Los cuadernos de primavera Opinión

El imperio contratapa

Fabián Casas Cuadernos de primavera

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Conocí a Carime hace varios años ya. Escribía una poesía hermosa, era una chica muy divertida y delicada. Boliviana, tenía una forma de hablar encantadora. Un día me trajo de regalo de Perú un libro que yo había buscado mucho: una biografía de Javier Heraud que había escrito su hermana Cecilia Heraud y que cuando estuve por Lima estaba agotado. Carime lo consiguió -por lo general consigue todo lo que quiere- y me lo regaló. Antes de la pandemia ella había estado organizando recitales de poesía espontáneos, al tuntún, que todos llamábamos el Carime Fest. Estaban buenísimos. Recuerdo uno en un bar de más de cien años del barrio de Boedo que terminó con una banda de música de rock cristiano que mechaba, con las canciones al Señor, covers de Leonardo Favio. 

Hace poco Carime empezó junto a su novio Juan otra aventura. Decidió poner una librería en Parque Chas, ese barrio mandálico del que a veces es difícil entrar y salir, pero que tiene una vida privada genial: plazas, calles arboladas, gente caminando a cualquier hora, silencio. La recepción de la gente del barrio a la librería fue genial, la hicieron suya. Cuando Carime estaba pensando un nombre para la librería, me preguntó si se me ocurría uno. Barajamos varios, a mi me divertía mucho El imperio Contratapa y me imaginaba una contratapa escrita en la entrada del local recomendando la librería. 

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¿Sirven de algo las contratapas de los libros o son meras convenciones retóricas?  

Si uno busca en un manual de edición se dice que la escritura de la contratapa debe ser breve, no debe spoilear el contenido central del libro que recomienda y que debe conseguir intrigar al lector para que se decida a comprarlo. En las librerías de viejo los libros no están cerrados, así que uno puede también leer el comienzo del libro para saber si engancha o no. Pero si el libro está envasado en ese papel finísimo y plástico, uno queda a merced de la contratapa. 

Yo suelo leerlas, pero encontrar contratapas muy buenas, que valgan por sí solas y que además no opaquen al libro que de alguna manera recomiendan, son difíciles de encontrar. Me acuerdo que cuando se armaban grescas en el barrio a veces solíamos ponernos con algún amigo espalda con espalda para enfrentar a los que nos querían pegar, ese amigo tenía que ser de fierro, porque te estaba cuidando la espalda. Una contratapa debería dar la misma certeza de honestidad y potencia porque está cuidando la espalda del libro. En las contratapas de los libros mainstrean suelen abundar elogios a granel que parecen que pueden ser intercambiables con cualquier autor. Son contratapas hegemónicas. 

Se me ocurre que uno podría escribir una novela -del tipo nabokoviana- sólo hecha de las contratapas que escribió cierto autor y que, a través de lo que narre en ellas, dé cuenta de una vida o de varias. A veces el texto que está en la contraportada del libro es un extracto del prólogo del libro, seleccionado por la editora o el editor. A veces es sólo una contratapa pura y dura. Del primer caso acaba de salir un libro hermoso editado por Gog y Magog, Rosa, que contiene poemas de Roberta Iannamico que van de 1997 al 2021. La contratapa es un fragmento de un prólogo más extenso que escribió Fernanda Laguna para el libro. El prólogo es brillante. Sobre el final de la contratapa, dice Laguna de Iannamico : “Los poemas de Roberta no están hechos como chorizos o salchichas, están bordados sobre telitas, escritos con marcadores, esculpidos en madera, soldados en metal. Unos están pegados en la heladera, otro tatuados en el diente roto de una princesa o dentro del estómago de una mulita. Algunos son piedras apiladas y abandonadas, otros están en su corazón para siempre. Los más raros aún ni ella saben donde están”. Es como si primero llegara una amiga trayéndote noticias de otra amiga que está al caer y uno siente algo de la luminosidad de esa amiga, es una metonimia de la que está por venir. 

Es como si primero llegara una amiga trayéndote noticias de otra amiga que está al caer y uno siente algo de la luminosidad de esa amiga, es una metonimia de la que está por venir.

Tenía once años y estaba en el subte. Venía de la casa de mi maestro de primaria, Alfredo Chitarroni. Él me había prestado un libro negro, un ladrillo que había escrito Julio Cortázar. Abría el libro y no lo podía creer. Tenía tableros de dirección para sugerir diferentes lecturas, era algo críptico y prometedor. No entendía nada. Estaba en puro estado de disponibilidad. Recuerdo que leí la contratapa -que no estaba firmada- y que lo que leí me impactó: “Rayuela, libro absolutamente nuevo, contranovela. Exasperada denuncia de la inautenticidad de la vida humana y de la literatura estética y psicológica”. Qué mierda serían la literatura estética y psicológica. Yo todavía no había leído completa una novela y ya tenía en mis manos una contranovela. Pensé que si leía ese libro, si lograba metabolizarlo en mi porvenir, iba a ser un genio. Y eso me dio una mezcla de alegría y angustia. 

Mucho mucho tiempo después, leí la primera contratapa brillante de mi vida. La había escrito César Aira para la colección de la editorial de Belgrano allá por principios de los ochenta. La contratapa de Aira era la declaración de un programa estético, uno podía sentir ahí que ese autor que empezaba a publicar sabía lo que hacía. La novela que Aira contratapeaba era Ema, la cautiva –de su autoría- y el texto en cuestión que la celebraba empezaba diciendo: “Hay que ser pringlense, y pertenecer al Comité del Significante para saber que una contratapa es una 'tapa en contra'. Sin ir mas lejos, yo lo sé”. Con ese desparpajo empezaba Aira a recomendar a su pequeña Ema. Y sobre el final declaraba que él era el adalid de una pasión nueva “la pasión por la que pueden cambiarse todas las otras como el dinero se cambia por todas las cosas: la indiferencia. ¿qué más pedir?”. 

Unos años después la editorial Catálogo -que publicó obras maestras como Pájaros de la cabeza de Fogwill o La Operación Masotta de Correas- publicaba un librito finito descomunal: La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. La contratapa la firmaba un tal Odrazir Nazarayez, es decir, Ricardo Zelarayán. Y se encargaba de instalar un mito: “Narrador, poeta y panfletista anónimo, verborrágico sordo y ya veterano. Entrerriano de nacimiento y para siempre salteño tucumano de tradición y santiagueño de vocación, exiliado desde hace años en Buenos Aires. Conserva intacta pues su cuota de provinciano resentido, y según él, mantiene firme su condición de marginal casi inéditico, asegurando que sólo se ha publicado menos de la décima parte de su obra”. Sobre el final de la contratapa, O.N. dice que Zelarayán está trabajando en una novela que se llama Lata Peinada y que es también gran candidata a permanecer inédita. La contratapa de La piel de caballo es un pequeño relato sobre las dificultades para poder vivir, trabajar y comer de la literatura. La piel de caballo es una novela sísmica, el texto se mueve como lo hace la piel del caballo para espantar a las moscas. Uno agradece, por otra parte, haber nacido en la lengua en la que escribe Zelarayán, ya que su escritura, como la de Joyce, es intraducible. Por la erosión que hace Zelarayán de los géneros, es un autor fundamental para cierta literatura: como Borges, como Pound, como Woolf. Yo hubiera escrito eso en la contratapa. 

Al final, Carime y Juan eligieron para su librería el nombre de Mala Testa.

FC

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