Opinión - Perdón que interrumpa

Lujanazo: de 1975 hasta hoy

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Está el chaparrón contenido mientras miles caminan a Luján. Esta vez con la consigna “Madre del Pueblo, te pedimos por la salud y el trabajo”. Como hace 47 años, cuando se hizo por primera vez esta peregrinación. Viaje en el tiempo. De 2021 a 1975. 

“Tus hermanos saben que estás herida / pero los temores de la vida no se comentan” cantaba Aquelarre en la segunda estrofa de “Canto cetrino” (1975). Los temores no se comentan. La chica está herida. El miedo es el cuco de la época. Lo más cercano de la molotov para muchos jóvenes fue la Iglesia. Un barrio, una parroquia, un cuarto. Recibir la ostia de esos agudos que bombeaban al corazón. El disco de Aquelarre, que salió en 1975, se llamó “Siesta” y tenía esta canción. Los Aquelarre abandonaban la Argentina rumbo a España: último disco y última estación. Y se dirá de ellos: le enseñaron a cantar en su idioma a los españoles. En septiembre de ese 1975 Sui Generis iniciaba sus conciertos del “Adiós”. Un año después se estrenaba la película rodada en esos Luna Park por el Bebe Kamin con un camarógrafo de lujo: Raymundo Gleyzer. Gleyzer fue secuestrado en mayo de 1976, y la película fue estrenada ese mismo año. Tuvo su insólito “preestreno” en un salón de actos de la Base Naval de Punta Belgrano y llegó a los cines en septiembre con el camarógrafo desaparecido. La despedida de Sui Generis, ya desprendidos del sonido folk y armados con Rinaldo Raffanelli en el bajo y Juan Rodríguez en batería para formar algo parecido a una primera súper banda, registra algo del fin de la inocencia. Cuando las revistas pasaron de decirle “Charlie” a Charly García. El sueño terminó, cantó Lennon cuando cerró los sesenta. Pero el rock argentino había extendido los años sesenta hasta la mitad de los setenta, una sincronía desacoplada por el leve destiempo de la distancia. Pero los sesenta que se habían estirado un tiempo más llegaron a su fin. 

El año 75 es el año final de la vieja Argentina igualitaria (y autoritaria), que tiene su última cara Isabelina, “esa mujer”, de la que no escribió casi nadie, y a la que Julián Troksberg le dedicó un documental con toda su coreografía de fantasmas. Tuvo a todos menos a ella. Suena el crack final cuando se nombra el 75. El ruido de los huesos rotos. Argentina, levántate y anda… y te toca el desierto. “¿Para quién canto yo entonces?” era una canción del Charly García de ese tiempo que tiraba una pregunta que desorbitaba a todos. La primera estrofa decía: “Para quién canto yo entonces / si los humildes / nunca me entienden. / Si los hermanos / se cansan / de oír las palabras que oyeron siempre.” ¿Qué oyeron siempre? La Argentina del 75 es facilísima de pintar: oscura, el prólogo de lo que vino después. La masacre final. 

Ese año el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo publicó un libro en la editorial Patria Grande llamado “El pueblo, ¿dónde está?”. Se trata de un seminario realizado durante todo 1974 “cuyo tema fue precisamente el ‘Pueblo’”. La primera vez que entrevisté a Gustavo Carrara, en el otoño de 2009, el actual obispo auxiliar de Buenos Aires, referente de los “curas villeros”, lo sacó de un armario y me lo regaló. El libro estaba impecable. El fondo rojo y las letras blancas. El pueblo, ¿dónde está? Ahí estaba el corazón de una intriga: la Teología del Pueblo. Una Teología que matizaba la teología de la liberación –la de “la lucha de clases”– y que hacía de la “opción por los pobres” una política de vida. La lucha del más acá. Algunos nombres: Lucio Gera, Rafael Tello, Carlos María Galli, Alberto Methol Ferré, Juan Carlos Scannone. Rafael Tello ha escrito muchos años después: “La iglesia le enseña al cura que tiene que ocuparse de la pastoral de la parroquia. ¿Pero qué hace una pastoral en la cancha o en el café?” 

1975 está atravesado por los restos de la compañía de monte del ERP, los Montoneros, la Triple A, el Operativo Independencia, el sindicalismo, el Rodrigazo, la caída de López Rega, mientras que la imagen del pueblo argentino se proyecta cada vez más como un convidado de piedra. La pregunta que proponía este Movimiento de Sacerdotes pergeñó una respuesta en medio de la balacera. Rafael Tello y Lucio Gera, teólogos y sacerdotes, imaginaron una peregrinación desde San Cayetano de Liniers hasta Luján. En ausencia de Perón, aparece Luján como el Ezeiza cristiano en el que poner de nuevo un pueblo en marcha. ¿Dónde está el pueblo? Hacerlo aparecer. La primera peregrinación tiene el conocimiento del arzobispo, pero no su autorización. 

