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Los cuadernos de verano

Mi amigo Santiago, asciende

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Hay que estar a la altura de Alex Honnold, el escalador que, en estilo libre -es decir sin grampas ni sogas-, ascendió El Capitán, una formación rocosa de 900 metros que queda en el valle del Yosemite. Lo hizo en un “solo”, es decir utilizando simplemente las manos y los pies. Y con un poderío mental extraordinario. De hecho, los científicos escanearon el cerebro de Honnold y descubrieron que carece de una sustancia que funciona como alarma en el cerebro. Es decir, no siente miedo. Lo cual le restaría sólo un poco a su hazaña, ya que sentir miedo y superarlo es mucho mejor.

De todas formas, el pasado de Honnold está en el piso una vez que él asciende. Los escaladores saben que no pueden mirar hacia abajo, porque eso los abismaría y podrían caerse. Es decir que, para Honnold, volver al pasado sería una estrepitosa caída de 900 metros. Hay algo bueno para sacar de esta locura de escalar sin sogas y grampas, no mirar atrás, no regodearte con el pasado porque eso vuelve como debilidad. Y otra cosa más: Honnold, antes de subir solo, en “pelo” -como dirían los criollos-, estudia a la montaña y hace una primera ascención usando picos y grampas para organizar un recorrido que luego va a hacer sin estos utensilios. Es una buena técnica para escribir: primero lo hacés con grampas y sogas, y después sin nada. Como decía Pizzi, el director técnico: Ahora que el partido está controlado, veamos cómo lo enloquecemos.

Totalmente de noche, sólo veían lo que iluminaba delante de sus caras: la lintervincha.

Hace una semana, mi amigo Santiago decidió subir a la cima del Lanín, con un grupo de amigos. Le habían dicho que no era difícil (a diferencia de Honnold, él sí tiene miedo y trata de vencerlo), que hasta lo podían ascender personas mayores. Santiago me dijo que eso fue una mentira dantesca. El Lanín tiene 3700 metros y ya, el primer tramo, fueron cuatro horas de subida bajo lluvia y granizo hasta llegar a un refugio intermedio. Se sacaron la ropa mojada, se metieron en las bolsas de dormir y -a las cuatro de la mañana- los guías los levantaron para seguir. Totalmente de noche, sólo veían lo que iluminaba delante de sus caras: la lintervincha.

“Pero lo peor”, me dice Santiago, “fue cuando los guías se detuvieron y decidieron que teníamos que ponernos los grampones, unas garrras de metal que van sobre las botas para ir clavando los pasos en el hielo”. Caminaron de noche, sobre una pared inclinada 45 grados. Todos empezaron a pensar qué mierda estaban haciendo ahí. “Confien en los grampones”, decían los guías porque percibían que ya nadie confiaba en nada. Fueron 1500 metros caminados en ocho horas constantes. Cada tramo más difícil que el otro. Yo le pregunté por Chicho, un querido amigo en común, que era parte de la expedición y que -en los partidos de papi- cuando empieza a perder baja los brazos. “Chicho amenazó con no seguir cuando paramos en el segundo refugio y -si bien en un momento se dio vuelta y me dijo: me estoy volviendo loco- consiguió llegar, lo hizo”. Asi que Chicho la rompió.

Llegaron a la cima y fueron felices unos 10 minutos. Después, concluye Santiago, “la bajada sin objetivo, sin sentido, de vuelta a la vida real, fue una tortura”. Cuando al final hicieron base, los fue a esperar, en una camioneta, una mujer guardaparque “parecida a la mujer policía que vigila los muelles en la segunda temporada de The Wire. Era simpática y alegre y sabía que todos se enamoraban de ella al verla llegar. Sabía eso y lo usaba con cariño. Nunca la olvidaremos”.

El relato de Santiago me hizo acordar cuando leí El limonero real, una novela extraordinaria de Juan José Saer. Me produjo fiebre y dolor de muelas, pero seguí avanzando. Saer no quiere un lector sentado, quiere un lector que se pare y se meta en el texto. Cuando terminé el libro, quedé exhausto. Pero me di cuenta de que estaba en la cima de la novela y que, debajo de mí, estaba toda la literatura mundial. 

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