Las claves de la (no) renuncia del Papa Francisco

El pontífice a bordo del avión papal. EFE/EPA/VATICAN

Jesús Bastante

en religiondigital.com —

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Muchos querrían que se fuera ya, pero, por el momento, el Papa se queda. Este mismo lunes, apenas dos días después de regresar de un intenso viaje a Canadá, en el que normalizó la imagen de un pontífice en silla de ruedas, el Vaticano confirmaba que Francisco viajará a mediados de septiembre a Kazajistán –sobrevolando territorio ucraniano y ruso–, tirando por tierra las informaciones que apuntaban a una renuncia temprana de Bergoglio.

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Una marcha por la que se le preguntó, hasta en cuatro ocasiones, en la tradicional rueda de prensa de regreso a Roma. “La puerta está abierta, es una opción normal, pero hasta hoy no he llamado a esta puerta, no he dicho que voy a esta habitación, no he escuchado pensar en esta posibilidad. Pero eso no significa que pasado mañana no me ponga a pensar, ¿verdad? Pero ahora mismo, sinceramente, no lo sé”, respondió el Papa.

“Creo que a mi edad y con esta limitación, tengo que ahorrar un poco para poder servir a la Iglesia o, por el contrario, pensar en la posibilidad de dar un paso al costado. Esto con toda honestidad: no es una catástrofe, se puede cambiar de Papa, ¡no hay problema!”, recalcaba Bergoglio, en lo que muchos interpretaron como un anuncio de que, en breve, presentaría su renuncia.

Viajes ya a la vista: L'Aquila y Kazajistán

Las teorías de la dimisión papal, abonadas por la supuesta fragilidad de la salud del Papa –aunque solo presenta problemas de movilidad por una rodilla lesionada– se vieron reforzadas, y llegaron a apuntar a una fecha inmediata: el 28 de agosto, momento en el que Francisco visitará L'Aquila, localidad italiana afectada por un terremoto en 2009 y donde se conservan los restos de Celestino V, el último Papa, antes de Benedicto XVI, en renunciar al pontificado. Lo que no hará Francisco es pasar por el quirófano por la pierna: “¡Antes dimito!”, llegó a decir, entre risas, a los medios.

En cuanto al periplo anunciado este lunes por Kazajistán, la ruta más directa y que suele utilizarse, entre Roma y Nur-Sultan (capital del país centro asiático), atraviesa el espacio aéreo ucraniano y ruso. Es una costumbre histórica que los pontífices envíen telegramas a los jefes de Estado de todos los países que sobrevuelan. Esto permite a Francisco remitir sendos telegramas a Volodímir Zelenski y Vladímir Putin. Puede suponer un desafío diplomático o una ocasión para clamar, directa y oficialmente, por un “detenerse y negociar”, como apuntó Bergoglio este domingo.

La agenda papal desmiente planes de salida. Justo al día siguiente de estar en L'Aquila, el 29 de agosto, el Papa ha convocado a todos los cardenales del mundo, en una reunión inédita –lo más parecido a un cónclave, fuera de la elección del Obispo de Roma–, en la que les pedirá consejo sobre cómo afrontar el proceso sinodal en el que está inmersa la Iglesia, y que durará, en su fase teórica, al menos hasta finales de 2023.

También piensa explicarles las claves de la reforma de la Curia, que entró en vigor el pasado 5 de junio. Más allá de poder verse las caras y debatir sobre el futuro de la Iglesia, ningún purpurado acudirá a Roma en esos días con la sensación de fin de pontificado. Más bien lo contrario, tal y como señalaba a elDiario.es el coordinador del Consejo de Cardenales, cardenal Maradiaga: “No estamos ante el final de un pontificado, sino ante una nueva etapa”. Una etapa que, evidentemente, estará marcada por la salud del Papa, pero también por los resultados de la consulta sinodal y los posibles cambios en materia de moral, cambios en el celibato o en mayores responsabilidades de mujeres y laicos en el gobierno de la Iglesia.

Desmitificar la renuncia

Tampoco es la primera vez que Francisco habla de su posible renuncia, llegado el caso. De hecho, el mes pasado, en una entrevista a la agencia Reuters, el Papa indicaba que “nunca” se le ha pasado por la cabeza renunciar. “De momento no, de momento no. ¡De verdad!”, apuntaba Bergoglio, quien sí reiteró, como había hecho ya en otras ocasiones, que renunciaría si su salud le impidiera dirigir la Iglesia, algo que por el momento, no ha sucedido.

Lo que sí ha hecho este Papa es normalizar el hecho histórico que supuso la dimisión de Benedicto XVI, anunciada el 11 de febrero de 2013 y que se hizo efectiva el 28 de ese mes. “Creo que el de Benedicto XVI no es un caso único. Lo veremos como alguien que abrió una puerta, la puerta del Papa emérito”, dijo Francisco en mayo de 2014, abriéndose así a la posibilidad de renunciar, llegado el caso.

En alguna otra entrevista, ha subrayado su deseo de, si se retira, no permanecer en Roma, sino regresar a Buenos Aires. La ONG del padre Ángel, Mensajeros de la Paz, le tiene reservada una habitación en una residencia en la capital argentina, desde antes de ser nombrado Papa.

¿Tres papas vivos? No está previsto

Lo que sí parece claro es que Francisco, salvo incapacidad manifiesta, no renunciará mientras esté vivo Benedicto XVI. El Papa emérito, de 95 años, reside en un monasterio entre los muros vaticanos y, aunque su salud cada vez parece más debilitada (hace tiempo que no se le ve en público, y su secretario personal, Georg Gänswein, lloró hace unas semanas al hablar de cómo “la luz de su vida se iba apagando lentamente”), no está prevista una situación en la que coexistan tres papas.

Sí que quiere Francisco, dentro del movimiento de reforma, regular la figura del Papa emérito, que no tiene reflejo en el Derecho Canónico. La dimisión de Ratzinger pilló tan desprevenida a la Curia que tuvo que aceptarse, a la carrera, que Benedicto XVI continuara llamándose así, pudiera seguir vistiendo de blanco y denominarse Papa emérito. El deseo de Bergoglio, en cambio, es que la norma sea la de hablar de Obispo de Roma emérito, para así separar la función política y geoestratégica del Papado, de la meramente pastoral del episcopado. Y evitar problemas futuros, como sucediera en la Edad Media, con varios papas autodeclarándose los únicos y verdaderos.

Sea como fuere, la “puerta abierta” de Francisco a su renuncia no es más que la respuesta natural de una persona de 85 años, que sabe que no está precisamente en la primavera de la vida. Pero, salvo sorpresa mayúscula, todavía hay Papa Francisco para rato. Mal que les pese a algunos, que desde el comienzo tildaron de “inválida” la dimisión de Ratzinger, considerando que un Papa, como hiciera Juan Pablo II (cuya agonía, durante meses, fue televisada en directo), tiene que morir sentado en la silla de Pedro, y considerando, por esta y otras (más ideológicas) razones, que Bergoglio nunca ha sido realmente el Papa.

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