Perdón que interrumpa Opinión

Etapa superior de la interna: la antropofagia, el kirchnerismo contra sí mismo

Perdón que interrumpa

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El último “debate” del Frente de Todos tiene una particularidad en el estilo y la forma: es el kirchnerismo que se come a sí mismo. Se autofagocita. Intentemos desmigajarlo por dentro. Quiénes, qué y por qué. El tema de fondo no es uno sino varios: el trabajo, el poder de las cajas, los movimientos sociales y los intendentes, la economía popular, la relación final entre el Estado y los pobres. 

“Transformar planes en trabajo”

Esa debe ser la consigna más unánime de la Argentina. ¿Quién podría no estar de acuerdo así enunciado? Casi una falla de San Andrés del país polarizado: nadie no está de acuerdo en esa transformación. Como si fuera el deseo de la lámpara de Aladino: que cada argentino pobre tenga un laburo. Con la Asignación Universal por Hijo (que tiene el estatus de un derecho) también estaba todo el mundo de acuerdo, y un kirchnerista honesto sabe que hasta 2009 se demoró por objeciones en el propio kirchnerismo. Para muchos era “una política liberal”. Luego se incorporó al etiquetado frontal del credo. Así es la política (de quien la hace): la derrota electoral de Néstor Kirchner en 2009 fue partera de la AUH.

Con qué se hace una salchicha

El último escándalo del debate permanente sobre los planes se encendió con una denuncia “clásica” en política: se dijo que el Polo Obrero les cobra un 2% del ingreso a cada uno que percibe el beneficio. Hagamos la cuenta: si alguien cobra los 19.450$ le retorna 390 a la organización. El Polo cuenta con 60.000 personas beneficiadas por su organización piquetera, ergo, millones de pesos para sus arcas. Pero esa práctica es el eco de una práctica general en la lógica de la militancia partidaria de la que nadie se podrá excluir: el “diezmo”, el “aporte” partidario, la donación proporcional que muchos militantes hacen desde un cargo o empleo público. La política es como una fábrica de salchichas: te cuentan con qué se hace y te hacés anti político. Más, cuando la sociedad revisa con lupa a la política en tiempos de crisis.

Sommeliers del gasto

Pero esta revelación fue sobre una política que empodera a casi todos los de a pie: de debatir sobre cómo el Estado gasta la plata con los pobres no se priva nadie. Es un tema, como dice el macrismo, que “genera conversación”. La mayoría de las personas se hacen más cocoritas, expertas en contraprestaciones, fiscales del gasto, sommeliers de trabajos genuinos. ¿Estado y pobres? Todos tenemos un enano liberal en la billetera imaginaria. Al entrar en zonas más difíciles de debate (dónde cobrar más o menos impuestos, regímenes especiales para Pymes, proteccionismos o no), ahí prima más el violín en bolsa y a silbar bajito.

La militancia porteña solía tener después del 2001 encuentros por la Ley de Comunas impulsadas entre ibarristas, ex ibarristas, peronistas y radicales con antifaz, cuchitriles de ex frepasistas, piojos resucitados, grupos vecinales, proto macristas y gente suelta a la que le quedó cuerda después de las asambleas barriales. Restos del hormiguero que se pateó en el  2001. Se convocaba a una reunión de vecinos para discutir una ley de comunas que lo iba a cambiar todo. La política porteña para sus intendentes y aspirantes (de De la Rúa a Larreta) siempre tuvo gran solvencia presupuestaria sobre un sacrificio humano: las mil horas gastadas en escuchar vecinos y vecinas con sus teorías acerca de cómo organizar la ciudad. A los porteños hay que comprarnos por lo que decimos que valemos. Así, cada político porteño termina teniendo siempre la eterna cara del que se está meando: ojos entrecerrados, mano en el hombro del interlocutor, prensera a medio metro haciéndole señas de que redondee la charla con el celular en la mano porque tiene nota en una radio y el parlamento del vecino que es como un taladro. Pero en esos paneles por las Comunas (¡todo el poder a los CGP!) se oían voces autonomistas, izquierdistas, participacionistas hasta que el moderador traía la pregunta de “¿qué hacer con las villas?”, que debe ser una de las preguntas clásicas de la ciudad. Y ahí se escuchaban propuestas que no te agarraban ni el programa de gobierno del partido de Bussi. En definitiva: yo nunca me metí en política pero siempre te digo qué hacer con los pobres. Así funciona gran parte de la conversación nacional. Volvamos.

