Análisis

El empate catastrófico de la grieta peruana en el balotaje presidencial

Keiko Fujimori y Pedro Castillo emitiendo su voto

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Qué desgraciada, qué hija de puta, qué corrupta, qué mala perdedora que eres. Todas estas cosas y más le dijeron en la cara y en vivo a Keiko Fujimori en el programa de chismes Amor y Fuego. Tres semanas antes de la primera vuelta electoral peruana, Rodrigo ‘Peluchín’ González y Gigi Mitre se burlaban al aire y sin frenos inhibitorios de la candidata presidencial de Fuerza Popular a la que se turnaban para escarnecer más que para interrogar. Las redes sociales reproducían, multiplicaban, memificaban el repertorio de ocurrencias y el regocijo por una derrota anticipada. Mientras la ‘japonesa’ hija y ex primera dama del ex presidente hoy presidiario Alberto Fujimori ganaba una figuración cruel a costa de ser blanco de burlas criollas, el maestro rural candidato de Perú Libre despertaba cierta indiferencia y desinterés, fuera del radar de los medios nacionales e internacionales.

Nadie anticipó que el serrano iba a ser el más votado el 11 de abril. Cuando anunció quiénes habían ganado la primera vuelta de las presidenciales peruanas, CNN en español no encontraba una foto de Pedro Castillo. Del candidato más votado ofreció una silueta vacía junto a la imagen de Keiko Fujimori, consagrada como su rival para la segunda vuelta. Llegado y concluido el balotaje del 6 de junio, según una encuesta a boca de urna de IPSOS, dada a conocer inmediatamente después del cierre de los recintos electorales a las 7.00 de la tarde (y que por tanto había dejado de recabar datos una hora antes), Fujimori Jr llevaba una ventaja de 0,6% por sobre Castillo en la jornada presidencial decisiva de un país donde el voto es obligatorio para un padrón de casi 25 millones de personas en un país de 35 millones de habitantes, un tercio de cuyo total vive en la pobreza. Un día después, con la actualización de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) de las 17.48 hora peruana, con el 95,769% de actas procesadas, el maestro y ex sindicalista cajamarquino candidato presidencial de Perú Libre llevaba la delantera con el 50,264% de los votos, mientras que la ex primera dama candidata de Fuerza Popular registraba un 49,736%, de apoyo. La ventaja de Castillo era entonces de 89.732 votos y 0,528 puntos. 

En la primera vuelta, con 18,2% de los votos, salió primero Pedro Castillo. Recién en los últimos de los sondeos previos (que en Perú siguen el modelo de ‘simulacros de votación’) había como uno de los más persistentes punteros, para desconcierto de encuestadoras y analistas. Pero, como también ocurrió con Keiko Fujimori, que salió segunda con el 13,4%, sólo superaban el 10% de las intenciones, y al menos otras seis fórmulas también superaban ese umbral.

Si nadie supo quién iba a ganar el 11 de abril, casi nadie advirtió a tiempo la transformación que iba a sufrir la elección presidencial peruana de 2021, desde el desencanto de la primera vuelta al apasionamiento de la segunda. Nadie sabía que en los días y semanas que llevaron hasta el balotaje del 6 de junio, sus figuras iban a ser tratadas, cada una por la mitad del Perú, con una reverencia y consideración extremas como tótems y tabúes recíprocos de la Derecha y la Izquierda, la Costa blanca y la Sierra india, el Norte moderno y el Sur arcaico en una batalla cuya resolución aún se espera, y que todo indica que será tan ajustada como divisiva. Una grieta hondamente profundizada. Bloqueos de amigos y familiares en las redes sociales al definirse los campos. Personas que antes sólo hacían posteos de recetas o fotos de ceviches, empezaban a vibrar de ardiente proselitismo fundamentalista. Desaparecía el Centro, porque el distanciamiento del Centro, e incluso el disparar con ametralladora contra el Centro, es redituable para las dos candidaturas. En el debate televisado que el 23 de mayo enfrentó por tres horas a los equipos técnicos de las candidaturas rivales, en el bloque dedicado a la Seguridad Ciudadana cada partido se dedicó a explicarle al público cómo harían, en el caso de ganar, para combatir a la más sangrienta e impune organización criminal del Perú: el partido contrario.  

