Opinión - Ensayo General

Las lenguas muertas y los mundos que no le importan a nadie

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Mis abuelos hablaban idish, pero el idish no es estrictamente una parte de mi infancia; de hecho hay varias palabras relativamente conocidas, como pékale o pékele, que aprendí bastante de grande. La ortodoxia judía en la que yo me crié —a diferencia de la que todo el mundo vio en Poco ortodoxa durante la primera cuarentena, parece que fue hace como cien años— era una ortodoxia sionista: hubo un trabajo consciente de varias generaciones para reemplazar el idish por el hebreo en cuanto idioma judío en la diáspora, y al menos en el caso de mi entorno fue bastante exitoso. Mi hebreo hoy no es lo que se dice bueno, pero con dos semanas de escucharlo ya se me aceitan los engranajes lingüísticos. Al idish, en cambio, llegué por otras vías: pienso, sobre todo, en una. Hace un par de años, hablando con alguien que trabajaba sobre historia judía en la Argentina (Alejandro Dujovne, que se dedica a la historia del libro judío) me enteré de que en el atentado a la AMIA en el que había muerto mi papá también se habían perdido un montón de papeles. Nadie nunca me lo había mencionado antes, no creo que por una cuestión de buen gusto, sino probablemente porque a nadie le parecía muy relevante; gran parte de la historia de los judíos en la Argentina se había destruido ahí, pero al lado de las personas muertas es poco impresionante, y la historia y los papeles son asuntos que en la diaria le importan a muy poca gente. Poco después de esa conversación, no sé si meses o un año entero, hablé con otra chica (Paula Ansaldo, que entonces era becaria de Alejandro) que investigaba historia del teatro idish y me contó que gran parte del material que ella habría necesitado para su tesis se había quemado en la AMIA. Si el dato me volvió a impactar fue porque la primera vez ya me había quedado grabada la imagen de los papeles ardiendo en algún cajón, archiveros anodinos de cartón o de plástico en llamas, carbonizándose o derritiéndose, mientras alrededor sucedía algo muy terrible y muy importante.

Volví a pensar en esto porque estoy trabajando en un díptico de dos obras de teatro en homenaje al teatro idish, y porque quiero retomar, o más bien empezar (cuando termine la segunda obra; la primera ya está), la escritura de una novela que empiece con esa imagen, la de los papeles quemados; una novela que transcurra en la AMIA y que no tenga nada que ver conmigo, ni directamente con el atentado, una novela que hable del teatro judío, de una lengua muerta, de una tradición de izquierda y de la errancia enterrada bajo una cultura del consumo y el afincamiento que no entiendo ni me interesa. Pero mientras retomo todos estos trabajos, o trato de retomarlos, mientras leo sobre el idish y sus mitos y el modo en que tantos de ellos hablaban de chocarse con el borde de lo secular, lo profano y lo moderno, me pregunto a quién puede interesarle todo esto, además de a mí. Recordé una pregunta que se repitió un par de veces entre personas que vinieron a ver Una casa llena de agua, la obra de teatro que escribí en 2019 y estrené este año: ¿cómo se te ocurrió? Era una pregunta buena leche, en boca de gente que parecía haber disfrutado la obra. Lo que me interesa de la pregunta es la idea de que una ficción implique una justificación. Nadie se pregunta por qué escribo mi propia historia, y de hecho la gente se daba por satisfecha si yo le contestaba que había sido niñera de adolescente (cosa que no es del todo cierta, alguna vez cuidé al hijo de algún vecino nomás); pero, ¿por qué escribiría una historia sobre una niñera en una casa refinada en la década del 90? ¿Qué tiene eso que ver conmigo, o más bien, con algo de lo que sucede hoy?

Las historias basadas en la vida real tienen una ventaja: no necesitan justificación, el hecho de que una historia haya sucedido es suficiente para que valga la pena volver a contarla.

Pienso que eso tiene que ver con el modo en que consumimos hoy la ficción, o incluso las canciones y la poesía, el texto en general: queremos texto para discutir. Lo dice Žižek en su episodio de Criterion Collection, cuando cuenta que últimamente mira películas solo para leer las críticas, y a veces ni siquiera las mira. Las ficciones tienen que ser relevantes, en el sentido de contribuir a una conversación, y para eso tienen que tocar ciertos temas. Las historias basadas en la vida real tienen una ventaja: no necesitan justificación, el hecho de que una historia haya sucedido es suficiente para que valga la pena volver a contarla. ¿Pero por qué habría alguien de interesarse en algo puramente imaginario? Es como si la fe en la ficción se hubiera acabado. No se trata, tampoco, del capricho absoluto, supongo, de no hablar de nada: hay una línea finísima que divide lo original de lo arbitrario y que nadie sabe cómo se traza.

En algún lugar sé que puedo vender  la novela sobre la AMIA que no habla de la AMIA y el díptico sobre el teatro idish; sé que puedo rellenar el casillero de utilidad social, el subtítulo de “por qué esto ahora” si tengo que hacerlo en un formulario de mecenazgo, en un mail para un editor o en un pitch para una empresa. Sé perfectamente cómo se hace: conozco las palabras clave, conozco los temas, sé de los caminos de la actualidad y cómo seducir con la frescura de la (casi ya no) juventud (moderadamente) politizada. Pero pienso que no quiero hacer nada de esto; no quiero que nada de esto se cuele en mi obra. No quiero cambiar los temas: no quiero cambiar la conversación. Quiero quedarme al margen de la conversación: escribir sin conversar, sin darle a Twitter o al periodismo o a nadie una conversation piece para relacionar con el último debate de moda. Quiero producir mundos en los que quien mira pueda meterse como nos metíamos en la literatura cuando éramos chicos, sin ninguna búsqueda de herramientas para la vida, meterse porque una no puede evitarlo, tropezarse y caerse y hundirse sin ninguna justificación más que la necesidad y el amor. Quiero ser los papeles que se queman, en un cajón olvidado, mientras lo importante corre para salvarse de un lado a otro delante de mí.  

TT

   

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