Crónica

Un viaje a donde duermen los dólares del Banco Central

Fachada del Banco Central

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Por iniciativa de Juan Domingo Perón, electo pero aún sin haber recibido la banda presidencial de parte del General Edelmiro Farrell, en marzo de 1946 se dispuso del decreto ley 8503/46 para nacionalizar el Banco Central de la República Argentina. “Queda convertido en Entidad Oficial Autárquica”, escribía Clarín. “Para que el dinero del pueblo esté siempre a disposición del pueblo”, resolvía el locutor en las noticias. Sin capitales mixtos y sin la injerencia de accionistas extranjeros, la reforma Justicialista hacia un nuevo régimen determinó la conformación de un directorio íntegramente argentino, con representantes de los bancos oficiales y también de la industria, el agro, la ganadería y el comercio. ¿El objetivo? Hermanar la política financiera con la política económica nacional para el crecimiento de la actividad productiva. Sonar, suena sencillo.

En “la City” se tensa la cuerda: el edificio del Banco Central está ubicado a una caminata corta de ese escenario de operaciones, ilegal pero a cielo abierto, accesible para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, que es la calle Florida. Provocación o ironía —¿o ambas?—, en cien metros puede ser una veintena de personas la que ofrezca, sin decoro o disimulo, cambio, cambio, dólar, euro, real y lo conduzca a uno, temeroso de ser ventajeado alla porteña, a la cueva señalada. Sin paridad de género, a los arbolitos que abundan pero no ofrecen un solo metro de sombra al agobio del verano, se les suman por vox populi y referencia los puestos de diarios y flores, las relojerías, los kioskos, las casas de venta de memorabilia para la compra y venta de moneda extranjera. La cercanía urbana entre la institución y el mercado negro no equivale de ningún modo a la distancia —angustiante para unos, injustificada para otros— entre el dólar oficial y el paralelo. El nombre del monstruo nacido de esa relación entre centro y periferia —¿cuál es ficción y cuál es realidad?— es uno que conocemos todos: brecha cambiaria. Puede que nos olvidemos, puede que incluso no lo sepamos, pero nuestra economía —la tuya, la mía y la nacional— baila al ritmo de ese tambor.

El Banco Central de nuestro país es relativamente joven. Fue creado en 1935 y marcó un hito en la breve línea de tiempo con la que se dibuja la historia argentina, luego de la crisis internacional de 1929. La centralización de la política monetaria y cambiaria emergió como una necesidad ordenadora frente a décadas de librecambio, especulación y “saneamientos”, y ocupó sobre la calle San Martín (al 275) un inmueble que hasta entonces había sido sede del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires, de la Corte Suprema de Justicia y de la Caja de Conversión sucesivamente. En manos de Henry Hunt y Hans Schroeder, pioneros de la arquitectura bancaria en Argentina, el edificio es considerado el banco más antiguo del país, con una fachada monumental de estilo neorrenacimiento italiano de columnas griegas, escalinatas de mármoles, revestimientos y cariátides —cuerpos esculpidos de mujeres que funcionan como sostén, una poesía que no es casualidad. Cuando el espacio resultó insuficiente, se modificó el contrafrente y se erigió un cuerpo hacia el interior de la manzana, para luego sumar la construcción, en el mismo estilo de la primera, sobre la calle Reconquista. Con el tiempo, la entidad levantó y anexó edificaciones de la misma manzana hasta llegar a ocho poniendo por encima la practicidad a la cohesión estilística. Después de todo, el Banco Central es un edificio administrativo. 

Interconectados, circular de un cuerpo a otro requiere de un conocimiento con el que ningún visitante primerizo —segmento excepcional en el que me incluyo— puede contar. Críptico, laberíntico, alephico: del octavo piso del edificio número dos se accede al séptimo del edificio número cuatro; de ahí, al sexto nivel de otro cuerpo y así hasta no saber a qué calle da la ventana por la que se mira. Las conexiones pueden ser breves tramos de escalera o pasarelas metálicas de unos pocos metros; los ascensores pueden ser cápsulas vidriadas, de lo más modernas, o las jaulas antiguas solo actualizadas en su mecánica. Si en esta melange hay metáforas económico-financieras, o si se cifra algún decálogo de chistes de argentinos, habría que pensarlo. Pero ahí estoy, porque perderse, subir, bajar, cruzar, dudar y volver sobre los propios pasos, no es más que la demora para saber dónde están las reservas. Porque quiero verlas. Sueños albicelestes: levantar la Copa del Mundo con Messi y la constatación monetaria. 

Si bien la cantidad de oficinas es imposible de contar, hay suficientes para que alojen alrededor de 2.000 empleados. Expertos en seguridad informática, contadores, traders —estereotipados en la cultura popular como esos seres nerviosos que gritan al teléfono en espacios plagados de monitores y relojes con diferentes husos horarios, “mesas de dinero” desde donde “intervienen” en el mercado por montos entre 800 y 1000 millones de dólares por día—, especialistas en finanzas, en asuntos legales, en derecho internacional; personal administrativo, de mantenimiento, de seguridad, archivistas, museólogos y bibliotecarios. Porque, no nos engañemos, no seamos frívolos: en el Banco Central no todo es dinero. Está también el Museo Histórico y Numismático “Héctor Carlos Janson”, cuya sede fue declarada Monumento Histórico Nacional en 2005, que cuenta con una colección pública de monedas y medios de pago de más de 20.000 piezas, y dos bibliotecas especializadas: la Raúl Prebisch, de construcción moderna, bautizada en honor a uno de los emblemas del pensamiento económico latinoamericano y la Tornquist, fundada por Don Ernesto en 1916 y donada en 1975, que conserva mobiliario original y a la que se puede acceder desde “la Cuadrada”, una sala de gran altura e iluminación imponente que recuerda a los esplendores de la arquitectura. Ahí mismo, escoltados por una balanza para pesar lingotes de oro fabricada por Voland & Sons en el año 1947, emblema natural de la justicia, están dispuestos los retratos de cinco trabajadores del Banco desaparecidos durante la última dictadura cívico militar. Para la memoria y para la verdad, el BCRA también abrió los archivos y desclasificó las actas secretas de aquellos años negros.