“Perú es el país de los pronósticos reservados”, comunicaba desde Lima la politóloga peruana Alexandra Ames, Jefa del Observatorio de Políticas Públicas de la Escuela de Gestión Pública de la Universidad del Pacífico (PE), su invitación a la prudencia frente a los sondeos que desde la primera vuelta del 11 de abril hasta antes del balotaje del 6 de junio habían atribuido a la intención de voto para la candidatura presidencial de Castillo una consistente superioridad. Ventaja siempre invicta, la atribuida a Castillo por sobre Keiko. La distancia entre rivales se fue adelgazando, al punto de llegar en vísperas del comicio a la irresolución del empate técnico. Pero el favoritismo por Castillo ni reducido a decimales cedió su primer lugar a Keiko, ni una sola y efímera vez perdida entre tantas mecánicas captaciones de opinión ciudadana.

Para el anterior balotaje peruano, cinco años atrás, los sondeos habían informado constantes de una invicta ventaja de 5 puntos de Keiko Fujimori. En primera vuelta, la candidata populista de Fuerza Popular había obtenido 3 millones de votos más que su rival Pedro Pablo Kuczynski. Pero aquel otro primer domingo de junio, sin embargo, fue el banquero y candidato liberal de Peruanos por el Kambio (PKK) quien ganó la elección decisiva, y quien asumió la presidencia el 28 de julio de 2016 con la expectativa, que demostró ser vana, de gobernar por el quinquenio que la Constitución fija como mandato para el Ejecutivo. Fue derribado en el Congreso por maniobras del partido de Keiko, que lo obligaron a renunciar. Esto inició una serie de sucesiones presidenciales truncadas y renovadas por congresistas cada vez más hábiles y expeditivos en dejar acéfalo el Poder Ejecutivo invocando la “vacancia moral” del titular,  institución sui generis peruana creada por la Constitución Política del Estado de 1993, redactada bajo la vigilancia de Alberto Fujimori, el padre de Keiko, después del auto-golpe de 1991, cuando gobernaba la República como eficaz autócrata. Hay un porqué muy a la vista para el plan de Castillo de reformar la Constitución o de convocar una Convención Constitucional que redacte una nueva.

Veinte días antes del balotaje del domingo, en una ceremonia presidida por la Iglesia Católica, Castillo y Keiko juramentaron una “Proclama Ciudadana” que incluía entre sus 12  puntos no retener el poder más que los cinco años de su mandato. Peligro de que quieran extender su mandato, pero peligro mayor, y antídoto o exorcismo simbólico este juramento, de que no puedan cumplirlo. Lo que no juraron fue un compromiso recíproco de asegurarse gobernabilidad. Castillo presidente tendría un Congreso adverso. Keiko también, pero sabría hacerle entender, como ya lo hizo su padre, cuán conveniente puede ser, para la economía doméstica congresista, la mutua benevolencia entre los poderes Ejecutivo y Legislativo.

Marleny Paredes, de El Objetivo, medio de Puno, en el altiplano peruano, junto al Lago Titicaca, en la frontera con Bolivia, cuenta cómo en las redes sociales del Sur peruano hay incredulidad por la diferencia superior de Keiko en el empate técnico, y se dividen entre invitaciones a la calma, a la impugnación administrativa o judicial de un fraude, o a la protesta social, activa y directa en las calles. Hay un nivel importante de organización civil y política contra Keiko, plataformas donde la espontaneidad se volvió especialización sin que con los años decayera su única pasión: frustrar el regreso de la Fujicracia. Organiza marchas anuales con lema ‘No a Keiko’. El anti-fujimorismo es una corriente de opinión sólida en el país respetable. Intervenciones como las de Mario Vargas Llosa o Jaime Bayly sirvieron como garantía desde los meridianos intelectuales de Madrid o Miami de que se podía votar por una Fujimori sin dejar de ser honorable o, es más, de que éste era el voto de honor que el Perú demandaba. 

El psicólogo social Mauricio Saravia señala desde Lima una equivalencia preservada estructuralmente en su integridad desde el anterior balotaje, y donde la preservación es tanto más relevante por su indiferencia ante los protagonistas. En 2016, PPK estaba tenso esperando los votos de Lima, la Costa y el Norte peruano, mientras que Keiko esperaba los votos del Sur, la Sierra, el Interior. El Perú Moderno se oponía al Perú Olvidado. En 2021, también dos esperanzas están en marcha. Sólo que ahora es Castillo quien espera los votos que Keiko esperaba. A la candidata fujimorista, cinco años atrás no le alcanzaron. 

AGB

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