Opinión

Longobardi y el éxito de audiencias que duró el doble de la Segunda Guerra Mundial

Marcelo Longobardi anunció este martes que deja la conducción del programa más escuchado de la primera mañana.

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Alberto Cormillot llevó la cuenta de los días que duró el éxito radial inigualable de Marcelo Longobardi:  5406. Más del doble de lo que duró la Segunda Guerra Mundial. Imposible no apegarse a esa tibieza. Pero Longobardi rompió filas inspirado en una frase de Anna Fornés sobre cómo centrarse en producir deriva en la obsolescencia, en un artículo de The New York Times sobre el cambio de época y en la aceptación de cierto hastío confesado “hasta ahí”. 

Con los legendarios “¿no?”, “¿eh?”, “¿verdad?” con que adornó el final de sus frases todas las mañanas de una era radial que posiblemente se vaya con él, describió con lucidez (una lucidez que no se encuentra en las altas cumbres de las que decidió bajar en frecuencia zen) la experiencia engañosa del éxito, a la que le adjudicó causas múltiples y la extrañeza del malentendido.    

Para musicalizar en clave de melodrama épico la despedida, su hijo Franco le mandó la canción Let somebody go, de Coldplay con Selena Gómez. Longobardi la describió como una canción que recomienda “dejar ir las cosas para que se mantengan puras”. No es lo que dice le letra, que habla de una ruptura entre amantes, pero en una despedida no debe haber reproches para nadie. Ni siquiera para el traductor más importante de la realidad argentina a la escala del parlamento radial.     

A continuación un fragmento de Fenómenos argentinos, un libro de 2017 que contiene un extenso capítulo sobre Marcelo Longobardi y su programa.

Monografías sobre el verde

A las 7:55 del 22 de mayo de 2014 sintonizo la radio en la frecuencia de Radio Mitre y escucho que el conductor de Cada mañana, Marcelo Longobardi, le pregunta a su columnista Willy Kohan por la marcha de le economía. Kohan pica al vació a buscar un pase en profundidad de su anfitrión y se desenvuelve extendiendo, sobre las ondas de amplitud modulada que llegan a mi antena, un ejemplar más del típico discurso economicista. 

Habla del temblor y de la brecha cambiaria, de las altas tasas de interés y de la presión sobre el dólar; y de que si esto sigue así en unos meses puede derivar en una crisis importante, y que el Ministro de Economía, Axel Kicillof, es el médico que le dice a la Presidenta: “seguí fumando”.

El dólar, como sabemos los argentinos, es nuestro eje económico, cultural y psicológico. Estemos donde estemos, alguien nombra la palabra dólar y de inmediato tragamos saliva. Por su ubicuidad real e imaginaria no nos queda otra alternativa que considerarlo nuestro dios. A nada se le tiene tanta fe, y nada puede alcanzar al mismo tiempo estatuto de horizonte y de tótem. Pero además de todas las ficciones religiosas que produce (milagros, catástrofes, suspenso), también desata una fiebre que nunca baja: la que empuja a los econoperiodistas a pronosticar.

Ningún otro rubro ligado al discurso público está tan cerca de la meteorología. Como el estado del tiempo, el dólar nunca es lo que es -su actualidad es la máxima ficción- sino lo que será cuando se infle o se deprecie, cuando esté o cuando falte, cuando se planche o se dispare. También es una amenaza. Está en el interior de un Caballo de Troya llamado Incertidumbre, por lo tanto lo mejor es no tenerlo controlado sino, todo lo contrario, como sucede con las bestias salvajes, dejarlo retozar. Es el propio dólar el único que sabe lo que vale, así que no hay más remedio que bailar la danza de su histeria, cuyos coreógrafos son, precisamente, los tenedores de dólares.  

El programa transcurre de modo miscelánico. Se suceden noticias sobre fútbol y comentarios del Doctor Alberto Cormillot sobre Sherlock Holmes, lo que provoca una ocurrencia de Longobardi: “Mandémosle una carta sobre el dilema del dólar”. Tiene una idea fija, que seguirá abonando a las 8:54 cuando, con la inolvidable música que Vic Mizzy compuso para la vieja serie Los Locos Addams, haga lo que llama su editorial. El asunto es otra vez la economía, y va a desarrollarse acerca del “Dilema del Tiempo”. Para quienes se quedan en estas líneas esperando las reflexiones de Longobardi sobre el tiempo respecto al ser, o la nada, es mejor sacarse de inmediato el compromiso de encima  y decir que eso no va a suceder. 

