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Sobre este blog

Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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Agustina Larrea

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Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.

Que florezcan, entonces, mil.

Autora: Agustina Larrea

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Por razones que acaso Darwin explique mejor que nadie, siempre buscamos en las nubes figuras que podamos reconocer. Lo verdaderamente difícil, claro, es contemplarlas tal cual son. Al parecer necesitamos alguna clase de orden, hacer de la naturaleza familia, una vez que, erectos, descendimos de los árboles en procura de alimento. Por eso no es tan fácil mirar un cuadro abstracto, abandonarse al puro sentido plástico de las formas, las líneas y los colores: el temor de que aparezcan súbitos nuestros primeros depredadores sigue intacto. Podemos apreciar la hermosa plasticidad de una caligrafía de Oriente porque sabemos que, no tan en el fondo, aloja un sentido aunque no nos interese averiguarlo. Algo de nuestra condición anterior, de primates, persiste cuando formamos con las estrellas las ramas rectas e invisibles de un árbol elemental del cual colgarnos para no caer donde acecha el tigre sable. De allí el consejo que alguien dice en Apocalypse Now: No abandonen nunca el barco. No vayas al baldío solo y de noche. En la oscuridad de la selva yace la realidad absoluta, sin metafísica ni amparo. Se trata de una realidad a tiro de piedra, la que ciertamente constituye el mundo y que nos reduce a la pura animalidad, es decir al presente crudo. El problema es que nuestra condición no nos permite alojarnos mucho tiempo allí sin comenzar a perder la cordura. El presente donde se instala un músico cuando improvisa o un futbolista en medio del juego es un presente surcado por reglas así como el de la primera infancia –tan cercana a la locura– encuentra en la madre una red de contención. Las dimensiones de la realidad absoluta y las del infinito son las mismas; sin embargo, es su reducción la que provoca el pavor, es decir, cuando se nos permite creer que saldremos indemnes, que existe una pequeña posibilidad de escape. La ola que produce verdadero pánico no es una de cien metros sino de diez, doce, levantada lentamente. Allí quizás exista una leve chance de sobrevivir. En la primera, no. Un tigre provoca más terror que cien. Y ninguna zona de seguridad nos protege de su recuerdo porque, a diferencia de lo que sucede con un rostro, la memoria queda alojada en algunas imágenes con la precisión de un sable japonés. Cada instancia congrega todas las otras.

La realidad absoluta, de Luis Sagasti.

El texto pertenece a La realidad absoluta, del escritor argentino Luis Sagasti. Acaba de salir por Eterna Cadencia Editora y me tiene maravillada.