Análisis

España: la batalla de Madrid

Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular (PP), presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid y candidata a un segundo mandato.

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En un paroxismo de polarizaciones espectaculares, la Comunidad de Madrid elegirá autoridades el martes 4 de mayo. El día de la votación será el clímax de una campaña electoral doblemente polarizada entre izquierdas y derechas. Con siete millones de habitantes, la de Madrid es la Comunidad autónoma más densamente poblada del Reino de España. También la más rica: en este campo de juego, superó a Catalunya. Comunidad tradicional, recalcitrantemente conservadora. “Madrid no es Netflix”, dice la médica anestesista Mónica García, principal rival de izquierda de la actual presidenta autonómica Isabel Díaz Ayuso, que la derrotará, según las mediciones. Pero el mundo mira como si fuese una serie, una guerra civil de género chico, una segunda vez farsesca, teatral y posmoderna en tiempos de cuarentena, pandemia y pandereta, que sin embargo no acaba de sustituir ni hacer olvidar a la tragedia.

Derecha más extrema derecha, izquierda menos extrema izquierda

Todo parece indicar que la presidenta popular Isabel Díaz Ayuso, que había ganado buena fama gracias al profesionalismo comunicacional que probó al gestionar las redes sociales de la mascota Pecas, el perro de su antecesora Esperanza Aguirre, ganará un bien respaldado segundo mandato. Para asegurar esta reelección -está a seis bancas de la mayoría absoluta según las encuestas-, el centro derechista Partido Popular (PP) le ha abierto las puertas del frente de derechas al ultraderechista Vox: no sólo aceptará sus votos, sino que lo hará entrar y participar del gobierno. Diputada en la Asamblea de Madrid (el parlamento autonómico comunal), Mónica García, candidata de Más Madrid, la fuerza que lideraba la oposición de izquierdas, rechazó una alianza con Pablo Iglesias, líder histórico de Podemos, que en marzo renunció al cargo de vicepresidente del Gobierno del Reino (que preside el socialista Pedro Sánchez), para bajar a la lid de la competencia regional. No inmerecidamente, la fórmula de su negativa de García se hizo famosa: “Madrid no es una serie de Netflix”. Sin merecimiento, buena parte de los más de 47 millones de súbditos de Su Majestad Felipe VI, y de los ciudadanos del mundo, siguen la competencia como si fuera un producto brotado de esa plataforma, o de otra, como fue Juego de Tronos.

Lo primero que hay que saber en Argentina y en Sudamérica sobre las elecciones españolas es que allí, como aquí, hay derechas, izquierdas, centros, centro-izquierda, centro-derecha, y todos los extremismos y ultraextremismos. Lo segundo que hay que saber, y acá empiezan las diferencias radicales e irreductibles, es que en España esas fuerzas se atreven a decir su nombre. Y lo dicen, y se llaman por su propio nombre. Lo tercero es que hay en España, en esto tan europea como poco hispanoamericana, cubriendo sus 505.944 km2 (es más extensa que la Provincia de Buenos Aires), un máximo de heterogeneidad en un mínimo de extensión. Los regionalismos, autonomismos, separatismos y localismos tienen una gravitación difícil de exagerar, y buscan y obtienen poder y representación electoral. Cada ciudad es diferente y contrapuesta a las otras, y Madrid y Barcelona, como en el clásico de fútbol que moriría con la independencia catalana, son las más distintas y antagónicas de todas, entre sí y dentro de sí, y de los antagonismos y hostilidades de las fuerzas en pugna está pendiente el Reino de España, que busca descifrar en la resolución del conflicto la forma de las cosas que vendrán.

Polarizaciones por duplicado

Antagónicas, pero interdependientes, Barcelona y Madrid. El partido ultraderechista y ultrasoberanista Vox, fundado en 2013 y cuyos escaños en la Asamblea (12 le prometen los sondeos para este 4M) serán decisivas para la victoria derechista y reelección de la actual presidenta, sólo ganó votos, afiliados, presencia en asambleas políticas electivas, resonancia y proyección tras la proclamación unilateral de la independencia de la República Catalana en 2017. El orden regional, lejos de quedar subordinado al orden nacional, influye sobre éste, y lo determina. La decisión de Iglesias de venir a competir a esta elección lo confirma.

La del 4M es una elección doblemente polarizada. Polarizada hacia el exterior: entre dos frentes que se gritan uno al otro ‘comunista’ y ‘fascista’. Polarizada en el interior de cada frente: entre candidatos que gritan aún más fuerte, a todos y todas, que en la actual crisis sanitaria y política ellos son los únicos mesías señalados por la providencia para salvar a los correligionarios, a la ciudad y al Reino de España de males que desde siempre prometían volver pero que ahora la amenaza es más creíble que nunca. Analista de política internacional en Radio France, Florian Delorme ha sugerido que varios candidatos se resignarían con mayor estoicismo a la victoria del adversario que a un triunfo que conlleve a una derrota de su fracción y a un reconocimiento de haber perdido el monopolio de la salvación.

