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Sobre este blog

Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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El fotógrafo de Maradona, una serie perturbadora

Agustina Larrea

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Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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Uno. Hace unos días, el fotógrafo japonés Masahide Tomikoshi –sí, ese que retrató como nadie a Maradona y a multitudes de argentinos anónimos durante el Mundial ‘78– subió un montón de fotos de aquellos días mundialistas a sus redes. Aunque por suerte lo hace con frecuencia –como si machacara en él ese momento, como si no pudiera dejar de volver a esos años ni a su propia fascinación (de paso: una época es también un desvelo particular)– esta vez fueron varias y muy hermosas las imágenes que eligió. También un poco laterales: algunas tomas de transeúntes en Plaza de Mayo, otras en estaciones de trenes porteñas, otras en Mar del Plata. Al mismo tiempo que las redes se embarcaban en un nuevo desafío (esta vez fue el de recordar fotos y situaciones de 2016: una curiosa nostalgia de algo que ni siquiera terminó de pasar), el artista japonés eligió su propia retromanía. Me lo imaginé hurgando entre sus archivos, revisando cámaras viejas, viendo negativos a contraluz. Con ganas de arrancar el año lo más despejado posible, quizá tomado por ese imperativo del orden y de la ligereza que a veces le da sentido a cualquier comienzo (quien no haya sido presa de ese impulso alguna vez que arroje la primera piedra o el primer objeto en desuso que aparezca en algún cajón). Pero él, en lugar de acomodar ese tipo de cosas que no sabemos bien dónde poner ni cómo nombrar (esa madeja de tiempos, de obsolescencias, de recuerdos empastados, de cosas y cositos para conectar otras cosas y cositos en desuso) revisa sus propias cosas –esas fotos sobre las que vuelve una y otra vez– las hace circular.

Dos. Las cosas tienen movimiento y también volumen. Las cosas –tozuda, irremediablemente– insisten. Las fotos también. La mayoría se quedan con nosotros, viven varias vidas. En un cajón, en la billetera, expuestas en una galería de arte. Lo anota César Aira entre sus Ideas diversas (Blatt & Ríos, 2024): “Las fotos envejecen bien. Muy bien. Una foto de hace cien años, cualquier foto, es ‘museum quality’. Una pintura no. Un cuadro pintado hace cien años, o doscientos, es tan bueno o tan malo como el día en que se lo pintó. La foto es algo así como un cazador de tiempo. El obturador le tiende una trampa. El cebo que usa es el instante”. Las imágenes que rescata de su archivo Masahide Tomikoshi son prueba de esa capacidad de anzuelo temporal que tienen las fotos. Muchos años después de haber sido tomadas, nos atrapan a miles que las admiramos hipnotizados a través de Instagram.