Opinión

Siempre hincharemos por Messi (a pesar del PSG)

Lionel Messi en su primer entrenamiento en el PSG

0

La llegada de Lionel Messi al Paris Saint Germain es, tal vez, el pase más impactante de la historia del fútbol por la repercusión global, el protagonista y lo inesperado del cambio de camiseta. Provocó una matrioshka de alegrías, una dentro de otra, como si la dicha del genio fuera la nuestra. El poder del fútbol es que hace feliz a la gente y el mayor fabricante de goles y de ovaciones del siglo XXI recuperó el cosquilleo que el Barcelona -como no pocos matrimonios de 21 años- ya no le generaba. Al fin radiante también en la selección tras la Copa América menos pensada y más festejada, el rosarino parece haber encontrado una autopista de bienestar deportivo y emocional rumbo a un Mundial de Qatar no tan lejano. Faltan 16 meses.

¿Qué otro equipo podría haber elegido Messi si el PSG lo tiene todo o lo poco que no tiene -tradición- puede repararlo -con presente y promesa de futuro-? El 10 de Argentina encontró en París compañeros de fantasía (el 10 de Brasil -Neymar-, “la” 10 de Francia -Kylian Mbappé- y el ex capitán del Real Madrid -Sergio Ramos-), un proyecto deportivo acorde a su ambición de volver a ganar la Champions League, amigos en el plantel (y no los que cuentan chistes o ceban mate sino consagrados como Neymar, Ángel Di María y Leandro Paredes), el dinero inacabable de un Estado petrolero que no tiene que rendir cuentas internas (el PSG gastó 1.400 millones de dólares en refuerzos desde que hace 10 años fue comprado por Qatar Investment Authority, un fondo de inversión controlado por la familia real del emirato), un departamento profesional que en tres días generó mejor contenido audiovisual que el Barcelona en dos décadas (y eso potencia los negocios), un vestuario que habla en español y, claro, una ciudad luminiscente.

En la expansión del furor que ya provocó la venta de un millón de camisetas con el número 30 y nos llevó a husmear en una liga hasta ahora secundaria caben los intangibles. “Y ahora olvidate, que los qataríes le hacen ganar el Mundial”. O “es lo mejor que le pudo haber pasado a la selección: va a descansar en la liga francesa y va a llegar perfecto a Qatar”.

Es cierto que todavía hay un grupo que lo sigue mirando de costado, en particular en Argentina, donde las derrotas se criminalizan y la comparación con Maradona, el dios que se sacrificó por todos, es un jaque mate a cualquier otra biografía. Pero Messi tiene el poder de hacernos hinchas de sus equipos. Donde juegue, ahí estuvimos y allí estaremos, frente a las pantallas. Además el equipo de Pep Guardiola fue un coro de ángeles jugando a la pelota. Quienes gritamos los goles del Barcelona entre 2005 y 2021 lo hubiésemos hecho por el Real Madrid si el rosarino hubiese vestido una camiseta blanca.

Messi no es la supervivencia sino la continuidad y la adaptación al fútbol moderno de un tiempo pasado, de cuando nuestros padres nos llevaban a ver partidos de otros equipos, una costumbre de época: apreciar el buen espectáculo sin que los colores de la camiseta fueran el único parámetro, allá en domingos de dos puntos por triunfo, 44 botines negros recorriendo la cancha, camisetas titulares del 1 al 11, cancheros tirando aserrín los días de lluvia, colimbas entrando gratis a las tribunas, árbitros caminando doce pasos antes de un penal para fiscalizar que la distancia estuviera bien medida, jugadores zanjando polémicas con el latiguillo “vamos a ver la jugada a la noche por televisión", futbolistas sin tatuajes ni piernas depiladas y toda la fecha jugándose a la misma hora. Y ahora por Messi gritaremos los goles del PSG. ¿Del PSG?

Despotricar contra el ingreso del dinero en el fútbol sería tan atemporal como oponerse al avance de los medios digitales y las nuevas plataformas. También sería primitivo “advertir” la intromisión de la política en el fútbol, incluso de gobiernos sin democracia. Es cierto, como sostiene el muy buen libro “El circo de los pueblos”, de José Ignacio Lladós, que el PSG es un atípico caso de club-Estado, pero ¿acaso Pelé no llegó al Cosmos en 1975 a partir de la intermediación del secretario de Estado, Henry Kissinger, que intuyó que el brasileño podía resultar útil a las estrategias de Estados Unidos al sur del continente? ¿Por qué la máquina de millones del PSG sería menos transparente o más obscena que la del Manchester City, sostenido por Emiratos Árabes, o la del Chelsea, del magnate ruso Román Abramóvich?

Tampoco los perdedores de hoy y ganadores de casi siempre deberían quejarse de las opulencias. ¿Cómo podría levantar el dedo acusatorio el Barcelona si por la temporada de LaLiga que comenzó este fin de semana recibirá 253 millones de dólares por derechos de televisión y el Elche sólo obtendrá 10? La diferencia de valor entre el plantel del PSG (993 millones de dólares) y el Clermont (24 millones), recién ascendido a la Primera de Francia, es 41 veces superior. ¿Cómo podríamos hablar de equidad incluso en Argentina si Boca le destina al fútbol profesional 2.675.599.569 pesos por año, un presupuesto 13 veces superior al de Aldosivi?

