ANÁLISIS

Irán: más cerca de Dios y más lejos de EEUU

"Con la bendición de Dios, haremos lo mejor para que en el corazón deEl clérigo Ebrahim Raisi, presidente en ejercicio del Poder Judicial, resultó ganador en primera vuelta y es ahora el presidente electo del Poder Ejecutivo iraní.

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Más de cuarenta años después del triunfo de la Revolución Islámica, la vida política y la forma de gobierno iraníes siguen siendo tanto o más singulares en el contexto regional y mundial de lo que eran en 1979. Las poderosas valoraciones que incesantemente convoca han retenido su vigor, pero han desplazado sus focos más de lo que se advierte de inmediato. También la República Islámica no ha ahorrado valoraciones de sus enemigos cercanos y lejanos, aunque sus odios más encendidos no pocas veces escabulleron también las rivalidades más significativas, con una destreza diplomática de una idoneidad a prueba de acaloramientos callejeros. La victoria de un clérigo de filiación nítidamente conservadora en unas elecciones presidenciales donde no tuvo prácticamente oposición -porque los candidatos llamados reformistas habían sido proscritos- significa, de momento, una limpia interrupción de las esperanzas reformistas, pero también de la perpetua brecha, cada vez más profunda y frustrante, entre esas esperanzas y cualquier forma sustentable de satisfacción.

Al fin de su segundo mandato, Hassan Rohani, ganador dos veces consecutivas de la presidencia, en 2013 y 2017, ambas en primera vuelta, representa el fracaso de las promesas reformistas y el acercamiento a Occidente cuya pieza diplomática maestra era el tratado de limitación nuclear firmado por su diplomacia con la de Barack Obama y denunciado por Donald Trump. La bonanza se derrumbó con las sanciones económicas y la súper alianza de EEUU con Israel. Hoy las posiciones ideológicas están invertidas. Hay un ultraconservador en Teherán, el clérigo Ebrahim Raisi, que asumirá la presidencia en agosto, y hay un progresista reformista en la Casa Blanca, el demócrata Joe Biden. Y hay en Israel un nuevo gobierno, también a la derecha del anterior de derecha, pero que promete ser más pragmático sin ser menos firme, y sin buscar rédito político del posicionamiento anti-iraní en sí mismo.

Para Irán, es urgente el levantamiento de las sanciones económicas, y a eso subordinará su política. El actual presidente del Ejecutivo se presentó a las elecciones siendo el presidente de la Corte Suprema iraní, es el favorito del Líder Supremo Alí Jamenei, y el favorito de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. En su presidencia ocurrirá la transición del actual Líder Supremo, máxima autoridad religiosa, de 82 años, a su sucesor: la armonía entre jefe de Estado (que eso es civilmente el Líder) y jefe de Gobierno auspicia la ausencia de tensiones y disturbios en un acontecimiento clave para la República Islámica. Una transición semejante ocurrió una sola vez anteriormente en las cuatro décadas republicanas: en 1989, cuando la muerte del ayatolá Ruhollah Musavi Jomeiní, líder victorioso de la Revolución Islámica que derrocó la monarquía del Sha Mohammad Reza Pehlevi.

La estabilidad es uno de los bienes más apreciados por las élites iraníes, y más dados por descontados por la población, que tiene urgentes reclamos por el nivel de vida, el desempleo, la depreciación de la la moneda, la carestía de la vida, la inflación, el desabastecimiento, la corrupción en diversos niveles de la administración -cuyo combate ha sido uno de los leitmotiv de la campaña de Raisi-, que generan desconfianza y aun repudio del Estado en tiempos de una pandemia cuya gestión ha sido irregular y sufrido una y otra vez de desorientaciones ahondadas a su vez por los embargos y restricciones comerciales y de contactos internacionales.

“Nuestro país es una isla de estabilidad en una región atormentada”, decía Rohani al hacer campaña en 2017 y podía repetirlo en 2021 el Líder Supremo. La baja participación electoral, en el este país de 82 millones de habitantes (el número 17 más habitado del planeta), fue interpretado como descontento o como apatía. La elección de Raisi no augura inestabilidad. En la segunda presidencia Rohani, que ahora culmina, la República Islámica de Irán, potencia petrolera, que limita al oeste con Irak y Turquía y con Afganistán al oeste, había observado con aprensión los atentados terroristas de Estambul, las sucesivas intentonas de golpe de Estado, los alzamientos y conflictos armados que desestabilizan y desangran a sus vecinos y a los vecinos de sus vecinos.

