Lecturas

Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro

Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro

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El teatro es mágico, al menos para mí. Una de las actividades que más disfruto en la vida es llegar a una sala teatral, hacer cola para entrar, sentarme en la butaca, revisar el programa, buscar un caramelo en la cartera, apagar el celular. Podría sumar a la lista cada uno de los pequeños actos que realizamos mientras esperamos que se apaguen las luces y comience la función. Una ceremonia casi religiosa ya antes de que aparezca un actor sobre el escenario, diga las palabras reservadas para él y la magia comience. Si la obra es buena, mejor. Si no, la ceremonia igual tendrá lugar. Porque allí estarán ellos, para decir su palabra, y nosotros en la butaca para recibirla. 

Escribir teatro es sentirme parte de esa ceremonia desde el otro lado, aquel que se reserva antes de traspasar la cuarta pared, en el lugar en que se mezclan los ingredientes y se revuelve el menjunje en el caldero. Sentirme uno más dentro de los partícipes necesarios. Nadie escribe dramaturgia sólo para ser leída. Sin texto no hay teatro, aun en los casos en que la obra surge a partir de improvisaciones, en un momento alguien se sienta y escribe palabra sobre palabra lo que se dirá arriba del escenario. Sin embargo quienes nos dedicamos a la dramaturgia sabemos que somos parte de un proceso de representación que empezará con el texto pero que no concluirá en él. En ese sentido y en cuanto al oficio de escribir, la escritura de teatro es la menos solitaria de las escrituras. Uno escribe solo, como siempre, pero luego trabaja ese texto en acción, con el director, con los actores, con el escenógrafo. Cada uno de los integrantes de esa compañía teatral aporta con su propio trabajo y sus propios dones. Incluso hasta pueden surgir modificaciones al texto una vez que esas palabras encuentran el cuerpo en donde encarnarse. 

Tuve la suerte de trabajar con grandes directores: Mónica Viñao, Marcelo Moncarz, Manuel Iedvabni, Guillermo Ghio. De todos aprendí. De todos tomé sugerencias para mejorar los textos. También de los actores que ellos eligieron. Seguramente también habría aprendido de las muchas puestas que se hicieron y se hacen de estas obras en distintas ciudades del país, si hubiera podido verlas. Todos ellos, los que conocí y los que no, fueron los encargados de que lo que escribí se convirtiera en teatro vivo, a la manera que lo describe Peter Brook en El espacio vacío: “... el teatro es siempre un arte autodestructor y siempre está escrito sobre el agua. El teatro profesional reúne todas las noches a personas distintas y les habla mediante el lenguaje de la conducta. Se monta una representación y por lo general tiene que repetirse — y repetirse todo lo mejor y esmeradamente que se pueda— , pero desde el primer día algo invisible comienza a morir”. 

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