Entrevista

Eduardo Orenstein, dueño del erotismo clandestino en Argentina: “Lo que me gusta del material erótico-pornográfico es que te iguala”

Orenstein en su museo virtual. “Soy muy pudoroso”, aclara.

Pornografía marginal, literatura iconoclasta y un museo erótico virtual. En esas tres líneas existenciales parece transcurrir la vida y los días del escritor, periodista, pintor, coleccionista, documentalista y adicto a los palíndromos Eduardo Orenstein (1957, Uruguay). Dice en su búnker de Flores, donde tiene toda su colección de materiales de sexualidad que circularon de manera subterránea y oculta: “A mí lo que me interesan no son las grandes obras, sino aquello que los franceses definen como Erotisme du dimanche, es decir: erotismo del domingo, el erotismo popular porque es ahí donde se pueden perfilar los resquicios de la mente humana, los meandros del cerebro en la percepción erótica”. Habla con tranquilidad y calma entre muñecas sin ropa, máscaras, posters de películas de todas las épocas, consoladores de diversos tamaños, merchandising de Isabel Sarli, preservativos antiguos, pilas de historietas pornográficas y revistas picarescas, montañas de fotos clandestinas con fotos de desnudos anónimos, dos computadoras y una asistente joven. Hay caos y orden por partes iguales. Orenstein está en el centro mismo del mundo que armó.

La reina del porno, derecho a las lágrimas

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Orenstein llegó a la Argentina en 1974. En esa época, recuerda, si querías ver La naranja mecánica o las películas de Isabel Sarli (“un ícono del erotismo argentino por generaciones con proyección de cine de autor importantísimo”) tenías que ir a Montevideo. Pero desde antes había encendido el fuego de un amor duradero por el coleccionismo de arte popular y marginal en relación a lo erótico y la pornografía. Lo sedujo aquello que era despreciado: “Siempre he tenido la tara de juntar. No me enorgullece ya que soy crítico de los coleccionistas. Es por eso que a mis colecciones les quiero dar otra dimensión. No me interesa el costado fetichista y proyectarme en el objeto que poseo.” Le gusta, más que nada, ir recolectando cosas y sistematizarlas, darles un orden. De algún modo, significa organizar el desconcierto que es la vida, la existencia, encontrar un sentido y una cronología. A partir de ahí busca dar una devolución. Esta necesidad lo llevó directamente a su proyecto actual: el Museo Erótico de la Ciudad de Buenos Aires, que por ahora solo tiene una existencia virtual donde hay una advertencia: “El ingreso de menores de 18 años no es considerado conveniente”.  

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Escribe Georges Bataille en El erotismo: “Tomado en su conjunto, el erotismo es una infracción a la regla de las prohibiciones: es una actividad humana.” Y en La felicidad, el erotismo y la literatura dice: “El erotismo es lo propio del hombre. Al mismo tiempo es aquello que lo abochorna. Pero nadie conoce el medio para escapar a la vergüenza que el erotismo impone. El erotismo es la ratonera donde el más prudente se deja atrapar. Quien piensa que está afuera, como si la trampa no le concerniera, desconoce el fundamento de esa vida que lo anima hasta en la muerte. Y quien piensa dominar ese horror asumiéndolo, no está menos engañado que el abstinente. Desconoce la condena sin la cual la fascinación del erotismo, a la que pretende responder, dejaría de fascinar. No podemos sustraernos a ese horror hasta el punto de que ya no tengamos que abochornarnos, no podemos gozar sino a condición de seguir sintiendo vergüenza.”

Dice Orenstein: “Para mí el erotismo y la sexualidad es un misterio. Y al estar tan condenado y censurado más me provoca conocerlo. Eso es inevitable: mientras más prohíbas más curiosidad genera e interés. En mí funcionó. Y creo que el erotismo está metido en todos los estratos, dialécticas y entrañas de la sociedad. A pesar de esto, en la actualidad, esencialmente sigue siendo un misterio que va desde fantasmas, fetichismos, emociones y demás. Eso es lo que me gusta, lo que es misterioso, lo que no puedo explicar. La pulsión erótica no la podés eliminar.”

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En la década del 90, Orenstein estaba de viaje de trabajo por Barcelona y vio que se inauguraba un Museo Erótico: le pareció una novedad absoluta porque nunca había estado en uno: “Me fui corriendo a verlo. Y me dije que si hacían un museo con ese material pobrísimo que tenían y sin ninguna curaduría, yo me podía hacer otro ni bien llegue a casa”, recuerda. Esa causalidad fue el big bang de la idea. El azar define destinos. 

Decidió que con su colección de “cierta envergadura” se podía ofrecer una visión del erotismo y la pornografía clandestina bajo la forma del museo, que todavía no se pudo instalar y salir de la web por razones presupuestarias (“soy un simple mortal”). Sin embargo, Orenstein no se quedó quieto y buscó un punto de fuga a esa imposibilidad: “Me surge la chance real de mostrar el museo erótico a través de libros. Y Cojer, La pornografía clandestina en el Río de la Plata durante el siglo XX es el primer libro. Y sale por mi editorial El Rayo Rojo.” Una editorial que también es librería y tiene su local en la galería Bond Street. Luego de muchas vidas y profesiones, Orenstein vive de vender y revender memorabilia cinematográfica.

