Opinión

Un adiós a Piltrafa: el héroe de los antihéroes

Pil Trafa (I), en sus épocas como vocalista de Los Violadores

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¿Qué decir del Punk que no se haya afirmado? Nada. Ya se dijo todo. Ya Nietzsche, el primer pistol, mató a Dios y Foucault, un ramonero de ley con sus poleras, le asestó un golpe fatal al sujeto (que igual un poco renace hoy con la literatura selfie del yo). Anthony Burgess con sus drugos ya le pegaron la cagada a palos al Estado Benefactor y el dadaísmo ya se volvió el divertimento de las clases subalternas británicas y el no future hace décadas que ya se llevó puesta a la paz social de la II posguerra y a Hobsbawm con ella. La desprolijidad de un movimiento musical que apostó todo a la performatividad y sus bases melódicos simples y potentes ya se le coló al supercalifragilisticoespialidoso del Sinfónico y el rock conceptual. Ya no queda nada por innovar en el Lado Escupido de la Luna. 

Y sin embargo este 13 de agosto los cultores de aquel movimiento en su versión argentina, acaso latinoamericana también, recibieron la peor noticia. El Punk local sí tuvo su cambio radical, con la muerte de Héctor Enrique Chalar, Piltrafa. Rostro, sinécdoque del campo, Pil, el que pudo reunir en una sola versión periférica la rabia de John Lydon, el compromiso de Joe Strummer y la dulzura de Joey Ramone, no va a estar más. “Estás muerto, estás muerto antes de nacer”.

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Música, sonido y ruido por Julieta Roffo. A lo mejor resulta bien.

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Chalar nació el 1 de febrero de 1959 en Villa Urquiza, exactamente un mes después de la Revolución Cubana. Ese mismo día se suscitó en la Unión Soviética el incidente del paso Diátlov, muerte inexplicable y misteriosa de nueve excursionistas en los montes Urales. En la Argentina el stop and go hacía lo suyo y en unos pocos meses la escasez de divisas y de pax frondizista harían llamar a pasar al invierno a Alsogaray. Postales de un mundo que atravesaba el frío de una guerra ídem con la carne lívida y trémula. Pil, un bebé que llegó con la geopolítica bajo el brazo.  

Enrique no fue ni más ni menos que un boomer tardío o un X temprano, devenido adolescente en esos 70 a los que ya no le quedan una baldosa por revisar. Fue en la segunda mitad de esa década donde a nuestro país estaba llegando aquel movimiento tan potente como simplón que, entre salivazos y aromas a pie, estaba sacudiendo la grandilocuencia de una escena marcada por los discos conceptuales y los mil músicos en el escenario. En el marco de esa primera ola que de a poco empezaba a abrirse camino en la Argentina, Chalar se conectó con Pedro Braun (Hari-B el introductor), Gustavo “Stuka” Fossa y Sergio Gramática, formando Los Violadores en plena Dictadura Militar, de hecho, el nombre de la banda se vio modificado por la censura imperante. El rock duro en nuestro país nació traumado por la represión, no por el aburrimiento comprado con los dólares del Plan Marshall. Mientras los músicos británicos o norteamericanos sumaban hastío existencial, los argentinos coleccionaban ingresos en las comisarías.   

La banda tuvo una alquimia medio instantánea y debutó con la placa Los Violadores en 1983, obra furiosa y potente. Luego, en 1984, crearían el disco central del género en toda América Latina, Y ahora qué pasa eh, en donde mezclaron con maestría los tópicos desgarrados de la salida de la dictadura con los del recrudecimiento de la Guerra Fría. En el siguiente disco, Fuera de Sektor, el más dark de todos, aparecieron bases más pop y el despliegue en su prosa de conflictos existenciales propios de la literatura postapocalíptica, con una pluma que por momentos parecía surgir de una ronda de tragos entre Borges, Isaac Asimov y Enrique Symns. Con esa primera trilogía Los Violadores se harían acreedores de la franquicia del movimiento en América Latina. Luego, es sabido, se regalaron unas cuantas peleas, una separación traumática y tres vueltas, una 1995, otra en el 2002 y una más en el 2016, con la formación de los primeros tres discos, que fue sencillamente antológica, colosal.   

Mientras los músicos británicos o norteamericanos sumaban hastío existencial, los argentinos coleccionaban ingresos en las comisarías.