Con su plan irresistible, el de darle felicidad a Messi y juntarlo en la cancha con Neymar, el PSG intentar coronar el trabajo que empezó hace 10 años, el de insertarse en el selecto grupo de clubes que, en el momento en que se crearon las estructuras del fútbol, se ubicaron en lo más alto por triunfos, popularidad y dinero. El rosarino llega a un club de probeta, creado en 1970 por un grupo de financistas que concluyó que París debía tener un equipo acorde a una gran capital europea, tal como Londres, Madrid o Roma. En París jugaban, con malos resultados, el Paris FC, el Racing y el Red Star, un club de izquierda cuyos hinchas flamean banderas del Che Guevara y escuchan Bella Ciao, el himno antifascista, durante los partidos. Al PSG lo compró en 1991 Canal+, la empresa que tenía los derechos televisivos del torneo, y en 2011 se lo quedó el fondo de inversión de Qatar, que el año anterior había sido designado sede del Mundial 2022.

Messi tuvo que dejar Barcelona porque los catalanes hicieron desastres financieros en una liga en la que rigen los límites salariales por equipo. Por la pandemia, en Francia no habrá revisiones de presupuestos hasta 2023, la temporada en la que terminará el contrato de Messi (y también el año siguiente del Mundial). En épocas en que los clubes tradicionales están fundidos, es un secreto a voces que el PSG contará con una triple protección: la liga de Francia no investigará a su principal accionista, la UEFA está agradecida con los parisinos por haber mostrado lealtad cuando 12 clubes ingleses, españoles e italianos intentaron armar la Superliga Europea en abril pasado, y la FIFA es socia de Qatar al menos hasta la Copa del Mundo, y tampoco hará nada en su contra. La fiesta del PSG será perfecta: nadie investigará fair play financiero ni doping económico ni se pedirán balances ni habrá controles. A lo sumo se expedirá alguna multa. Y mientras tanto, el PSG irá por la estrella que le falta, la Champions. Del resto de triunfos ya está saciado: ahí está el caso de Maxwell, un correcto defensor brasileño que ganó 15 títulos locales con el PSG entre 2013 y 2017.

La Superliga Europea fracasó por la reacción de los hinchas, en especial los ingleses, que se opusieron a la falta de deportividad del proyecto. Fue interesante el texto que Simon Hattenstone, cronista inglés reconocido como hincha del Manchester City, escribió en The Guardian bajo el título “Ahora los hinchas del Bix Six podemos ver el precio que pagamos por el éxito”, en referencia al enojo de los simpatizantes de Manchester United, el City, Chelsea, Arsenal, Tottenham y Liverpool. Después de reconocer las relaciones “desiguales y abusivas”, Hattenstone hizo un mea culpa por los títulos de su equipo, dirigido por Guardiola desde 2016 y que acaba de gastar 120 millones de dólares en Jack Grealish, del Aston Villa, un equipo de mitad de tabla.

“Fuimos absorbidos por un patrocinador de dudoso historial de violación de derechos humanos: el Abu Dhabi United Group -escribió el periodista e hincha del City-. Estas lavadoras deportivas cumplieron su palabra: invirtieron miles de millones y convirtieron en campeones en serio a un club que no había ganado un trofeo en 35 años. Nos compraron el éxito. Cuando los socialistas se quejaron de que el éxito comprado no era un verdadero éxito, los descartamos como aguafiestas. La última década en el campo ha sido maravillosa pero los hinchas ahora pueden ver el precio que hemos pagado por el éxito”.

Seguramente dos de esas frases, “éxito comprado” y “experiencia maravillosa en el campo”, se traspasarán y convivirán en el nuevo equipo sensación, el que esta semana nos hizo sonreír por Messi. ¿Pero cuál será el precio que el PSG pagará por su éxito garantizado de antemano? ¿La falta de emoción, un fútbol sin epopeya, triunfos más exhibicionistas que seductores? Es cierto que Mauricio Pochettino tendrá que armar un equipo, pero el PSG -se descuenta en Francia y se espera en Europa- ganará por goleada más de un partido y será campeón de un título, de otro o de todos.

Ayer, en su debut en la liga, sin Messi, Neymar, Di María, Paredes ni otros titulares, a los 27 minutos ya le ganaba 3-0 a Racing de Estrasburgo antes del 4-2 final. Con tantos turistas como hinchas en el Parque de los Príncipes, no debería sorprender que lleguen meses de espectáculo como los Harlem Globbetrotters o un Cosmos de Pelé en el siglo XXI, un fútbol masturbatorio, de un solo equipo, un simulacro de competencia. Pero aunque el PSG haya matado (o comprado) la épica, siempre hincharemos por Messi. 

Etiquetas
stats