Panorama de las Américas - Opinión

Ficciones, artificios, laberintos y patrañas de Brasilia

Alfredo Grieco y Bavio Panorama de las Américas rojo

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Brasil es una civilización tropical donde las familias pueden vivir sin heladera pero no sin televisor. Todo el año es primavera y todos los géneros y estilos brotan verdes y prenden en las pantallas. De lunes a viernes florecen el romanticismo bien domado y la ajustada narrativa coral de las telenovelas. Los fines de semana fructifica el realismo fantástico de los programas ómnibus. En período de elecciones, las cadenas de televisión de Río y de San Pablo se reparten los debates presidenciales. Para dejar en claro a qué hora, avisan que los futuros dueños del poder brasileño debatirán cuando termine Pantanal o tal o cual novela, según sea Globo o sea otra la red donde litiguen los presidenciables. ¿No será muy tarde ese horario?, siempre hay un despistado para preguntar. Ni Lula ni Bolsonaro ni nadie en sus políticos cabales será okupa del prime time popular.

Brasil nunca se cansa de la ficción. Después de la novela, espera que en el debate también le cuenten historias. El bolsonarismo, dice el profesor Wilson Gomes de la Universidad de San Pablo, es un arte de inventar historias. Por eso es tan quijotesco desfacer entuertos. Tan arduo, desmentir fake news, refutarlas una por una. Porque las fake news son ficciones, y las ficciones no son ni verdaderas ni falsas.

Fabricar esas historias que son las fake news es tan poco inocente como producir telenovelas. Pero puede ser más democrático, porque no todas las fake news con valor electoral se viralizan de arriba hacia abajo. No todas son destiladas por los gabinetes de odio de las campañas antagónicas. Muchas fake news llegan desde abajo, desde submundos fuera del radar de medios e instituciones, y suben hasta hacerse conocidas y difundidas. Se sabe, cualquiera puede contar una buena historia.

La extrema derecha es consumada maestra en el arte de contar historias. Así medró el bolsonarismo. Gracias a su idoneidad para transformar en comunidad a los que creen en las mismas narrativas.

Todos somos Balzac

Las personas que publican fake-news, no las publican porque les parezcan verdaderas, las publican porque esas fake news les gustan, y porque les gusta postear fake news en sus redes. Como les gusta una telenovela. No tienen confianza en la seguridad epistémica, en el valor de verdad de esas fake news. Ni les interesa. A los niños que empiezan a mirar telenovelas, si se asustan, les revelan que ´es mentira'. Con la noticia y el descubrimiento del fraude, se tranquilizan. A las personas adultas, hacer circular fake news les da innegable satisfacción. Es algo que las ratifica en su identidad, las reconfirma en su pertenencia a un grupo.

Como las grandes novelas realistas del siglo XIX europeo, las fake news se agrupan en series, se enlazan y entrelazan las historias de hoy con las de ayer hasta configurar una gran comedia humana, una totalidad suficientemente abarcativa. Marx y Engels decían que todos y cada uno de los giros en la trama que componen novelistas como Balzac, Dickens o Manzoni, aun en sus novelas históricas sobre la Revolución Francesa o la Reforma Protestante, serían declarados falsos sometidos a un fact-checking. Pero que eso importaba poco, a tal punto era acertada, veraz, la construcción de las dinámicas históricas, sociales: esa verdad que sus novelas volvían inteligible.

Las fake news conforman, perfeccionan, relatos plausibles, de sucesiones en el tiempo de causas y efectos que se vuelven mejor trabadas. Abren la historia a la comprensión de quienes las aprecian, dotan de sentido a un mundo hostil. Los acontecimientos ya no están delante de nosotros, nosotros estamos en los acontecimientos. ¿Qué decide el voto? Esa historia donde hay un papel que espera a cada votante y donde hay un lugar en un escenario al que nos invitan a subir para quedarnos.

Como en las telenovelas, hay episodios que gustan más que otros, que interpelan a algunos grupos más que a otros. Y hay ficciones más perfectas, más completas, más elaboradas en todos sus rasgos, más blindadas y más protectoras, más compensatorias, porque se dirigen a quienes más necesitan las compensaciones de la plenitud identitaria. Son las que ganan adhesiones fuertes, provocan ascensos napoleónicos, indetenibles hasta chocar contra sus límites. Estas historias acaban por ser antihistóricas, por estar cerradas a la historia y organizar la resistencia al cambio. 

Yo soy el tenebroso, el viudo, el desconsolado 

Hay flujos y reflujos temáticos. La saga de Lula-que-cierra- iglesias interesa más a los evangélicos, y los sigue interesando, a la vez que interesa más a otros, cuando se conecta con los capítulos de satanización, satanismo secreto, cultos diabólicos. Son temas presentes en la memoria, que a su vez gatillan la memoria de qué sentimientos corresponden a esos temas.

O Capeta, Coisa Ruim, Siete Pieles, Padre de la Mentira, Príncipe de este Mundo: de la ficción el Diablo es rey. Está en la telenovela Pantanal, donde el peón rural Trindade (interpretado por el muy sexy Gabriel Sater) hizo un pacto con el demonio para tocar la guitarra mejor que todo el mundo. Larga prosapia tiene el Maligno en las fake news políticas brasileñas. Cuando en 1992 escenificó ante los medios la denuncia que llevó al impeachment y a la destitución de Fernando Collor de Mello, su hermano ofreció pistas de la corrupción y pruebas del satanismo del presidente más joven y más popular de Brasil. En 2015, Rossane Malta -ex Rosanne Collor- describió los rituales de magia negra que su ex marido la obligaba a practicar. Ni a Satán se le niega una rehabilitación, y el ex presidente y senador Mello votó en 2016 por la destitución de la corrupta y satánica Dilma Rousseff. Al vice que sucedió a la presidenta petista destituida, una réplica airada a declaraciones de Lula le valió en agosto una ráfaga de memes donde se explicaba cómo Michel Temer había sido poseído por el demonio.