Pero hablemos un poco más de Pil. Ya hicimos los saludos a la bandera de la historia del rock, ya pasó el momento Documental de Canal Encuentro, la clase de historia de la cultura en los años del Proceso de Reorganización Personal. Démonos un segundo más para hablar sobre por qué nos pega tanto su muerte si, en un punto, hace un montón que nadie lo escuchaba merodear por los grandes escenarios (aunque ahí está su última placa, Carne, Tierras y Sangre, de Pilsen, ganadora del Gardel al disco de Rock Pesado/Punk mostrando que tan oxidado no estaba). Para la Generación X su partida es orfandad (y esto en desgarrador tandem con el fallecimiento de Palo Pandolfo, un par de semanas atrás). Con él se muere un poco más la adolescencia de quienes crecieron en la montaña rusa de una devaluada primavera democrática seguida de un convertible menemismo. Se fue Héctor Enrique Chalar, ya no va a estar ahí tirando pasivos agresivos con Stuka, ni remando cada una de sus bandas, como obrero laborioso del rock que fue. Nada será como la primera vez, no volverá a suceder. 

Hay algo en el ethos de los héroes, sucios, de barro, como el que fue Pil, que les impide ser reconocidos o narrados en su totalidad. Tal vez por haber quedado un poco “pegados” a aquel recorrido conceptual que describimos (punk, rabia contra la dictadura, Piero, traidor, comete las begonias que le estás tirando a los hippies, etc), es que nunca fueron rescatados desde su lugar más humano. La línea potente y contracultural que volvió ídolo a Pil también un poco lo dejó en ese lugar incómodo del sitial, del panteón. Del panteón Punk, encima, erigido para ser salivado. Sin embargo, Pil, con una carrera honesta y constante, desarrolló una iconoclasia autoinmune, y mil veces se bajó para compartir con los de a pie, una birra, un acorde, una charla. Si él fue un ídolo de barro, aguante el barro.

Con él se muere un poco más la adolescencia de quienes crecieron en la montaña rusa de una devaluada primavera democrática seguida de un convertible menemismo.

La niñez en los años posteriores a la dictadura fue algo así como una mierda para un montón de gente. No estaba bueno vivir en un Mundo como el de los 80 y los 90, más allá de lo bien que la pasaban Boby Goma, el Tubbie 3 y la Tubbie 4 en la tele. Si la infancia es la verdadera patria de las personas, como supo decir Rilke, la niñez en los ochenta y los noventa fue un país en guerra, tipo el Líbano o Ruanda. La infancia pos estanflación (y crisis de la Deuda), esa que tantas veces retrató el cine o las series, de criaturas solas, abandonadas todo el día por padres laburantes, si es que tuvo un lugar de respiro, fue la música. 

La música, la banda preferida, definió así para aquellas generaciones una trazabilidad de su propia identidad, en un momento donde formar parte y pertenecer a los grupos era fundamental. Por eso, los X tienen con sus consumos culturales de la niñez, la pre adolescencia y la adolescencia, una comunión completa y absoluta. Una suerte de adoración (un poco acrítica, un poco avinagrada, obvio), que ha podido atravesar el cedazo de lo bizarro y de lo avejentado. Una generación que llegó a la adultez en los años de la Alianza y el 2001 y que tiene asociada la felicidad de forma casi literal con escuchar música. Seleccionarla, conseguirla, estudiarla, catalogarla. Filólogos autodidactas, cazadores del casete perdido en el Parque Rivadavia de turno.  

Para aquellos que, de paso, encontraban en la cultura la clave para sublimar cierto rechazo a las convenciones sociales, la presencia de Piltrafa y Los Violadores (y Sumo, Virus, Viudas e hijas, V8, Soda, Redondos, Pericos y un largo etc.) fue casi como un campo de fuerza entre tanta malaria y rechazo. En un recorrido vital donde si las zapas no eran Nike, sufrías, si bailabas mal en los asaltos, sufrías, si nadie gustaba de vos sufrías, escuchar canciones como Más allá del Bien o del Mal, Mercado Indio, Contra la Pared o Petróleo y Sangre, fue ganarse un ticket al amor propio. Con Los Violadores, los drugos y las drugas locales, gente de barrio escapando de la hiper con más hambre que violencia, pudieron sentirse valientes, completados, al menos por un rato. 

En un momento donde los dictámenes del mainstream (y de Ronald Reagan y Rocky) obligaban al éxito, con Los Violadores te sentías orgullosamente afuera. Te sentías parte de algo más grande, chillón, estridente, raro. Quién nunca hizo el gesto, sarliano, intoxicado, ridículo, de subir la música para que algún ocasional testigo sintiese a todo volumen eso de “no quieren transformar, no lo lograrán”, que tire el primer pogo. Los equivocados eran los que no escuchaban Violadores, no nosotros. Gracias Pil por eso, por hacer de la periferia un gesto de autoafirmación, snobista, re, pero lleno de orgullo. 

Te queremos, titán, te extrañaremos, hermoso. Nada ni nadie te pudo doblegar. Vamos a romper todo en tu honor.

FC

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