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Los topos

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Cuando era adolescente pasaba las vacaciones de invierno en la casa de General Alvear de mi amiga Bruna en el interior de la provincia de Buenos Aires. Yo era y seré siempre una chica de departamento y esos viajes intervinieron mi experiencia hacia un tipo de calle distinta de la que vendría después, en la juventud, en una Buenos Aires acelerada y libre. Tener pueblo es, a veces, mucho más que tener calle. Es entrenar en el ejercicio infernal de contar siempre sobre un centenar de vidas, sobre un puñado de biografías y a manejar la circulación del chisme -que también era cotizable según el grado de tabúes, pecados y ridículos que estaban en juego- y tener paciencia, porque cada cosa, en un pueblo y en la vida, tiene su tiempo.

Era un acontecimiento que nos tocara alguno de los desfiles tradicionales del pueblo, principalmente el orgullo en esas ocasiones era la producción agrícola ganadera de los campos. Las personas más que nada: patrones, empleados y peones arriba de los sulkys y los caballos, si tenían suerte alguna reina de belleza de una ciudad vecina. Era un furor y el centro del pueblo se llenaba con sus habitantes y algunos visitantes, como yo. 

Las semanas previas a esas fiestas llegaban viajantes de comercio de distintos puntos del país, hombres vestidos casi en serie que se los distinguía siempre entrando y saliendo del hotel -el único hotel- con sus camisa cuadrillé, sus pantalones de traje marrones, los mocasines viejos y unos lentes de aviador truchos. Ese invierno, esas vacaciones, ese Día de Algo en el pueblo, estábamos tomando unas cocas con tostados en el Club Social frente a la plaza y vimos estacionar en la vereda un Peugeot 504 celeste atiborrado de muñecos de plástico del Topo Gigio. Cientos de topos Gigio en el asiento trasero y en el del acompañante. También los vimos dentro del baúl, cuando el hombre que lo manejaba, de unos cuarenta años, lo abrió para sacar un portafolios.

“Son los viajantes”, me dijo Bruna. El tipo tiró el cigarrillo que tenía en la mano y entró al Club Social. Se sentó a tres mesas nuestras. “¿Qué hacés, Osvaldo?”, le preguntó al mozo y Osvaldo pidió un bife de costilla con un tomate partido al medio y una Quilmes de litro. Mientras esperaba, se bajó la panera. Comió. Dijo que no al postre y pidió un café y la cuenta. Desde la mesa le preguntó a Bruna qué día era. Bruna, simpática y dada, dijo la verdad: “Sábado. Hoy hay desfile”. Ella estaba más entusiasmada que yo. Y el viajante le preguntó si había alguna heladería abierta. Se metió el mozo y dijo que no, que en invierno no, pero ahí tenían. Necesito helados envueltos, muchos, dijo el viajante. Tenemos cuatro cajas de bombones helados y dos de cassatas empaquetadas, acotó desde la caja el encargado. Entonces vimos al viajante desplegar su estrategia: le pidió un precio por mayor. El mozo dijo que iban a hacer si venía el gordo Rocatti y pedir cassata, el viajante le dijo que le ofrezca el flan o mande a comprar unas latas de duraznos. Luego pactaron un precio. “Ya se los pongo en una bolsa”. Entonces el viajante dijo que no, que los reservara ahí en la heladera y que si venía algún chico a pedir, de parte de Osvaldo, se los diera gratis. “¡Ah!, y dele dos heladitos a las chicas”, dijo refiriéndose a nosotras. Bruna y yo nos reímos y vimos a Osvaldo salir por la puerta vidriada y cruzar a la plaza. Era una tarde fría y límpida con un sol lejano. A la plaza habían llegado el fotógrafo retratista con el pony ciego de crines largas y sucias, el globero con los conejos globo a punto de reventar y el garrapiñero que estaba cociendo el caramelo en la olla de cobre sobre el calentador a garrafa. Osvaldo pasó entre la gente que ya estaba preparada para que empezara el desfile en unas horas y se puso a fumar sentado a las patas del caballo de San Martín, con el mismísimo San Martín montado, en la base escalonada, orientando su cuerpo a la luz solar para revivir después de tantas horas encerrado en el auto con los topos metidos a presión. Se quedó dormido unos minutos bajo sus lentes de aviador. Se notaba por la respiración. Después dio una vuelta por la plaza y frenó en donde unos chicos estaban arreglando una bicicleta en la esquina. Se puso a hablarles y vimos cómo los chicos dejaban la bicicleta tirada, se iban corriendo al kiosco de Mary y volvían corriendo también al Club Social a pedir un helado en la caja de parte de Osvaldo. Luego entraron tres nenas, luego dos más, después un grupo de ocho chicos transpirados con la pelota en la mano. El mozo los retó por entrar con la pelota y les dijo que le iba a contar a Osvaldo y uno de los chicos salió corriendo y pateó la pelota desde la vereda al medio de la plaza y le gritó al del pony que le cayó cerca que se le cuidara.

