Lecturas

La vasectomía

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Tengo un cagazo padre. El último en su tipo, al menos, ya que a partir de mañana no voy a poder ser padre de nada. 

¿No voy a poder ser padre de nada?

Qué idiotez. Hasta de hijos voy a poder ser padre, si quiero. Pero no quiero. Por eso me hago una vasectomía. 

¿Por eso me hago una vasectomía?

La operación es mañana, en realidad hoy en unas horas, y me resulta imposible conciliar el sueño. No creo que haga falta ser psicólogo para relacionar ambos eventos. Tal vez sí haga falta para entender esa relación, que no necesariamente tiene que ser de miedo.

¿No necesariamente?

Es irreversible. Fue lo primero que me advirtió el urólogo cuando le comenté el motivo de mi visita. Y las piernas me flaquearon. 

No es verdad entonces que me hago una vasectomía porque no quiero tener hijos. La verdad verdadera es que después de tener que practicarse un aborto muy traumático por una negligencia en la toma de las pastillas anticonceptivas (ella dice que por mi culpa, yo digo que por la suya, al feto igual no le importa y dice que nos va a hacer juicio a los dos) mi mujer ha decidido que no quiere tomarlas más. Lo que yo quiero, mi sueño en este insomnio, es que cambie de opinión y me libere de este martirio. De modo que si me hago una vasectomía es en el fondo por algo que no quiero: usar profiláctico.

Lara no tiene problemas con eso. O los tiene, porque tampoco es que le guste, pero no le molesta tanto como para volver al DIU, que le provoca pérdidas y la deja anémica, o para atarse las trompas de Falopio, que implica pasar por un quirófano. Ni, por supuesto, para arriesgar alguno de los métodos así llamados naturales, incluido el más antinatural de todos, que es sacarla cuando más adentro quiere estar uno. Hace un tiempo, en plena lid amorosa, la convencí (¿La convencí? Más bien la vencí con) de visitarla por unos minutitos sin protección, aprovechando que estaba indispuesta (y que, con cuarenta y dos años, las chances de quedar encinta son más bien sucintas, aunque eso no se lo dije). Se puso tan tensa que fue como asomar a un abismo, con cada embate temía caer en él, realmente logró transmitirme la sensación de que si hacía algo mal (entusiasmarme) sería yo el que sufriría las embarazosas consecuencias. Y lo cierto es que tiene razón.

¿Tiene razón?

Oh sí. En todos estos años que llevamos de pareja, casi quince, la anticoncepción corrió siempre por su cuenta. Y tampoco las pastillas que empezó a tomar por los problemas que le generaba el DIU estaban exentas de efectos secundarios, como se les llama a los primeros en arruinarte la salud. Le hacían crecer con más fuerza los pelos de las piernas y del bigote, le secaban la piel, le quitaban sensibilidad y deseo.

¿Le quitaban sensibilidad y deseo?

Ella asegura que sí, aunque yo no lo haya notado, ahora que dejó de tomarlas. No lo notás quizá en la cantidad, pero la calidad creeme que es otra, dice ella, y no queda otra que creerle. Aun cuando la cantidad siga siendo para mí, para nosotros, el indicativo primordial. Siete veces por semana de sexo más o menos o una vez pero bien: apuesto siete a uno que solo uno de cada siete hombres elegiría lo segundo.

¿Y yo?

Porque si realmente prefiriera la cantidad a la calidad, no habría motivo para dejar el preservativo. Al contrario: es garantía de merma de placer y por ende de aumento de la duración.

Esto a Lara tampoco le molesta, naturalmente. En el fondo, su mayor problema con el forro es que sea un problema para mí. Y aunque me odió cuando yo no lo pude disimular (“Después del aborto que pasamos por las pastillas y sabiendo lo mal que me hace el DIU ¿podés ser tan desalmado como para preocuparte de tener que usar preservativo?”) desde el principio se esmeró por minimizar el problema ampliando su repertorio de caricias. Lo que en este país llaman “ser gauchita”, según he aprendido con algún retraso. 

—¿Yo fui gauchito con vos?

—No necesitás, es la ventaja de ser alemán.

El gauchismo ayudó a retrasar mi decisión de ir a cuchillo. Entre que el amor duraba más y mi pereza por iniciarlo me acercó a los estándares semanales de Lara, por un tiempo pensé que quizá podía convivir con el látex hasta que la naturaleza dejara de hacer su trabajo. No era tanto tiempo, en rigor. Con mucha mala suerte le queda una década de fertilidad, con un poco de buena, apenas unos años.

¿Apenas unos años?

Cuando las pastillas quedaron proscriptas y tuve que volver al horror de mi adolescencia sentí que no podría soportarlo ni una semana. Lo mismo que cuando dejé el cigarrillo y creí que no podría volver a actuar. Tenía tan asociado el tabaco a estudiar mis parlamentos, a estar horas ensayando con los compañeros, a las salidas después de la función, que todo eso sin lo que lo había acompañado desde siempre de pronto se vació de sentido, se mostró él mismo como el acompañante. Lara fue la primera mujer con la que tuve sexo sin protección (de mi parte) y la diferencia fue tan inconmensurable que lo que sentí fue que era la primera mujer con la que tenía sexo, punto. 

Desde entonces que estoy en contra de que se use la misma palabra. Así como “universidad” debería ser un término prohibido para empresas privadas que ofrecen servicios pedagógicos a clientes de corta edad con padres pudientes, del mismo modo “tener sexo” y “hacer el amor” y todas sus variantes, incluidas las menos románticas, deberían no usarse cuando lo que se usa es un preservativo. Llámenlo como quieran, pero coger es otra cosa. Con decir que la gente prefiere arriesgar una venérea o un embarazo antes que encapucharse queda claro el grado de rechazo que despierta el método.

