Entrevista

Georgina Orellano, autora de Puta feminista: “Lo que me salvó la vida fue reconocer que no soy de clase media ni quiero serlo”

Orellano acaba de lanzar su primero libro: Puta Feminista

“Lo que modificó mi existencia fue tener una consciencia de clase, antes iba a la esquina y quería hacerme millonaria: me peleaba con la compañera de al lado para ver quién había hecho más clientes. Cambiar eso me volvió otra persona”, asegura Georgina Orellano, la secretaria general de AMMAR, el sindicato que defiende los derechos humanos y laborales de quienes ejercen el trabajo sexual en Argentina. Estamos en Casa Roja, en el corazón del barrio de Constitución a pocas cuadras de la estación de trenes. “La zona más problemática en cuanto a trabajo sexual, fuerzas de seguridad y violencia institucional”, explica. En una esquina está la plaza Garay y en la otra el Ministerio de Gestión y Acción social. Este es el centro de operaciones de AMMAR, un territorio propio de reunión, contención y también de ayuda. Acá mismo tienen un espacio que funciona como comedor, hay servicio de psicología, se dan talleres de alfabetización, se brinda colaboración e información para quienes tengan problemas con su documentación y con su vivienda, entre otras asistencias. Pero el encuentro con Georgina Orellano, una trabajadora sexual, madre y sindicalista que siempre habla en plural como si se hubiese metabolizado en sujeto colectivo, tiene como excusa dialogar sobre su primer libro que acaba de publicar Penguin Random House: Puta feminista. Mientras habla toma mate dulce y sonríe muy poco. Su mirada es penetrante y focalizada, no se descuida ni un segundo. Parece en dominio de lo que sucede a su alrededor. Es una mujer seria y su corporalidad se impone de forma contundente: todo en ella materializa la idea de un destino elegido, razonado y que se intuye como a larguísimo plazo. En ese sentido, Puta feminista puede ser leído como un texto que acepta la doble lectura: es un libro de aventuras e iniciación, pero por otra parte es el viaje de alguien que encontró una forma de vida entregada a confrontar la moralidad de la sociedad y tratando de conquistar los derechos de trabajadores que siempre están afuera de las planificaciones del Estado: las personas que ejercen el trabajo sexual. 

Desacralizar la concha

Desacralizar la concha

¿Por qué este libro ahora?

Teníamos un montón de conocimientos y saberes que la gente desconoce. Este desconocimiento se transforma en prejuicios y en una realidad que no es la nuestra. Hay una gran distancia entre lo que piensa la sociedad y lo que pensamos quienes ejercemos el trabajo sexual. Por otra parte, en el campo literario y en la escritura no estaban presentes las voces de las trabajadoras sexuales en primera persona. Siempre que nos leímos nos vimos en un lugar secundario y se pusieron en duda nuestras decisiones, pensamientos, formas de vivir y nuestra lucha. Después otra cosa: parecía que la única forma de pensar a alguien que ejerce el trabajo sexual era dentro de la categoría de víctima. Nosotras no nos sentimos cómodas ahí. Ni siquiera nos pensamos así. 

El libro va de la autobiografía a las ideas políticas. ¿Fue sencillo encontrarle la arquitectura a tu historia?

En lo que me basé es en lo que siempre nos preguntan en las entrevistas, les estudiantes y toda la gente, incluso de la academia, que se acerca a nuestra organización. Siempre la primera pregunta es “¿cómo arrancaste?”. Eso es algo que nos consultan todo el tiempo. Después sigue: “¿cómo te decidiste? ¿Cómo fue tu historia? ¿Tu familia sabe a qué te dedicás? ¿Cómo es la relación con los clientes?” Entonces el libro empieza así. Casi nunca nos preguntan cuáles son los derechos que les exigimos al Estado o nuestra relación con la fuerzas de seguridad. Se cree que la única violencia que atraviesa una prostituta es la del cliente y eso no lo desconozco, porque en el libro cuento mucho de eso, pero cosas que sí me han atravesado en mi relación con la policía (coimas, detenciones arbitrarias, maltratos, humillaciones) pocas veces está presente en las entrevistas, o incluso en los debates feministas.   

¿Sentís que comprender tu historia ayuda a que se dimensione la lucha de quienes ejercen el trabajo sexual?

No sé si te puede llegar a decir algo cómo arranque yo en el trabajo sexual. Es una experiencia que yo la viví hace 16 años atrás. No es lo mismo lo que yo pensaba de mi trabajo entonces de lo que pienso ahora. Antes desconocía la existencia de un sindicato y tenía un montón de temor por un montón de cosas que siempre nos han inculcado a las mujeres sobre la calle, hablar con desconocidos, transitar el espacio público, la vestimenta que se usa en el espacio público. Entonces no sé de qué vale decir por qué empecé a trabajar de esto ya que ahora veo todo eso desde otro lugar. Quizás lo hice porque fue lo único que me quedó. A los 23 años tuve otras oportunidades laborales. Un cliente me ofreció trabajar en una empresa metalúrgica. Fui un mes y me di cuenta, a pesar de tener todo en blanco y con obra social, que también era un trabajo de mierda. Me decidí por ser trabajadora sexual porque tenía independencia y mejores ingresos.

