Perdón que interrumpa Opinión

El corazón vigila: un adiós a Pharoah Sanders y un saludo a los peregrinos de Luján

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

0

a Pablo Touzon

Distracción del amor naciente: se despierta en la casa de su chica y prepara el baño. Ella fue a trabajar. Él llena la bañera y elige un disco. En esa casa todavía se escuchan cd’s. Chusmea entre la variedad, y él, que no sabe nada de jazz, dice y ríe: ah el jazz, se le viene “El perseguidor” de Cortázar y también recuerda lo de César Aira sobre Cecil Taylor. Lugar común: snob por un rato, pasearse en bata. Recuerda el tono engolado del genial Marcos Mundstock en la película “Roma”, de Aristarain, con polera negra, rodeado de pendejos a los que les enseña a escuchar bebop o free jazz. Entre los compact la palabra Om llama la atención. John Coltrane, ¿qué puede salir mal? Imagina la maestría, a lo Miles Davis. Distracción letal: elige ese disco por la tapa y por la mención a la nota universal. Coltrane, Om, 1965. Coloca el cd en la habitación, sube el volumen al máximo y camina desnudo a la bañadera ya llena de burbujas, pita y tira el cigarrillo al inodoro, el humo del vapor le hará bien para aflojar los pulmones. Suena Om. Empieza el disco con un canto tribal, y pronto se duerme. Duerme y sueña, ¿con qué? Sueña con lo que suena: un chancho en el agua grita, lo están carneando, las pisadas de un esclavo que corre en campo abierto, unas cotorras chillan. El amante sueña una pesadilla de mil sonidos y la sangre hierve. Om: un disco que desintegra la música, el lado salvaje. Despierta, se seca, corre y apaga Om. Simon Reynolds escribió en un ensayo: “En los sesenta, Coltrane se encaminó hacia Oriente, espiritual y musicalmente: una evolución que comenzó en India (1961), siguió con A Love Supreme (1964) y culminó en su álbum de 1965, Om, cuyo título refiere al nombre budista para la Divinidad, el Absoluto, la Primera Vibración. El álbum empieza y termina con un canto religioso, ”I am Om“, mientras que en el medio la banda de Coltrane se embarca en una demencia disonante. Si bien esto no podría alejarse más de la música plácida de Cage [sobre quien escribe el ensayo Reynolds], la filosofía subyacente es similar: el objetivo consiste en derrumbar las defensas psíquicas del oyente para lograr que el caos interior se fusione con el cosmos”.

Pharoah Sanders agarró la música donde la dejó Coltrane. No se sabe mucho de su vida. La línea de tiempo y lo que todos repiten o varían en la prensa: Pharoah Sanders, legendario saxofonista de jazz y compañero en los últimos viajes de John Coltrane, ha muerto este sábado en Los Ángeles a los 81 años, “en paz y rodeado de su familia”, según ha informado el sello Luaka Bop en sus redes sociales. Conoció a Coltrane, viajó de su Arkansas natal a Nueva York, cirujeó entre trabajos mal pagos y presentaciones en vivo en pequeños lugares, se incorporó a la escena de la “new thing”, llamó la atención de la crítica, entró a los años sesenta por esa puerta, grabó en el mítico sello Impulse con Coltrane, también gran parte de sus propios discos y su saxo tenor acompañó a la magnífica Alice Coltrane.

Tras la muerte de Coltrane, en el temprano 1967, Albert Ayler bautizó a Pharoah como “el hijo de Coltrane” (“Coltrane es el padre, Pharoah es el hijo y yo soy el espíritu santo”, armó en su tríada sagrada). En 2009 se publicó esta entrevista en la que revela su temperamento. No le importan las críticas. No le importa la prensa. No le importa construir una leyenda. Matar al padre o curarlo: su música va a la frontera(hasta “ese segundo antes de su desintegración”, como dijo un crítico español) y la trae de vuelta envuelta en cosmos.