Las fake news bolsonaristas de que Lula había dejados olvidados, o encerrados, en los sótanos de Planalto a unos diablos que adoraba cuando presidente, y las fake news lulistas de que Bolsonaro participaba en el secreto de las logias masónicas es decir satánicas se volvían episodios nuevos de temporadas antiguas. Y alternaban con los flujos temáticos de la pedofilia, obsesión de QAnon y de la derecha trumpista, apropiado en 2022 por la campaña oficial lulista con spots que prohibió el Tribunal Supremo electoral. Con la saga de la sexualización-precoz-de-la-infancia, el crimen del que el diputado Bolsonaro culpabilizó al Partido de los Trabajadores (PT) cuando en 2016 se pronunció a favor de derrocar a Dilma. Las muertes de la pandemia, los cadáveres que le arrojan a Bolsonaro en los debates y las redes, son en su mayoría de personas mayores. Nunca excitarán las imaginaciones como aquellos niños que viven en peligro inminente. Con la corrupción personal de Lula, y de la familia de Lula, espejada en las ficciones de la corrupción personal de Bolsonaro y de sus familiares que compran bienes al contado. Con las ficciones que ejemplifican el presupuesto de que el PT es el partido más corrupto en la historia de la corrupción. Con las historias que cuentan que Lula es amigo de bandidos y que los delincuentes votan por Lula.

La mala educación sentimental

Las personas educadas formalmente quieren educar formalmente a las ineducadas. O informalmente: como sea. Lloran el analfabetismo digital, el analfabetismo mediático. Confían en que esos aprendizajes harán perder potencia a las fake news. Sin embargo, quienes hacen circular fake news, y quienes fabrican noticias, ineducados en las redes, sus vericuetos y sus yeites, no son.

Paralelamente, en las elecciones generales brasileñas se pudo ver hasta qué punto es inocuo el chequeo de fake news por plataformas especializadas o por la Justicia Electoral. En primer lugar por defecto, la cantidad chequeada es ínfima con respecto al caudal que circula, y es dudoso que sea representativa. En segundo lugar por exceso, porque la intervención judicial es apelable como censura, y se abre un nuevo frente de litigios sobre la libertad de expresión y de prensa.

Hay también un equívoco de nacimiento o bautizo, con respecto a las fake news. Es considerarlas mal periodismo, o periodismo perverso, para el cual el buen periodismo sería un antídoto o adversario. A la persona que difunde y consume fake news no le hace falta un periodismo que produzca información de calidad, que sea útil para orientar su vida. Porque no le interesa. No cambia de idea después de ver qué dijo el chequeo. No quiere información verdadera; busca, y encuentra, consuelo, consonancia, inspiración, buena onda. “¿Por qué se drogan los jóvenes?”, le preguntaron al escritor argentino Dalmiro Sáenz. “Porque les gusta”. Las campañas estatales de disuasión que enumeran riesgos para la salud poco disuaden del consumo.

Es tanta la verdad de su mentira

Las ficciones trumpistas o bolsonaristas sólo son hospitalarias para lo idéntico, sin resto pluralista. Son fuente de conversión: algo más profundo, menos revocable que la afiliación partidaria, que la participación facciosa.

Característica de la derecha ha sido su idoneidad para convertir en comunidades a quienes creen en las mismas narrativas. Proveen de ficciones que legitiman identidades. Pero la misma causa de la velocidad de su buen éxito temprano es la razón de la prontitud de su fracaso. Un rasgo determinante, central, en las biografías políticas de Trump y de Bolsonaro, una excepcionalidad marcante que comparten en sus respectivas historias políticas nacionales, es el de distinguirse por ser los únicos presidentes en funciones derrotados cuando aspiraron a una reelección inmediata. La perfección artística de sus ficciones proveedoras de identidades fue reveladora: provocaban un repudio tan firme como la adhesión, y finalmente más numeroso.

Una novedad de las cuatro semanas brasileñas de campaña de cara al balotaje fue que la campaña lulista usó de estas ficciones con tanta libertad como la derecha. Antes la izquierda no lo hacía. Las fake news conectaban los flujos temáticos derechistas preexistentes, y dirigían a Bolsonaro los mismos cargos que Bolsonaro hacía contra Lula. Porque no había servido de nada decir que Bolsonaro era golpista, fascista, antidemocrático, enemigo de la libertad. Los bolsonaristas replicaban que el capitán del Ejército es la reserva moral de Brasil contra Lula, y los liberticidas comunistas como el venezolano Maduro, el nicaragüense Ortega, y sus íntimos amigos asesinos de las libertades de opinar, rezar, comerciar.

Al momento mismo de la victoria electoral, la campaña del PT se desentendió de esos usos de la ficción en campaña. Lula tuiteó DEMOCRACIA. El campo democrático volvió a su única narrativa propia, la de la campaña de primera vuelta, la de la gran historia de la democracia brasileña amenazada por el bolsonarismo y salvada por la victoria del balotaje del último domingo de octubre. Siempre esperó que más y más personas creyeran en esta historia. ¿Es capaz de generar una comunidad consistente, duradera de creyentes? La insípida historia de la democracia bajo peligro de golpe militar fascista no inflamó los corazones con las llamas de la saga de la supuesta corrupción de la infancia consumada por la izquierda por medio de la inducción a la homosexualidad. Por más que la primera es una historia plausible y la segunda rigurosamente falsa.  

AGB

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