Defender y organizar un lugar en el mundo: los vecinos del Tigre que lograron impedir un nuevo Nordelta
.A pocos minutos de la ciudad de Buenos Aires, el río Luján es la principal frontera entre el continente y la primera sección de islas de Tigre. La puerta de entrada más directa al delta del Paraná.
Diego Domínguez es alto, flaco, de barba. Tiene alrededor de cincuenta años. A las nueve y media de la mañana espera en su lancha, en la amarra pública de San Fernando, descalzo y con ropa de trabajo.
Diego es vecino de la isla e integrante de la Cooperativa Isla Esperanza. No lo dirá en toda la entrevista, ni antes, ni después, pero también es sociólogo, investigador del CONICET y docente de la UBA.
Desde la amarra de San Fernando al Canal Vinculación hay un par de minutos. Subiendo por el canal otro breve tramo, enseguida, a la derecha, se encuentra el mítico arroyo Anguilas.
“Entre el Pajarito y el río abierto, curvándose bruscamente hacia el norte, primero más y más angosto, casi hasta la mitad, luego abriéndose y contorneándose suavemente hasta la desembocadura, serpea, oculto en las primeras islas, el arroyo Anguilas”, escribió Haroldo Conti en el comienzo de Sudeste, su primera novela, publicada en 1962.
Apenas entrando al arroyo se puede ver que si en ese momento era angosto, ahora ya no. La margen derecha está notoriamente alterada, como si le hubieran agregado un rectángulo gigante de agua. Pero ese no es el cambio más importante. Es la primera señal de Colony Park, el proyecto de “isla privada” que cambió radicalmente la geografía del lugar. En ese lugar, según el plan, iban a amarrar los yates.
Siguiendo por el Anguilas hacia el nordeste, a los pocos metros se puede encontrar la entrada a lo que se conoce como “el 8”. Se trata de una especie de laguna, que en el medio tiene dos sectores de tierra, todo literalmente dibujado por la mano de un desarrollador inmobiliario. Lo llaman así porque si uno quiere recorrerlos en una embarcación puede dibujar un ocho, o porque desde el aire se ve con una forma aproximada a ese número.
El sector tiene cierta fama porque es una de las sedes donde jóvenes en yates de papá se reúnen en comentadas fiestas náuticas. El otro punto célebre está a pocos metros y es “el 7”. Los dos son consecuencia de los movimientos de tierra que empujaron ese faraónico proyecto para las clases altas que gustan del delta, pero más todavía de Miami.
Estas intervenciones afectaron el arroyo y partes del centro de isla, que tiene funciones clave en este ecosistema.
El gran humedal
El delta del Paraná cumple una serie de tareas vitales para tres provincias —Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires— y para toda el área metropolitana.
Las islas, de carácter aluvional, tienen forma de plato hondo: más altas en los bordes y más bajas en el centro. Su conformación aporta a la fijación de sedimentos, el almacenamiento de carbono, la filtración del agua y la regulación hídrica. El humedal funciona como una esponja: absorbe agua en momentos de crecida y la libera lentamente en épocas de bajante. De esta manera, amortigua el efecto negativo de los períodos de inundación y de sequía.
Sus características las convierten en el hábitat de una enorme cantidad de vida.
La lancha avanza a media máquina, todo está bastante cerca.
“Ese es el segundo galpón de la cooperativa”, explica Diego, frente a la sede de la organización. “El otro nos lo quemaron”.
Volvemos sobre nuestros pasos y navegamos hacia la Escuela Isleña Don Legui.
Después de amarrar la lancha caminamos unos metros, junto a frutales plantados hace pocos meses. Hasta que aparece un camino que corta hacia adentro y enseguida llegamos a la construcción, con dos escaleras de madera que le dan altura. Ahí Diego prepara el mate y conversa sobre la formación de la cooperativa.
Cuenta que entre 2008 y 2009 Colony Park había desalojado a casi todas las familias del lugar, en algunos casos de forma violenta. Uno de los vecinos, Juan, se negó a dejar su vivienda a pesar de las amenazas y un día fue a una asamblea de isleros y organizaciones, que se hacía en la Estación Fluvial de Tigre, a plantear lo que estaba pasando en el arroyo Anguilas. Diferentes personas y organizaciones comenzaron a apoyar la lucha, entre ellos el propio Diego. En ese proceso nació Isla Esperanza.
“La cooperativa se creó para volver al territorio”, relata. “Empezamos a producir cortinas de junco, como para revitalizar la economía isleña, que había sido golpeada por la empresa también. Porque la empresa te desaloja, pero también golpea tu economía. Te destruye tu vivienda, pero también tu posibilidad de acceder al territorio como fuente de trabajo y producción. Entonces, la cooperativa intentó revertir ese proceso”.
