ANÁLISIS

La estrategia de la balcanización: cómo EE.UU. e Israel intentan romper Irán explotando diferencias étnicas y nacionales

Descifrando la Guerra —

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El tablero de Medio Oriente vuelve a tambalearse. Estados Unidos e Israel entraron en guerra contra Irán tras semanas de negociaciones fallidas. Los ataques cruzados se convirtieron en una constante y ya afectan a buena parte de Medio Oriente e incluso al Mediterráneo oriental.

El objetivo declarado de Washington y Tel Aviv es acabar con la “amenaza” que representa la República Islámica. En términos prácticos, esto se traduce en cuatro objetivos: neutralizar su flota, desmantelar su programa nuclear, destruir su arsenal de misiles y debilitar su red de proxies en Medio Oriente. Para muchos, además, un cambio de régimen en Irán sería un desenlace deseable.

Sin embargo, este último objetivo se presenta como el más difícil. Estados Unidos e Israel no quieren desplegar tropas en territorio iraní debido a la enorme complejidad que implicaría, y Teherán logró resistir el envite –al menos por ahora– e incluso responder con contundencia. Ante este escenario, Washington y Tel Aviv parecen buscar agitar el avispero interno para “balcanizar” Irán y debilitar al Estado iraní.

Esta estrategia tampoco es nueva. La doctrina israelí hizo de la alianza con minorías étnicas y religiosas en Oriente Medio una herramienta estratégica para influir y, en última instancia, fragmentar a sus adversarios. Irán, con su compleja composición multiétnica, se presenta como un objetivo especialmente tentador para esta lógica de “divide y vencerás”.

La promoción de narrativas separatistas o el apoyo encubierto a grupos periféricos no son simples maniobras tácticas, sino parte de una visión más amplia: debilitar la cohesión interna de un rival regional y reconfigurar el equilibrio de poder en Medio Oriente.

La balcanización de Irán

Aunque el concepto “balcanización” surge a partir de la evolución histórica de los Balcanes tras el colapso de los grandes imperios que dominaron la región y la fragmentación de Yugoslavia, en el lenguaje geopolítico contemporáneo se utiliza para referirse a estrategias destinadas a erosionar la cohesión interna de un país y reducir su capacidad de actuar como un actor unificado explotando las diferencias nacionales, étnicas y políticas.

En el caso de Irán, uno de los núcleos más activos en este planteamiento es la neoconservadora Fundación para la Defensa de las Democracias(FDD), con sede en Washington. Brenda Shaffer, vinculada a esta institución, sostiene que la composición multiétnica de Irán constituye una vulnerabilidad explotable para debilitar a la República Islámica.

Líderes estadounidenses e israelíes sostienen que la composición étnica iraní podría utilizarse para forzar un cambio de régimen, debilitar al Estado iraní o generar inestabilidad sin necesidad de desplegar tropas sobre el terreno. En otras palabras, se pretende que el “trabajo sucio” lo realicen actores como los kurdos, los baluches o los azeríes

Su postura coincide con la visión de numerosos responsables políticos y mediáticos en Estados Unidos e Israel. Un editorial de The Jerusalem Post, publicado tras los primeros ataques israelíes en junio de 2025 instaba abiertamente a Donald Trump a respaldar la desmembración del país conforme a sus minorías étnicas.

El artículo proponía la formación de una “coalición de Oriente Medio para la partición de Irán” y el otorgamiento de “garantías de seguridad a las regiones suníes, kurdas y baluchis dispuestas a separarse”. The Jerusalem Post defendió explícitamente que Israel y Estados Unidos respalden la secesión de lo que denominan Azerbaiyán del Sur, es decir, las provincias del noroeste iraní habitadas por población azerí.

Estas propuestas no son meras declaraciones marginales. En la actual guerra, mucho más dura y extensa que la de 2025, líderes estadounidenses e israelíes sostienen que la composición étnica iraní podría utilizarse para forzar un cambio de régimen, debilitar al Estado iraní o generar inestabilidad sin necesidad de desplegar tropas sobre el terreno. En otras palabras, se pretende que el “trabajo sucio” lo realicen actores como los kurdos, los baluches o los azeríes.

En esa línea se expresó el propio Benjamin Netanyahu cuando afirmó que los iraníes tendrán “su momento” para derrocar al régimen, “un momento en el que se les exigirá que salgan a las calles para terminar el trabajo”. En este contexto, se especula que la CIA, probablemente con apoyo del Mossad, está trazando planes para armar a fuerzas kurdas con el objetivo de impulsar un levantamiento, según informaron medios como la CNN y New York Times citando fuentes kurdas y fuentes oficiales de EE.UU.

Cabe recordar que esta estrategia no es casual. A finales de febrero, cinco grupos kurdos crearon la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní (CFPKI) con el objetivo de superar sus diferencias y avanzar en “la lucha por el reconocimiento y la realización del derecho a la autodeterminación del pueblo kurdo en el Kurdistán del Este”.

La doctrina periférica israelí

Esta doctrina fue formulada por David Ben-Gurión, primer ministro de Israel, tras la guerra de Suez en 1956 como una forma de romper el cerco árabe y buscar apoyo en países no árabes de la región –como Turquía e Irán antes de la Revolución Islámica– y en minorías étnicas periféricas sometidas, de acuerdo a la visión israelí, a la presión árabe.

La naturaleza colonial del proyecto sionista y su situación regional precaria alimentaron una mentalidad securitaria que percibe la diferencia como amenaza y al vecino como potencial enemigo.