Longobardi comienza su editorial diciendo que “la solución del gobierno a la corrupción es sacar los fiscales y jueces”. Tiene razón, mucha razón, pero ya lo sabemos. Luego, sí, ataca el dilema prometido, no sin antes hacer un repaso general de la situación económica. Los subsidios subieron 57% en energía y transporte. Las importaciones y exportaciones bajaron 13%. La balanza comercial es muy pobre y, en un país “donde estamos todos desesperados por el dólar perdemos la exportación de lácteos a Chile. Llorando por los dólares, 'peludeando', mientras trabamos exportaciones”. Pero ¿cuál es el dilema del tiempo? “Una cosa básica: el dólar y las tasas”. Es algo “elemental, estúpido, viejo, patético”, lo que desata su insistencia: “Lo más importante es el problema del tiempo”. Todo lo dice varias veces, como si sampleara unas pocas ideas indelebles a las que sólo debe mantener como quien cambia el cuerito de una canilla o pinta una pared de una casa cada tanto: los dólares no llegan y las reservas siguen sin subir. 

Tema tiempo. Según sus cálculos faltan 20 meses para que se vaya el gobierno vigente en 2014: “para seguir así es demasiado tiempo. ¿Vamos a estar 20 meses discutiendo la tasa y el dólar? Para no hacer nada es demasiado tiempo. Algo va a pasar. ¿Cuándo? No lo sabemos. Estamos poniéndole curitas a la lastimadura. A la inversa, sobra el tiempo para hacer algo inteligente. Para seguir 'peludeando' con estupideces, con gente poco profesional, es demasiado tiempo. Sobra el tiempo para arreglar algo más presentable. Es un debate completamente primitivo, rudimentario, aburrido y tiene un final previsible. ¿Qué hace la Presidenta con el tiempo? Hasta que venga Lavagna, Redrado, Blejer, el que le toque, es mucho tiempo. Pero es tiempo suficiente para que nos saque de este dilema primitivo. Es probable que en agosto, septiembre, octubre, julio, la solución al dilema sea una denuncia de conspiración de los bancos y de los diarios que no va a servir para nada, salvo para explicar que la culpa la tienen otros. El dilema tasas/dólares es un dilema complejo, ya que le faltan 20 meses para seguir enredados...”. 

¿Cuál es la causa por la que triunfa este discurso prácticamente inane? ¿Por qué el 50% de la audiencia radial de la Argentina no es capaz de perderse esto? Longobardi sigue adelante con su Dilema del Tiempo llamando a Javier González Fraga (la tasa de entrevistados economistas debe ser la más alta del mundo), quien lo primero que le dice es que no se trata de un período de 20 meses sino de 6. Porque a principios de 2015 el gobierno va a tomar crédito y eso es “inteligente”. “Ellos están preparando el camino para volver al endeudamiento”, dice González Fraga. 

Willy Kohan pregunta: “¿planteás crédito para evitar un estallido financiero?”. Fraga: “subieron el 15% las acciones de YPF. Uno de los factores del dólar paralelo es la demanda de bonos. Todos le quieren prestar a Cristina. A la gente le interesa invertir en la Argentina por la tasa de interés. Es bueno que la Argentina esté desendeudada”. Silencio.

Al día siguiente, 23 de mayo, la fórmula radial se repite. Hay musiquita para mover el esqueleto fosilizado de la mañana, chistes e imitaciones de Rolo Villar. La música y los chistes, quizás el alma o la sangre del programa, en todo caso su factor vital, son interruptores del discurso economicista, que es ubicuo pero que el propio Longobardi no debe desconocer que debe someterlo a la hibridez para aspirar a algún tipo de éxito. 

Es un formato diseñado y puesto a prueba por Daniel Hadad en Radio 10, donde los conductores fueron afianzando discursos economicistas (en el caso de Longobardi) y fascistas (en los casos de González Oro, Baby Echecopar, Eduardo Feinmann) pero siempre insuflándoles elementos blandos, como tajeando transversalmente el patrón ideológico de los programas, haciéndolos soportables y hasta atractivos, como a veces le resulta atractivo el secuestrador al secuestrado. 

