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Liliana Colanzi: “La ciencia ficción, el fantástico y el horror para mí son formas de indagar en el presente”

Hay peligros bien visibles, como una especie de colonia religiosa que impone sus reglas insólitas a una población agotada, hombres que abusan de mujeres, trabajos a todas luces insalubres. Y hay otros que el ojo humano no puede detectar, que vuelan, se cuelan en el agua, se respiran. Todas las historias que aparecen en el libro Ustedes brillan en lo oscuro (Páginas de Espuma, 2022), con el que la escritora boliviana Liliana Colanzi acaba de ganar el prestigioso premio Ribera del Duero, intentan capturar algo que está en el aire, que tensiona, que parece inevitable.

Por momentos los humanos son responsables (son ellos quienes construyen plantas nucleares y descuidan el planeta), por momentos apenas testigos o víctimas de la destrucción (la naturaleza se agota mientras ellos necesitan trabajar para sobrevivir). Con el fantástico y la ciencia ficción como recurso, la autora reconstruye escenarios donde la radiación acecha, las personas corren en sus motos para llegar a cumplir con sus trabajos precarizados, las fuerzas del orden reprimen. Entonces lo que parece cotidiano se enrarece y lo raro, al mismo tiempo, se asemeja bastante a la realidad, a lo de todos los días, a las noticias que se leen en los diarios.

Por videollamada, desde los Estados Unidos, la escritora habla con elDiarioAR, entre otras cosas, sobre el proceso creativo de su último libro, sobre la mirada que se tiene en Europa de las mujeres que escriben desde América Latina y sobre los géneros como una posibilidad para narrar todo lo que la inquieta del presente.

Los cuentos de Ustedes brillan en lo oscuro por momentos comparten temas, por momentos tienen atmósferas similares. ¿Hubo un proceso específico para llegar a este libro o viste que lo tenías una vez que habías llegado a una cantidad de cuentos? 

En realidad el primer cuento que escribí de este volumen fue La cueva y de alguna manera ese fue el relato que proporcionó la atmósfera que comparten los demás. Y también algunas estructuras que se van a encontrar en algunos otros cuentos, por ejemplo, la narración a partir de fragmentos ¿no? Generalmente el primer cuento es el que para mí le da el tono o la atmósfera al resto del libro. En este caso fue La cueva que también es un cuento que reflexiona sobre el tiempo, que es uno de los temas que vertebra al libro. 

Sin ir más lejos ocurre ya desde la cita inicial (N. de la R: se trata de una cita al monje budista Dōgen: “La montaña fluye, el río está sentado”).

Claro, ese epígrafe habla de una paradoja temporal. Porque obviamente, desde una perspectiva humana, la montaña no se mueve, permanece inmóvil, pero si nos sustraemos de esa perspectiva y tratamos de imaginar cómo se vería ese paisaje en el que está la montaña a lo largo de miles de años o incluso millones, podríamos ver que la montaña se mueve, que la montaña fluye, ¿no? Uno de los intereses del libro y de lo que escribo en general es tratar de descentrar lo humano, correr la mirada humana, y tratar de abordar otro tipo de perspectiva. Por eso en ese cuento, en La cueva, hay también historias de diferentes criaturas, desde insectos hasta animales, hasta seres extraterrestres, que pasan por ese lugar y que dan la multiplicidad de vidas que pueblan el planeta. Siempre pasadas por el tamiz de la ciencia ficción desde el momento en que hay un ser extraterrestre, claro, pero que hacen que la presencia de lo humano sea un componente más y no el componente central. 

Si se mira el libro en su totalidad, el humano aparece, por sus descuidos, como un factor de peligro para el mundo. En casi todos los cuentos hay una tensión a punto de desatarse o un problema que en general viene de la humanidad más que de los otros seres. ¿Lo pensabas así a la hora de escribirlo o cómo apareció?

Bueno, en un cuento como Ustedes brillan en lo oscuro, la presencia letal y tóxica es una sustancia producida por los seres humanos como el cesio. Se usa para la construcción de equipos médicos, pero después resulta desastrosa en el momento en que es abandonada de manera negligente en un hospital. Lo mismo sucede en un cuento como Atomito en el que también hay una presencia radiactiva que irradia desde una central nuclear en la ciudad de El Alto. En ambos casos vemos a personajes que están lidiando con los resultados de la contaminación, cuyas vidas se ven alteradas profundamente por estas circunstancias y que están tratando de sobrevivir en un ambiente que es peligroso y que es hostil justamente porque contiene materiales peligrosos que además no son fácilmente perceptibles por el ojo humano. Esta es una de las cuestiones que a mí me llaman profundamente la atención de ciertos tipos de contaminantes de nuestra época de los cuales no es fácil protegernos justamente porque no los podemos ver, porque no podemos percibir fácilmente cómo actúan. De manera evidente, está allí el tema de la radiación, pero también estoy pensando en los microplásticos que están presentes en el agua y que ya son parte de los peces que comemos, por ejemplo, o las nanopartículas cancerígenas que flotan en el aire y de las cuales tampoco podemos defendernos. Así que en el libro sí aparecen estas amenazas como peligros insidiosos de los cuales es difícil protegerse porque no se los puede ver. Y que están allí, fundidos con el paisaje

Es notable que en los dos cuentos “radiactivos” del libro, aparece una contradicción: estos lugares contaminantes dan trabajo y, al mismo tiempo, afectan en principio a las personas más vulnerables, a los que viven cerca que terminan siendo víctimas. ¿Cómo pensaste esta tensión?

