Confusiones radiantes, una serie a destiempo
Sobre este blog
Una liana es una cuerda repentina que aparece ante nuestros ojos en medio de la adversidad y que, como Tarzán entre los árboles, agarramos para movernos de un lugar a otro, para sortear obstáculos, para sentir la seguridad de algo firme que raspa las manos y a la vez sirve de apoyo. En este espacio mi intención es rescatar algunas lianas del universo cultural y del mundo del entretenimiento –dos avenidas anchísimas–, algunas cosas para aferrarnos fuerte en medio de nuestras selvas personales.
Que florezcan, entonces, mil.
Autora: Agustina Larrea
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“‘Vivimos tiempos de…’: complétese la frase con cualquier exabrupto, con el apóstrofe más insólito o la acusación más drástica, désele un remate absurdo o consternado, y ya se estará participando exitosamente en el festival de diagnósticos, balances e imprecaciones en que se ha convertido nuestro presente (...). Reiniciamos entonces, quitamos comillas, y ensayamos: Vivimos tiempos mutantes. No de transición, sino en trance. Perdimos el reaseguro de la transición, que prometía llevarnos de un lugar conocido a un lugar anticipado, a través del razonable paréntesis de una confusión metabólica. La velocidad ha amarrado la experiencia de la transformación a su centro de exasperante quietud. Cuanto más rápido vamos, menos nos movemos. El paréntesis se invierte y nos deja suspendidos en un afuera sin orillas. A fuerza de aceleración ha cambiado nuestra idea de cambio. No hay transición sino vértigo. Y en el vértigo las ideas de lo viejo y de lo nuevo, mojones que alineaban el tiempo, se disuelven en la materia oscura de un ahora brillante y violento. ¿Surgen los monstruos? Claro, todo ha devenido monstruoso. La pregunta es qué tipo de monstruos nos proponemos ser.
O también: tiempos de confusión radiante. Crujen los marcos de la comprensión, y las palabras ingresan, desorientadas, al acelerador de partículas en que se ha convertido el presente. Giran en falso en la superficie ingrávida de gramáticas suspendidas. Una suerte de apagón alfabético las devuelve al estadio del grito y del grafismo, a la espera de las marcas históricas en que modularán sus nuevos rostros, y, en ellos, sus nuevas vidas pasadas. Mientras tanto, las palabras son el ruido y la furia de un presente desatado a su propia convulsión, a su voluntario salto al vacío. Por supuesto, siempre fueron eso, pero hoy lo son más que nunca. Y además lo saben. El agujero del sentido se abre en cada una de ellas. Nos asomamos y lo vemos: la verdad y el delirio se abrazan en la misma caída libre“.
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