Esta vez el editorial va a durar sólo un minuto. Lo presenta té Cachamai, como para que no nos pongamos nerviosos. Resulta (cuando lean esto ya lo habrán olvidado) que el Papa le mandó a la Presidenta Fernández una carta de saludo ordinario con motivo de un nuevo 25 de Mayo. Un burócrata del Vaticano la desmintió empleando una desubicadísima primera persona del singular (“me copiaron el estilo”, etc), y luego el vocero del Papa desmintió al burócrata. Cosas así no pasan ni en las peluquerías. 

Sin esforzarse en aclarar los tantos allí donde festejó la supuesta falsedad del saludo, Longobardi apretó -lo que casi nunca ocurre- el botón de Política Internacional y dijo que eso no podía estar tapando algo más importante, como lo era el viaje del Papa a Jordania, Palestina e Israel, así como su enojo por una fiestonga bien regada a metros de su residencia.  

Luego viene un repaso de las últimas horas con tanta o más austeridad verbal que el que emplean los portales de Internet: periodista de Santiago del Estero juzgado por la Ley Antiterrorista, la Corte Suprema resucita juicio contra el Ministro Julio De Vido, Sergio Massa pidió una consulta popular para evitar la reforma judicial, se pelearon Duhalde y Reutemann (con todo respeto: es como si se pelearan las momias de Tutankamón y Ramsés II), Carta Abierta dijo que no le gusta Daniel Scioli. Stop: “Y llegamos al punto que más importa, que es el tema económico. Ayer se frenó el blue. Se recompusieron las reservas que, de todos modos, no crecen. Ahí quedaron. Y bueno, una política muy pobre. Tenemos las dos iniciativas del Ministro de Economía. A ver: esta idea de ocuparse de las consecuencias ha dado pruebas de que no funciona, El gobierno sube las tasas para parar el dólar y después quiere bajar las tasas para que la gente compre autos. Podrían hacer algo más inteligente. El Ministro se va al Club de París y seguimos con la idea de no ir al FMI. Sigue encaprichado con el FMI, ¿no? Me pregunto, como ayer: ¿vamos a seguir dos años más haciendo esta chiquilinada? Hay que mandar a los chicos al jardín de infantes como corresponde y poner un Ministro de Economía como la gente. Estos chicos no pueden conducir la economía en una crisis cambiaria y económica. Ya venimos”. ¿Y? ¿Y el contenido del editorial? ¿Por tan poca cosa le pagan tanto? 

El lunes 26 de mayo, el editorial arranca con el audio del discurso que la Presidenta Fernández dio en Plaza de Mayo. Es un fragmento bien autorreferencial al que le sigue no un comentario sobre lo que se acaba de escuchar, sino sobre la grandeza del Papa en su mentada gira oriental. Lo que Longobardi quiere que hable por él es el contraste (entre la grandeza papal y la bajeza argentina). Salto a las elecciones de Colombia, de las que no se dice nada salvo que uno ganó y perdió otro, ambas astillas de un mismo palo; y luego un toque europeo con una reseña de telegrama sobre el atentado a un museo judío en Bruselas. No hay ningún análisis, ninguna descripción, ninguna asociación, ninguna lectura

De inmediato, comenta una nota publicada en La Nación, hasta que por fin llega al postre: la economía y las pruebas de su deterioro. Longobardi dice que hay pintores que pintan sobre billetes de dos pesos. La noticia apareció en Clarín en esos días, y cuenta que esas intervenciones -que emulan las que hizo Andy Warhol sobre los billetes de u$s 100 hace ¡cincuenta años!- tiene 250 mil likes en Facebook. Por supuesto que Longobardi no se va a poner hablar de pop art sino de su indignación por ver degradada la figura de Bartolomé Mitre en el billete de dos pesos. Carga orientada a los responsables de la inflación, quienes permiten esos actos desagradables de paganismo monetario, tan graves para Longobardi “como escupir la bandera nacional” (y con la analogía le pone el precio justo a esos sucios trapos celestes y blancos).

Me pregunto cuánto tiempo va a pasar antes de que aparezca algún especialista para presionar sobre los asuntos de siempre. Nada. En el aire, con ustedes, Juan Carlos De Pablo. Su legendaria voz aflautada y su idioma campechano para bajar la economía a las masas son una marca registrada -cuyo franquiciante más notorio es Carlos Melconian-, lo que le valió penetrar en el gran público desde sus primeras apariciones en el programa Tiempo nuevo, de Bernardo Neustadt. 