¿Este momento histórico ayuda a un libro como el tuyo?

Firmé contrato con Penguin en 2018. Hubo un montón de veces en los que creí que no era el momento para mi libro. Cuando se discutía en el Congreso la interrupción voluntaria del embarazo creí que no era el momento de sacar el libro porque era otra la discusión, había que lograr unidad de las mujeres, sacar esa ley y no quería generar tensión ni desviar el tema. Después vino la pandemia y vino otro gobierno. Fueron otras las situaciones que atravesamos con AMMAR. En un momento fuimos reconocidas dentro del registro de trabajadores y trabajadoras de la economía popular y logramos una categoría que respetaba nuestra identidad de trabajadoras sexuales. Pero ese reconocimiento duró 5 horas y fue borrado por un lobby parlamentario. Hubo una indignación de unos días y después cada uno siguió con su vida mientras las putas seguíamos con el problema: siendo desalojadas, sin tener para comer y sin poder ejercer nuestro trabajo. No había respuesta del Estado en ningún sentido ni políticas públicas dirigidas a nosotras. Ahí sentí que teníamos que poner nuestra problemática más en agenda. No sé si el libro ayuda a eso pero es una herramienta más en la lucha que tenemos como organización. Una lucha que ya tiene 28 años.   

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Ser parte del registro de la economía popular les permitía a AMMAR ir al Estado a contarle su realidad en términos más cuantificables y estadísticos: poder saber cuántas trabajadoras sexuales hay en Argentina (tienen delegadas en todo el país), qué estudios tienen, qué ingresos logran, qué carga horaria de trabajo sexual llevan adelante, investigar sobre la relación de trabajo sexual y acceso a la vivienda (siempre inestables, complejas, hacinadas, en casas tomadas, etc.). Estos números le ayudarían a planificar aún mejor los distintos abordajes a las problemáticas que siempre emergen dentro del sector del trabajo sexual. “Nuestras vidas son muy precarias. Todo esto es desconocido por el Estado entonces no contempla con políticas públicas orientadas a nuestras realidades. Después de la pandemia, la precarización de la vida de las trabajadoras sexuales se intensificó aún más”, dice Orellano.  

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La dedicatoria de Puta feminista dice así: “Por las putas San Julián, por Ruth Mary Kelly, por Sandra Cabrera, por Fátima Olivares.” Este recordatorio de un recorrido histórico de lucha, la imagen en primer plano del rostro de Georgina Orellano en la tapa del libro y esa preposición (“Por”) recuerdan inmediatamente a ese poema inaugural de Pedro Lemebel: Manifiesto (Hablo por mi diferencia):  “Aquí está mi cara/Hablo por mi diferencia/Defiendo lo que soy/Y no soy tan raro/Me apesta la justicia/Y sospecho de esta cueca democrática”. En este sentido, la reaparición en la mesa de novedades del libro Memorial de los infiernos (Alcohol & Fotocopias y Viciosa Editora) de Ruth Mary Kelly (“Aprendí duramente a ganarme la libertad. Soy una rebelde”, dice en un momento) dialoga muy bien con Puta feminista porque pone en relevancia la importancia de la circulación de voces que documentan el valor de la propia experiencia de los cuerpos que muchas veces son pensados por un afuera aséptico, resguardado, seguro y desangelado. Explica Nina León, performance, artista, trabajadora sexual y autora del libro Puta Poeta: “Cuando podemos hablar en primera persona, cuando podemos plantear lo nuestro a partir de lo que atravesamos, a partir de nuestras vivencias, a partir de lo que nos interesa comunicar y de la manera que queremos, es cuando surge la posibilidad de llegar mejor a un montón de personas y hogares que de otra forma no la conocerían de esta manera. Y además es una forma de dar una batalla cultural que necesitamos las trabajadoras sexual, aparte de nuestros derechos laborales y la despenalización del trabajo sexual. Aportan muchísimo estas voces para generar empatía con un afuera que muchas veces no dimensiona el daño que genera que no les preocupe que un colectivo tan grande como el de quienes ejercen el trabajo sexual tenga que actuar en la clandestinidad con todo lo que eso conlleva.”

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Georgina hace poco que empezó a hacer fitness: “Son tres veces por semana una hora. Y esa hora la pienso como dedicada solamente a mí. Y salgo de ahí y siento que resurjo con otra energía. Ahí descargo todo.” Es extraño porque sonríe mientras lo cuenta, su rostro se ilumina y de pronto se pone muy seria de nuevo y dice: “Pero yo hice una elección de vida con la militancia. Y mi mayor tiempo se lo quiero dedicar a eso. Incluso a veces siento que le decido poco y quisiera dedicarme más todavía.” Muchas noches, Georgina va a su esquina y milita ahí mismo: “viene una compañera y la ayudo a sacar su DNI, viene otra compañera y la ayudo a conseguir vacante para el colegio de su hijo, y así estoy en la esquina solucionando problemas en vez de atender a mis clientes.” En ese aspecto, lo económico surge constantemente en su cabeza: “Yo tengo la AUH y también el programa Potenciar Trabajo (como lo tienen casi todas las trabajadoras sexuales), con ese dinero puedo pagarme la vivienda. Y después es trabajar para la comida.”

