Un partido para el infarto contra Egipto

El campeón demostró de qué está hecha su alma

Atlanta —
7 de julio de 2026 17:08 h

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Si el fútbol es la continuación de la infancia por otros medios, hoy en Atlanta Argentina no solo salvó su juguete, sino que lo convirtió en un sueño. Lo hizo contra todo pronóstico y desde el suelo, cuando todo –la atmósfera, la energía, el destino que parecía escrito de antemano– indicaba que esta vez no, que esta vez se acababa la aventura.

Con un nivel de angustia que no nos es ajeno pero que no por reiterado deja de sorprender, el equipo de Scaloni, que perdía 2 a 0, se clasificó para los cuartos de final del Mundial luego de derrotar a Egipto 3 a 2 sobre la hora.

El campeón demostró de qué está hecha su alma, cuál es la calidad del material que la integra. Porque la narrativa del partido lo único que mostraba era lo que veíamos: que la adversidad había clavado sus colmillos y que esa herida era mortal. Porque las cosas no salían, porque todo lo que hacía Egipto lastimaba, porque Messi había errado un penal y parecía desasosegado, cerca del derrumbe, como todo el equipo. Pero la pasión pudo más. Argentina no renunció nunca a perseguir el triunfo. Su pulsión por ir al frente se mantuvo, lo mismo que su negativa a sucumbir ante los vientos del pesimismo.

El partido se torció de entrada, porque a los 14 llegó el primer gol de Egipto (obra de Ibrahim), un cabezazo a la red y un disparo en el medio de nuestra psiquis. El gol no era ilógico: Egipto se había parado como un equipo con ambiciones, es decir, sin asumir ni de lejos el papel de partenaire. No había tenido llegadas hasta ese momento, pero había dejado claro que no renunciaría a ser protagonista. Argentina era la primera vez que arrancaba un partido abajo en el Mundial. También por primera vez, el monstruo de la eliminación salía de la cueva.

El penal errado de Messi, tras un foul a Tagliafico, no hizo más que alimentar esa sensación ominosa. El mediodía de Atlanta parecía transformarse en una pesadilla.

A los 25, un cabezazo de McAllister fue detenido en forma magnífica por Shoubir, ya convertido en figura. Enseguida, un tiro libre de Messi rozó el palo derecho del arquero. El fútbol del campeón estaba presente, pero lo que había hecho las valijas era la puntería, una sensación que quedó más clara aún unos minutos más tarde, luego de una llegada peligrosísima de Julián Alvarez. Su zurdazo, tras un centro de primera de Tagliafico –su regreso a la titularidad le dio más juego al equipo– fue desviado otra vez por Shoubir.

Con Paredes y Fernandez muy activos, el circuito de pases parecía funcionar. ¿Pero quién ganaría la pulsada que se disputaba en el aire? ¿El destino que parecía retacearnos un guiño o la resiliencia del campeón que se negaba a abdicar de su corona?

Con esos interrogantes el equipo se fue al descanso. Algo estaba claro: como ha sido una constante a lo largo de todas sus peripecias mundialistas, incluso en aquellas en las que llegó al Olimpo, Argentina no atravesaría un camino ligero. La moneda del partido estaba en el aire. Una cara decía dificultad. La otra, épica. ¿Cuál quedaría arriba?

Con el inicio de la etapa final quedó claro que continuaría el calvario para Argentina, porque Egipto resignó la posesión y se dedicó a jugar con la ansiedad del campeón, que conforme pasaba el tiempo veía que aquella foto de los jugadores con la Copa en Qatar comenzaba a desvanecerse, como en el film Volver al Futuro.

Los minutos pasaban y Argentina se sostenía con las uñas a la esperanza. Pero su agonía no hizo más exacerbarse: a través de un contraataque magníficamente pergeñado entre Salah y Hassan, Zico anotó el 2-0. Ahora sí: las plagas de Egipto habían caído sobre las espaldas del campeón, que estaba en el suelo. Atlanta era testigo de la euforia roja.

Como ya se se había atisbado en el partido ante Cabo Verde, quedaba claro que Argentina tenía su mentón frágil. A Martínez le llegaban y le convertían, y la sensación que se desprendía del campo de juego era que, incluso, los africanos podían hacer al tercero. Ese no era un escenario descabellado.

El Rey tenía que reaccionar. Y cuando creíamos que eso era una quimera, cuando las reservas anímicas flaqueaban, cuando la chispa de Messi parecía definitivamente apagada, cuando su gambeta era un chiste sin gracia, comenzó el renacimiento. Primero a través del silencioso Romero, una de las vigas de la defensa. El pase había sido de Messi, que de esa manera comenzó a amigarse con el lenguaje de la magia. Esa asistencia fue el preludio de lo que vendría después, su gol, un tanto que, es obvio, no fue cualquiera porque no solo fue el del empate, sino que fue con el que él pudo exorcizar los demonios que se habían instalado en sus hombros. Su tarde venía en falsa escuadra y con eso consiguió enderesarla.

El estadio se venía abajo, la revolución estaba ocurriendo ahí abajo. Quedaban siete minutos y la sensación era de vértigo y de incertidumbre, de que cualquier cosa podía suceder. Atontado, Egipto atinó a adelantarse y apelando a su orgullo mancillado comenzó a acercarse de nuevo a Martínez. El partido moría, el partido se apagaba, el horizonte indicaba un suplementario. Hasta que llegó un quite extraordinario de Julián Alvarez casi en posición de lateral izquierdo, un buen pase a Lautaro Martínez que, jugueteando con la neurosis colectiva, se demoró unos segundos en el control de la pelota. Cuando parecía que el peligro de la jugada languidecía, el delantero lanzó un centro perfecto para la llegada de Enzo Fernández. Su cabezazo dibujó una geometría hermosa, una belleza que le dio paso a la euforia. Ya no quedó tiempo para mucho más.

Atlanta fue escenario de un partido histórico, uno de esos triunfos que quedan tallados en piedra. Argentina jugó su mejor partido en el Mundial, pero mas importante aún, alcanzó un triunfo cuya estatura no es otra que inolvidable. El monstruo fue domado. Los rivales lo saben: el corazón del campeón impulsa las mareas.

PP/MG