón Maddoni, Jorge Griffa y no muchos más. Los descubridores de talentos de antes eran como superhéroes. Subían a su auto y recorrían provincias. Si en una plaza veían a un chico interesante lo llevaban al club que creían óptimo. Esos nenes fueron Maradona, Tevez, Riquelme y tantos más. Hoy, la mayoría de los clubes de Buenos Aires tienen una cuenta en Instagram dedicada a la captación de jugadores. 

Un captador mira, compara, evalúa y, así, convoca o rechaza a aquellos chicos que quieren ser parte de algún plantel. Cada captador tiene su estilo. Están los que consideran que en la cantidad está el talento, que cuantos más jugadores prueben, mejor será el equipo a futuro. Otros se toman su tiempo. Están los vieja escuela y los que componen ellos solos el departamento de scouting, que viajan y ven y citan. Los captadores fueron jugadores y el ojo les viene de ahí, de haber sido. O fueron directores técnicos. En Buenos Aires cada club tiene su método. Los captadores se conocen entre todos pero ninguno conoce a una colega mujer. Ellos dicen que en su rubro hay talento y hay experiencia, hay don y práctica. 

¿Lo de ustedes es algo innato o se entrena? 

—Se entrena con el tiempo, te lo da la experiencia. Pero hay un “don” en la mirada. A mí mis compañeros me preguntan “¿vos qué ves?”, “¿cómo te das cuenta?”. Porque yo en diez minutos les digo “este tiene esto, esto y esto y le falta todo esto”. Y me dicen “dejamelo ver un poquito más”. Miralo más pero yo ya sé. En mi ojo tengo una comparativa constante, comparo mucho con lo que tuve, con lo que vi, con lo que llegó a donde tenía que llegar, con lo que estoy viendo —dice, con seguridad, Paulo Arena, jefe de captación de Argentinos Juniors. Tiene 43 años y es captador desde hace cuatro. 

Los captadores comparten un vocabulario: “mirada”, “comparativa”, “talento”, “inteligencia”. No suelen hablar de edades. Arena, por ejemplo, dice: “Categoría 2018”. Saco la cuenta y le pregunto qué ven en un chico de cuatro años. “Lo motriz. Te das cuenta si tiene velocidad, cómo gambetea. Es algo que tienen interno”, responde. 

A medida que van entrando a la cancha de Ferro, los nenes reciben una pelota y hacen jueguitos. Octubre y noviembre son meses de pruebas y pases. Hoy, un lunes de octubre, los que se prueban son como veinte. “Hacen más jueguitos que la 2010”, le dice una mujer a otra. Está del lado de afuera de la cancha, espera ver las habilidades de su hijo. En la cancha de al lado se entrena la categoría 2010, chicos de 12 años. Los que se están probando hoy tienen seis. Un nene se sienta arriba de la pelota. “Arriba de la pelota no, la pelota en el pie", le dice uno de los profesores que va a coordinar la prueba. Después le ata los cordones. 

Qué ven los que miran

—Haber jugado muchos años al fútbol me dio la posibilidad de ver distinto y pensar lo que el chico está pensando a esa edad, porque yo la pasé. Lo primero que ves es la forma en la que se desempeña en la cancha, vos te das cuenta cómo la para, cómo la toca. Por ahí en el primer toque le pifia pero es por los nervios. 

Habla Víctor “El Bichi” Paredes, captador desde hace más de diez años. Hace dos que lidera el departamento de scouting de Atlanta, club en en el que se consagró como el jugador que más vistió la camiseta. Tiene 51 años y se toma su tiempo para seleccionar jugadores. Llegó a Buenos Aires desde Formosa con 15 años y pasó por las mismas pruebas que ahora coordina. Lleva adelante, además, una clínica para captadores.

¿Cuál es tu método de evaluación?

—Vamos a ver entrenamientos de otros clubes. Algunos técnicos amigos te dicen “esto no lo vamos a tener en cuenta, fijate por ahí a vos te sirve”. Los seguimos varias semanas porque sabemos que saben que los estamos siguiendo y están nerviosos. Cuando ya están libres, hablamos con los padres y con el club, y los traemos para Atlanta a probarlo dos semanas. Los nervios los traicionan. El primer día no están cómodos. Probamos al día siguiente, y al otro día. Pasan una o dos semanas para que se suelten, conozcan a sus compañeros, a los otros jugadores que están a prueba. Y ahí sí, ya sabés. Una vez que quedan en el club nosotros también hacemos un seguimiento. Cada vez son más chicos los que vienen. Yo veo chicos que tienen seis años, cinco y juegan bien.