Con un hijo adolescente que se maneja relativamente solo, Georgina puede disponer mejor de su tiempo ya que antes solo trabajaba en los momentos en los que Santino, su hijo, iba a la escuela en doble escolaridad. “A las 16 hs a más tardar yo dejaba la esquina porque quería ir a buscarlo siempre o simplemente estar con él. Ahora hace las cosas de la casa y hasta me espera con la comida hecha”, cuenta. 

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Una vez que se atraviesa la puerta de entrada a la Casa Roja, a la izquierda, se observa un mural que ocupa toda una pared en el que está retratada una icónica Isabel “Coca” Sarli en el centro bien alto, y a los costados: las caras de Ruth Mary Kelly y de Sandra Cabrera, “una trabajadora sexual que fue asesinada el 27 de enero el 2004 en la terminal de ómnibus de Rosario”, informa la página de AMMAR. “Esta es nuestra Santísima Trinidad y que nos protegen a todas”, dice con respeto Georgina mientras que con una mano señala la imagen y la otra, casi como acto reflejo natural, se la lleva al corazón.  

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Georgina Orellano es una sindicalista que atraviesa la misma realidad que las trabajadoras que representa. “Lo que me salvó la vida fue reconocer que no soy clase media ni quiero serlo”, comenta como al pasar. Va solamente los miércoles a la Casa Roja para tratar de resolver problemas de sus compañeras y los demás días hace esquina: “Todo bien con que la gente piense que el trabajo sexual no es trabajo pero lo cierto es que existimos. Ya lo dijo el General: ”la única verdad es la realidad“.” Este posicionamiento la ubica a Orellano es una zona extraordinaria de la lucha sindical del presente: sabe exactamente qué necesitan sus compañeras, quién es el enemigo y dónde direccionar su energía. En otro aspecto, sus días se articulan alrededor de la familia, los modos de aprovechar el tiempo y la conquista de una mayor independencia aunque no siempre lo logre: “Estuve en la situación de tener que volver a vivir con mi mamá o parar en lo de amigas porque no tenía cómo pagar el alquiler. Incluso en un tiempo, me desalojaron y me tuve que ir a vivir con un cliente. Me hizo la gamba un par de meses hasta que pude ahorrar y volver a alquilar algo. Cuando empezó la pandemia estaba viviendo en un hotel por Constitución y mi hijo se fue a vivir con mi mamá. Después, con la apertura, volvió conmigo. Yo ahora vivo en un hotel de Constitución con mi hijo. En la esquina de mi casa hay trabajo sexual”, cuenta.  

¿Ser reconocida te trajo algún tipo de beneficio?

Me llevaron más veces en cana desde que soy trabajadora sexual y militante de AMMAR que antes cuando solo era puta callejera. 

¿Cómo es el diálogo con los movimientos feministas?

Antes del 2016, en los encuentros nacionales de mujeres era imposible que nos escucharan. Y después del 2016 fuimos a los encuentros, discutimos un día y medio con las abolicionistas, después cada una volvió a su lugar y la realidad de las putas siguió siendo la misma. No tenemos obra social, no tenemos derechos, no nos podemos jubilar, no podemos alquilar un lugar digno, seguimos padeciendo las razzias y los maltratos policiales.

¿Te hacés tus espacios por afuera de la lucha colectiva?

Trato. Pero cuando una elige la lucha sindical siempre va a estar el nosotras primero.  

¿El amor es un peligro para una trabajadora sexual?

Hace dos años que estoy en una relación con una chica. He tenido otras relaciones con otras chicas y me ha ido para el orto, aunque sean con mujeres. Entonces yo ya no idealizo. Yo pensaba que si tenía una relación con una mujer feminista y militante iba a estar todo bárbaro y me pasó lo mismo que con un tipo: me conocían como trabajadora sexual y después de un tiempo les jodía mi laburo. Todo empezaba bien y más tarde me salían con los mismos cuestionamientos de los machirulos. Por eso sólo me gusta convivir con mi hijo. Por hasta acá esta chica con lo que tengo una relación me respetó estas cosas y toda la familia la conoce y la quiere. De todas formas tenemos nuestros tiempos, distancias y cercanías. Esta es la solución que yo encontré. Es muy difícil sacarte un montón de cultura machista de encima porque estamos criadas bajo esa mirada del control, celos y toxicidad. Por eso me interesa mucho tener una responsabilidad afectiva y no estar dejando cadáveres en tu camino. 

WL

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