La amenaza de los talibanes afganos, y, peor, la del Isis, el Estado Islámico sunita fundamentalista con base territorial en Irak y Siria, justifican al gobierno iraní y a los clérigos shiitas que fueron y son sus titulares a mantener el orden interno a toda costa, con un política llamada de ‘calma y estabilidad’. Rohani quería liberar a los presos políticos (Raisi es acusado de haber favorecido fusilamientos al fin de la década de 1980I, quería que la opinión política no llevara a nadie tras las rejas, quería que los medios gozaran de una mayor libertad. Quería transparencia en el programa nuclear iraní y quiere una reconciliación con Occidente y aun quiere poner fin a la política de provocaciones con el Estado de Israel. Este programa no se cumplió, y de haberse impulsado con mayor vigor, la estabilidad que por otro lado decía buscar con parejo ahínco habría sufrido alteraciones acaso intolerables aun para su propio poder.

Abandonado el tratado de Obama por Trump, el mayor giro exterior de Rohani había sido un pacto con China, que a cambio de combustible recibiría créditos e inversiones en infraestructura (provista por empresas estatales chinas) a largo plazo y por decenas de miles de dólares. Como en América Latina, China es más importante para Washington hoy que el eje del mal de Venezuela, Líbano con Hezbolá, Palestina con Hamas, contactos con Pakistán o Corea del Norte. Para los republicanos, perdura vívida en el recuerdo la humillación del secuestro de 1980, cuando estudiantes iraníes retuvieron más de un año a más de 50 diplomáticos norteamericanos en la Embajada de EEUU en Teherán. Pero el acuerdo sobre hay que enfrentar a China es una herencia no reconocida de la presidencia Trump.

Raisi proclama el derecho de la República Islámica para desarrollar un programa pacífico de energía nuclear y el controvertido enriquecimiento de uranio. Irán continuará con este enriquecimiento. En definitiva, Irán nunca descarta ingresar, en el largo plazo, en el club atómico, cuyos cinco miembros ‘legales’ son los cinco países con poder de veto de la ONU (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido), los que, junto con Alemania, acordaron una solución transitoria con Irán en el tratado de 2015. Si China se muestra indiferente a esta posibilidad, EEUU no podrá compensarla con un interés especial sin eco internacional suficiente. En un país donde la quema de banderas norteamericanas e israelíes había sido tan frecuente que su fabricación era rentable para algunas empresas familiares, la televisión iraní filmó en 2015 a jóvenes que en las calles voceaban: "Obama, Obama". Acaso menos humana pero no menos significativa y urgente era otra imagen que también se reiteraba entonces: jóvenes que enarbolaban un billete de un dólar. Que hoy griten "Biden, Biden" es lo que menos molestaría al régimen ultraconservador si se llegara a un acuerdo viable.

Los temas que permanecen sobre la mesa de debate sobre el acuerdo nuclear reabierta en Viena no dependen de las opiniones de Raisi, sino más bien de la posición que el Líder Supremo asumirá ante la propuesta final. Pero Raisi, dado el apoyo del Líder Supremo, dada su propia genealogía política, es quizás el mejor posicionado para manejar la línea extremadamente dura y radicalizada del parlamento de Irán sobre el acuerdo nuclear. En las cuestiones técnicas - que debatieron los comités técnicos- sobre el levantamiento de las sanciones o sobre el camino de regreso de Irán al pleno cumplimiento del convenio, hay consenso entre las partes, aunque Teherán y Washington negocien por intermediarios y no cara a cara. Las cuestiones fundamentales que quedan son cuestiones realmente políticas, que al mismo tiempo podrían ser desde luego os mayores obstáculos. Irán no parece dispuesto a volver a entrar en el acuerdo sin que EEUU dé ningún tipo de garantía de que lo que sucedió con Trump no vuelva a ocurrir. Raisi será más firme que Rohani en esta exigencia, pero no parece peor situado que su antecesor para ser oído y recibir una respuesta presentable al Parlamento y la opinión pública.

AGB/MGF

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