Los padres, pegados al alambrado, miran atentos. Sacan fotos, hablan entre ellos y vuelven a mirar. Madres hay menos. Una, que sí está contra el alambrado, le dice al marido que le diga al nene que se saque el buzo, que se va a morir de calor. Los jugadores se sientan, escuchan las indicaciones que les hacen los profes. Hay dos que guían la prueba y un tercero con un cuaderno que observa y anota. Diego González, jefe de scouting de Ferro, mira de reojo. Ahora los nenes repiten un ejercicio: “Miro la pelota”; “Vuelvo de espaldas”; “Dale, ya sale mi compañero”; “Dale”. Tienen seis años. Hay mucho sol y mucho viento.  

La mayor parte de la captación se hace en otras provincias. Los clubes de AMBA tienen reclutadores en diversos puntos del país que organizan una primera prueba en alguna ciudad o algún pueblo. Luego arman un selectivo que es observado, en una segunda instancia, por el jefe de captación del club, que viaja y elige a un puñado de chicos que va a ir a Buenos Aires. En la prueba final, esos chicos deberán demostrar si además de jugar bien están preparados para el desarraigo.

—Nosotros hicimos algo medio moderno que es tener un departamento de captación con 41 captadores en todo el país, lo que hace que haya más pruebas. Vamos a llegar a las 100 pruebas este año seguramente—, cuenta con orgullo Diego González, que entró al área de captación de Ferro en febrero de este año. 

Todo eso corre para los jugadores. Los caminos para ser captador, en cambio, pueden ser más diversos.

Ojo, códigos y trampa

Daniel Brizuela se convirtió en captador de casualidad. Ahora es el director de scouting de la Federación venezolana de fútbol junto a José Pekerman, pero en el 2005, cuando era director técnico en Deportivo Merlo, lo llamaron de un club de México, el Celaya, para ir a dirigir y se fue. Allá, mientras paseaba por un pueblito vio a un chico jugando a la pelota, descalzo, en una plaza. Daniel lo detectó sin saberlo. Habló con él y se lo llevó. El chico se llama José “El Gallito” Vázquez. En el Mundial de Brasil 2014 fue titular para México y actualmente juega en el Toluca. 

¿Hay códigos entre captadores? 

—Existen y tratamos de manejarnos dentro de esos códigos. Pero el león se come al ratón. Entre los siete clubes más importantes hay que tener cuidado para tocar un jugador. Ahora, a los clubes denominados “chicos” es probable que el club grande no los respete tanto. No te olvides que lo que posiciona a los captadores es la calidad de los jugadores que llevan. Para crecer de forma personal en algún momento tenés que robar algo. El captador tiene que decir “lo traigo y me hago el tonto”. Cuando te querés dar cuenta el chico está jugando en Boca y los dirigentes llamando a Almagro para decirle “este chico me llegó de casualidad”: mentira. Todos sabemos que es mentira—, dice Paulo Arena, captador de Argentinos Juniors, el Semillero del mundo,  

Captación vs. deformación

La prueba se detiene unos minutos. “Tomen agua y vuelvan”. Un nene se hace pis. Otro quiere agua y el padre no le trajo. Consigue un poco que le convida otro jugador, toma y vuelve a la cancha corriendo. Ahora todos están sentados. Tienen seis años. Ahora los profes los dividen en dos grupos: “Último ejercicio y hacemos fútbol”. Un nene está muy cansado y otro de mal humor. El primero, pese al abatimiento, hace lo que le indican. El otro pega un pelotazo al arco y mete un gol aunque su tarea era la defensa. Uno de los profes lo reta. La prueba, que va a durar una hora y media, empezó hace cuarenta minutos.

Las pruebas son medio crueles. A veces un jugador toca la pelota seis o siete veces en un partido. O tenés un delantero que no la toca, y es muy difícil evaluar al arquero. Son bastante injustas las pruebas. Sobre todo en chicos que vienen del interior. Pero tratamos de diferenciar al jugador que sea técnico, rápido. Eso es lo que más se busca—, dice Diego González, captador en Ferro.