La película y la foto

Si se escucha el discurso de CFK y se lo mira en el plano de una película completa: está peleando contra sí misma, contra la herencia de su propio proyecto. ¿O qué eran D’Elía, Tumini, Pérsico, Larroque, Sala o Donda antes de 2003? Los movimientos sociales vistos como la burocracia de los pobres también se puede ver como el resultado del propio kirchnerismo: llenarse de ellos en el vacío de la política partidaria tras el 2001. Pero en el discurso de Cristina ese pasaje casi final sobre “tercerizaciones” se abriga en un signo de época que le queda ancho y ajeno, pero del que busca comer. Es la parte en que Cristina se imagina portadora verosímil de un mensaje “de la calle y de los medios”, con reflejos que los libertarios manejan más y mejor. Cristina gira y calcula: es pragmática. Y este discurso anti planero en una sociedad en crisis, empobrecida, donde hay laburo (¿pero qué calidad de laburo?), reconduce su discurso al contacto con el laburante al que le tocan más el hombro por momentos los libertarios y opositores que los peronistas. Si no hay progresismo que haya orden, dirá. Pero la coherencia de Cristina se basa más en la “firmeza” de su liderazgo que en la linealidad ideológica de su palabra. No hay novedad. Ella también tiene archivos de frases elogiosas hacia Cavallo, como Milei se encargó de desempolvar. En el fondo, el gran debate que se debe el peronismo es: ¿quiénes son hoy los trabajadores? Los venezolanos de Rappi, las mujeres cuidando a los chicos, los jóvenes del teletrabajo, el que “completa” un sueldo magro con el Uber, y así. Entre esas personas que parece que les hablara más un Milei, una Bullrich o un Espert que el propio peronismo Cristina detectó su “¿qué es esto?”.

La salida de Kulfas (el ministro desarrollista), el jaque a los movimientos sociales (defensores de la economía popular) tiene en el ataque pendular del cristinismo la fuerza de una erosión de poder, parece, hasta que sólo haya vacío. Todo lo albertista será disuelto en el aire. Guzmán tiene una luz roja en la frente. Falta un año para las elecciones. La Fundación Mediterránea, con uno de sus cuadros populares (Carlos Melconián), podría decirse que decidió frente a una política engrietada salir a difundir transversalmente su programa en todo el arco político. Vieron luz en Juncal y Montevideo y entraron. ¿El país económicamente bimonetario rompe por un rato con la lógica del país políticamente polarizado? La reunión de CFK con ellos no debería sorprender salvo por la cultura encrespada que hace verosímil creer que hay gente que no se habla.

Pero si se mirara la película completa, se diría que eso que Cristina ahora mira con espanto es el producto de su propia identidad: nadie, ningún gobierno, enalteció tanto “el rol de las organizaciones sociales” como el kirchnerismo. Es más: el fallido lanzamiento de “Unidos y Organizados” allá en 2012 tuvo un escenario y una foto que dice más que mil palabras: rodeada de dirigentes “sociales” como alternativa a una política peronista clásica de la que CFK desconfiaba más. Era una Cristina distanciándose del PJ y el sindicalismo de la CGT, y era -como alguien escribió- armar un instrumento que fuese el “control de calidad ideológica del peronismo”. Ese mismo año terminó de romper con Hugo Moyano (que lanzó un paro nacional el 20 de noviembre) e incubó la ruptura con Sergio Massa, cuya “rebelión de coroneles” tenía como emblema la disidencia de intendentes bonaerenses. Tan así que la opción del FPV y de Cristina para enfrentar a Massa era otro intendente: Martín Insaurralde.

Dime dónde hablas…

¿Dónde habló Cristina? Lo hizo en un plenario de la CTA. Es decir, en la Central de Trabajadores más chica, nacida en los años 90, y que no logró representar nunca a los trabajadores industriales argentinos (a los que sí representa la poderosa CGT). La CTA tuvo más peso como corriente social y política, aunque se hizo fuerte entre sectores estatales y sindicatos docentes. Pero hay un dato: fue justamente la CTA la que más lazos tejió con los movimientos sociales emergentes. “La nueva fábrica es el barrio”, era uno de sus leit motiv en los tempranos noventa para entender los desplazamientos de una época de desestructuración productiva. Cristina nombra la soga en la casa del ahorcado.