Estas conexiones entre grandes tesis macroeconómicas y microeconomía explicada a los niños, en las que se mezcla el interés rapaz de los clientes para los que trabajan los consultores económicos y una oralidad medio gauchesca es efectiva y, en este caso, no se hace esperar. Después de una ristra de “¿sabé qué?”, que usa como signo de puntuación y deja clavada en el aire la lanza del lunfardo, De Pablo dice que la economía argentina tiene una lamparita y ocho portalámparas, por lo cual hay que sacar la lámpara de un portalámparas para ponerla en otro, y luego en otro, etc. 

Después, totalmente enviciado con las metáforas (sinceramente, no alcanzo a entender a qué se refiere), dice que nadie reconoce al tipo que desvía el tránsito y evita un accidente. Quizás sea una metáfora suelta, sin referencias, girando como un planeta perdido. Lo que no lo detiene. Es como un contestador automático que no condesciende a la duda ni a la contradicción: “Tené a Fábrega que se formó en las operaciones bancarias y tené a Kicillof que... dio clases de Keynes y Marx. ¡Qué sé yo! ¿Sabé qué? Mi tía tá cuchando y dice: ¿sabé qué? Esto’ rectángulos de papel no los quiero más. ¡Baaata!”.      

Longobardi vampiriza por enésima vez la lectura de los diarios, yacimiento botánico que le da solidez a su formación básica: fallo de la Corte Suprema sobre la reincidencia, affaire Boudou - Ciccone, un comentario a una nota de Eduardo van der Kooy sobre Scioli, otro comentario sobre una nota de Julio Blanck acerca del Porsche en el que se mueve el jefe del Ejército, el procesamiento del periodista Juan Carlos Suárez de Santiago del Estero por la Ley Antiterrorista, y nada más. 

No sé: me siento mal, estoy nervioso. Se están distrayendo demasiado del monitoreo del dólar que ha de estar, como siempre, “en terapia intensiva”. Willy Kohan, decí algo, te lo pido por el Bureau of Engraving and Printing Western Currency Facility. Kohan capta la señal y helpea barrenando la ola del programa. Dice que el Presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, habló en público ante “los pesos pesados del mundo financiero”. Me acerco al parlante de mi radio y exclamo, bajo la fiebre del asombro: “¡ah!”, “¡oh!”, “pesos pesados”. Luego dice que el gobierno no bajó las tasas pero se vio salir plata grande de la Argentina. Enseguida llega el postre de la casa: “El dólar, que tenía una brecha del 30 % entre el oficial y el blue, ahora la tiene del 50%”. Yo no sé. Esta gente, ¿tiene un programa de radio o una casa de cambio? 

Pasando por un túnel oscuro en el que la voz de Kohan refiere los despidos y las suspensiones de Volkswagen argentina, irrumpe el casamiento de Wanda Nara. Dice Longobardi: “Me acuerdo cuando la Argentina era un encanto y Guillermo Vilas salía con Carolina de Mónaco”. Bueno, bueno, bueno: un encanto… Tampoco exageremos. Se engancharon en abril de 1982, no sé si les suena la fecha. 

La observación de Longobardi es bien de súbdito, y no hay por qué negar que acuerda con el espíritu de su programa. No es un desliz sino un deseo plebeyo que representa mejor que cualquier teatro la plataforma ideológica donde se apoya. Vilas entrando a la intimidad de los Grimaldi –ni más ni menos que como lo hizo Grace Kelly- es, al mismo tiempo, un ejemplo de la realidad y un cuento de hadas. Y no parece haber demasiadas diferencias entre esa fantasía de acceso y aquella otra en la que aterrizan las inversiones en el Aeropuerto Internacional Reglas de Juego Claras de una Argentina “encantada”. 

Otro día. Llega el editorial con la música de siempre. Longobardi charla con Alfredo Leuco. En confianza, despuntan una conversación sobre el último documento de Carta Abierta, que es kilométrico. No obstante, no creen necesario citar una sola línea. Ni una. Con ocultarlo bajo las interpretaciones de sus temperamentos es más que suficiente. Lo importante es traducir. Dicen –y es extraño que para dos lectores un texto sea una misma cosa- que Carta Abierta plantea una ofensiva contra la moderación, y que el gobierno “transita por la adolescencia universitaria”. “Yo lo llamo ideologitis”, dice Leuco, aludiendo a una infección de ideas. 

