Fran Lebowitz, la gran columnista de Nueva York: “La gente piensa que es culpa de Trump pero esto empezó con Reagan”
Fran Lebowitz no quería ser escritora. Quería ser jueza. “No soy jueza, pero sí juzgo mucho”, se sinceró este jueves en A Coruña, España. No tardó en demostrarlo. Donald Trump, Ophrah Winfrey, Martin Scorsese, Ronald Reagan o Andy Warhol fueron algunas de las celebridades que sufrieron sus veredictos durante la hora escasa de su intervención en la fundación Marta Ortega. Cáustica y costumbrista, por momentos un poco deslavazada en sus razonamientos y aun así divertidísima, la escritora neoyorquina cumplió de sobra las expectativas: “Es realmente difícil escribir, la única profesión tan difícil como escribir es ser minero. Sin embargo, hablar es muy fácil. Soy muy buena hablando”. En A Coruña lo hizo con el profesor Daniel Mendelsohn.
Sus odas a la procrastinación -mejor limpiar el baño que sentarse ante la computadora- convivieron con ácidos comentarios sociales, desopilantes críticas artísticas, anécdotas autoirónicas, contundentes opiniones políticas. Nacida en Nueva Jersey en 1950 y famosa como vecina de Nueva York, sus conciudadanos no siempre le agradan. Sobre todo uno, el que ocupa la Casa Blanca. “A lo largo de mi vida viví tres acontecimientos históricos: el asesinato de JFK, el 11-S y la primera victoria de Donald Trump. Este fue el que más muertes causó”, relató. Unos minutos antes le había retirado incluso sus credenciales como creador del mal: “La gente piensa que todo es culpa de Trump pero esto empezó con Reagan”.
Hablaba 25 años después de los atentados contra el World Trade Center. “Fue horrible. Y sus reverberaciones, terribles. Sucedieron un montón de cosas estúpidas: se bombardeó Irak y se perdieron libertades individuales”, recapituló. Demócrata, como buena intelectual neoyorquina, y votante de Zohran Mamdani -el alcalde socialista de la ciudad-, en realidad la política es apenas un elemento secundario en los comentarios sociales de Lebowitz. “Estaba en el hotel [en A Coruña] y en la televisión solo había canales en español. Como soy monolingüe, tuve que ver el único que estaba en inglés, Bloomberg. Es lo más horrible que he visto nunca”, confesó, “combina los dos peores lenguajes que existen, el comercial y el de la política”.
Café y tabaco
Su escritura no lo hace. O, más bien, no lo hacía: publicó dos exitosos libros en 1978 y 1981, recopilados en castellano en Un día cualquiera en Nueva York (Tusquets, 2021), y no volvió a hacerlo. En ellos despliega una prosa lúdica y refunfuñante, atenta a la vida cotidiana de sus pares. “No me gusta la loción para después del afeitado, los adultos que patinan, los niños que hablan francés, las personas bronceadas en exceso. Pero no por ello decreto leyes ni enarbolo pancartas”, escribe en defensa de uno de los placeres de su vida, el tabaco.
Otro es el café. Así respondió a una pregunta del público coruñés sobre el secreto de su energía a los 75 años: “Café. Café. Café. Es un milagro. Es delicioso. Huele de maravilla y me da energía. Hay gente a la que no le gusta. No lo entiendo. Esta tarde tomé un litro antes de venir aquí”. Café, tabaco y platos provistos “de un buen corte de algo poco hecho” alimentan a una escritora que, entre risas no se sabe si autocríticas o celebratorias, asegura ser “mucho más amable de lo que es mi cerebro”. “A veces pienso '¿cómo puedo estar pensando esto?' y no lo digo”, añadió. Medelsohn, que guiaba la conversación, no le preguntó a qué se refería en concreto. Tal vez a sus juicios -durante toda la charla repitió que esa, la de jueza, era su auténtica vocación- sobre arte y cultura. Aunque, la verdad, eso no los reprimió.
“El director del Metropolitan arruinó todos los museos del mundo cuando dijo que quería más visitantes en ellos”, señaló, “ojalá la gente quisiera ir al museo. En realidad, solo hace cola para entrar en un museo”. Desde ese punto de vista sobre uno de sus lugares preferidos en el mundo -“Soy atea desde los ocho años, para mí lo más parecido a una iglesia es el museo”-, desarrolló una teoría sobre Nueva York. Otra más. “Parece que en Nueva York algo solo vale la pena si hacés cola. Yo nunca hago cola para nada”, proclamó. Antes prefiere quedarse en casa, tal y como cuenta en muchos de sus textos. Leyendo, por ejemplo, algunos de los 10.000 libros que, aseguró, conforman su biblioteca personal. El cuidado y destino de la misma protagonizó uno de los pasajes más hilarantes del acto.
Las inmobiliarias controlan la ciudad
“No tomé una buena decisión inmobiliaria en mi vida”, comenzó aclarando. De haber leído Diario de una caza apartamentos en Nueva York, recogido en su segundo libro, Ciencias sociales (1981), no haría falta la puntualización. La historia es que Lebowitz quiso mudarse y necesitaba espacio para sus 10.000 volúmenes. Su agente inmobiliario le puso los pies en la tierra: no tenía suficiente dinero para alquilar un apartamento en el que cupiesen todos. “¿Por qué no metés la mitad en un almacén?”, le sugirió. La escritora se indignó. “Vos tenés cuatro hijos. ¿Por qué no metés a dos en un almacén?”, respondió. El sarcasmo -“lo que tienen en Nueva York en vez de piscinas”- no ocultó, sin embargo, los hechos crudos: “Las inmobiliarias controlan Nueva York desde los holandeses”.
En todo caso, da un poco igual, porque la gente no es que no lea, es que lee mal. Y la responsabilidad es de Ophrah Winfrey, la popular presentadora de televisión. “Enseñó a leer mal a miles de personas”, se quejó, “promociona libros y dice 'meeee encaaaantan, me veo reflejada en él' y ahora todo el mundo dice lo mismo. Esa es una forma equivocada de leer. ¡Un libro no es un espejo, es una puerta!”. Mendelsohn estuvo de acuerdo y reforzó la tesis con un ejemplo de sus clases en la universidad. “Mis alumnos protestan por no sentirse identificados con los libros. Yo, que explicó tragedia griega clásica, les digo: 'Menos mal, eso significa que no te acostás con tu madre”, ironizó.
Pero no solo de lectura vive la intelectual liberal neoyorquina. Televidente irreductible aunque sin Netflix ni streaming de ningún tipo, ve la televisión “en medio de la noche”. Hizo de jueza, otra vez su vocación frustrada, en la mítica serie Ley y orden y también en El lobo del Wall Street (2013), de su amigo Martin Scorsese. “Mis amigos me preguntaban '¿qué papel hacés en la película?' Soy la única mujer que lleva puesta la ropa”. Internet no le interesa y la inteligencia artificial no la entiende, más allá de que, en su opinión, va a llevar a todo el mundo al desempleo. “Háganse funcionarios”, recomendó. Ella, mientras tanto, quizás siga haciendo lo que más le gusta hacer, según lo escribió en El problema del servicio, también incluido en Ciencias sociales: “De día me gusta estar en casa sin escribir. Y de noche […] salgo para no escribir”.
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