Me desperté con los ruidos de mi panza, parecía el sonido de un tractor en el medio del campo. La siesta duró muy poco, quería que fuera más larga para que pasará más rápido el tiempo. No podía concentrarme en otra cosa más que en las galletitas de Oreo bañadas que estaban en la alacena de la cocina, ese paquetito transparente que dejaba ver la cobertura blanca y que al morderlas se sentía esa combinación perfecta del chocolate blanco derritiéndose en la boca y lo crujiente de las galletitas. Bien empalagosas y carnosas. Me daba sed de solo pensarlo.
Me levanté de la cama y fui al baño. Abrí la canilla y dejé correr el agua un rato largo. Contemplaba ese chorro como si fuese una maravilla del mundo. Estaba esforzándome por no tomar nada, y estaba atenta a no lavarme los dientes. Me sentía sucia. La verdad que no entendía, si cuando te lavabas los dientes no tragas el agua, ¿por qué eso sería cortar el ayuno? Mi papá decía que estaba prohibido por ley. Luché contra mi sed y cerré la canilla. Volví refunfuñando a la cama y miré al techo sin saber qué hacer.
El otro día estuve hablando mal de la tarada de Michu porque se cree la mejor del grado y que por eso ella es la más importante. Entonces, hay que hacer silencio cuando ella habla, hay que dejarle los mejores lugares del pasillo para jugar al elástico y hay que comprarle jalá los viernes en el kiosco. Básicamente hay que venerarla solo porque es rubia, flaca y la más linda del shule.
“El día del perdón es el día más sagrado del año para nosotros, un día para desconectar de todo y conectar con los sentimientos, para pedir perdón por las cosas que hiciste mal, a los que ofendiste”. Eso nos decían una y otra vez, en casa, en el shule, en el club…
Voy a pedir perdón por lo de Michu.
Me acuerdo de los chicos en la Plaza Devoto comiendo el panchito de Peters extragrande con kétchup y papitas. Siempre fue mi sueño probarlo. Tampoco podía. No solo ese día, ningún día del año. Detestaba esa regla: la del cerdo como el demonio, intocable, el animal prohibido.
El otro día fui al cumple de una de mis compañeras de inglés y no podía comer sanguchitos de jamón y queso. No me importó mucho, aproveché que nadie miraba, ni la mamá de la mi amiga, para metérmelos en el bolsillo. Fui corriendo al baño sintiendo esa adrenalina hermosa casi como si estuviese robando chicles en el kiosko de Chiche, y fue ahí cuando los probé por primera vez. Eran raros, más salado que los de queso y huevo. Seguí masticando y saboreando hasta descifrar que era la combinación perfecta. Me encantaron y, además, sentía el poder de la victoria.
Miré el reloj, todavía faltaban tres horas para ir al templo, ya casi empezaba Chiquititas. Quería llorar, me lo iba a perder. Le había pedido a Gladys que me lo ponga a grabar en cassette, así lo veía al día siguiente. Era un secreto entre nosotras: yo le pedía cosas que Estela si podía hacer porque era goy. Vivía con nosotros, la ayudaba a mi mamá con la casa. No era parte de la familia, aunque para mi sí, era mi cómplice.
Miré por la ventana de la pieza y veía pasar el colectivo lleno. La gente común seguía trabajando, pero nosotros no, tampoco íbamos al shule. De eso no me quejaba, tenía muchos más feriados que las girls. En eso ellas me envidiaban. Yo en cambio, moría por vestirme con sus looks de 47 Street y Scombro, por poder ir a la matiné o charlar con chicos en la plaza hasta cualquier hora.
Me puse a ordenar un poco el placard y separé la ropita blanca que me había regalado mi mamá para estrenar a la noche. “Representa la pureza”, me dijo. El blanco no me gustaba, me hacía gorda. En realidad, no sé si gorda, es como que me marcaba mucho las tetas. Mi bobe le había dicho a mi mamá que tenía que comprarme un corpiño más armado con aro, que ya estaba muy desarrollada. Mi compañera de banco ya los usaba, se le notaban debajo del uniforme. Quizás era una buena idea.
Volví un rato más a la cama. De repente, en medio del silencio, escuché el ruido del zumbido interrumpiendo mis pensamientos. Empecé a temblar, me había olvidado el MSN prendido en la computadora del escritorio de mi papá. Me iban a matar si se enteraban, así que abrí la puerta muy despacio, miré que no haya nadie y corrí en puntitas de pie para cerrar sesión.
Volví al cuarto y prendí mi compu. Me habían regalado una para mi Bat Mitzva hacía unos meses, pero todavía tenía la costumbre de usar la general.
Era obvio que era Rafa, el chico que había conocido en el cyber. Nos la pasábamos chateando todos los días cuando salíamos del colegio. Aunque ahora yo iba menos porque habían puesto internet para toda la casa y ya no se ocupaba la línea de teléfono.
Estaba dudando qué hacer, si no le respondía iba a pensar que era una boluda… Ya había prendido la computadora, así que era lo mismo. Estaba infringiendo la ley. Después lo sumaría a la lista de los perdones. Por las dudas, dejé la puerta entreabierta para escuchar si subía alguien.