“Jamás se puede mover un chico sólo porque quiero sacarme la duda. Jamás”, dice Brizuela, ex captador de River. La búsqueda de talentos está, en la mayoría de los clubes, muy emparentada con la formación. “No es solamente encontrarlo al jugador. Con encontrarlo no haces nada, porque después se fue y cómo hiciste para contenerlo. El pibe extraña, se quiere ir, se preocupa porque el hermanito no come… Porque detrás del jugador está la persona, y eso es lo más importante”, sigue Brizuela. Para él, captación y formación son casi la misma cosa. Paulo Arena, captador de Argentinos Juniors, ex DT de la inferiores de Vélez y capacitador de captadores, coincide: “El peor flagelo que hay en el fútbol argentino es la deformación, por eso no somos mejores. Si el formador argentino estuviera más capacitado, sería otra cosa, sería otro fútbol esto”. Está convencido de que para ser un buen captador, hay que haber sido técnico “porque el que dirigió sabe hasta dónde puede dar un jugador”. 

—¿Por eso los traen de tan chicos? 

—Exacto. Yo siempre doy un ejemplo básico: esto es como que a un chico de 15 años le den un auto y la llave. Si no le dicen nada, en algún momento lo pone en marcha solo, y en algún momento arranca y se va. No hay deformación ahí porque el chico aprendió solo. El problema es que en el interior le dan el auto, le ponen la llave mal y encima le dicen “arrancá con tercera” y andan en tercera para todos lados. Cuando llegan acá vos le decís “primero tenés que poner primera'' y te responden: ”No, es que yo andaba así“. Listo. Eso es el interior. Así como te lo digo. Y cuando vos vas a dar charlas para darles una herramienta más, no van. Ellos están convencidos de que su trabajo es lo más y no quieren escuchar al porteño. Yo estuve en Cali hace poquito y ahí tenemos mucho más oído que en Argentina, mucho más. 

  “Está cansado”, le dice al marido la madre del chico con buzo. El nene entrenó ayer, anteayer jugó al fútbol, hoy a la mañana volvió a entrenar. Los chicos, que llevan una hora haciendo ejercicios, se preparan para empezar el partido. Al nene que estaba de mal humor lo mandan al arco. Su papá lo alienta. El nene no quiere saber nada. A medida que avanza el partido los van rotando de posición. A él lo ponen de defensor. Se ubica y después no se mueve más. La pelota está en el área contraria. “Ponete de 3”, le grita el padre. El nene dice algo que no escuchamos. Está fastidiado. “Bueno, hacé lo que quieras”, dice el padre resignado. 

Si el fútbol femenino está en pleno despliegue, ¿hay captadoras mujeres? La respuesta es la misma: los clubes no tienen ni un área de captación específica para jugadoras ni pensión para mujeres. La mayoría de los clubes de Buenos Aores garantizan alojamiento y escolaridad a los jugadores que traen desde otras provincias. Pero si en alguna prueba ven de casualidad a alguna piba jugar y la quieren traer, ella o su familia tienen que ocuparse del lugar donde va a vivir acá en Buenos Aires y de la escuela. Ninguno de los captadores entrevistados conoce a alguna colega mujer. Tampoco las periodistas especializadas consultadas para esta nota.

Cuando la pelota se va afuera, alguno de los profes tira una nueva a la cancha y los nenes corren tras ella. Hace más de una hora que no paran de moverse. Por momentos se cansan pero siguen. Por momentos se caen pero se levantan. Por momentos se mueven como si fueran más grandes. Se mueven como si la magia del nombre “Messi” que tienen en la camiseta les diera fuerza. Son las 17.30 y en Ferro hace frío. La prueba termina y los chicos salen corriendo a encontrarse con sus familiares. Tienen seis años. Al chico que estaba de mal humor el padre le hace un chiste pero él no se ríe. “Qué golazo que metiste”, le dice otro padre a su hijo. La madre del chico del buzo lo recibe con los brazos abiertos, lo abraza y le dice: “¿Vamos a merendar?”.

ML/SH

Esta nota fue producida durante Hacemos Crónica, el taller de Periodismo Narrativo que ofrece Club El Movimiento en la redacción de elDiarioAR.

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