Creo que en ambos cuentos lo que falla no es la acción de la víctima o del afectado de la radiación por un descuido, digamos, sino más bien porque hay una falla sistémica que proviene de instituciones que deberían haber estado a cargo de garantizar la seguridad y que no cumplen con el rol que les corresponde. Si hablamos del caso de Goiânia (N. de la R: se refiere a un incidente nuclear que tuvo lugar en Brasil en 1987, que aparece recreado en uno de los cuentos) los chatarreros desmantelan un equipo que está abandonado durante tres años. En ese caso obviamente allí había un plantel médico que fue responsable de abandonar esos materiales. Y también en el cuento Atomito está la sugerencia de que los desechos radiactivos de la planta nuclear no están siendo guardados o enterrados de la manera adecuada para prevenir el desastre. Entonces fallan las instituciones: no es responsabilidad ni de los trabajadores ni de los chatarreros, sino de instancias superiores que son negligentes.

Uno de los intereses del libro y de lo que escribo en general es tratar de descentrar lo humano, correr la mirada humana, y tratar de abordar otro tipo de perspectiva

Está el caso real que encontraste para situar el relato de Ustedes brillan en lo oscuro, que transcurre en Brasil, pero también aparecen otras imágenes, que tienen que ver con tu país. ¿Qué tracciona, qué te lleva a meterte en algo que después tomará la forma de un cuento? ¿De dónde partís?

Lo primero siempre es una imagen, una intuición en la que no está muy clara la idea de la trama. Ni siquiera la idea de los personajes. Si no es una sensación, una cierta atmósfera, y a través de la escritura voy descubriendo hacia dónde me lleva esa sensación o esa imagen inicial. Por ejemplo en un cuento como El camino angosto tenía la imagen de una adolescente creciendo en un lugar remoto, aislado, y soñando con lo que había en el afuera. Pero no tenía muy claro lo que iba a ocurrir en el cuento, ni tampoco cuáles eran las características del lugar que habitaba esta adolescente. De hecho, en un inicio ni siquiera era un cuento de ciencia ficción, hasta que más adelante fueron apareciendo detalles de la ciencia ficción o elementos de la ciencia ficción como la barrera magnética que impide que los habitantes de la colonia salgan. Pero esas son capas que van apareciendo en diferentes versiones y estos cuentos han pasado por muchas versiones en las que casi que he reescrito de cero muchas de las historias.

¿El hecho de presentarte al Premio Ribera del Duero te ayudó a cerrar, a decir “hasta acá” y dejar de corregir?

Definitivamente el premio me forzó a cerrar un manuscrito que, de lo contrario, podría haber estado prolongándose por otro par de años. A la vez fue para mí una manera de ponerme una fecha límite, que es una estrategia que muchas veces me ayuda a encontrar o a apresurarme, digamos, para encontrar la versión definitiva de un texto. En muchos casos me creo estas fechas límite artificiales pero para forzarme a finalizar un texto, pero la del premio era una fecha límite bastante real.

La mayor parte de tu obra es una obra compuesta por cuentos. ¿Fue una casualidad, llegaste a ahí porque eras muy lectora de cuentos? ¿El cuento te encontró, vos lo encontraste? 

Creo que como escritores y escritoras no tenemos mucha elección. No tenemos mucho poder de elección para decidir de qué manera se va a encarnar nuestra escritura. Yo no sé por qué escribo cuentos o por qué todas aquellas imágenes que bullen en mi cabeza finalmente se concretan en formas breves. Quizás tenga que ver con una voluntad de mantener la intensidad y la tensión narrativa que es más característica del cuento, ¿no? La novela permite más pozos donde la tensión amaina un poco, se relaja, pero el cuento no. Creo además que llegamos a la literatura a través del cuento, por lo menos esa es la forma en que yo me enganché con la literatura, escuchando los cuentos que al principio me narraban los adultos. Y fue aquello lo que me forzó a aprender a leer ante la impaciencia por conocer más historias y ante la limitación de los adultos a los que se les acababan los cuentos para contarme. Pero soy una lectora omnívora y, de hecho, me parece que hay en mis cuentos una voluntad de diálogo con otros géneros. Sin ir más lejos, en este mismo libro un cuento como La cueva tiene también un par de secciones con un tono más cercano al ensayo. Y hay, también, una voluntad de explorar la escritura en una búsqueda cercana también a la poesía. En ese sentido me interesa la posibilidad de expandir los límites o los confines, de atravesar las fronteras de los géneros.