La otra cuestión clave (“el peronismo es laburo”) recrudece tal vez una discusión histórica sobre si “hay empleo para todos”. José Nun, en 1969, habló de “masa marginal” contra la idea de “ejército industrial de reserva”, la típica categoría marxista para explicar que el propio capital precisa del desempleo para hacer girar la rueda. Lo de Nun, entonces, granjeó un profundo debate. A nuestro idealizado pasado de pleno empleo de los años sesenta y setenta también lo mejora el tiempo. Pero dónde si no en el peronismo se iba a producir el debate sobre “los planes”. No porque el peronismo los haya “dado” exclusivamente, sino porque es un debate sobre el trabajo y los trabajadores. Sobre qué es trabajar en el siglo XXI. El Gringo Castro, entrevistado por Ernesto Tenembaum en Radio con Vos, dijo: “Hay una matriz de pensamiento, de la cual yo también provengo, que quiere recuperar el pleno empleo, el trabajo bajo patrón a la cual adscribe CFK y muchos compañeros. Vengo de esa matriz porque hasta el año noventa era metalúrgico y me formé en el peronismo, casi como una transferencia familiar, pero siendo militante barrial me llevó mucho tiempo comprender que vivimos en un capitalismo que no genera las condiciones para ese tiempo, porque hay otro proceso productivo, otro nivel de avance tecnológico, el capital financiero como subordinador del capital productivo”. Y siguió: “Esa matriz muchas veces genera definiciones como las que planteó CFK. Y nosotros tenemos respuestas para eso pero no siempre tenemos la amplificación mediática de lo que planteamos. Muchas y muchos dirigentes de los movimientos trabajan mucho para explicar lo que se hace y ese hacer es muy difícil de comprender si no se comparte la vida con estos nuevo desafíos”. El Gringo Castro se pregunta lo más difícil: ¿qué hacemos con los que no volverán a las glorias de acero del pasado?

Al trabajador de mameluco con obra social, aguinaldo y vacaciones pagas con que dibujamos el pasado del período de oro (1945/1975), a lo que queda de él, lo seguimos llamando aristocracia obrera. Hoy, ¿cuántos trabajos necesita un trabajador y una trabajadora para sostener a su familia? El salario también se desvanece en el aire. El feminismo, la economía popular y el capitalismo de las plataformas, sólo por referir tres prototipos de esta época, impusieron nuevas comprensiones del mundo laboral. El feminismo hace mirar el trabajo no remunerado de millones de mujeres. La economía popular hace mirar la creatividad de los que crean su propio empleo y no tienen patrón. Y las plataformas hacen mirar un capitalismo más líquido que a través de apariencias de “colaboración” encubre nuevas relaciones laborales. Ni el mercado ni la sociedad se detienen. “Pensemos un rato sin Estado, es el mejor servicio que podemos ofrecerle” escribió Alejandro Galliano en este mismo diario.

Entre Weber y Tupac Katari

Entonces, ¿qué relación hay entre “planes” y organización?, ¿muertos lo planes, muertas las “orgas”? Si los planes son transitorios, “nacidos para terminarse”, ¿las organizaciones también? ¿Si los movimientos sociales eran el movimiento Carolina porque negociaban recursos con Stanley y Macri, los gobernadores e intendentes eran el movimiento Frigerio? ¿El problema es la porosidad del Estado con los movimientos? ¿No fue Néstor Kirchner quien hizo de esa apertura del Estado un nuevo tipo: el funcionario militante, y también entonces quien estructuró esa otra paritaria social? La interna entre el cristinismo y el Movimiento Evita se superpone y entonces al cristinismo en este “amanecer weberiano” en que intenta retomar el discurso de las riendas monopólicas del Estado, se le vienen encima sus propias imágenes: Milagro Sala y la Tupac jujeña. Esa experiencia que se hizo bandera -una organización social que administra recursos públicos-, ¿de qué lado de la frontera queda en este repentino roquismo? ¿O no fue contra Milagro y su organización que Gerardo Morales instaló su poder de Estado, su imagen de restaurador? Y a la vez, está todo tan encimado, que los reflejos de la dirigencia del Movimiento Evita omiten una realidad que les es ineludible: ellos también son el Estado. También deben rendir cuentas desde ese lado del mostrador. Emilio Pérsico, aunque no se autoperciba así, es también un hombre de Estado del siglo XXI. Los movimientos sociales no pueden pedir más Estado y defenderse como movimientos sociales. Vienen de la cocina histórica del kirchnerismo, ahí donde hubo olor a goma quemada y donde ahora Cristina parecería querer echar lysoform. El kirchnerismo no inventó los movimientos sociales para nada, pero los incorporó al sistema político, mal que le pese a esta nueva “reescritura”.

