OPINIÓN

“¿Me puedo quedar embarazada practicando sexo oral?”

Ilustración de Bárbara Malagoli.

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Al entrar en la Domus, el museo de La Coruña, España, dedicado al cuerpo humano, los visitantes se encuentran con exhibiciones interactivas sobre genética, el sistema circulatorio, los sentidos o la nutrición. Pero en la sala dedicada a la reproducción y el desarrollo embrionario se puede ver un video que traumatizó a varias generaciones de gallegas y gallegos (yo incluida). El video en cuestión muestra un parto, con todo el lujo de detalles que puede tener un parto. Y como todos los escolares disfrutamos de una visita a la Domus en algún momento del colegio, todas y todos descubrimos en esa excursión que los bebés no vienen de París en cigüeña real, sino con dolor, líquidos, mucosidades difícilmente identificables y bastante sangre. El cortometraje en cuestión producía una fascinación que pasaba de la risa floja al sobrecogimiento más profundo porque, por primera vez, se nos mostraba la reproducción humana sin censura, tan cruda que no podías levantar la vista de la pantalla. (Por cierto, el parto real que tiene lugar en la película ‘Quien a hierro mata’ fue donado recientemente al museo para que se reproduzca en sus instalaciones y así se renueve el trauma colectivo).

No era habitual que los adultos nos hablasen a los niños de reproducción y sexualidad sin tirar de antediluvianos eufemismos de fauna o flora, por no decir que no se nos hablaba de reproducción y sexualidad de ninguna forma. Yo, personalmente, fui a un colegio de monjas en el que si te venía la regla y pedías una toallita, te la daban en portería con más discreción que la entrega de un paquete de droga en el Estrecho. O si llevabas la falda un centímetro más alto de lo permitido, las monjas te la bajaban en un microsegundo nivel ninja, mientras se santiguaban mirando al techo.

Así que para muchas chicas de mi generación la única educación sexual recibida nos llegó a través de una revista de papel que comprábamos en los kioscos con cierto pudor y excitación: la Bravo. En sus páginas coloridas estaba todo lo que no nos enseñaban en clase ni en casa: cómo dar un beso con lengua, cómo saber si le gustabas a alguien, cómo seducir al compañero de pupitre, pero también cuestiones sexuales más serias de las que no teníamos ni la más remota idea. Gracias a la Bravo pudimos conocer si siendo Géminis éramos compatibles con un Aries en alguna fase lunar, pero también que no nos podíamos quedar embarazadas practicando sexo oral (lo sospechábamos), o directamente descubrir qué era eso del sexo oral (lo desconocíamos). 

Básicamente, la Bravo nos hablaba de la sexualidad como algo natural y placentero, aún con sus riesgos, y no como algo prohibido y pecaminoso, tal y como hacía el resto del mundo. Porque, por lo general, en el colegio o en casa se introducía el tema por el riesgo, la amenaza, la prohibición y la abstinencia. Pero claro, una revista de papel no podía enseñárnoslo todo. Muchos aspectos relativos al respeto, los límites o la violencia sexual los tuvimos que aprender a tropezones, entre rumores de pasillos, algún que otro embarazo no deseado y serios golpes vitales. 

Supongo que muchas niñas y niños de hoy habrán sustituido las enseñanzas de una revista por el buscador de Google (donde “¿Me puedo quedar embarazada practicando sexo oral?” tiene 944.000 resultados). Y, sinceramente, no creo que salgan mucho mejor parados. Con el porno a disposición total es presumible que hoy descubran el sexo sin la censura que tuvimos en el pasado, pero también sin el aprendizaje emocional que debe conllevar.  

Recibir una educación afectivo-sexual desde bien pequeños lo aconseja hasta la Organización Mundial de la Salud. Muchos estudios demuestran, además, que comenzar temprano la educación sexual puede ayudar a prevenir embarazos no deseados e incluso abusos sexuales. Lo que se recomienda es una progresión en las lecciones, tanto biológicas como emocionales. Vamos, no se trata de introducir a los niños en el guion de un capítulo cualquiera de “Élite”, sino sencillamente en informarles. Y, una vez informados, ellos ya decidirán si quieren esperar al matrimonio, si prefieren que el condón se lo ponga el otro o la otra, o si lo suyo, mejor, es hacerlo todo a solas.  

A algunos, en realidad, no les molesta que los niños reciban educación sexual, sino más bien que puedan elegir qué quieren hacer con sus cuerpos. A algunos, en realidad, no parece que les moleste la educación, sino la libertad sexual. 

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