Longobardi dice que Carta Abierta “es la Inquisición, es una cosa increíble”. Uno de los dos -ya no sé cuál, a tal punto se disuelven sus voces endemoniadas cuando se dan manija- dice que se trata de “un conjunto de lunáticos que se reúnen en una biblioteca”. ¿Un conjunto de lunáticos reunidos en una biblioteca puede ser, al mismo tiempo, un tribunal con el poder de ejecutar personas como hace cinco siglos?

Para darse corte bibliómano, Longobardi asocia Carta Abierta con el cuento “El pozo y el péndulo” (1842), de Edgar Allan Poe, donde hay un personaje en una celda por orden de la Inquisición española. Su soledad es total y, por supuesto, sólo piensa en encontrar su salvación, hasta que lo rescata un soldado francés. 

Se ignora cuál es el puente que nos deja en la terminal Poe habiendo salido de la estación Carta Abierta, ni si la víctima del relato debe asociarse a los firmantes del documento oficialista, a sus ejecutados o al propio Longobardi. Es una maniobra típica del anti intelectual que, para atacar intelectuales vaporiza con WD-40 el óxido de alguna herramienta literaria y la utiliza sin una debida instrucción.

Pero ¿qué día es hoy? Me siento un poco perdido y la estructura de diario que quería darle a este artículo se derritió. Estoy en un mismo día largo, larguísimo, donde no se deja de hablar del dólar.  Pero como el Juez Federal Ariel Lijo acaba de llamar al vicepresidente Amado Boudou a declaración indagatoria para el 15 de julio, el programa da una vuelta de campana. 

Longobardi: “En primera instancia parecieran presentársele a la Presidenta dos alternativas”. Para él, las alternativas son siempre dos: la espada o la pared. La primera de esas alternativas es decir que Boudou “es víctima de una campaña orquestada por los diarios, que podrá estar procesado como Macri y que estamos ante una venganza de las AFJP”. La segunda posición, siempre según Longobardi, “es la de comportarse como una Presidenta y pedirle licencia a Boudou. Pero va a inclinarse por la primera. De ser cierta la hipótesis del juez y el fiscal de que Boudou se compró Ciccone, vienen dos preguntas muy pero muy pero muy complicadas. La primera es si Boudou compró Ciccone a instancias de alguien, o si se cortó solo”. 

Aquí no sólo Longobardi vuelve a insistir con una constitución del mundo a partir del número dos, que no designa matices sino campos absolutos. También lo dice dos veces (casi todo lo que dice lo dice dos veces), y continúa con el mismo expresionismo de dos bandas: “La otra pregunta, que debe ser la hipótesis del juez, es si Boudou operó en nombre de otro, y si lo va a decir. ¿Actuó solo o se lo pidió Kirchner? Por ejemplo, la segunda pregunta, puesto contra la pared, ¿Boudou va a decir: 'Me lo mandó tal'? ¿Es Boudou un hombre de la política dispuesto a llevarse un secreto? Yo sospecho que por acá viene la mano. Por eso el gobierno va a cerrar con Boudou. Rossi ya lo dijo recién: 'Boudou fue víctima de 300 tapas de La Nación y Clarín'. A mí me gustaría que la Presidenta admita una equivocación. Es humana, ¿nocierto? Debería pedir una licencia. Si esto no pasa, si no se pone a la altura de las circunstancias... ¿Ustedes creen posible que en un gobierno prusiano como este alguien como Boudou se compre la fábrica de billetes sin que el gobierno lo sepa? Puede ser, no lo descarto. Pero como conocemos el formato prusiano de este gobierno, es difícil que lo haya hecho solo. Boudou ha hecho sugerencias sobre la materia. Son las dos grandes preguntas que surgen. (“...”) Si la hipótesis del juez es correcta, acá están dos preguntas poco menos que dramáticas: si actuó solo o está dispuesto a decirlo”. 

Estas impresiones, misteriosamente influyentes, que no se juzgan aquí por sus contenidos sino por la pobreza de sus formas, funcionan al modo de una aliteración poética, un martilleo, una insistencia encarnada en la golden voice hueca de Longobardi, fórmula que pega fuerte en la audiencia de la que es justo pensar que no espera de Cada mañana otra cosa que lo que ya tiene en casa. 