Las organizaciones sociales son un blanco fácil. Las critican todos los polos de la grieta. Son un blanco fácil porque no son una sola cosa, porque sus “retóricas militantes” se desacoplan de las coyunturas (tienen algo de japonecitos perdidos en la isla del Pacífico), porque no suelen portar votos, y conviven en tensión con las intendencias y las gobernaciones (que hoy se postulan para el manejo exclusivo de esas políticas sociales). Una reciente declaración de los gobernadores de Tucumán, San Juan, Entre Ríos, Tierra del Fuego, Salta, Misiones, Catamarca, La Rioja, La Pampa, Chubut, Santiago del Estero, Chaco, Santa Cruz, Buenos Aires, San Luis y Formosa incluyó un párrafo que parece casi a pedido de Cristina y que dice: “Es tiempo de construir consensos estructurales respecto a políticas para el desarrollo productivo con el objetivo de generar nuevos empleos de calidad. En este sentido, estamos estudiando también alternativas para federalizar las políticas que permitan transformar los planes sociales en trabajo genuino y digno.” Y ahora, cuando el desempleo se asienta en el 7%, es como si a los movimientos les dijeran: vuelvan a sus casas, si los necesitamos los llamamos. El tema del poder, quién ejecuta esas cajas, quién maneja esos presupuestos tiene larga cola. Ha pesado tanto la tensión entre movimientos sociales e intendencias que hay referentes sociales como Mariel Fernández que han llegado incluso a una intendencia: la de Moreno. Como si la historia de esas tensiones se pudiera contar municipio por municipio.

A fines de los años 90 y primeros dos mil no había partido de izquierda que no tuviera su pata “social”: el Partido Obrero fundaba el Polo Obrero, el Partido Comunista el MTL. Las hay y hubo trotskistas, peronistas, autonomistas, socialcristianos. Nunca hicieron bien el pasaje de lo social a lo político. ¿Qué son los movimientos sociales? ¿Cuántas cosas son movimientos sociales? Una iglesia evangélica que tiene un comedor, una cooperativa de cartoneros ligada a la iglesia católica, los curas villeros, los merenderos. Vidas a las que les dan sentido, unión, derechos. Y así. La propia lista es “inventiva”. Y son legítimos, aunque casi sin votos. Es completamente desmedido creer que “organizan” todos los barrios humildes. Más sincero es creer que están ahí porque nacieron de ahí. Y probablemente aunque los aíslen de toda intermediación, no van a desaparecer. Son parte de un sistema político mestizo, desprolijo, que ahora quiere sacárselos de encima, destriparlos, fundar su conquista del desierto sobre la piel de estos viejos -también- conquistadores.  

La llamada “economía popular” es el fondo de lo que se debate y del que se sabe poco. ¿Etapa superior del clientelismo o forma real de zafar de la exclusión? ¿Planes romantizados o una economía real? Pongamos el ojo en el programa “Potenciar Trabajo” y su dinámica de tire y afloje con grupos de izquierda, la taquicardia de cortes en la 9 de Julio, la administración del minuto a minuto de la crisis. El presente perpetuo de una negociación infinita. Noche eterna entre Belliboni y Georgieva. Cortes y cortes como pruebas de una paciencia social. Paisaje en tensión. Digamos: volvió la crisis, volvió el FMI, volvieron los cortes al centro como ritmo del vínculo entre el Estado y los pobres. El ministerio de Desarrollo social volvió a ser el pentágono de la paz social. ¿Los movimientos sociales son la garantía de esa paz? Quién sabe. Lo seguro es que llevan encima parte del misterio con el que nos acostumbramos a vivir: ¿por qué los pobres no rompen las vidrieras de una vez?

MR

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