—En los hombres.

—En los hombres y en muchas mujeres también.

—Por presión de los hombres.

—Eso puede ser.

—Eso es.

Qué hacer contra esa acusación, que no puede no ser cierta incluso cuando no haya presiones visibles, solo la que ejercen siglos y siglos de haber sido sojuzgadas. Uno puede rebelarse contra esa tradición patriarcal con su propia conducta cotidiana, pero igual se beneficia de estar del lado del amo.

También yo me beneficié todos estos años. Ella era la que podía embarazarse, ella era la que tenía que cuidarse, nada más natural. Y si no se cuidaba, se le aplicaría el mismo criterio pero a la crianza de los hijos que resultaran de su negligencia: ella era la que daba la teta, ella era por tanto la que los criaría. Por supuesto que yo le daría una mano, comprándole los pañales como antes le compraba las pastillas. 

—La naturaleza es la peor enemiga de las mujeres, la machista número uno.

—Pero les da el poder de tener hijos.

—El poder surge de la voluntad, Tom. Cualquier otro origen lo convierte en una condena.

Es el problema de casarse con una filósofa: no le vas a ganar ninguna discusión. Y eso que Lara no es feminista, o por lo menos no se reivindica como tal, todo lo que piensa en favor de las mujeres (“O en contra de los hombres”, “No, en favor de las mujeres”, “Buah”) es puro sentido común, según ella. Y así me lo fue inculcando, subrepticiamente. Aun cuando yo venía mucho mejor preparado que cualquier argentino. En mi país el aborto es legal desde el año en que nací, las mujeres ya votaban el año en que Evita llegaba al mundo, si decís un piropo en la calle lo más probable es que te cacheteen y en los boliches te encaran las mujeres antes de que vos las encares a ellas. Yo mismo la sorprendí a Lara preguntándole por qué se depilaba los pelos de las axilas o de las piernas, si por gusto o por obligación. Y así y todo me di cuenta de que me faltaba bastante para no ser un machista. 

Lo que tampoco significa ser feminista, claro está. Desconfiar de los hombres feministas es otra de las cosas que me enseñó Lara. Aunque no sería inteligente de parte de ellas rechazarlos de plano, porque a fin de cuentas son aliados de peso, tampoco hay que menospreciar el peligro de que quieran tomar el mando incluso de la lucha contra su propia propensión a tomar el mando de todo. El varón fue educado para dar órdenes más que para recibirlas, a menos que vengan de otro hombre, y difícilmente olvide todo lo aprendido por unirse al reclamo de algunos derechos esenciales que reclaman las mujeres.

—Es el típico karma del equipo de mujeres dirigido por un hombre. Muy probable que salga campeón.

—¿Y ustedes no quieren salir campeonas?

—No, lo que nosotras queremos es abolir los campeonatos.

Pero no sé por qué pienso en estas cosas, que no son las que ahora me quitan el sueño. No estoy ante un problema de orden teórico sino bien práctico. De haber tenido la posibilidad de tomar pastillas o ponerme un DIU, otra habría sido la historia. 

¿Otra habría sido la historia?

Con lo que odio tomarme hasta un Ibuprofeno, no sé cuán dispuesto habría estado a clavarme todos los días hormonas que me harían perder pelo y me bajarían la libido, entre otras alteraciones menos visibles e inmediatas. Ni hablar entonces de que me enchufen un pedazo de cobre por la uretra, o como sea que haya que imaginarse un dispositivo intrauretrino.

Pero esos métodos no se han desarrollado aún, mientras que la vasectomía existe hace tiempo. Aunque no era una operación tan simple como ahora, “completamente ambulatoria”, según insistió el urólogo, como si eso matizara su carácter irreversible, igual podría habérmela practicado, lo mismo que Lara la ligadura de trompas. Claro que con veintisiete y veinticinco años respectivamente la opción de decidir algo para siempre casi no es una posibilidad. Aun cuando la aversión a tener hijos fue desde el inicio parte constitutiva de nuestra pareja, éramos demasiado jóvenes como para asumir que nunca cambiaríamos de opinión.

¿Éramos demasiado jóvenes?

Esta noche siento que es mucho más fácil tomar decisiones para siempre cuando uno es joven que cuando uno es más viejo. Tal vez porque de joven lo eterno es el presente, mientras que de más viejo uno ha entendido que nada dura menos que eso y las decisiones adquieren por lo tanto otra magnitud. O tal vez porque de joven uno tiene las cosas más claras, aunque a costa de no verlas en todo su alcance. De joven resulta mucho más fácil morir. Me acuerdo que en mis viajes por Latinoamérica, antes de llegar a Argentina y conocer a Lara y quedarme, cada vez que me subía a un bus o a un tren estaba perfectamente consciente de que podría ser mi último viaje, sensación que se repetía varias veces durante su transcurso, y cualquiera que conozca los carromatos en los que se viaja por acá, sumado al estado lamentable de las rutas, sabe que estos pensamientos no son hijos del fatalismo o la paranoia. En todo caso son abortos de la sensatez, la misma que a otros les indicaría no asumir esos riesgos. Como sea, son pensamientos estériles ante la temeridad juvenil, que ve con tanta claridad las consecuencias posibles de sus actos que estas se vuelven abstractas, pura luz. Me subo a este colectivo como quien entra a su féretro, piensa el joven, pero con la sensación exactamente inversa al temor: muero porque es parte de la vida, porque es necesario morir. 

¿Es necesario morir?

Tal vez solo tenía miedo y lo conjuraba de ese modo, que paradójicamente podríamos llamar maduro, adulto. De otra forma no se explica que no haya pensado en hacerme una vasectomía ya a esa edad, si tan seguro estaba de que no quería tener hijos.

¿Tan seguro estaba?