En octubre de 2017 lo vi tocar tres noches seguidas en el Birdland, y las tres veces, en algún momento del concierto parecía que se dormía. Era un rato, mientras la banda sonaba. Se apoyaba en el saxo como un bastón. Quedaba ahí. Meditaba. Si lo mirabas, pienso, ya no oías nada. La suerte de escucharlo esas noches no se puede contar, no hay “crónica”. Un conocimiento sobre la música mínimo te transforma frente a esa música en un primate desnudo frente al ruido. ¿Qué es esto? En el libro sobre la conciencia negra, Leroi Jones recoge estas palabras de Pharoah: “La música es una llave hacia la disciplina. Puede curar a los enfermos. La música es una cosa espiritual”. Retengo esta visión: Pharoah dormido en su propio concierto. El aspecto mediúmnico invocado por el jazz espiritual. Estaba de los dos lados. Dormir, meditar, orar. Su música la llevé a mis propias aguas: a nacimientos y muertes, Pharoah atrae ruido ancestral en la zona impersonal, cuando somos pura especie. Y era mucho más que el jazz, que el género, que el sobresoplido que derrumba. En el anónimo “Relato de un peregrino ruso”, en el primer texto, cuenta la vida del peregrino que busca el secreto de la oración. ¿Cómo es posible orar sin cesar?, se pregunta el caminante que busca un maestro. Lo perturbaba al peregrino un pasaje de las Epístolas que pide a los hombres “que oren sin cesar”. Estoy durmiendo, pero mi corazón vigila, se escribe en el “Cantar de los Cantares”. Pharoah camina sentado.

Pienso en él dormido como un hombre en oración. Puse hace años un alerta en Google con su nombre para tener noticias suyas y no perderle el rastro. Quise saber dónde estaba estos años. A la vez supuse que un día me llegaría la última notificación. Llegó por otra vía: un fanático amigo, Federico Scigliano, me pasó el tuit del sello discográfico que informaba de su muerte. Los dólares también permiten a veces, cuando agarrás al pájaro en mano, ir lejos a buscar un maestro. El camino a lo desconocido, lejos, cerca.

“A Luján van todos”, me dice Juan, que el año pasado fue ordenado sacerdote. Le gusta enfatizar “todos” porque en la peregrinación a Luján, esa que ocurre este primer fin de semana de octubre, tal vez se vea como eso que él llama así: “La iglesia en su variedad inmensa”. Movimientos de parroquias, gente con pedidos bajo el brazo, familias, amigos, solitarios, todo eso se ve en Luján. “La peregrinación logra unirnos y romper el individualismo.” Luján nació para hacer ver al pueblo que estaba bajo las piedras. Hace un año reseñamos su historia: el Lujanazo de 1975; cuando en ausencia de Perón, aparece Luján como el Ezeiza cristiano en el que poner de nuevo un pueblo en marcha, dejar atrás la balacera de la interna.

Juan piensa que en las peregrinaciones el camino es la meta. “En el camino se dan encuentros, charlas que te vuelan la cabeza. Me acuerdo, porque me quedan para siempre, hablás con otros que a lo mejor no ves nunca más.” Juan el año pasado estaba en una parroquia en la que decidieron no ir porque no estaban dadas las condiciones ni hubo tiempo de organizar. “Me abrí y fui con tres curas amigos por fuera de la peregrinación oficial en diciembre. Tenía recién un mes y monedas de sacerdote y me tiré el lance de ir. Le escribí a un número de whatsapp que tenía y resultó ser de alguien que trabajaba en el santuario. Y esa persona me lo abrió para que yo pudiera celebrar la misa ahí. Y festejé la misa solo, cara a cara con la virgencita.” Al final se le hizo una imagen: los años de formación fueron un largo peregrinar: “A final todo estamos de paso, vamos caminando”.

La primera vez que Cecilia fue a Luján estaba en el secundario, un parroquial de Flores, pero justo se desgarró en la clase de educación física y el médico no la dejaba ir. “Me dejó hacer la mitad. Entonces me sumé en el tramo final. Y cuando llegué me encontré con una amiga, una compañera del secundario que no podía caminar más. Pero mi amiga no podía parar de llorar, estaba angustiada y feliz a la vez porque ese año la mamá había tenido un infarto y estaba yendo a agradecer que su mamá estaba bien.”

Hay otra historia: un amigo de Cecilia había hecho una promesa que quería cumplir y arrancó un día que no era el día oficial de la peregrinación. Compró una botella de agua y partió a Luján caminando solo. “Cuando ya estaba entrando a la ciudad, no daba más y se sentó en la puerta de un almacén. La gente se daba cuenta que había ido caminando”. La gente de la zona se da cuenta cuando uno es un peregrino. Y lo alentaban. Le decían: “¡vos podés!”, cuenta. Su amigo finalmente llegó. “A mí lo que siempre me moviliza de estas historias –dice Cecilia– es la gratitud. Porque a Luján uno va a agradecer. Vos no das más, pero pasa por al lado tuyo un chabón con un equipo de música al hombro a mil por hora, o también la gente que aprovecha y vende cosas: bastones de caña, botellas de agua. Me parece bueno ubicar cómo camina un pueblo grato.”