De repente, regresan las cuestiones de palacio en un nuevo editorial que intenta glosar la abdicación del Rey Juan Carlos de Borbón. Se oye al Rey en su media lengua, como si se estuviera haciendo buches con albóndigas, dar las razones de su alejamiento, y luego a Longobardi: “Estaba apuntando cosas, y fíjense que ni siquiera un Rey puede perpetuarse en el poder”.

“Apuntando cosas”. No sé qué está queriendo decir, pero son casi cuarenta años de reinado que si no fue a perpetuidad estuvo ahí de serlo. ¿Qué clase de reflexión es esa perogrullada, revestida con el pan rallado de la solemnidad, bajo la que subyace una inocultable admiración monárquica? ¿O acaso desde que la Historia dura menos que la Eternidad, alguien ha podido perpetuarse en el poder?

Por suerte aparece Willy Kohan y la nave se estabiliza al encontrar los faros de la inflación, el dólar, los mercados, el Club de París, los holdouts. Ya tengo algunos insumos -no muchos- para escribir unas páginas sobre Cada mañana. Versarán sobre la medianía intelectual y la firmeza ideológica de su conductor, quien ha dicho de sí mismo que hace veinticinco años que piensa exactamente lo mismo. 

La muestra que tomé no acerca ninguna pista de lo que en los últimos días ha estado leyendo Longobardi para darle contenido a su programa, excepto los diarios y el consabido cuento de Poe traído de los pelos para hacerlo comparecer ante Carta Abierta. Sabemos por las entrevistas que está haciendo una biblioteca nueva en su casa, que colecciona óperas, que quiere conocer la Scala de Milán y que le gusta jugar al golf, un deporte más bien misántropo en el que lo acompañan sus hijos. 

Del pasado, en el que no me dan muchas ganas de internarme, recuerdo la entrevista televisiva que en 1995 le hizo a Emilio Massera junto a a Daniel Hadad. Como quizás se recuerde, Hadad le reprochó al Almirante Cero cierta desprolijidad en los tormentos y asesinatos ocurridos en la ESMA, y le mostró su preferencia por un sistema más “honesto”, en el que el fusilamiento aparecía como una evolución de la desaparición forzada de personas. ¿Para qué hacerla mal pudiendo hacerla bien? 

Es cierto que para estar a la derecha de Massera hay que ser un verdadero campeón. Pedirle pena de muerte ya era una solicitud progresista. Pero Longobardi estuvo bastante áspero con aquel pedazo de negacionista y le mostró un ejemplar del Nunca Más como si fuera una maniobra de exorcismo. No estuvo mal, aunque se oliera el pacto que llevó a Massera a sentarse a esa mesa y no a otra.

Lo que define a Cada mañana es un modo de ser consecuente con ciertas ideas fijas. A esas ideas no hizo falta que Longobardi las desarrollara personalmente (es un periodista que nunca escribió un artículo) porque están en al aire, forman parte del acervo conservador. Pero si el programa es monográfico, siendo su único tema el estado, la situación y la salud del dólar y unas pocas derivaciones posicionales (si sube o si baja, si entra o si sale), y el resultado de esta pobreza es el éxito más grande de la radio de los últimos años, es porque esa tozudez, y esa superstición de que el dólar es nuestro oxígeno coincide con el zeitgeist nacional. 

Las ideas fijas e indelebles surgidas en el liberalismo del siglo XIX, un pensamiento de perfiles fisiocráticos con aplicaciones de magia traducidas a un menú de lugares comunes encriptados en tecnicismos, son el credo de Longobardi. Para más adelante -o para un psicólogo- quedará resolver el enigma de una persona de cuna humilde que fue expulsada del colegio secundario, que vio a su padre sin trabajo y que se convirtió en el único miembro exitoso de varias familias (se lo dijo en una entrevista a Pablo Sirvén, de La Nación) y no oculta su amor a las clases dominantes, sean estas las de los magnates de la industria, los terratenientes o los especuladores de la bolsa. 

La simpleza intelectual de Longobardi, formado en la escuela publicitaria de Bernardo Neustadt, para quien trabajó gratis dos años como si estuviera cumpliendo una probation, radica en la absorción de esas ideas fijas al nivel del metabolismo. Una experiencia que comparte con cientos de miles de oyentes. Porque, como podría decirlo Juan Carlos De Pablo, hombre de las selectas minorías financieras que decidió hablarle a las masas: “¿Sabé qué? ¡Aguante el mercado!”.  