Como escritoras no tenemos mucha elección. No tenemos mucho poder de elección para decidir de qué manera se va a encarnar nuestra escritura. Yo no sé por qué escribo cuentos o por qué las imágenes que bullen en mi cabeza se concretan en formas breves

Hablando de géneros, las historias de este libro combinan el fantástico, la ciencia ficción, como decís, con temas muy reales y concretos de la actualidad. ¿Cómo encontrás esa intersección? ¿Qué cosas habilitan estos géneros que los demás no?

Creo que hay cuestiones que la ciencia ficción me permite indagar de una manera mucho más certera que el realismo. Pienso, por ejemplo, en la narración de sucesos a lo largo de cientos o miles de años, esa es una exploración que se lleva mejor a cabo a través de la ciencia ficción, no tanto del realismo que nos condiciona más a una perspectiva humana que es relativamente corta. La ciencia ficción me ha permitido imaginar un pasado lejano, de hecho el cuento La cueva comienza con la última glaciación que terminó hace 10.000 años, y el cuento concluye con una imagen del futuro pero no un futuro próximo, no un futuro de los de aquí a 50 años o de aquí a 100 años sino un futuro de miles de años, probablemente millones de años, en el que la naturaleza ya ha cambiado hasta volverse irreconocible. En otro como Atomito de alguna manera estoy procesando cuestiones del presente, pero que están desfamiliarizadas a través de escenarios del cyberpunk. Ahí hablo de la presencia amenazante de la central nuclear en una ciudad que está atravesada también por elementos de la cultura aymara, de la cultura quechua, pero también de la cultura asiática. También están algunas cuestiones políticas de Bolivia que andaban en el aire cuando lo escribí, en 2020. Todavía estaba muy fresca la memoria de las las represiones policiales y militares en El Alto, en 2019. Esto se va colando también en este cuento como parte del escenario en el que transcurre la vida de un grupo de adolescentes. Es que la ciencia ficción, el fantástico y el horror, para mí son formas de indagar en el presente.

Hace poco, en una columna que salió en este diario, la escritora Gabriela Wiener citaba una conversación que tuvo con vos en la que se referían, por un lado, a toda este grupo de escritoras latinoamericanas que están publicando sus libros por estos días con bastante éxito y, por el otro, a una angustia compartida de “notar que resurge, o mejor dicho, que no cesa esa lectura de América Latina como una región estereotipadamente ancestral, naturalmente violenta y salvaje frente al norte global que representa la razón y la civilización”. ¿Cómo leés este fenómeno doble, de gran circulación por un lado y de un peligro de caer en estereotipos por el otro?

Sí, lo que hablábamos con Gabriela era acerca de un peligro. Está el peligro de que nuevamente nos exoticen a partir de una lectura de América Latina como la región de lo ancestral en un sentido, como señala ella, bastante esquemático, estereotipado. Esto de lo originario como lo misterioso; lo violento, lo natural, lo irracional, en contraposición a un norte global que sería el repositorio de la modernidad, la civilización, el orden, la razón. Y está esta proyección de América Latina como un territorio de lo puro, con la mujer mostrada como la Pachamama, lo natural, lo fantástico, también como una forma de paliar con el desencanto de la modernidad europea. Creo que es una lectura muy despolitizada que se queda en la superficie de los textos y que no indaga en lo que está presente en la obra de esas autoras que son las relaciones patriarcales, coloniales y económicas que tienen una importancia muy grande en estas épocas. Por otro lado, hay también una cierta insistencia en la prensa, de indagar en el fenómeno del feminicidio como si fuera un fenómeno latinoamericano. Sin embargo, también América Latina es el territorio de Ni Una Menos, de la legalización del aborto en un momento en que esos derechos están siendo confiscados en Estados Unidos, por ejemplo. También América Latina es un territorio en el que están pasando cosas muy interesantes, como la llegada a la vicepresidencia de una mujer negra en Colombia, alguien que además viene de toda una trayectoria como activista medioambiental. Entonces me parece que hay una suerte de encasillamiento o de lectura que puede asociarse a ciertos estereotipos sobre América Latina nuevamente. 

¿Vos te sentís parte de una generación de escritoras?

En todo caso yo me siento acompañada por las obras de muchas escritoras que admiro y cuyos libros también han sido lecturas importantes mientras yo escribía el mío. Pienso en Mugre rosa de Fernanda Trías. O en Tres truenos de Marina Closs. O los cuentos de Mariana Enriquez, por mencionar solo algunas. Acabo de leer un libro maravilloso de Clyo Mendoza que se llama Furia. Acabo de leer a Natalia García Freire, admiro mucho la obra de Mónica Ojeda. Entonces sí, me siento muy acompañada por escritoras que están trayendo a la discusión temas que no habían sido abordados de esta manera o de los que no se hablaba directamente en la literatura. Y ese proceso está acompañado, además, de una revalorización de escrituras de mujeres de otras décadas a las que también he llegado a través de muchas de estas autoras. A través de Verónica Gerber, por ejemplo, llegué a la obra de Ámparo Dávila. O, por recomendación de Brenda Lozano, leí a Nellie Campobello. Entonces hay allí no solamente una irrupción muy potente de obras escritas por mujeres en esta época, sino también un mirar hacia atrás y redescubrir a muchas escritoras que fueron ignoradas en su momento.

AL