Luján son esas miles de historias que comenzaron un día. Durante los años de dictadura se marchó a Luján. Hay una historia contada así, como al costado de su propia gran historia: las mismas Madres de Plaza de Mayo inauguraron su pañuelo blanco ahí. 1977, día de la madre, están ahí. Quieren reconocerse, quieren que las reconozcan. El pañal de tela sobre la cabeza. El que tenían sus nietos que muchas cargaban en brazos.

Elba Romitelli de Scutari entrevistada acá decía: “La peregrinación es el resultado de un proceso de formación que estábamos llevando a cabo como jóvenes de la parroquia Nuestra Señora del Carmen de Villa Urquiza, con el padre Raúl Rossi. Era un momento muy particular de la Argentina; queríamos meternos en la realidad desde el amor y la Virgen. Nos formamos con el padre Rafael Tello, y en las conversaciones surgió la peregrinación para jóvenes. Los jóvenes en la calle para pedirle a la Virgen que nos ayude, que nos una. No queríamos salir para hacer mal a nadie; pensemos en ese momento, cuando salir tenía una connotación muy riesgosa. De hecho nos costó mucho convencer a algunas personas de la Iglesia de aquel momento.” 

Elba cuenta el origen de la peregrinación a Luján. Esa ruta de 60 kilómetros que todos los años miles de personas caminan. De todos los barrios, de todas las clases, de todos lados. Por un pedido, por un agradecimiento, por probar las piernas, porque sí. La virgen de Luján ocupa un lugar en el corazón de millones de creyentes, es una de las peregrinaciones fundamentales de la fe en América Latina. La historia nace de una caminata: la de una imagen de la Virgen en el año 1600 que venía en carreta y que se detuvo en Luján. No hubo buey que pudiera mover esa carreta. Después vino la Basílica, la historia del Negrito Manuel, las mil marchas. Una imagen de la Virgen de Luján viajó a Malvinas. La Virgen que está en las plazas, en los trenes, en los bolsillos de las billeteras. La de los mangazos, la de las advocaciones patrias. Luján es masiva porque no tiene “intérpretes”. Ocurre cada vez. Como este sábado 2 de octubre, la Luján de la Pandemia, con barbijos y alcohol en gel. 

Canto cetrino

“Me remito a esa iglesia vital y no ritual. Me acababa de casar, ya había nacido mi primer hijo y fui convocado por el Padre Francisco Mascialino. Me habló en ese momento de una peregrinación de jóvenes como la que se había hecho el año pasado y yo, horrorizado, muy temido de mis ideas intelectuales, universitarias y demás, le dije ‘pero esa fe no sirve’. Dije barbaridades que hoy no podría repetir. Discutimos como dos tanos, pero terminó la cosa con que yo pegué un golpe en la mesa y le dije: ‘vamos a hacer una cosa: yo mañana voy a la peregrinación’. Y ahí comienza la historia.” 

¿Qué historia comienza ahí? Ignacio me cuenta la peregrinación a Luján de octubre de 1976. Era la segunda que se hacía. Se vistió, dice, “como un soldadito”: cantimploras, los zapatos que le aconsejaron, las zapatillas de repuesto en la mochila, la campera para la noche. Se sentía “un universitario que siente que tiene que pasar a hacer 60 kilómetros caminando”. Estuvo en San Cayetano en el horario acordado y se largó a caminar. “En primer lugar, tuve por primera vez, la experiencia de un pueblo... Eran cientos de miles de jóvenes. La consigna con la que se movía todo ese grupo inmenso; y por primera vez entendí la palabra pueblo en el sentido no teórico sino práctico. Vi que esta gente se iba moviendo en base a consignas muy simples. Había mucha alegría y empecé a sentir cosas que sabía en teoría pero no había vivido nunca. La experiencia del pueblo en marcha. Esa marcha que por momentos es una marcha en el desierto más allá de que haya mucha gente.” Tuvo que ser curado en un puesto cuando los pies no le daban más. “Yo era ya un hombre de treinta y pico con la piel enrojecida por lo que estaba ocurriendo. Enrojecida de estar raspado por la vida como lo que estábamos viviendo en el 76.”  

En este video se pueden ver algunas de las imágenes que describe. Del extrañísimo archivo DiFilm estos dos minutos:

En el medio se escucha a uno que grita “¡viva la Iglesia Católica!”, un coro responde ¡viva! “La comunión formal que recibí cuando llegué, un sacerdote se acercó para darme la comunión, la hostia, lo que ellos llaman comunión, yo ya la había vivido, marchando con la gente.” Ignacio había militado en la izquierda peronista. Ahora estaba ahí. 