***

Tres años más tarde, en marzo de 2017, Longobardi se mantiene en forma, incluso en crecimiento, rodeado de sus afectos radiales. Hay otro clima en el estudio, más optimista, donde comienza a hacer su nido el exceso de confianza. El gobierno nuevo que se abre al mundo lleva dos años y se observan las primeras microfisuras en los diques de contención que retienen sus imperfecciones, y que Longobardi intenta reparar aquí y allá con una espátula de plástico y un poco de enduido.

Pero lo que sigue siendo insoportable para su vínculo con la tolerancia es lo otro, el palo en la rueda, la latinoamericanización constante del espacio público que afecta las políticas de emprolijamiento social. En las últimas horas ha habido cortes de piqueteros en la 9 de Julio y es momento de llamar a Juan Grabois, referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).

Sin escatimar aspereza en la bienvenida, Longobardi hace pasar a su aire a Grabois: “Todos ustedes viven de fondos del Estado”. El entrevistado dice que no: “Para nada. No”, y se abre una pausa. “¿Y entonces para qué van a cortar todo hoy? ¿Pa’ pedir qué?”, insiste Longobardi, cuya cabeza no parece comprender que se pueda pedir plata para otros. 

Grabois: “Primero: no sé quién le dijo que vamos a cortar todo. Segundo: no vivimos de los fondos del Estado. Igual que la empresa a la que usted pertenece y muchas otras empresas de la Argentina, tenemos distintos tipos de relaciones con el Estado. La radio donde usted está tiene pauta publicitaria del Estado. ¿Eso quiere decir que usted vive del Estado?”.

Más acostumbrado a tirar centros que a recibir contragolpes de dos pases, Longobardi zozobra, dice que “por supuesto que no”, y le abre la jaula a Willy Kohan, que lauda vocacionalmente en favor de su jefe: “No recibimos pauta del Estado. Trabajamos en empresas que reciben pautas del Estado. Y, por supuesto, no cortamos calles, ni extorsionamos a la sociedad ni a los políticos para que nos pongan pauta. No cortamos la calle para que nos escuchen, y no vivimos de los que trabajan. Ustedes viven de la extorsión”.

No lo teníamos tan agresivo a Willy. La costumbre dice que en entrevistas con pares de la city se pulveriza en amabilidades, en amenities verbales, en inclinaciones japonesas de respeto. Pero acá hay un piquetero y, como quien dice, no hay que dejarlo pasar. Grabois contesta: “Ustedes viven extorsionando gobiernos para tener negocios como el negocio del fútbol”. Kohan responde: “Eso ya lo dijeron durante 12 años y perdieron las elecciones”; y, ya en frecuencia Juan Carlos De Pablo, ataca un poco más: “Pero si no sacan ni el tre’ por ciento de lo’ voto’ cuando se presentan a elecciones”. Es en vano que Grabois le diga que él y sus agrupaciones no se presentan a elecciones porque la mecha del rechazo ya está encendida, y corre hacia la explosión. 

Después de unos chisporroteos que le dan a la conversación un estatus de sordera, Longobardi dice: “Pero si el Estado les dio una ley, se votó en el Congreso, y le dieron 30 mil millones de pesos a todo este sistema de organización. ¿Qué es lo que quieren ahora?”. Lamentablemente no hay en la palabra impresa un despreciómetro para registrar la música incordiosa que empleó Longobardi para hacer su pregunta. 

Entonces, Grabois afila sus metales y los hunde en la mantequita: “Marcelo, no sé si usted no leyó la ley o si deliberadamente desinforma a la población. Se aprobó una ley que no financia organizaciones sociales. Se aprobó una ley que no se implementó y de la que no se erogó un solo centavo”.

Grabois avanza. Es hora de que aparezca Willy, que a lo Robin, toma la posta de Batman y, como si le hiciera un piquete a la conversación, vuelve al Punto Único sobre el que giran todos sus pensamientos y sensaciones. Le reprocha a su archienemigo no condenar los piquetes, incluso le dice que como dirigente social los avala y los promueve. 

Grabois contesta: “¿Por qué debería condenarlos si yo no soy fiscal? (…) No todos andamos en patrullero juzgando con el dedito a los demás como hace usted. Yo me dedico a otra cosa. Yo me dedico a construir cooperativas de trabajo para que los excluidos de la Argentina tengan una forma digna de ganarse el pan. Si a usted no le gusta eso, lo lamento mucho”.

