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LOS CUADERNOS DE VERANO

Biografía de una heladera

Fabian Casas Los cuadernos de verano rojo

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Cuando me mudé solo mi amigo Fer Gioia me prestó una heladera Sanyo SE No Frost, blanca, alta, no muy ancha y en cuya puerta tengo pegada una foto de Saer escribiendo en una máquina de escribir, con los pies cruzados, en un patio , me imagino yo, de Colastiné, pero puede ser cualquier lugar. También tengo unas direcciones para pedir comida rápida, una estampita de San Cayetano que me trajo un amigo de mi papá una vez que me visitó y mi clave de wifi.

La heladera me acompañó los primeros años después de separarme y como sabía que yo no estaba bien de la cabeza, trató de pasar lo más desapercibida posible. Funcionó a la perfección. Al comienzo del verano pasado empecé a notar que la heladera no estaba bien, no enfriaba, si bien los alimentos estaban más fríos que lo común, había algo en el frío que producía que era extraño, como cuando en lo familiar surge lo siniestro.

Así que llamé a mi amiga el Coronel. Ella tiene una casa donde viven varios hijos y no puede parar la marcha ni de noche ni de día y siempre tiene a mano teléfonos de técnicos de todo tipo. Me pasó dos números. Uno era de un hombre -me dijo- que era medio cascarrabias y que era muy mayor, con lo cual, si lo llamaba para que venga a arreglar mi heladera, tenía que tener en cuenta esas cosas. Y el otro número era el de Tony Frost. Me contó que Tony era de confianza porque empezó a arreglar aire acondicionados con ellos, aprendiendo en su casa, probando, y que después se metió a arreglar heladeras y que ahora le iba re bien y que ellos -la familia del Coronel, para decirlo de alguna manera- lo vieron crecer profesionalmente, vieron cómo aprendía probando con sus electrodomésticos.

Así que me decidí por Tony Frost y lo llamé por teléfono. Él me dijo que estaba tapado de trabajo, que no daba abasto, pero que tal vez podríamos intentar arreglar la heladera sin que él tuviera que venir a mi casa y sin ningún costo. Me preguntó de qué marca era la heladera, me preguntó si el freezer funcionaba bien y si la falta de frío era sólo en la parte de abajo, donde van los alimentos y las bebidas que no se tienen que congelar. Le dije que el freezer andaba perfecto. Me ordenó desenchufar la heladera un día entero y volverla a enchufar después de ese lapso. Me dijo que la heladera iba a volver a andar bien sólo un tiempo -no notaba la menor duda en su voz- pero que, en el transcurso de ese tiempo, él tal vez podría venir a verla. Hice lo que me dijo y la heladera empezó a funcionar a la perfección, fue como si la hubiera reseteado. De golpe estaba el mismo frío de antaño, cuando recién nos conocíamos.

Pasó un año y la heladera estaba perfecta, así que no llamé a Tony Frost para que la venga a ver como habíamos quedado. Hasta que, como él predijo, la heladera empezó a sentirse mal otra vez. Pero esta vez el síntoma que hacía era diferente: no era la vieja falta de frío, sino que ahora su interior parecía el Polo Norte. Estalactitas sobre las bandejas donde se apoyan los alimentos, las bebidas escarchadas. Volví a llamar a Tony Frost. Me dijo que estaba ocupadísimo. Empecé a pensar que tal vez a Tony no le gustara la presencialidad. Pero igual me preguntó en qué nivel de frío tenía la heladera. Le dije que en dos. Me dijo que la pusiera en uno y esperara. Lo hice. No mejoró.

Una noche me despertó un ruido extraño en la cocina. Era la heladera. Parecía estar asmática. Cuando abrí la puerta el agua caía en picada proveniente del deshielo. La apagué, la vacié y pasé un trapo en el piso de la cocina donde había quedado todo mojado. No me pude volver a dormir y me senté a fumar en el balcón. Me acordé de otras heladeras que había tenido. La Philips familiar que estaba en la pieza de adelante de mi casa paterna y no en la cocina. Era blanca, mediana, no tenía freezer sino congelador y la manija era una palanca grande. En algún momento de los años setenta, mi primo -que vivía con nosotros y estudiaba bellas artes- la pintó de rojo. Era una heladera psicodélica.

También tuve una heladera chiquita, baja, apenas me fui a vivir solo por primera vez. No recuerdo su marca, pero sí me acuerdo que tener esa heladera me hacía pensar: esta vida es provisoria, no te llenes de cosas, movete de un lado a otro, no tengas rutinas porque son las rutinas de los animales lo que le sirve al cazador para cazarlos. Pero, a pesar de todas esas advertencias, después vino la heladera inmensa, grande como Stallone, esas heladeras que dicen: acá vive una familia. Acá se piensa en el futuro, porque tenemos todo congelado en el freezer para cuando lo necesitemos, acá hay planes, proyectos, esta heladera es inamovible, es para ponerla en un costado de la cocina y que se quede ahí para siempre. Y de golpe es la familia la que se convierte en un electrodoméstico hecho a imagen y semejanza de su heladera imponente. Estas heladeras gigantes congelan el erotismo.

Cuando Joan Didion tenía dudas con un manuscrito lo ponía en la heladera para que se mantuviera en estado hasta que volviera la inspiración. Cuando el Bambino Veira era una promesa, los directivos de Huracán y de San Lorenzo fueron a hablar con su madre para ficharlo. Los directivos de San Lorenzo se dieron cuenta de que la familia -numerosa- no tenía heladera. Le regalaron de inmediato una y el Bambino fichó para los carasucias. Cuando Richard Yates ya no pudo controlar su paranoia, guardaba el original de una novela en la heladera. Yo veía la luz de la heladera cuando mi hermano o mi padre la abrían durante la noche, era un haz que entraba en mi cuarto. Gente tratando de buscar un poco de luz en ese lugar donde la cosas se mantienen frías.

No voy a abandonar a mi heladera. Lo decidí. La voy a hacer arreglar aunque no me convenga, aunque sea caro. Tal vez en un momento no la necesite más y se la pueda devolver a Fer en perfectas condiciones. Abro el libro Vida de Gonzalo Millán y leo su poema “Refrigerador”: “Tras la vidriera / abre la puerta / y exhibe el interior / repleto de comestibles / de goma y frutas de cera / y la cierra: / abre su puerta, exhibe el interior / repleto de comestibles / de goma y de frutas de cera / y la cierra. / y algunos se van, / pero nunca faltan / los que atraídos se detienen / a ver cómo el refrigerador / abre la puerta / y exhibe el interior / repleto de comestibles / de goma y de frutas de cera / y la cierra; / abre su puerta, / exhibe el interior / repleto de comestibles / de goma y fruta de cera/ y la cierra…”. 

FC

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