Desde la guerra de 1967 y con el aumento del poder militar israelí, esta política se ha institucionalizado como parte del proyecto de dominación regional. Irán, por su composición multiétnica, representa un objetivo particularmente codiciado dentro de esta lógica.

Esta lógica estructural dio forma a una política exterior que legitima el sectarismo como herramienta de dominio. Además de establecer alianzas interestatales, Israel mentuvo vínculos encubiertos con minorías en países árabes e islámicos, desde los kurdos hasta los drusos –como se pudo comprobar en el sur de Siria–.

Estas alianzas tuvieron como objetivo debilitar los Estados-nación considerados enemigos mediante la promoción del fraccionamiento interno. Teóricos israelíes como Aryeh Ornstein y Vladimir Jabotinsky defendieron abiertamente la fragmentación de los países árabes en entidades tribales como una oportunidad estratégica.

Desde la guerra de 1967 y con el aumento del poder militar israelí, esta política se institucionali como parte del proyecto de dominación regional. Irán, por su composición multiétnica, representa un objetivo particularmente codiciado dentro de esta lógica.

Así pues, la finalidad última sería debilitar al principal rival de Israel para garantizar la hegemonía israelí y sustituir el viejo orden del Estado-nación surgido del Acuerdo Sykes-Picot por un mosaico de tribus, clanes o emiratos locales que compitan por el favor de Estados Unidos e Israel.

Diversidad y cohesión política en Irán

Irán es un país de profunda diversidad étnica, lingüística y religiosa, pero esta diversidad se articuló dentro de un marco de cohesión política que sostiene a la República Islámica. La mayoría persa representa entre el 73% y el 75% de la población, seguida por azeríes (15%–17%), kurdos, árabes y baluchis en proporciones menores. A pesar de esta pluralidad, más del 99% de la población es musulmana, con un predominio del chiismo duodecimano del 95%.

Desde una perspectiva geopolítica y de seguridad, Irán se divide en una parte central más homogénea y unidades periféricas heterogéneas. Pero a lo largo de su historia, estas partes mostraron un comportamiento complementario y coordinado dentro del Estado, lo que garantiza una continuidad política y territorial sólida.

Irán no es un Estado frágil ni un mosaico étnico al borde del colapso. Es una nación de casi 90 millones de habitantes, con una profunda identidad histórica y cultural que trasciende la diversidad de sus componentes

Un ejemplo recurrente de esa continuidad política fue la invasión de Irak a la región de Juzestán, de mayoría árabe, en 1980, durante la guerra contra Irán. La ofensiva iraquí estuvo acompañada por el lema de la unidad de la nación árabe y por una propaganda divisoria basada en diferencias étnicas. Aunque la parte occidental de la provincia de Juzestán está habitada mayoritariamente por árabes, la invasión encontró una resistencia local y regional significativa.

Irán no es un Estado frágil ni un mosaico étnico al borde del colapso. Es una nación de casi 90 millones de habitantes, con una profunda identidad histórica y cultural que trasciende la diversidad de sus componentes. Los promotores de la balcanización suelen centrarse obsesivamente en la pluralidad étnica –azeríes, kurdos, baluchis, árabes– subestimando la fuerza integradora de otros factores en Irán.

El caso más paradigmático de esta falacia es la población azerí iraní, la segunda más numerosa después de la persa. Los azeríes habitan mayoritariamente en el noroeste del país, en provincias como Azerbaiyán Occidental y Oriental, Ardabil, Zanjan y Qazvín, extendiéndose también hacia Hamadán y el oeste de Gilan.

A su vez, una importante comunidad azerí está plenamente integrada en centros urbanos clave como Teherán, Qom y Arak. Es importante destacar que los azeríes ocupan una posición social y política destacada dentro de Irán, con élites intelectuales, religiosas, científicas y culturales que desempeñan roles relevantes tanto a nivel local como nacional.

En este sentido, conviene recordar que figuras clave del sistema iraní, como el actual presidente, Masoud Pezeshkian, y el asesinado Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei, pertenecen a esta minoría. Más allá de la composición étnica, existen lazos culturales y memorias colectivas compartidas entre iraníes de distintas procedencias étnicas que han contribuido a cimentar un sentido de identidad nacional compartida.

La cohesión nacional iraní demostró una notable capacidad para resistir intentos externos de fragmentación o desestabilización. Bajo un liderazgo enfocado en mantener la estabilidad interna, la República Islámica promovió una identidad nacional que busca integrar a sus diversas comunidades dentro de un proyecto común. Esta unidad nacional se sostiene tanto por factores históricos y culturales, como por la percepción compartida de amenazas que ponen en riesgo la integridad territorial y política del país.

Ahora bien, sería un error idealizar la unidad iraní o negar la existencia de disensiones internas. Algunas minorías –especialmente kurdas, árabes y baluchis– denuncian discriminación, marginación y falta de representación política. En regiones periféricas donde estas comunidades son mayoría estallaron protestas recurrentes por cuestiones económicas, ambientales y de derechos civiles.

Un ejemplo reciente son las protestas de julio de 2021 en Juzestán motivadas por la escasez de agua y agravadas por la percepción de abandono estatal, o la indignación tras el colapso del edificio Metropol en Abadán en 2022, interpretado como resultado de corrupción y negligencia oficial. Estas movilizaciones, aunque localizadas y de naturaleza diversa, reflejan un descontento real con el Gobierno central y ponen de manifiesto la existencia de reivindicaciones legítimas por parte de estos sectores de la población.