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Esegé (Soy gorda)
Narraciones
¿Gorda o flaca?

¿Gorda o flaca?

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La valoración positiva de determinado peso corporal no se mantuvo idéntica a sí misma a lo largo del tiempo. Siempre fue histórica y geográfica, tanto la afirmación de determinada figura física, bandera o estandarte social, como su quiebre y la construcción de una imagen corporal dominante que sustituyó a la anterior. Por otra parte, no todas las culturas creen que los cuerpos deben parecerse ni apuestan a neutralizar la diversidad. Mas bien esa es una apuesta de la colonialidad, es decir de la ideología de los que pretendieron (y aún lo hacen) imponer su cosmovisión al resto del mundo global.

Les propongo un viaje en el túnel del tiempo para iluminar esta idea.

En el Occidente de 1300, en plena Edad Media, primaba la restricción de alimentos y el hambre era una consecuencia inevitable en ciclos que se repetían cada cinco años. ¿Las causas? El empobrecimiento de las tierras, la falta de reservas, la lentitud de los medios de transporte. Esa fragilidad ante la intemperie (las pestes arreciaban y las vacunas no se habían creado) afectaba a la mayoría de la población.

Como contrapartida a esa endeble realidad material, el ideal social no era la flacura sino un paraíso terrenal plenos de especias, carnes, pan, ríos de vino y cerveza, montañas de néctares fabulosos para gustar y degustar, un imaginario que se dio a conocer como los países de Jauja en la literatura y en las artes visuales.

Al extenderse las enfermedades y los riesgos de mortandad muy temprana por las malas cosechas y la consecuente carestía, comerse el mundo era el espejismo requerido para construir la ilusión de panzas llenas y satisfechas. La gordura tenía prestigio porque implicaba una buena salud. Como decían nuestras abuelas y bisabuelas: qué gordito ese bebé, se lo ve muy sanito. Aunque esto que cuento arrancó bastantes siglos más atrás.

Las heroínas y doncellas de los relatos de la XII centuria eran “gordas, blancas y tiernas” o “lo suficientemente gordas”. Los campesinos aplaudían la belleza de Santo Tomas de Aquino, el “buey de Sicilia”, y lo visitaban más que por “su santidad” para admirar su figura “imponente”.

Lo contó muy bien en su Historia de la obesidad. Metamorfosis de la gordura, el investigador George Vigarello, autor además de los volúmenes Corregir el cuerpo. Historia de un poder pedagógico y La historia de la belleza. El investigador francés se ocupó de las representaciones físicas a través de la historia, los cuerpos singularizados por su doble condición de soporte de lo individual y portador de experiencias comunitarias.

Las formas gigantescas de los humanes de los que hablaban en sus crónicas los viajeros medievales tenían como fuente un engullir siempre renovado. Se mezclaban la densidad muscular con la densidad grasa. Cuerpo inmenso y apetito desenfrenado se unían en el mito de las personas vigorosas. El prestigio de animales como el león y el oso equivalía a la ponderación de lo gordo. En la leyenda de Arturo son emblema de grandeza, habilidad y fuerza.

Por eso, en aquella época era muy raro el maltrato contra el gordo y si existía estaba más referida a la locura del tragar, al modo, que al perfil físico, el resultado. A la fiebre del comportamiento sin límites más que a la pesadez.

Belleza para todos los sexos, fuerza en el combate para los guerreros. La cantidad de comida ingerida (cinco patés, cinco pollos cebados, por ejemplo) constituía un signo de ascendencia al poder. El quiebre o ruptura con la imagen positiva de la gordura fue una adquisición histórica de la Europa moderna. Durante la Edad Media las anatomías robustas se apreciaban como representaciones de poder. También se valoraban los países de Jauja, los que comen sin límite, los que tienen fuerza. La acumulación física equivalía con absoluta convicción a tener protección sanitaria.

Modelos y formas que dan prestigio no son estáticos, van cambiando con el tiempo y estas modificaciones se plasman individual y socialmente. El desarrollo de las sociedades occidentales promovió el aumento de la delgadez del cuerpo, acentuó la vigilancia, el rechazo y la alarma ante la obesidad mucho después. La silueta afinada cobró valor en comparación con el descrédito de la amplitud del volumen. La belleza se acercó a lo estilizado y glotonería y deseo de comer empezaron a recibir críticas en la modernidad, cuando se empezó a considerar el cuerpo humano como prolongación de las máquinas de producir y facturar. Fue entonces, con la fábrica y la industrialización cuando torpeza e ineficacia se consideraron equivalentes a la insuficiencia en el hacer. Para la sociedad de incesante reproducción y resultadismo, el exceso obeso se convirtió en una amenaza a la dinámica de la línea de producción. Se acentuó el individualismo, la autonomía del yo y los gordos se convirtieron en la imagen del fracaso.

Modelos y formas que dan prestigio no son estáticos, van cambiando con el tiempo y estas modificaciones se plasman individual y socialmente.

La obsesión actual por lo delgado como sinónimo de sano no sucedió siempre. Hubo desde gordos majestuosos hasta glotones despreciados en occidente. En los orígenes era signo de opulencia, poder y prestigio, luego estar entrado en carnes fue percibido como relajamiento físico y moral. Hoy la sociedad condena lo que se presenta como un fracaso de la voluntad. Formas y pesos se revelan como referencias de la civilización y sus tensiones. La dictadura de la apariencia llega de la mano de la autopsia de los cuerpos adiposos, del inventario de técnicas para bajar de peso, de la aparición progresiva de regímenes, balanzas y otras formas de medida.

La estigmatización actual, de largo arrastre por cierto, da cuenta de cómo se intensificaron las normas de exigencia y precisión corporal. La censura del desborde se hizo más severa, sobre todo contra los cuerpos femeninos. La historia no es fija. Lo que se requiere es mesura, contención, una cosmogonía equilibrada. Ah, la libertad, ¿qué es eso de que cada uno pueda hacer lo que quiere? Es peligroso para el orden del capital.

Lo que enseña la historia es, entonces, que los cambios continuarán. Sean bienvenidos.

LH

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