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Opinión
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Berlusconi per tutti

Imagen del 12 de noviembre de 2015 del ex premier ministro italiano, Silvio Berlusconi, en el programa de entrevistas político Porta a Porta, en los estudios centrales de la televisión pública, en Roma.

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Para Silvio Berlusconi, todos los días eran días peronistas. Como el presidente Juan Domingo Perón en la Argentina, en Italia Berlusconi fue elegido tres veces jefe de gobierno. Los dos fueron llamados derechistas en vida. Ninguno de los dos fue liberal en política ni neoliberal en economía, y los dos fueron grandes amigos del gasto público generoso. Los dos fueron líderes de una misma revolución: la personalización extrema de la vida política. Fueron ellos mismos, a la vez, el guía y la bandera de sus partidos. El programa político de Forza Italia era el proyecto biográfico de Berlusconi. El Peronista supo ser el único Partido de gobieno en el mundo cuyo nombre oficial coincidía con el apellido real de su máxima autoridad. Perón y Berlusconi murieron en el poder: en 1974 a sus 78 años de una cardiopatía el presidente argentino, esta semana de leucemia el italiano a sus 86 años cuando gobierna la coalición electoral creada por él presidida por su ex ministra Giorgia Meloni.

Los dos supieron encontrar, en una situación donde no contaban con otros apoyos decisivos, aquel sector de apoyo o aquel consorcio de circunstancias que les aseguraría superioridad de fuerzas para triunfar. Perón, acorralado, en el trabajo obrero organizado. Berlusconi, en el frente electoral y pacto de gobierno que formó con post-fascistas (Alianza Nacional) y ex-separatistas lombardos (Lega Nord) beneficiado de ex-voto comunista obrero.

O sole mio, la polarización dividida por la felicidad del crooner

Al acierto en la elección de sostén y de aliados, sumó Berlusconi también la iluminación, de oportunidad y sagacidad sin par, acerca de cuál orientación requerían ahora las campañas políticas tras la reforma de la ley electoral: la hiperproporcionalidad en la representación se había visto sustituida por la regla de las mayorías. Si Berlusconi fue el primer polarizador deliberado en la pugna por el voto, lo fue porque este abogado que se había graduado con diploma de honor en La Statale de Milán y especializado en contratos de publicidad, había hallado en la conformación de clivajes nítidos una solución técnica para captar votos.

Al eje doctrinario-ideológico preferirá uno posicional: la comedia a la tragedia, la alegría a la tristeza, la línea luz y sol a las sombras del encierro, la libertad del lenguaje coloquial al aburrido, insípido y amanerado idioma político vigente, la igualdad de oportunidades frente a los privilegios de la casta elitista. En esto, sin emularlo, se le parecen el ex presidente norteamericano Donald Trump y el brasileño Jair Messias Bolsonaro como el presidenciable argentino Javier Milei: invierten el signo de positividad (y decencia orwelliana) y lo arrebatan a la casta elitista académica, burocrática, especuladora y privilegiada para restituirlo a quien lo merece, que no tiene más renta ni beca que su pura prepotencia de trabajo, y asegurarle que el futuro será suyo.

El proceso por la sombra de cada burro millonario, o las cosechas rojas del club de los negocios presidenciales raros

Berlusconi, desarrollador inmobiliario como los ex presidentesTrump o Mauricio Macri, dueño de bancos, financieras, mesas de dinero, aseguradoras como el ex presidente chileno Sebastián Piñera y el pronto ex presidente ecuatoriano Guillermo Lasso, de cadenas de supermercados como algunos de los anteriores Ejecutivos millonarios y el ex presidente panameño Ricardo Martinelli, de un club de fútbol (AC Milan) como en sus países Macri y el ex presidente paraguayo Horacio Cartes. Llegó a ser el hombre más rico de Italia, uno de los más ricos de Europa, y sin duda más rico que los millonarios-presidentes americanos. Por tanto, Berlusconi fue más allá y fue menos superficial que ellos si atendemos al inventario de deformaciones con que alteró en Italia el equilibrio de poderes del Estado y el control ciudadano de la administración pública y erosionó o lesionó la gestión de gobierno y aun la voluntad de administrar.

Tantas empresas, tan geográfica y socialmente extendidas, tan monopólicas de hecho por no desafiarlas rivales en su mercado, inevitablemente entrarian en disputas o diferendos con el Estado: de este modo entrarían en conflicto intereses públicos del Jefe del Ejecutivo con el interés privado del Líder del Grupo Empresario demandante o demandado. Y la Justicia debería fallar en contiendas donde una de las partes pugnaces era la Autoridad que propone los nombramientos (y las revocaciones) de funcionarios judiciales. Cualquier decisión judicial favorable abría la cuestión de si lo era en Justicia o por buscar a su vez favores.

