Opinión - Los cuadernos de invierno

En la granja del norte

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Pasé 56 años sobre el planeta sin saber el significado de mi nombre. Para mí era sólo un nombre común de los que solían poner los padres a mitad de los años sesenta: Marcelo, Sergio, Carlos, Juan. Crecí con esos nombres a mi alrededor. Hasta que hace poco Victoria me dijo que mi nombre venía del latín y derivaba de Fabius, que quiere decir granjero y en algunos casos, granjero de almas. Me gusta más la primera acepción. Granjero. 

Esto me llamó la atención porque justo esta semana estuve dando en mis clases un poema de John Ashbery que se llama “En la granja del norte”. Cuando doy un poema lo primero que pregunto es ¿de qué trata? Con algunos poemas es fácil encontrar la historia, pero con los de Ashbery o los de su compatriota George Oppen es más difícil. En el primero porque siempre hay una promesa de sentido que nunca se completa, y uno tiene que surfear el poema aceptando esa pequeña frustración. Los poemas de Ashbery surgen con la arquitectura del sueño, de la molicie de los días, de los caminos que no tomamos pero imaginamos haberlos transitado. Oppen, en cambio, parece escribir el poema completo, la narración total, para después borrarla y dejar pequeñas esquirlas de sentido. En los poemas de Oppen las palabras y los espacios en blanco tienen el mismo valor. 

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Si bien Ashbery no es un poeta confesional ni trata de emitir sentencias en los versos que se narran con un pronombre que va variando a medida que transcurre el poema (uno diría que a veces el poema se comenta a si mismo mientras sucede) siempre es posible llevarse a casa algo que ilumina el presente. Por ejemplo, a mí me llamó la atención la catarata de obituarios que se hicieron por las lamentables pérdidas de la pandemia. Lo que me impresionó es cómo las personas, en vez de honrar a los muertos, se dedicaban a hablar de ellos mismos a través de los que se fueron. Ni hablar de transitar el duelo y esperar para escribir, directamente uno tenía ante sí un derrame egoico de elogios que el muerto en cuestión aún tenía para decirle al que escribía. Hacer hablar a los muertos no es algo que sólo sucede en la Escuela Científica Basilio. En un extenso poema en prosa de Ashbery llamado “El Sistema”, se lee: “Sólo consiguen pensar en ellos mismos, cuando todo el tiempo creen que sólo están pensando en Dios. Con todo, en lo más íntimo de sus mentes, saben también que algo no va bien”. 

Me llamó la atención la catarata de obituarios que se hicieron por las lamentables pérdidas de la pandemia. Lo que me impresionó es cómo las personas, en vez de honrar a los muertos, se dedicaban a hablar de ellos mismos a través de los que se fueron.

Escuché leer en vivo a John Ashbery en una librería de San Francisco. Fue en el 98. Ashbery estaba más envejecido que en las fotos donde yo lo había visto por primera vez. Me pareció que tenía un aspecto similar al de un actor porno que leía en voz muy baja. No pude entender nada de lo que recitaba y me di cuenta que este discípulo de Wallace Stevens era un poeta para leer con los ojos de la mente, con nuestra propia voz interior. Cuando trabajo con sus poemas, les pido a mis alumnos que lean siempre el mismo pero muchas veces, como tantos alumnos haya. Esa repetición, esa clase mántrica, recupera, creo yo, algo de la multiplicidad de voces que conforman el poema de Ashbery. Con cada lectura, paramos y hablamos del poema, de qué trata, qué nos dice, qué creemos que dice. La iteración es clave en la poesía de Ashbery. Uno se termina sorprendiendo por la cantidad de posibilidades que tiene el mismo poema para personas tan diferentes. Y escuchado en voces disímiles. Cada voz singular tiene una historia, la voz nos habita y nosotros la transitamos y ahí crece el poema de Ashbery como una especie de comedia melancólica. “En la granja del norte” es el que elijo siempre para introducir  a Ashbery en las clases. Tal vez porque a diferencia de muchos de sus poemas, este sea breve y casi preciso. Los poemas de Ashbery son a veces muy extensos y exigen un lector que los lea de a poco, a veces rebobinando, a veces pasando versos de largo, en busca de la revelación. Otros poemas tienen estructuras geométricas complejas o están fragmentados, como la pintura abstracta que tanto le gustaba cuando empezó a escribir en los años cincuenta. Escuchen “En la granja del norte”: “Desde alguna parte alguien viaja furiosamente hacia vos/A una velocidad increíble, viaja día y noche/A través de la nieve y el calor del desierto/a través de torrentes,/a través de gargantas./Aunque ¿podrá encontrarte,/Reconocerte cuando te vea,/Darte lo que tiene para vos?/ Aquí no crece casi nada,/Sin embargo los graneros revientan de comida,/Bolsas de comida amontonadas hasta las vigas del cielorraso, Los arroyos corren dulces engordando a los peces;/los pájaros oscurecen el cielo. ¿Es suficiente / poner el plato con leche en el zaguán todas las noches,/ pensar en él a veces,/A veces, siempre, con sentimientos confusos?”. 

El jueves mi hija Ana, mientras merendábamos, me contó que estaba expectante porque la directora del colegio donde va le informó a su clase que la semana próxima iban a tener un nuevo compañero. Un chico japonés que se llama Ao Sasaki y que quería, la directora,  que lo recibieran con cariño. Mi hija me dijo que lo esperaba con anhelo y se preguntaba cómo sería, qué cosas empezarían a partir de su presencia entre ellos. Por la noche, antes de que se duerma, le leí “En la Granja del Norte” de John Ashbery: “Desde alguna parte alguien viaja furiosamente hacia vos/ a una velocidad increíble, viaja día y noche/ a través de la nieve y el calor del desierto/a través de torrentes,/a través de gargantas./Aunque ¿podrá encontrarte,/Reconocerte cuando te vea,/Darte lo que tiene para vos?”.

FC

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