Opinión - Ensayo General

El comunista y la hija que no fue comunista

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Estuve toda la semana leyendo con fascinación El comunista y la hija del comunista, de Jane Lazarre. Ya había leído de ella otro libro, El nudo materno, que me había gustado porque no usaba su propia experiencia de maternidad como una excusa para hablar de todas las madres: se tomaba en serio la particularidad de su propia historia, de su época y de su lugar único sobre la Tierra. Lazarre escribió tres libros de memorias, que cubren distintos aspectos de su vida pero sobre todo distintos focos: El nudo materno, Beyond the Whiteness of Whiteness: Memoir of a White Mother of Black Sons (“Más allá de la blanquitud de la blanquitud: testimonio de una madre blanca de hijos negros”, todavía sin traducción castellana) y este que estuve leyendo ahora. Publicado en inglés en 2017 y traducido en 2021, este libro reconstruye la historia y el vínculo con su padre. Bill Lazarre -uno de los muchos nombres con que la autora llama a su padre (está el nombre en idish, está el nombre que le dieron en el barco, está el apodo, está el nombre que le dio el Partido)-, crió en soledad a Jane y a su hermana luego de la muerte temprana de la madre de las chicas. Eso solo ya me alcanzaría a mí para justificar el libro: chicas criadas por mujeres solas hay muchísimas, por padres solos hay pocas. Sin embargo, Lazarre deja bien en claro ya desde el título que el libro trata de otra cosa: trata del comunismo como una tradición familiar, como una cultura que en el siglo XX podía heredarse como muchos heredamos religiones o nacionalidades; como un discurso con el que una hija, por más intuiciones de izquierda que tuviera, iba a tener que encontrar la manera de romper para hacerse adulta, para hacerse mujer.

Lazarre reconstruye con cuidado, amor y respeto la militancia comunista, la relación que esa militancia tuvo con el judaísmo y la condición de inmigrante de su padre; también escribe sobre el camino que ella emprendió, su traición necesaria. Cuando la madre de Jane murió, sus jefes en Macy’s (la tienda neoyorquina donde ella trabajaba para compensar el magro salario que el Partido le pagaba a su marido) habían previsto un legado para Jane y su hermana: 500 dólares al año por cuatro años, destinados a pagarles la Universidad. Jane Lazarre estudió en City College, que en esa época era gratuita para cualquiera que viviera en la ciudad de Nueva York: el dinero de Macy’s  se fue así en cuatro años “turbulentos y sanadores” -lo dice ella- de terapia psicoanalítica, una decisión que su padre respetó pero jamás aprobó. Conozco, a algún nivel, la posición marxista antifreudiana clásica: el psicoanálisis es un verso burgués, una forma de perder el tiempo que encontramos los clasemedieros mirándonos al espejo del alma, un regodeo en lo individual que da a la espalda a lo colectivo. La conozco porque alguna vez la leí en la Universidad, pero no la tengo muy presente: en mi mente, marxismo y psicoanálisis son la síntesis absoluta del siglo XX, y también son las dos culturas más importantes que aprendí cuando salí de la ortodoxia judía (debe haber otras culturas importantísimas del siglo XX pero justamente conecté con estas dos porque quizás algo de la sangre y de la historia me las hizo más próximas). Tampoco conocí físicamente a nadie que la sostuviera, esa disputa entre psicoanálisis y marxismo: la amplia mayoría de los psicoanalistas que conozco, aquí en la Buenos Aires de los 2000, son de izquierda; también la amplísima mayoría de los marxistas que conozco se psicoanalizan. Llevaba mucho tiempo sin pensar en esta disputa teórica, pero me pareció que Jane Lazarre echaba una nueva luz sobre ella al plantearla básicamente como un debate generacional. Parafraseando a su padre: en el Viejo Mundo, algunos eran ricos y otros eran pobres, otros eran judíos y otros eran cristianos, pero nadie era neurótico.   

Me devoré este libro como me devoro algunos libros que amo, que siento que fueron escritos para mí, con culpa por pensar que debería estar leyendo otra cosa, algo que amplíe mis horizontes, y no una memoria más, por bellísimamente escrita que esté, de otra judía de izquierda más, con palabras en ídish y con sofisticadas disquisiciones teóricas. Me lo devoré, claro, como me devoré casi todos los libros de Vivian Gornick, y especialmente como me devoré The Romance of American Communism (El l romance del comunismo norteamericano), una historia del Partido Comunista en EEUU que Gornick armó en su juventud entrevistando a comunistas de la generación de sus padres. Ya lo he escrito en esta columna: soy inmune a muchas nostalgias. Soy mujer y crecí en una comunidad tradicional; idealizar mundos viejos no es para mí. Y sin embargo, no soy inmune a esta: ahora, cuando mis propios amigos progresistas (y yo también, cada tanto, para qué mentir) nos la pasamos criticando al progresismo, cuando las terapias alternativas se pusieron tan de moda que quienes seguimos sosteniendo la bandera del psicoanálisis somos, para muchos, una suerte de conservadores, cuando no sabemos qué se puede pensar y qué se puede decir sobre los conflictos internacionales o sobre nuestros pasados sexuales o sobre nuestros presentes económicos o sanitarios, porque ya no queda claro cuál es “la” respuesta de izquierda, no puedo contener mis suspiros y añoranza por una época más simple, aunque llamar “época más simple” al siglo XX no es posible sin una capa de ironía. Lo pensé, sobre todo, en relación con los textos torpes y fuera de tono que leí sobre la situación en Afganistán. No podemos no ver lo que ya hemos visto, no podemos pretender que no nos sucedió ese siglo de historia y de teoría: no podemos repetir argumentos colonialistas, ‘civilizatorios’ e islamofóbicos, y tampoco podemos ya repetir la versión más boba del relativismo cultural, ni decir que hay que escuchar a los oprimidos para no ser una feminista blanca salvadora sin reconocer que eso sería ideal, pero que a veces los oprimidos no tienen condiciones materiales para llegar a una corte de derechos humanos, publicar en internet o escribir en un periódico; a veces, ni siquiera tienen permiso para hablar con extraños. No tengo nada importante que aportar sobre ese tema, pero leer sobre la izquierda de antes de la posmodernidad al tiempo que uno trata de seguir una crisis internacional en tiempo real es como sumergirse por un rato en un paraíso perdido donde todos sabemos que tenemos razón, que tenemos la razón. Por supuesto, es una lectura simplista, cómoda en el sentido más literal, cómoda como una mantita: no fue así el siglo XX, y lo dicen sus propios protagonistas. Recuerdo una escena, en particular, que aparece en el libro de Gornick, y en la que pienso cada tanto: la devastación emocional que provocó en ella, en sus padres y en los amigos de sus padres el informe de Nikita Khrushchev que en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética reveló los horrores de Stalin. De un día para el otro, escribe Gornick, la vida afectiva del Partido Comunista norteamericano llegó a su fin. Me gustó ese uso de la palabra afectiva: nuestros debates ideológicos, los cambios de piel del progresismo y del feminismo, son también finalmente eso, historias de amor, de duelo, de afecto.

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