Para ese entonces, y sin perder de vista a Osvaldo, ya habíamos pagado y habíamos cruzado a la plaza con nuestros bombones helados. Estábamos sentadas en un banco. Y escuchamos cómo Osvaldo negociaba con dos hermanitos. “Son los de Ochoa”, me dijo Bruna. Osvaldo les hacía este entre:

Ey, pibe, vengan. ¿Quieren ganarse un helado?“

¡Sí! dijeron los dos nenes.

Tienen que hacer un trabajo para eso. Vayan por los kioscos y pregunten si tienen el muñeco del Topo Gigio. Dense una vueltita. Yo los voy a seguir. Una vez hecho el trabajo vayan al Club Social y pidan un helado de parte de Osvaldo. ¿Cómo tienen que preguntar?

—¿Tiene un helado de parte de Osvaldo?— dijo el más chiquito.

—¡No, idiota! ¿Tiene el muñeco del Topo Gigio?respondió el mayor de los Ochoa.

A las dos horas Osvaldo se subió al 504 y se fue de la plaza. El desfile casi fue un éxito pero una tormenta fuera de toda previsibilidad obligó a suspender la celebración. El pony se fue trotando a lo lejos mientras el fotógrafo trataba de cubrir la cámara. Nosotras nos subimos al auto de Bruna -manejaba desde los doce años en Alvear- y fuimos a su casa a mirar el fuego de la chimenea y a comentar con la familia cómo había empezado la tormenta y cómo se había descongestionado el centro y que qué mala suerte tenía Alvear. Después cenamos, nos bañamos y nos cambiamos para ir al boliche. Nos dejaban ir siempre al boliche.

A Osvaldo lo vimos esa noche con dos mujeres del pueblo bailando y tomando whisky en la barra. Nosotras fuimos a comprar unos tragos en la barra y nos acodamos al lado del trío improvisado. Nos daba gracia lo borracho que estaba. Le preguntamos por los topitos. Y dijo, triunfador, que los había vendido a todos. Que había guardado un par en el baúl para nosotras, que si íbamos al auto nos los regalaba. Que se iba mañana al mediodía para Buenos Aires a comprar más al mayorista de Once y si queríamos ir con él nos pagaba la pensión. Le dijimos que no, tentadas de la risa por el tupé, y nos fuimos a bailar al medio de la pista. O tal vez se lo había dicho a las otras dos mujeres más grandes. Después no lo vimos más.

Décadas más tarde a Alvear llegó la cárcel de máxima seguridad -la de la gran fuga de los hermanos Lanatta y de Schilacci, los asesinos condenados del triple crimen mafioso por el tráfico ilegal de efedrina- y el pueblo se configuró de otra manera. Los viajantes son ahora las visitas de los presos y ya casi nadie para en el Club Social. En algunos kioscos que perduran todavía se ve colgado un viejo Topo Gigio descolorido y sucio que nunca nadie compró.

 

 AS

 

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