Gustavo Carrara, obispo auxiliar de Buenos Aires y cura villero, comparte su memoria personal: “Mi primera peregrinación a Luján fue en 1987. Tenía 14 años y fuimos desde Lugano con el grupo juvenil de la Parroquia Niño Jesús. Y desde ahí la peregrinación me ganó el corazón. Tengo más de 30 peregrinaciones. Siempre hay motivos en el corazón para pedir y agradecer. Nos unimos al lema de este año ‘Madre, miranos con ternura, queremos unirnos como pueblo’. Y también desde la Familia Grande del Hogar de Cristo vamos a caminar con chicas y chicos que estaban en calle y con consumo diciendo ‘Ni un pibe menos por la droga’”. Y dice Carrara: “Es muy hermoso peregrinar, uno se siente parte de un pueblo que camina a la casa de nuestra madre y queremos cruzar la mirada con ella”.

Caminar por el Centro es pisar la crisis permanente. Las efemérides se acumulan, la memoria es una colección de fechas, números redondos, nombres de muertos que conocemos todos (Frente Darío Santillán, Movimiento Teresa Rodríguez). De pronto un movimiento lleva de nombre una fecha “anónima”: Movimiento 8 de abril. ¿Qué pasó un 8 de abril? “Ese día se fundó nuestra cooperativa”, dice María, una cooperativista que se anima a hablarme. Las marchas de este año generaron alergia en los que marchan. Ya saben que mejor no hablar con los periodistas que narran y buscan sus cinco minutos de “encontré a una planera polémica que nos hace la tarde”. El acampe piquetero rodea la mole del edificio de Desarrollo Social, y a su sombra se desparraman mamás con hijos, jóvenes con pecheras, familias, vecinos, amigas y amigos. María del 8 de abril me acepta si no grabo. “Acordate lo que te digo y cambiame el nombre”. Vienen del Oeste, tienen una cooperativa de carpintería, un comedor para 250 personas y la cooperativa de 80 trabajadores. Todos cobran el Potenciar Trabajo y hay un fondo de esa guita que se usa para mejorar la “oferta” del comedor: que haya pollo, milanesas, algo de carne. “¿Qué a quién le creo? No le creo a ningún político”, dice y se planta que no vota ni a la izquierda. “Milei dice locuras, aunque explica bien la economía”, remata y sonríe como quien se sabe carne de cañón futura de ese león.

A esta altura estos piqueteros marchan y saben lo que piensan del otro lado de la marcha. Aparecen como seguidores de Belliboni pero escuchan las voces, todas: saben que sus vecinos, que los pobres que no marchan, que los trabajadores que hacen a pata el tramo que el corte no deja, mascullan bronca contra ellos. Las crisis tienen encima sus ciclos: adentro de las crisis también corre el ritmo bipolar de las semanas en que la crisis pasa de moda. La agenda judicial infinita o la sindical o los culebrones de palacio con sus renuncias o el dólar o las internas opositoras o las guerras, y así, hasta que vuelve el foco a la miseria. Estos pobres que marchan siguen ahí, en la eterna peregrinación hacia la mesa de entradas del Estado. Y se saben bajo la mirada impiadosa del arco político, sin excepción. En algún punto, no debe haber otra figura para este acampe que la de “parias” de un sistema machacado que se come a sí mismo.

Se hace la tarde justo del día que levantarán campamento. Los temas de conversación política con María, me dice ella, la aburren. “Soy peluquera”, dice, como diciendo te hablo de todo pero cambiemos de tema. “Iba de chica a Luján con mi familia”, cuenta. El nombre del Movimiento 8 de abril me recuerda a una canción atrevida: cuando Sergio Denis le puso a una “14 de abril de 1973”. Una canción que publicó ese año. Cuando el cantante guapeó en el país montonero: le puso su fecha personal a un año lleno de fechas históricas. Le puso su canción de amor a un año de mártires. Este movimiento tiene tallado su día, su 8, su abril, el día del primer paso, primera acta, su junta y su camorra para el scrum de siempre: sacar algún “recurso”. Pusieron sus fechas en la fuente. Se pusieron a caminar. Ahora recuerdo al gran Pharoah, su camino y su disco Karma, de 1969, donde nos decía que el maestro tiene un plan para todos nosotros. Imagino que es un hombre cansado con el cansancio pesado de los maestros. Y que hace unos años gasté unos cuantos dólares subsidiados para verlo ahí, en mitad de su banda, en su silencio (al final del concierto un tonto gritó “¡no vinimos a verte dormir!”, él no lo escuchó). Y se me ocurre que usaba de bastón para mantenerse sentado y erguido esos bastones de caña que les venden a los peregrinos.

MR

Etiquetas
stats