La victoria de la derecha marcará el gran retorno del Partido Popular, que en los últimos tres años tocó poco la pelota. Ante esta perspectiva, y sabedor de que al gobierno del Reino se le abrirá hedionda herida tras las comunales madrileñas, el socialista Pedro Sánchez brama contra el fascismo que vendrá: “Vox cruzó una línea” y no pasará. El segundo gobierno Sánchez, iniciado en enero de 2020, es un gobierno de coalición entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Unidas Podemos (UP). El primero de coalición en España desde el fin de la Segunda República derribada en 1939 por el alzamiento militar golpista del verano de 1936 que encontró su líder en el norte de África y en la persona del gallego Francisco Franco. El régimen cívico-corporativo falangista duró hasta la muerte del Caudillo en 1975. Vox lo reivindicó en voz alta, como lo hizo el 1º de mayo, fecha que aprovechó para acompañar el acto de su sindicato Solidaridad, el “único que lucha contra las mafias” gremialistas, mientras en simultáneo las izquierdas demostraban que saben y pueden estar unidas en su clamor contra la derecha que se extrema más y más.   

La candidata popular Díaz Ayuso respondió que la izquierda son socialistas que quieren matar de hambre a los gastronómicos y comunistas que fueron financiados por el comandante Hugo Chávez, el dictador rojo que ya hambreó a toda Venezuela. La referencia es directa a Pablo Iglesias, el fundador de Podemos, que renunció a la vicepresidencia del gobierno del Reino para candidatearse al gobierno de Madrid, y al mismo tiempo y en una sola elección salvar a la Comunidad del fascismo  y a su partido, que estaba en declinación, de correr con el ascendente Más Madrid el destino de mengua y marginalización que vivió el emergente que un lustro atrás era considerado su homólogo estructural en el espacio políticas de derechas, el liberal Ciudadanos, cuyos votos han migrado al PP.  

El perro muerto, el coronel fallido y una juventud dorada y de oro

Además de las guerras del ayer y de la memoria, se libra una batalla de hoy, la de la política sanitaria frente al COVID-19. Díaz Ayuso, mujer de derecha, quiere reabrir la plaza de toros con una corrida solemne. Ángel Gabilondo, hombre de izquierda, y candidato del PSOE, quiere cerrar casi todo. Ella tiene 42 años, el 72. Catedrático de Metafísica y ex Ministro de Educación, Gabilondo también fue joven. En su juventud, Gabilondo fue religioso de la congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón. Su hermana Lourdes es una monja misionera. Díaz Ayuso perdió la fe a los nueve años. El hermano del candidato Gabilondo, Iñaki, es uno de los periodistas más famosos de la televisión española, y la primera cobertura que le tocó como director de su noticiero fue la del Tejerazo, (frustrado) golpe de un coronel de los carabineros.  Díaz Ayuso también es periodista, y su cobertura de más renombre fue, por así decir, de inmersión: cuando se hacía pasar por Pecas, el perro de la presidenta madrileña Aguirre, al que un auto, para desesperación de los seguidores, tronchó la vida.

Gabilondo es un premiado meritócrata, Díaz Ayuso es una mediática, y es así que el PP tiene en la Asamblea de Madrid el doble de escaños que el PSOE. El partido que ha sido recibido por el PP como precioso auxilio, en cambio, es un problema que tiene más futuro, y promete crecer. Porque Vox no es un partido de nostálgicos. Como fue la Lega Nord en Italia, es un partido insurgente. Y entre sus votantes aumenta la juventud, en especial la dorada, la más opulenta, la del barrio de Salamanca, el más rico de la ciudad que es a la vez capital de la Comunidad de Madrid y capital del Reino de España. Díaz Ayuso, la que paseaba el perro de la ama con la correa de las redes, es del muy clasemediero barrio de Chamberí.

El electorado más promisorio de Vox es el más rico de la ciudad más rica de la Comunidad más rica del Reino de España. Gracias al presidente popular José María Aznar, se volvió la capital económica del país. Desde hace 25 años, es un bastión de la derecha. Y atrae recursos que llegan incluso de Catalunya, de un empresariado vacilante o temeroso ante las voluntades separatistas. También, la capital de la política. Son castellanos Aznar, su sucesor del PSOE José María Rodríguez Zapatero, es madrileño Sánchez, es madrileño su ex vicepresidente Iglesias, es castellano el secretario general del PP Pablo Casado, y es incluso madrileño el vasco Santiago Abascal, fundador de Vox.

En la campaña rabiosa, no faltaron los proyectiles de calibre militar, los cuchillos ensangrentados, y las amenazas de muerte que diligentemente llegaron a su destino, candidatos y funcionarios de izquierda, antes de alcanzar también otro blancos, como la presidenta Díaz Ayuso. El pasado no pasa, y no es casual que otra vez en la batalla de Madrid se espere y se tema un desenlace de la guerra de España.   

 

 

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