Si el conocimiento o la técnica no honran el cálculo, si las cosas se ponen fuleras o si se necesita una mano de arriba, una capilla pequeña invita a rezarle a Dios —o Diosito, como bien podría decir el caudillo tucumano Juan Manzur. Invitante y ubicada en una zona de alta circulación para aumentar las posibilidades de hacer caer al personal en la tentación espiritual, fue instalada por iniciativa de Martín Redrado, ex presidente de la entidad, quien solicitó permiso en 2007 a Monseñor Ojea. A pesar de la media luz, del reclinatorio mullido, dicen que es mucho menos frecuentada que el cajero automático del Banco Nación o la máquina autoservicio para cargar la SUBE. La fe y el pragmatismo: un romance difícil en la casa del dinero. 

Bajo alguna parte de la gran superficie de ese ensamble de edificios, de los pisos de mármol de lo que fuera la principal sala de atención de Reconquista 266, conformada por ventanillas de vidrio y marcos de bronce —como los que se ven en las películas con escenas de atracos a lo Bonnie & Clyde—, duermen las reservas. Corazón de toda especulación, razón de ser de redacciones enteras, causal de insomnio (y algo más) de operadores, ministros y presidentes, las reservas tienen un lugar especial bien lejos del mundo de la abstracción. En palets, en pilas, en fajos, los dólares, los euros, los yuanes, los títulos del tesoro y los lingotes de oro conviven con los pesos que envía la Casa de la Moneda —que no necesariamente son emitidos por haber sido impresos, un dato sobre la fábula de “la maquinita” que poco se comenta. Inertes y codiciadas, sensuales e indiferentes, las reservas se dejan enunciar por los titulares que pretenden auditarlas. “Un BCRA que agoniza en reservas”. “Las reservas netas del BCRA quedan debajo de los USD 4.000”. “Los verdaderos números de las reservas que quedan en el Banco Central”. “Reservas al límite, ¿cuándo calcula el mercado que se agotan?”. 

Pan nuestro de cada día, el fantasma redunda: no importa el diario que leas, la radio que escuches, la pantalla que veas, si estás en un cafetín o tomando una cerveza con los compañeros de yoga. Obsesionados con la falta, cautivos de la tiranía de una economía bimonetaria, con la memoria dosmilunera revisitada como nunca —¡cómo gusta la melancolía del yo!—, los ahorristas argentinos tienen 200.000 millones en dólares billete en el territorio, un promedio de 4.400 por habitante y el 10% de los que circulan por el mundo. Visto en un gráfico, pintado con colores primarios, las proporciones son imponentes y la pregunta acerca de si faltan los dólares en Argentina queda contestada. El cantito del “cambio, cambio” suena desde debajo del colchón, del fondo del cajón de las medias, de la caja fuerte empotrada en el placard. Sí, los canutos afuera y las offshore son una cuenta aparte.

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Durante todo el tiempo dentro del BCRA, a través de los pasillos, con la vista perdida en los jardines internos, las obras de arte sobre las paredes y las salas de reuniones señoriales, un calor sube por las plantas de los pies. La certeza de estar caminando sobre esos papeles que dominan las políticas del presente (y el futuro) inicia un tipo de ansiedad que es menos parecida a la curiosidad que a un encantamiento. Entonces me encuentro a unos metros. La puerta doble de madera por la que se accede a la cuna de las reservas del Banco Central de la República Argentina está cerrada y no lleva señales. Aunque el cuerpo tire en su dirección, no es posible entrar: ni para mí, ni para el grueso de la población del edificio, sean pinches o gerentes. Por cuestiones de seguridad, el acceso es algo más que restringido en tiempos normales. Por cuestiones sanitarias, es directamente imposible. Me pregunto si el guardián Miguel Pesce irá cada tanto, a desmentir con los sentidos los zócalos de la tevé, o si el propio Martín Guzmán alguna vez entró, con su calma, cuaderno y lapicera Bic bajo el brazo, para que sus juras de respaldo dejen de evanescer. 

La negativa es inamovible. Atravieso un duelo mínimo cuando entiendo que el texto que tengo que escribir se queda sin su magia. La imposibilidad de mirar las reservas a los ojos revive el deseo y activa la imaginación de unos sistemas de seguridad implacables, y unos pasillos de techos bajos que, vuelta tras vuelta, desembocan en un ambiente amplio. Rejas, estantes de metal y una gran bóveda, de puerta circular con mecanismos imposibles de narrar, sólida pero distinta a la del Banco Internacional de Pagos de Suiza, en Basilea, donde se hospeda otra parte de nuestras reservas y de las del mundo. Imagino los mecanismos de importación de billetes de dólar, que llegan en cajones de madera a bordo de un Hércules y luego son trasladados en blindados hasta el núcleo de la institución que más sabemos nombrar. Entonces mientras me alejo, entiendo que todo permanece dentro del campo de la ficción, que puede ser también el campo del dinero. Me doy vuelta para echar una última mirada. De lejos, es solo una puerta. 

PP

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