Ahora saltemos unos meses, hasta junio de 2018. Cada mañana se contacta con Luis Caputo, Ministro de Finanzas y piloto de los u$s 90 mil millones de deuda pública que la Argentina tomó entre enero de 2016 y marzo de 2018, minutos antes de reforzar la política de dame dos que te devuelvo mil con otros u$s 50 mil millones otorgados por el FMI.

Caputo atiende su iPhone 100 (es la que va a salir en el año 2200), y oye la voz de Longobardi que lo recibe con un hermosísimo: “Hooola Luis, buen díííía”, como si estuviera llevándole el desayuno a la cama un 14 de febrero. Pero así como no hay un despreciómetro, tampoco hay un apreciómetro del amor en el texto impreso, por lo que aquellos que quieran saber si estas líneas faltan a la verdad emocional de ese saludo, ahí tienen YouTube para verificar el fenómeno por sí mismos.

Desprendiéndose un poco de la tonalidad intimista con que empieza la charla, Longobardi le pregunta si da muchos reportajes. “Definitivamente, no”, dice el Ministro. A lo que Longobardi responde: “Esperemos que no sea el último”. Cuánta coquetería. Pero, ¿acaso lo va a presionar? ¿Está abriendo el paraguas merchandising de alguna marca amiga para tratarlo como lo trató a Grabois unos meses antes? Falsa alarma. Dice: “En primer lugar, quería preguntarle el por qué de este bono a cien años que, como usted sabe Luis, ha generado tanta polémica” (le está hablando por un bono de deuda por u$s 2750 millones que Caputo emitió a cien años).

Caputo dice que “la controversia no ha sido tal entre los especialistas en finanzas” (faltó que dijera entre gente como yo, que piensa lo que pienso yo y hace lo que hago yo), y que “hay una unanimidad absoluta de que ha sido un trade, una transacción espectacular para el país. No sólo hay cantidad de felicitaciones desde el exterior sino que las hay también aquí en la Argentina, y hay también artículos muy, muy buenos como el del domingo, del economista Emilio Ocampo, que explica muy, muy bien todas las bondades de esta transacción que define como un gol de media cancha”. 

Para recortar su triunfo en un marco dorado, propone el contraste. Dice que los críticos de ese bono tienen un sesgo, pero la expresión verbal no es un fuerte del Ministro de Finanzas, por lo que la pelota se le va larga, y ¿quién la corre como un uruguayo hasta la línea de fondo, impide que salga y le tira el centro atrás con el arquero tirado en el piso? Marcelo Longobardi, ese temible wing por derecha. Simplemente dice: “Venezuela”, y Caputo toca la pelota hacia el gol: “Claro, la misma gente que le pagaba 15% a Venezuela, las tasas más altas que se han pagado…”. Pero no alcanza a gritarlo que ya lo tiene encima a su asistidor: “Un negocio turbio; y vidrioso, además”.

Caputo se explaya sobre sus labores de endeudador autoevaluándolas a la alta por obra y gracia de las tasas tomadas, que juzga bajas. Lo hace durante cinco minutos nadando libre, en los que Longobardi pronuncia sólo cuatro palabras (tres son la palabra “sí”) para que el deslizamiento sea óptimo. Por la ventana de la discreción –dios mío, parece un programa de mayordomos- hace su ingreso Willy Kohan. 

Le pregunta amistosamente cuánto tiene que “juntar” por año para cubrir el déficit y pagar los vencimientos de deuda. Caputo le agradece la pregunta porque le “encanta”, y vuelve a describir los obstáculos de la oposición y a aludir al pasado, al que trae por tercera vez en diez minutos.

Van a haber dos consultas más. Una de Kohan, que le pregunta si tiene un agujero de u$s 45 mil millones. La otra, de Longobardi, se refiere a cuántos millones más de duda hacen falta para llegar al equilibrio fiscal sin shock. Caputo menciona el número mágico que viene bajando del FMI como un río de lava: u$s 50 mil millones. 

“¿El combo cómo cierra?”, dice el pobre Caputo, obligado también a hacerse las preguntas a falta de preguntadores (entre Longobardi y Kohan le hicieron cuatro o cinco, y todas fueron pase-gol), y a responderse esa y agregar otros tres o cuatro consideraciones negativas sobre el pasado. Dicho lo cual, Longobardi lo despide con la voz de quien no está soportando el dolor: “Gracias, Luis, por estos minutos. Le mandamos un abrazo. Estaremos en contacto pronto”. 

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