Como Miguel, un militante montonero que en 1977, ya desenganchado, vive una crisis, se topa con un vacío doloroso, e ingresa como seminarista en Buenos Aires, en 1979. Su primera peregrinación fue la del año 1980. Y de ahí en adelante a todas. Dice: “En 1980 yo llegué, completé todo el camino con muchas más horas de las previstas porque como siempre pasa con el primerizo que va, empieza a caminar rápido y después paga las consecuencias y llegué mucho más tarde. Había hecho la mitad de la peregrinación en unas seis horas y la otra mitad me llevó casi diez, porque las piernas se me acalambraron por ir rápido y no administrar las energías.” Fue a esta peregrinación movilizado para agradecerle algo que le había pedido a la Virgen y que –dice- “me lo había conseguido el año anterior”. Su mejor amigo, compañero de la escuela secundaria en su ciudad de Paraná, estaba preso a disposición del Poder Ejecutivo Nacional de la dictadura. “Hice gestiones ante el papá de un amigo mío que era Comandante de Gendarmería, un hombre bueno, que no comulgaba con la dictadura y que estaba retirado. Y también hice gestiones en la Curia de Buenos Aires ante el cardenal Aramburu. No pude hablar con él pero sí con uno de los obispos auxiliares. Ni el comandante retirado ni el obispo me dieron muchas esperanzas de que pudiera salir en libertad mi amigo. Pero continuaron los meses y liberaron a mi amigo.” La promesa que le había hecho a la Virgen era ir caminando a agradecerle si le concedía ese pedido y así fue. “Llegué apenas, alcancé a entrar a la Basílica y de la emoción me lloré todo.” 

Gabriela, retoma sus recuerdos más acá, en la peregrinación a Luján después del 2001, con su grupo de amigos del colegio parroquial al que fue. Dice: “Cuando llueve pensamos en los que van caminando a Lujan. Los jóvenes, los enfermos, los que necesitan. En mi familia fueron todos: mi papá, mi mamá, mi tío. Una estadística al aire: una vez en la vida alguien que conocés fue. Por destreza deportiva, por un pedido que te quemaba en las manos, por hacerle el aguante a alguien. Cada caminata está en su época. Los saludos desde la casa, a veces puteadas a algún gobierno. Luján está cargada de amor adolescente. Esa picardía de cenáculo de encontrarte con el chico que te gusta. Es un rito de pasaje de jóvenes de parroquias de toda la vida. Una vez en la vida hay que ir. Llegar a la reja, saber que falta poco. No das más. La última parte es terrible. Llegás rota pero cuando amanece y ves primero la cúpula. Es algo que te saca de vos.”

Una torre sin marfil 

La canción de Charly (¿para quién canto?) y el libro de los tercermundistas (¿dónde está el pueblo?) se preguntan por un sujeto que no está. Las dos evocan el desierto. Las dos nos arrojan a un año: el 75, que fue el umbral de algo. Retomarlo quizás sirve para preguntarse, ¿y cuál es este umbral?, ¿es un umbral? 

Carlos Pagni entrevistó a Juan Carlos Torre. El canal LN + suele ser de los que más repite algunos leitmotiv de la política contemporánea, muy populares y muy grabados en el calor de la época. Básicamente una línea “anti pobrista” que se desliza lógicamente en contra de las organizaciones sociales, quienes, se dice, usufructúan la representación de los pobres. Pichetto va más lejos, echa una mirada conspirativa sobre el rol de la Iglesia de Francisco (así como una parte del kirchnerismo decía en 2015 que en la provincia a Aníbal “Lanata y la Iglesia nos hicieron perder”, Pichetto retoma su línea de 2019 y la nacionaliza: la Iglesia católica y sus organizaciones nos hicieron perder). Pero Torre, presentado en escena como un sociólogo de méritos irreprochables, mientras la gestualidad de Pagni está abiertamente inclinada a no contradecir ninguna de sus aseveraciones, de golpe, como el salmón, alegremente ensalza la capacidad organizativa argentina, “la pobreza en movimiento”, la generación de empleo de una economía llamada “popular” que crea lo que la otra economía ya no. Difícil decirle a Torre pobrista. Pero la idea de movimiento que dice Torre, con motivos muy precisos, puede ser también una imagen que evoca una verdad de fondo argentina. El país de los que no se quedan quietos. Argentina es un país caminante. El país de las madres que marchan en círculo, de las marchas del silencio que propuso una vez una monja, de las velas de Blumberg, de los desocupados, del 17 de octubre, de todo, para todos. Todas las ideologías marchan. La peregrinación a Luján, naturalizada ya, reescrita cada año en sus motivos, movida por la palanca de una fe también permanente, tuvo ese primer paso, ese “a alguien se le ocurrió que”, entre la balacera de un año final.   

MR

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