Opinión

El desafío de elDiarioAR: cómo contar cotidianamente la desigualdad

Cómo contar la desigualdad

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¿Por qué sería muy promisorio que una propuesta periodística novedosa como elDiarioAr coloque a la igualdad/desigualdad como una de sus grillas de legibilidad de la realidad? En rigor, no es habitual que la desigualdad sea el plexo convergente de un medio de comunicación. Pero confluyen hoy factores políticos y sociales que hacen especialmente necesario el encuentro entre un proyecto innovador y la permanente lucha en pos de mayor igualdad. 

En primer lugar, porque el paso inicial para disminuir la desigualdad es visibilizar lo que no aparece hasta hoy en la mirada de la sociedad. La exclusión mayor es la que ni siquiera conocemos, la que no se nombra y por ende condena a que sufrimientos privados no tengan jamás la posibilidad de convertirse siquiera en un asunto público. Esto nos lleva de plano a una pregunta central: ¿desigualdad entre quiénes deberíamos mirar? Para extender los límites de la mirada social es preciso incorporar en la agenda pública problemas, grupos, identidades y territorios poco presentes habitualmente. En tal sentido, urge entre otras prioridades replantear la espacialidad de los problemas nacionales, puesto que un factor nodal de la desigualdad está dado por el carácter extremadamente metropolitano (o más bien “Ambacéntrico”) de la conversación pública, lo que contribuye a perpetuar asimetrías regionales y a establecer una jerarquía de temas prioritarios signados por la desigualdad de noticiabilidad según donde se produzcan los hechos que es hora de revertir.

Otro tópico nodal de la lucha contra la desigualdad es que el horizonte al que aspira, la igualdad, es sumamente exigente. Si se la quiere tomar como un objetivo en serio, la búsqueda de igualdad debería ser una lente a través de la cual poder justipreciar toda medida pública, así como también inversiones privadas de magnitud. Al fin de cuentas, prácticamente nada es neutro en términos de igualdad y desigualdad: una obra de infraestructura, un plan de seguridad, una nueva planta productiva, un desarrollo inmobiliario, una explotación de recursos naturales, un nuevo impuesto o reglamentación, por nombrar tan solo algunos ejemplos, puede beneficiar a algunos grupos sociales, territorios, franjas de edad, género y perjudicar o al menos no atender las necesidades de otros. Como ejemplo, en la Argentina y en casi toda América Latina durante los primeros 15 años de este siglo la mayor parte de los indicadores de salud, educación o vivienda mejoraron en términos absolutos, los “pisos de bienestar” se incrementaron y casi todos los grupos, clases y regiones conocieron mejoras en el período. No obstante, en muchos casos las brechas y por ende la desigualdad no disminuyeron. Y esto porque los países, regiones subnacionales y grupos más favorecidos avanzaron más que los países más pobres y que los grupos y zonas más desaventajados, lo cual en el caso argentino fue particularmente notorio con las provincias del Noreste. Por ende, tener siempre presente la pregunta sobre cómo gravita cualquier medida que analicemos en términos de igualdad y desigualdad sería un progreso en términos periodísticos. 

Ahora bien, un dilema capital es de qué hablamos cuando hablamos de desigualdad. La respuesta parece obvia, porque la desigualdad la sentimos a diario, sin necesidad prácticamente de definirla. No obstante, a menudo olvidamos que es preciso tener en claro su contracara insoslayable: la igualdad. Ahí se complican las cosas. ¿De qué igualdad hablamos? François Dubet sintetiza el debate de manera eficaz: igualdad de oportunidades y/o igualdad de posiciones. La primera hace referencia a garantizar a los individuos una situación de igualdad inicial para competir por las mejores posiciones sociales mientras que la segunda se propone morigerar las diferencias de bienestar entre quienes ocupan posiciones distintas en la estructura social. Asume el autor -y concordamos con él- que de la primera no tenemos ejemplos reales mientras que la segunda ha demostrado ser un motor (limitado y sujeto a la fragilidad de las cosas) que ha permitido cimentar sociedades algo más justas. También destaca de la primera posición ha tenido históricamente una mayor sensibilidad a las desigualdades de género y étnicas que la segunda, por lo cual es deseable alguna articulación entre una y otra. Asimismo, tanto en el trabajo periodístico como en el académico, necesitamos criterios operativos y comunicables. En ese sentido, la idea de “brechas” cuantificables en relación con el acceso a un bien o un servicio, de mejoras en indicadores de salud o educación, entre otros, es una forma de graficar en forma clara la desigualdad. 

En esa misma dirección, otro objetivo al que elDiarioAr puede contribuir es en la necesaria tarea de traducir los indicadores cuantitativos de desigualdad en dimensiones en experiencias cualitativas, esto es, en la forma en que las variaciones de los indicadores en un sentido o en otro se expresan y cobran vida en el mayor o menor bienestar del día a día de distintos grupos de la sociedad. 

elDiarioAr puede apoyarse en que hay algunas cosas que sabemos y otras que no. Sabemos bastante qué ha funcionado en la disminución de las desigualdades, tanto en América Latina en ciertas coyunturas virtuosas, como en otras latitudes: impuestos progresivos, protecciones laborales, regulación de tierras, extensión de servicios públicos de calidad, medidas de acción afirmativa y algunas más. Pero lo que no sabemos es como generar un modelo de desarrollo que pueda aunar crecimiento, respeto a todas las formas de vida en la tierra con mayor igualdad. Nadie realmente lo sabe en términos concretos: si fuera tan simple, alguien ya lo hubiera hecho.

¿Qué puede hacer elDiarioAr frente a esta ciclópea tarea? Aportar su granito de arena es reunir, como lo hace, voces diversas y a menuda divergentes entre sí, una condición de base para que el pensamiento se potencie; miradas plurales, pero con ideales de base comunes, uno de ellos sin duda la búsqueda de mayor igualdad.  

GK

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