En su relato se preocupa por señalar la integralidad de la lucha que llevan adelante, y dentro de ella, la importancia de la organización en el propio terreno.
“Fue una herramienta territorial que se combinó con las estrategias legales, con estrategias mediáticas, con estrategias de gestión. La cooperativa jugó en una trama que explica por qué también el apoyo del movimiento ambientalista de Tigre, también agrupaciones de vecinos, hasta a escala internacional, y se pudo frenar la empresa”, afirma.
Pero esa gran victoria no dio lugar a una situación idílica. Al triunfo, ese cielo cotidiano, hay que ganárselo todos los días. En ese camino hay diferentes obstáculos. Menciona ataques como el incendio del galpón pero también el impedimento de pescar o de cortar juncos por parte de actores —como el barrio privado Santa Mónica o la Municipalidad de San Isidro— que buscan quedarse con las islas en formación, casi sobre el frente de avance del delta, muy cerca de allí.
También aparecieron otro tipo de desarrollos inmobiliarios, más pequeños. En la cooperativa les llaman “los miniColony Park”.
“Tanto los miniColony como esta línea más ambientalista de élite lo que hacen es quedarse con los lugares y no quieren que estén ni el pescador ni el junquero”, sintetiza.
La isla es territorio de una disputa que se expresa de diferentes maneras.
Más allá de la expropiación
En septiembre de 2025, con la aprobación en la Cámara de Diputados, la Legislatura de la provincia de Buenos Aires dio media sanción a la ley de expropiación a favor de la cooperativa Isla Esperanza.
Hecho raro en tiempos de polarización extrema, el trámite se aprobó por unanimidad. Esto genera una moderada expectativa ante la posibilidad de que en 2026 la Cámara de Senadores provincial convierta el proyecto en ley.
“Nos pone contentos, tenemos expectativa de que salga”, dice, y enseguida relativiza: “Es un pasito más en un camino que sabemos que no terminará nunca”.
Hay plena conciencia de que cada momento y cada avance implica nuevos desafíos.
“Tenés que ir generando las condiciones para que estemos mejor y se cumplan más derechos, pero no hay un momento que se termina —explica— porque incluso saliendo la ley, después tenemos que ver cómo llevar a cabo esa reorganización del territorio en un sentido de que haya respeto, que las familias locales fortalezcan su uso del lugar, que sea armonioso con el humedal y con la fauna y la flora. Es un desafío enorme, por eso cada pasito lo festejamos parcialmente”.
El 8 de mayo de 2025 la Cooperativa Isla Esperanza inauguró la Escuela Isleña Don Legui, un sueño que tenía ya algunos años.
“Es el espacio de formación que construimos para formalizar y consolidar el vínculo con las universidades, con las escuelas, con todos los espacios educativos. También es donde traemos y fortalecemos los propios conocimientos sobre la isla: sobre la historia del Delta, sobre las actividades económicas que hacemos, sobre los humedales”, dice.
En la actividad presentaron un mapeo comunitario del Anguilas, que realizaron junto con el Grupo de Ecología Política de la UBA. Además, tienen un convenio con la Universidad del Delta y vínculos con diferentes organismos y centros de formación profesional.
Hasta ahora organizaron actividades de formación sobre cestería en junco, identificación y producción de hongos —en este caso, dictado por el INTA— y análisis de la calidad del agua. Además, junto a Cosensores, realizan talleres de construcción de tecnologías para potabilizar el agua.
Diego elige cerrar la conversación contando el por qué del nombre: “Don Legui, Leguizamón, es un viejo de la isla. Hace muchos años, a mediados del siglo XX, fundó la Casa Isleña en el arroyo Abra Vieja; un espacio de acompañamiento, para recibir cerca de la costa a aquellos isleños que venían de más arriba”.
Don Legui, homenajeado en vida para rescatar la historia y desear el futuro.
“Él siempre ahí, colaborando con la comunidad isleña. Es una persona muy formada. Puede hablar de la gesta sanmartiniana y la emancipación latinoamericana, te puede hablar de la historia argentina contemporánea, te hace un análisis geopolítico —agrega—. Nos parece que es un ejemplo hermoso, que nos interpela, que nos gusta y que nos parece necesario. Queremos que Isla Esperanza sea un antecedente de que es posible construir otro modelo, donde estén la población isleña, la producción sustentable y la defensa de los humedales”.
Volvemos al continente por el mismo recorrido: arroyo Anguilas, Canal Vinculación, río Luján, muelle público de San Fernando. Unos minutos más para sentir la isla, para pensar. La defensa de lo propio es difícil. Exige organización, tiempo, trabajo. Pero gracias a eso —tal vez— puede convertirse en posible.
Este artículo fue elaborado en el Taller de crónica de El Cuaderno Azul 2025 que Alejandro Seselovsky.
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