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El Museo Erótico, que por ahora es virtual (aunque lleva a a cabo gestiones “infructuosas” para que alguna vez sea concreto, físico y presencial), tiene varias salas: Erotismo y arte popular; El cine o el ojo del voyeur; Historieta; Etnografía; Fotografía; Fetichismo; Máquinas y herramientas del erotismo, entre otras. Cada una de estas salas exhibe, básicamente, una historia que no había sido contada de manera oficial. De esta manera, cumple una función antropológica y arqueológica sobre usos, prácticas y costumbres que siempre pasaron por debajo de los radares masivos de aceptación institucional e incluso social. Ahora esa información, ese terciopelo subterráneo, se pone al alcance de todos los que quieran acercarse y descubrirlo. “Es un  museo pesado en cuanto a su contenido, no se encuentras unos desnuditos cuidados. Hay, por ejemplo, una colección de vellos púbicos (la serie ”Pendejos“, lo que más orgullo me da tener) o un equipo para hacer abortos porque es parte de la actividad sexual. Me interesa la intensidad y mi visión particular”, explica.   

La asistente de Orenstein se llama Macarena Russo y cuenta lo siguiente: “La gente que se acerca al museo es muy diversa porque son desde curiosos que pasan y preguntan qué es lo que tenemos adentro, coleccionistas, músicos, y demás. De todas maneras creo que si más gente supiese que el museo existe vendrían todo el tiempo. A mí me pasa que todos mis amigos quieren venir. Es muy atractiva la propuesta.”

Hubo un antecedente. El libertino era una revista que salió durante los 80 y comienzo de los 90. Tenía erotismo y a veces performance de arte. Por ejemplo, en el N° 8 de 1993 salió a doble página la fotoperformance “Maresca se entrega todo destino”. La información decía: “La escultora Liliana Maresca donó su cuerpo a Alex Kuropatwa –fotógrafo-, Sergio De Loof –tred setter-, y Sergio Avello –maquilladora- para este maxi aviso donde se dispone a todo.” Este desnudo secuenciado de Maresca fue una obra de arte que luego se expuso en galerías. En esta revista escribía Orenstein. Y en los 90 se hicieron dos exposiciones llamadas Erotizarte, a las que le fue muy bien. Subido a esta ola, Orenstein quiso abrir su propio museo pero la idea no prosperó. Mientras tanto, él siguió juntando material. Ni en su mirada ni en su tono de voz no hay ni un ápice de nostalgia. 

“Una vez que vos le das rienda suelta a tu fantasía o tu realidad erótica o sexual ya no tenés freno. A partir de ahí sos todo lo explícito, escatológico, sodomita que querés”, dice Orenstein sobre el material que fue recopilando en todos estos años. Después dice: “Hay poca homosexualidad. La homosexualidad es como un chiste o una agresión que generalmente le hace o le sugiere un personaje a otro. Hay poco material así. Yo tengo algunas fotos homosexuales de esa primera época. No hay ese material de consumo homosexual que a mí se me haya cruzado.”

¿Cómo ves el papel de la mujer en esos materiales?

 Eso es muy interesante porque la mujer no era sometida. Opina, pide, exige, burla, vapulea. En las historias escritas, sobre todo, tienen un  rol activo y enérgico y para nada sumiso. No obstante, eran productos para consumo masculino. 

¿Qué diferencia hacés entre erotismo y pornografía?

No hay. Hay un concepto equivocado de pornografía. La pornografía se relaciona comúnmente con lo obsceno y eso no es así. En el origen de la palabra “pornografía” está el hecho de escribir relatos sobre prostitutas. Es un término que inventaron los franceses para los libros que eran historia de la prostitución. Luego se hizo extensivo a las obras que proponen estimular erótica o sexualmente a los individuos. A partir de que sale de un proceso intelectual es erótico porque el erotismo es la fase siguiente al instinto genésico animal. El hombre es un animal plusbiológico. El hombre elabora casi todos sus actos de subsistencia en otro nivel. Todos tenemos capacidad erótica por más bestias que seamos. No hay diferencia entre erotismo y pornografía. Tampoco me parece que cabe la palabra “obscenidad” en relación a lo erótico y lo pornográfico. Para mí es obsceno es presenciar la corrupción política. Pero como soy un cínico nada me ofende. 

-¿Es cierto que que la primera película pornográfica de la historia del cine se filmó en Argentina y se llamó El sátiro (1907)?

- Yo no lo sé si es cierto. Es una posibilidad. La vi y escuché la justificación. Es muy caprichoso lo que se dice y creo que es muy difícil de saber si es cierto eso. Ahora bien, no me cabe la menor duda, conociendo lo que son los seres humanos, que a partir de que existió la imagen en movimiento se filmó gente cogiendo. No tengo dudas al respecto. Lo que me gusta de todo el material erótico pornográfico es que te iguala.  

¿No hay nada extremo para vos?

No, no hay nada extremo. ¿Quién soy yo para juzgar? No creo en el pecado, ni en el bien ni el mal absoluto. Todo se pone en función de lo relativo. No me interesa el rol de juez. Me interesan los asesinos y sí las conductas extremas de ciertos seres humanos. Me interesan los torturadores, no lo defiendo para nada pero me interesa. 

¿Nunca quisiste producir tu propio material erótico pornográfico?

Para nada, yo soy muy pudoroso. 

WL

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