Empezamos a chatear un rato y me contó ya había salido del cole y me preguntaba cuándo iba para el cyber. Claro, ahora que ya tenía todo en mi pieza, mis papás decían que no tenía sentido ir. Igual, me las ingeniaba para pasar una vez por semana, todos los miércoles cuando iba sola a inglés. Decía que salía temprano como caminaba lento y porque me encontraba con las girls antes para ponernos al día y para que la profe no nos retara en clase por charlar tanto (y en castellano).
El problema era que ese miércoles no podía ir a inglés porque estábamos ayunando.
No quería contárselo a Rafa, era raro esto que hacíamos, en el fondo ni si quiera yo entendía por qué lo hacíamos. No quería que piense que era una freak. ¿Perdón a quién? ¿Perdón por qué?
Rafa era un chico super canchero y tenía muchos amigos, iban con Sofi (una de las girls) juntos al grado del colegio más famoso del barrio. Moría por ir al Virgen Niña, era enorme, tenía teatro, pileta, cancha, de todo; además, estaba enfrente de la plaza, a pocas cuadras de mi casa. A mi colegio tenía que ir en combi y tardaba un montón.
Lo divertido de ir ahí era que todos los chicos siempre salían y se quedaban enfrente jugando, charlando, bailando. Estaba buenísimo.
Tenía una cruz gigante en la entrada. Mis papás me explicaron que era su símbolo como nuestro Maguen David y que no podía ir ahí porque era un colegio de goys.
También, Rafa, que era gracioso y divertido, se la pasaba haciendo chistes todo el tiempo y le encantaba sentarse en la compu al lado mío. A veces, me dolía la panza de tanto reírme con él.
Le inventé que la profesora de inglés me había cancelado la clase y fue ahí cuando me dijo que me extrañaba porque ya no me veía tan seguido. Que le parecía muy linda y que tenía ganas de invitarme a tomar unos licuados en la plaza algún día.
Le contesté que me encantaría y un emoji de corazón. Me puse toda colorada, pero lo estaba disfrutando, se estaba haciendo realidad: iba a salir con Rafa.
Hasta que de pronto escuché a mi papá subir por las escaleras.
Abrí los ojos como un búho, apagué el monitor y salté rápido hasta la cama.
-¿Mamele todo bien, cómo venimos? Gritó mi papá mientras seguía subiendo.
Me asusté bastante, pero respondí que todo en orden, que estaba bien sin comer así que volvió a bajar. Sentí alivio, pero me había transpirado toda, estaba tapada de la vergüenza y todavía seguía pensando en Rafa. También iba a tener que pedir perdón por esto en el templo.
De pronto, me agarró como un calor tremendo en el cuerpo, era intenso y se sentía en todas partes. Subía desde los pies por las piernas y llegaba hasta mi vagina. Sentía como un hormigueo extraño, pero no dolía, era más bien atractivo. Sentí el impulso de ponerme la mano encima como si pudiera frenarlo. Pero me gustó más aún.
Presioné fuerte y me dio otro cosquilleo.
Saqué la mano.
Me di cuenta de que mi respiración era muy fuerte, estaba algo agitada.
Volví a poner la mano y me masajeé despacito. Me sorprendí de mis dedos, no sabía que eran tan suaves.
Se empezaron a mojar. Era un líquido transparente y pegajoso, como una boligoma.
El calor aumentaba y necesitaba más.
Agarré el almohadón de felpa con forma de corazón que tenía en la cama y me di vuelta.
Lo puse abajo mío y empecé a frotarme sin parar.
La respiración no me dejaba pensar. Se me cruzaban imágenes de Rafa y sus labios carnosos.
Seguía.
Un poco con el almohadón y otro poco me ayudaba con la mano.
Jadeaba, tenía sed, estaba roja como un tomate.
Fantaseaba con colgarme la cadenita de Rafa con la cruz de su colegio.
Quería tocarlo, darle un beso la próxima vez que lo viera, pero sabía que estaba prohibidísimo.
Después de unos minutos, paré.
Me levanté despacio al baño y fui a hacer pis. Tenía mucho calor así que me lavé la cara para hacer de cuenta que nada hubiese pasado.
Fuck. Me había lavado la cara. No podíamos lavarnos la cara, ni bañarnos, ni nada en el día del perdón.
La verdad, no tenía ningún sentido eso, pero igual me sequé muy bien para que no se me notara y volví al cuarto para prender el monitor.
Rafa me había contestado: ¡Buenísimo! ¡Te veo la próxima y vamos caminando juntos a la plaza!
De abajo, mis papás me gritaron que arranque a cambiarme, que pronto salíamos. Cerré todo rápido.
Habían pasado 22 horas, lo estaba logrando.
Faltaban las últimas, pero esas iban a ser más fáciles pensé, porque íbamos estar en el templo y me encontraría con mis amigos del shule.
Me puse la ropita nueva y me miré al espejo, mis pezones hinchados rozaban la blusita blanca. Sonreí. Me veía radiante.