La dilucidación de sospechas, los prolongados análisis a veces sin flor ni fruto a su fin, el surgimiento de nuevas sospechas de delitos, infracciones, inobservancias graves de deontologías profesionales, la necesidad de estar presente el Presidente y responder preguntas y colaborar con Comisiones Parlamentarias de Investigación mutilan tiempo y energía de administrar. Y además, como no desaparece la asimetría entre a aquel a quien su riqueza previa le hace gozar de un poder no nacido de la democracia, de superioridad sin competidor, pero no ilegítimo ilegitimo en su origen, cada nueva lid puede limpiar a las anteriores, pero debe renunciar a limpiarse a sí misma en la misma ocasión. Piñera, Cartes, conocieron esos asedios; Lasso no soportó el último sitio, y se retiró del juego y de la revancha.

Mani Pulite y Lava Jato, o el sueño de la corrupción produce prodigios

A la cruzada anticorrupción brasileña Lava Jato de la década de 2010, su capitán el juez federal Sérgio Moro había querido infundirle desde Curitiba un perfil y un vigor tan gemelos cuanto fuera posible a la cruzada anticorrupción Mani Pulite liderada por la Justicia Federal de Milán en la década de 1990.

A similares causas, análogos efectos. Valiéndose a discreción de equivalentes judiciales de los golpes boxísiticos bajo la cintura con yilé escondida entre los dígitos -las prisiones preventivas súbitas y prolongadas de reos de nula proclividad a la fuga y la filtración a los medios de selectivos pasajes insinuantes de documentos incriminatorios pero aún no probadamente incriminantes antologizados entre las piezas del proceso en curso- lograba capturas resonantes, denuncias sonoras, delaciones magnificadas por la urgencia de las presiones y rigores de las preventivas prolongadas, confesiones pactadas y arrepentimientos con dictado de examen de conciencia firmado sin mirar la letra chica.

En Italia, el sistema de partidos de la posguerra se derrumbó, y en el vacío avanzó Berlusconi. En Brasil, en la estela de la investigación de la cartelización presunta de la obra pública, el Congreso juzgó y exoneró a la presidenta Dilma Rousseff y el Juez Moro hizo efectiva la condena de prisión de Lula, e inhibió su candidatura para 2018. La victoria presidencial fue para el ex capitán del Ejército Bolsonaro.

Para Berlusconi, el poder fue a la vez una consecuencia y un refugio de Mani Pulite. Con sus medios, ya era como un Trump que fuese el dueño, no el favorito, de canal Fox y del imperio de Rupert Murdoch. Con el Ejecutivo ganado en elecciones, ya anticipaba lo que no ha ocurrido: un Ricardo Odebrecht que al Lava Jato reaccionara con una vigorosa candidatura que le ganara las elecciones y un poderoso mandato como un presidente de Brasil mejor preparado para el cargo que el insomne penúltimo inquilino de Planalto.

La dicha en movimiento, o más moscas se cazan con una cucharada de miel que con un barril de vinagre

Distinción cualitativa en el grupo de presidentes de fortuna que habían cambiado la ideología por la comunicación, Silvio Berlusconi era dueño del mayor grupo editorial de Italia (Mondadori) y megamagnate de los medios gráficos y audiovisuales.

Cuando a mediados de la década de 1970 el Estado italiano renunció al monopolio de las telecomunicaciones, Berlusconi fue el inventor de la televisión comercial. , y la República Italiana se lo agradecía personalmente todos los días. La televisión pública tenía tres cadnas. Democristiana, socialista y comunista: gris, mediocridad y cuchicheo. Pantalla chica del compromiso, la seriedad y el oportunismo de los tres dueños del poder italiano, que presidían un sistema de partidos sobrerepresentado en las dos Cámaras. Un tedio en oscilación perpetua entre dos estridencias: el ensordecedor aplauso del conformismo y la vibrante denuncia de los inconformismos. Las televisión privada del grupo Mediaset había reinventado el color, el humor, la música ligera. Nunca llamaba a oír una lección, siempre recordaba a la audiencia cuánto derecho tenía a tomarse un recreo más.

Más moscas de cazan con una cucharada de miel que con un barril de vinagre, predica el saboyano san Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota (1609), manual de propaganda católica que Silvio Berlusconi, graduado en el liceo clásico San Ambrosio, en Milán, conocía. Los salesianos son una orden de religiosos a quienes se piden votos de castidad y de obediencia, pero, a diferencia del grueso de las órdenes católicas, se los exime del voto de pobreza: pueden disponer de sus bienes, y enriquecerse. De familia calabresa, Mauricio Macri, que estudió en el colegio Cardenal Newman con los Hermanos Cristianos de la escasa Irlanda, gustaba repetir: “Tres cosas no se saben, cuántas monjas hay, qué piensa un jesuita, y cuánta plata tienen los salesianos”.

AGB

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