LOS CUADERNOS DE INVIERNO

El manual de instrucciones de Sergio Raimondi

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Todas las parejas son abiertas, salvo que algunas no lo saben. De la misma manera que no existe el verso libre, todo poema por más irreverente y torcido que sea tiene un ritmo cardíaco para poder existir. Estoy con Victoria bajo un árbol en una plaza, en un picnic improvisado. Me dice que cuando somos jóvenes miramos a los árboles y a los pájaros y que cuando crecemos dejamos de hacerlo hasta que llega la vejez y volvemos a reparar en los árboles y los pájaros. Acá se acercan algunos pájaros, pero carezco de la información de qué tipo de especie son. Son pájaros sin identidad, pequeños dinosaurios que se han achicado. Les tiro miga de pan y, a saltos, se acercan y la pican, la comen. Me recuesto y miro el árbol que nos cobija. Es un monstruo inmenso. Me doy cuenta de que ya no permitimos que la gente con la que nos cruzamos tenga tiempo, no le damos tiempo a nadie: eso es algo que ha pasado de la vida virtual y se ha encarnado en la vida real. La piel se pone pálida por estar mucho tiempo en el corredor de la muerte de la web. 

Entre las cosas que tenemos sobre la manta -pan, queso, aceitunas, bebidas- está Lexicón, un libro que acaba de sacar Mansalva y es de Sergio Raimondi. El libro tiene más de cuatrocientas páginas y en la tapa hay un ancla rodeada con un pez: puede señalar algo marítimo, puede ser el tatuaje que lleva alguien en un brazo. Lo primero que llama la atención es la señalización del libro: es un vocabulario o diccionario escrito en verso. Hay una forma de ordenar el caos. Uno va a un diccionario para saber qué significa algo. Pero este diccionario está escrito en verso y tienen la singularidad de estar hecho de poemas que se cruzan con muchos saberes -teología, psicoanálisis, literatura, astrofísica, agricultura, economía- y que, como todos los poemas que valen la pena, no están en estado de respuesta -eso hace el periodismo- sino que están en estado de pregunta. Es decir que la estructura aparente de un diccionario para que nos aclare temas debe ser desechada. Como decía Kant: acá la poesía está para reflexionar sobre sí misma y ponerse siempre en estado de pregunta.

Lexicón es un diccionario para aprender a preguntar, no a responder. Un cantidad de incertidumbre hecha de imágenes y giros lingüísticos y filológicos de cuatrocientas páginas que están bajo la estela de los Cantos de Pound -que podía escribir largos párrafos en provenzal, griego o latín o desgranar ensayos económicos o meter un poema como “Usura”, que parece un bolero, que se puede cantar como un bolero: con usuraaa/ nadie tiene una casa de sólida piedra. Y también recupera la sequedad estilística y mental de la poesía de Alberto Girri.  

A mí mejor amigo, Alejandro Linshespir, le decimos Excel Rose, porque suele armar su semana como si fuera un Excel, cada día tiene un casillero y hay que llenarlo con trabajo, salidas, etc. Es una forma de control que sin duda es también una ficción, porque sabemos bien que no controlamos nada. No hay mucha posibilidad de azar y sin embargo el azar se va colar igual en nuestra vida. Hay gente que suele apostar siempre al mismo número porque cree que el número -que ya salió- va a salir de nuevo, pero no saben que el azar no tiene memoria.

En la letra C de Lexicón hay un poema que se llama “Caliology”. Como en mucho de los poemas, uno tiene que ir a buscar qué significa el título. A veces los títulos están escritos en chino o en árabe. ¿Una muestra de pedantería? No, más bien la sensación de que el libro te pide que seas un lector intenso, que te pares de la silla y te metas adentro del poema. “Caliology” es estudiar los nidos de los pájaros. De eso va a hablar el poema. Lo único que nada va a estar escrito con una forma coloquial. Me dice Victoria que los versos parecen ser ejercicios mentales que tenemos que hacer, como otros hacen abdominales o corren bajo la lluvia durante meses, llueva o haga frío. Uno los ve desde la ventana y se pregunta si están mal de la cabeza, pero después de verlos de manera insistente, a lo largo de los días, hay algo que uno quisiera preguntarles, y para hacerlo hay que correr con ellos. Estoy de acuerdo. Eso pasa con Lexicón. Una vez que entraste en el código que te propone el libro, se puede volver adictivo, como la heroína. Les paso la estrofa tercera del poema “Caliology”: “Que los materiales también se eligen por su olor/ lo exhibe con delicadeza el estornino al traer/ ramitas de agrimonia que inhiben bacterias/ u hojuelas de zanahoria silvestre empleadas/ con la finalidad de controlar insectos nocivos”.

Todos los poemas parecen estar sujetos por la inmensa presión que produce un dolor de cabeza.

A veces en vez de un poema uno parece estar leyendo un vademécum para saber qué pasaría si se toma tal o cual remedio o un manual de instrucciones de un documental sobre nidos. Pero ese ruido conceptual -como en las canciones de Frank Zappa donde se mezcla Varèse y el dowoop- sirve para preparar el oído para acentuar la irrupción del momento lírico. Estrofa tres de “Caliology”: “Más que la solidez de la estructura/ una vez que la mescla arcillosa se termina de secar/ mejor prestar atención al orificio de entrada/ y salida orientado para revisar inundaciones/ o recolectar una a una partículas de luz lunar”.

Uno podría contarle a otra persona que ciertas aves hacen sus nidos en los postes de luz en vez de en los árboles. Pero en Lexicón se dice así, y es genial: “Es extraordinaria la preferencia falcónida/ por los monopostes o bipostes de alta tensión/ya desde los primeros años del telégrafo/elegidos para establecer su residencia/desestimando el caldén o el olmo de estas zonas”.

Los poemas de Raimondi son inmersivos. No hay aire ahí abajo. Entonces, como suelen hacerlo los buscadores de perlas de la Polinesia que se sumergen y ven las bellezas de las profundidades y salen con las perlas y vuelven a sumergirse para buscar más, el lector debe hacer lo mismo, sumergirse, buscar, volver a la superficie para entender qué fue lo que vio y volver a sumergirse. Aprovechar el aire de los pulmones y el silencio de esas profundidades para buscar. Por ejemplo, algo como el final de “Caliology”: “Cierta curiosidad arriesgada por la electricidad/ parecería existir en el carancho al seleccionar/ entre palitos yuyos huesos pelos lanas y estiércol/ pedazos de alambre y hasta clavos sueltos/ suficientes para provocar más de una apagón”.

Todos los poemas parecen estar sujetos por la inmensa presión que produce un dolor de cabeza. La contratapa, que no está firmada y que para mí debe haber sido escrita por el poeta, es notable, es una de las grandes contratapas que leí -pienso en la de César Aira a Ema, la cautiva- ya que es tanto contratapa como poema y creo que debe leerse como un poema más. En el final, enumera para el Excel: “doscientos cincuenta y cinco poemas, ciento treinta y ocho encabalgamientos abruptos, cuarenta y nueve mil quinientas sesenta y nueve palabras, siete mil novecientas estrofas dos estrofas, dieciséis mil doscientos cuarenta versos”. 

FC

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