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Qué ver en el cine
Crítica
Buzz Lightyear vuela con piloto automático a los cines en una película menor de Pixar

Buzz Lightyear con todo su equipo en una misión para volver a casa

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En la película fundacional de Pixar, Toy Story (1999), John Lasseter utilizaba como motor de la historia la llegada de un nuevo juguete, un moderno guardián espacial llamado Buzz Lightyear que desplazaba al vaquero de tela de toda la vida, Woody, como favorito de Andy. Había una defensa del clasicismo, de la aventura de toda la vida, frente a las modas pasajeras impuestas por los especialistas de mercadotecnia. No deja de ser irónico, casi hasta paradójico, que para el primer spin off nacido de la saga haya elegido, precisamente, a Buzz Lightyear para hacer una odisea espacial llena de fuegos artificiales.

Pixar ha caído, desde la propia concepción del proyecto, en su propia trampa. Hubiera sido bonito que se hubieran lanzado al vacío y que hubieran creado un wéstern para reivindicar el cine clásico, un género casi en el olvido en el cine actual. Una película que hubiera entroncado de forma maravillosa con el primer Toy Story y que también hubiera sido un riesgo muy propio del estudio y toda una declaración de intenciones. Tomar las películas del oeste, revisitarlas desde su particular mirada y llevarlas a su impoluta animación. Por desgracia, han optado por el camino fácil, el atajo. Seguramente Buzz Lightyear venda más juguetes que Woody, y eso haya sido uno de los factores que les han llevado a este filme que es la película que Andy, el protagonista de aquella película, veía en el cine para caer fascinado ante el personaje.

Tras ver Lightyear es imposible que alguien quiera cambiar a Woody por Buzz, porque esta aventura, que quiere ser un homenaje a las películas de ciencia ficción de toda la vida, nunca pasa de ser un correcto y convencional filme que homenajea a muchas joyas del cine reciente como Interestellar, Apolo XII o The Martian. Una película con piloto automático que llega a hacerse aburrida y que no explota todo el potencial narrativo y visual del estudio. Es inevitable no comparar las películas de Pixar cuando dos se estrenan el mismo año, pero tras disfrutar del derroche de energía, buen relato, originalidad y profundidad de Red, una mirada fresca y arrolladora de la adolescencia femenina, este Lightyear pierde en todos los aspectos.

La película cuenta la historia de unos astronautas que se quedan varados en un planeta extraño. Allí tienen que desarrollar una colonia que va creciendo mientras buscan la tecnología que les lleve de vuelta a la Tierra. Buzz Lightyear fue el culpable del error que les dejó tirados, por lo que arrastrará su cargo de culpabilidad e intentará arreglar su pifia en viajes interestelares que, para él, duran segundos y para la gente que se queda en el planeta, años. Es este momento uno de los pocos donde Pixar demuestra su capacidad para emocionar. En un recurso parecido a comienzo de Up, por el inteligente uso de la elipsis, pero sin su concisión y brillantez, el espectador verá la vida de la amiga de Buzz pasar en lapsos de cuatro años. A saltos y perdiéndose todos los momentos vitales, igual que se los está perdiendo él. Es una chispa brillante que demuestra que podrían haber sacado mucho más de un historia que siempre tira por lo fácil.

La muestra más evidente es el personaje de Sox, el eterno secundario gracioso, el sidekick de manual que tan bien ha utilizado Disney toda la vida, y que aquí sirve para generar momentos divertidos, gags y, sobre todo, para vender muchos muñecos. En esta ocasión es un gato robot que sí que ofrece las mejores escenas, pero cuya función en la historia es la de sacar a los protagonistas de todos los apuros mediante unos deus ex machina sonrojantes. Siempre tiene el gadget adecuado para que la acción avance. Muchos podrán ver en él un homenaje a R2D2, pero lo que en Star Wars funcionaba aquí parece una forma de solucionar el entuerto. 

Se ha hablado mucho sobre la representación LGTBIQ en Lightyear, que ha sido censurada en varios países por una escena de un beso lésbico. Una escena fugaz pero que muestra un paso adelante en la normalización y en la representatividad de la diversidad sexual en las películas de Disney y Pixar, que hasta ahora había sido prácticamente nula. Aquí, una de las protagonistas cuenta con naturalidad que su pareja es una mujer. No solo lo cuenta, sino que la vemos y asistimos al primer beso entre dos personas del mismo sexo en una película del estudio y también al nacimiento de su hijo. Sin duda, un paso adelante que todavía sigue siendo escaso.

Lightyear se lo juega todo a la espectacularidad de sus escenas de acción y al carisma de su protagonista, pero se queda en tierra de nadie. No es ni demasiado seria ni demasiado humorística y acaba haciéndose bola y pidiendo la hora. Una pena porque su mensaje de fondo, el de dar cabida a las nuevas generaciones y ser un canto anti nostálgico que mira al futuro y no al pasado, no puede ser más actual en los tiempos que corren. Es lo mejor de este filme de Pixar que se enmarca entre aquellos que parecen diseñados por un algoritmo para vender entradas y muñecos en vez de estar entre aquellos que elevan la animación a su cima.

De hecho, esta será la primera película del estudio que se estrena en los cines tras la pandemia. Ni Soul, ni Luca, ni Red, todas apuestas originales, personales y que no se basaban en una saga anterior, fueron a salas, sino que aterrizaron directamente a la plataforma Disney+. Lightyear llega a los cines, y todas las previsiones apuntan a un nuevo pelotazo para el estudio, que en la taquilla sí que vuela hasta el infinito y más allá.

JZ

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