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Sorpresa: Ötzi, 'el hombre de hielo', no es quien creíamos

El cuerpo de Ötzi, en su estado de conservación actual

Antonio Martínez Ron

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Desde su descubrimiento en 1991 por una pareja de alpinistas, la momia de Ötzi, conocido también como el hombre de hielo, se convirtió en un símbolo y en la mejor fuente de conocimiento de cómo era la vida de los cazadores europeos hace alrededor de 5.300 años. Sus restos y pertenencias fueron meticulosamente examinados por los científicos en las últimas décadas: se estudiaron sus ropajes, sus armas, sus tatuajes y hasta el contenido de su estómago, además de su grupo sanguíneo, las enfermedades que sufría y los detalles de su muerte, causada por los efectos de un enfrentamiento violento y el impacto de una flecha. 

Una de las fuentes más valiosas de información fue el análisis de su genoma, en 2012, gracias al cual supimos que era intolerante a la lactosa y se le relacionó con los primeros agricultores neolíticos del sur de Europa, especialmente con poblaciones de Córcega y Cerdeña. En el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, creado específicamente para albergar la momia, hay incluso una reconstrucción a tamaño natural de su aspecto. Un enjuto cazador descubierto de cintura para arriba, con la piel clara y el pelo y la barba encanecidas, mira al espectador con el ceño fruncido. Un gesto que cobra un nuevo significado ahora que sabemos que, según un nuevo examen de su genoma publicado este miércoles en la revista Cell Genomics, aquel no era su pasado ni aquella su apariencia. 

Moreno y sin pelo

El nuevo análisis genético muestra que el hombre de hielo pertenecía a una población aislada y que tenía piel y ojos oscuros, lo que desmonta las reconstrucciones anteriores que lo representaban con piel clara y lo emparentaban con los primeros agricultores neolíticos, debido a que el primer análisis estaba contaminado con ADN actual. Y no solo eso: a pesar de las reconstrucciones para museos (y hasta una película) que lo representan con una frondosa melena, los análisis indican que Ötzi era calvo. 

“Los resultados más sorprendentes fueron la presencia de alelos relacionados con la calvicie de patrón masculino que respaldan la ausencia de cabello observada en la momia real y la pigmentación de la piel bastante oscura que también es compatible con la momia”, asegura Albert Zink, coautor del estudio e investigador del Instituto de Estudios de Momias en Bolzano, Italia. “El análisis del genoma revela rasgos fenotípicos como alta pigmentación de la piel, color de ojos oscuro y calvicie de patrón masculino que contrastan marcadamente con las reconstrucciones anteriores que muestran un hombre de piel clara, ojos claros y bastante peludo”, añade Johannes Krause del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, Alemania. 

Esto indica que Ötzi, en vida, se parecía mucho más a la momia que a su reconstrucción, basada en ciertos prejuicios de los investigadores. Y todo a pesar de que la información estaba ahí, porque la momia, recalca Krause, también es oscura y no tiene pelo. “Es notable cómo la reconstrucción está sesgada por nuestra propia concepción preconcebida de un humano de la edad de piedra de Europa”, agrega.

Un pasado alternativo

Más allá de la apariencia externa, el resultado más interesante de este nuevo análisis del genoma más completo y de mayor calidad es lo que nos dice sobre sus orígenes, lo que en genética se conoce como ancestralidad. El nuevo estudio indica que el hombre de hielo tenía una ascendencia de agricultores de Anatolia temprana inusualmente alta, más alta que cualquier otra población contemporánea conocida en Europa desde el cuarto milenio a. C., lo que sugiere que Ötzi pertenecía a una población alpina bastante aislada con un flujo genético limitado de grupos de cazadores-recolectores.

Ötzi pertenecía a una población alpina bastante aislada con un flujo genético limitado de grupos de cazadores-recolectores

El resultado es toda una sorpresa, porque el trabajo anterior sugirió una estrecha afinidad genética entre Ötzi y los sardos actuales. Los nuevos datos indican que Ötzi tiene más del 92% de ascendencia de agricultores tempranos de Anatolia, lo que, a juicio de los autores, es un recordatorio de la notable historia migratoria de los europeos, que en aquel periodo habían vivido un enorme flujo de población procedente de las estepas. Y, dado que la población del hombre de hielo no intercambió muchos genes con las personas al norte y al oeste de los Alpes, los resultados también sugieren que los Alpes fueron una barrera genética.  

“Descubrimos que el hombre de hielo tiene la mayor proporción de ascendencia relacionada con agricultores del Neolítico temprano entre todos los individuos europeos contemporáneos analizados hasta ahora”, escriben, “lo que sugiere que estos individuos estaban relativamente aislados de otros individuos europeos que estaban más genéticamente mezclados con los antiguos cazadores-recolectores europeos”

Revisitando el mito de Ötzi

Para el genetista y experto en en el análisis de ADN antiguo Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva (IBE-UPF-CSIC), lo más llamativo del resultado es que este individuo tenga más del 90 % de ancestralidad anatolia. “Esto es más típico de los primeros agricultores como los del Neolítico cardial ibérico, pero como Ötzi es más tardío, esto implica la existencia de poblaciones muy aisladas en el entorno alpino”, señala. “El genoma de Cova Bonica en Vallirana (Barcelona) que secuenciamos en 2015, es unos 2.000 años más antiguo que Ötzi y presenta una ancestralidad semejante, con muy poco componente de los cazadores mesolíticos”.

A lo largo del Neolítico medio, en casi toda Europa se produjo un aumento de contactos y mezclas que aportó mayor diversidad genética, explica el experto, por lo que “Ötzi sería singular en este sentido, especialmente al ser tan tardío”, señala. “Creo que también se puede relacionar con el hecho de que los romanos encontraran en algunos valles de los Alpes lenguas pre-indoeuropeas como el rético, que sugieren que el aislamiento era un fenómeno duradero en la región alpina”.

Gemma Marfany, catedrática de Genética de la Universidad de Barcelona (UB), cree que se trata de un estudio interesante y riguroso. “Dado que las técnicas de secuenciación masiva han mejorado muchísimo, y también tenemos mucha más información genética (inferencia de rasgos fenotípicos) y de población europea antigua, sus conclusiones me parecen sólidas” explica a elDiario.es. 

A su juicio, diez años en genética y genómica dieron para mucho y eso, junto con la ausencia de contaminación de ADN actual, explica la diferencia entre estos resultados y los anteriores. “Los autores comentan que la primera interpretación estaba desviada hacia lo que se creía entonces lo que debía ser un ancestro europeo, pero a mí me parece más una consecuencia de lo mucho que hemos avanzado técnicamente y en conocimiento genético, que nos permite 'revisitar' iconos y mitos y reinterpretarlos”.

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