Soy Gorda (Esegé) Entrevista

Maruja Bustamante, actriz: “Es insoportable escuchar una y otra vez personas opinando sobre tu cuerpo, insultándote gratuitamente”

Maruja Bustamante

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“Una vez sacaron a una extra gorda delante mío para que no creyeran que era yo. Sin contar las veces que me confundieron con Karina Hernández. No nos miran a la cara, da lo mismo quién es quién. No nos parecemos en nada, pero nos ven como un coso gordo. Karina es blanca, medio rubia de pelo largo, tiene pecas y es todo simpatía. Yo soy morocha, de pelo corto y ojos verdes, más bien seria. Hace poco una periodista me hizo una nota y puso ‘Brilla en El primero de nosotros’, la telenovela donde actúa Karina que, de paso, recibió felicitaciones por la película Permitidos, donde estuve yo. Ya nos reímos, aunque es indignante”. 

La que habla sobre cuerpos gordos en el mundo del espectáculo es Maruja Bustamante, actriz, directora, performer, dramaturga y docente. A ella, que se pasó la vida actuando, dirigiendo, creando, el tema de los cuerpos no normativos le importa y se entusiasma entre anécdotas y reflexiones porque le interesa que se sepa qué pasa en su ámbito profesional con las personas que están fuera de los estándares más rígidos.

Maruja abre su biografía gorda con la esperanza de abrir mentes y corazones. Es docente en la Escuela Municipal de Arte Dramático y curadora en el área de Artes Escénicas del Centro Cultural Ricardo Rojas de la Ciudad de Buenos Aires. Trabaja con personas de cuerpos diversos, como hay en el teatro y en … la vida. Tiene 43 años, uno menos que el número de casas en las que vivió, siempre está en movimiento. 

Según su colega Mariano Tenconi Blanco, Maruja es “como una vidente, sus obras aumentan, exageran o hasta profetizan su propia biografía”.

Hace un tiempo, ella contó en un tweet que le dijeron: “la gorda tiene que ser fácil, porque no es para novia”. Eran los días en que un reconocido médico televisivo, especialista en cuestiones de peso, declaraba en las pantallas hogareñas: “un gordo no puede enamorarse”. ¡Horror! Y error elemental, además.

Maruja dice: “soy gorda y siempre lo fui. Mi familia me obligó a hacer dietas restrictivas y fui de las que soñó con despertar flaca mágicamente. También la que un día dijo (como autocastigo): hasta que no adelgace no como más huevo de Pascua”.

Que haya participado en más de 100 obras alternando distintos roles nos da una idea clara y contundente de que en la vida como en la ficción hay infinidad de cuerpos diferentes, no sólo hegemónicos, aunque a veces a los diferentes  se los pretenda ocultar.

Maruja dirige la obra Yegua, de Belén Gatti, una fábula rural y lésbica, y actúa en La casa oscura, “un show documental sobre salud mental” que escribió junto a Mariela Asensio, sobre estos tiempos de eficiencia y resultados, cuando todo parece funcionar por fuerza de voluntad y los imperativos son la felicidad y el estar bien. “Nadie soporta la tristeza de nadie y se lo calla con químicos o fórmulas mágicas. Si querés gustarle a la gente, tenés que estar bien o enojada. Nunca triste”, le dijo un amigo. Ambas puestas en escena pueden verse en El galpón de Guevara.

Autora de los libros Hija boba y Potencia Gutiérrez, ensaya Alicia por el momento, de Sylvain Levey, sobre “lo difícil que es ser una chica en una ciudad gris bajo la mirada burlona de los varones”. Un poco como le ocurrió a ella durante su infancia y adolescencia. “No fue una época feliz, mi padre era un gordoodiante y me hacía la vida imposible diciéndome que era una gorda asquerosa, pasé por todo tipo de humillaciones verbales suyas, haciendo además regímenes restrictivos. También viví el acoso de otras personas.”

Pero los padecimientos por gordofobia no ocurrieron sólo en la edad temprana de la artista. “Multiplicá esas situaciones por los 43 años que tengo. En la infancia querés hacer amigues, ser una más, pero yo no pude. Fui una quilombera, una abanderada, una rara, una loca, una violenta, una depresiva, y siempre, siempre, una gorda a la que había que recordarle que eso era lo peor que le podía pasar”. 

Su mamá modista siempre le confeccionó la ropa multicolor que Maruja veía en las revistas y que en los locales no podía comprar porque de su tamaño no había. Eran los 90, todas las chicas andaban de negro con micro mini y, para las frívolas, yo era una carpa de circo que nadie quería tocar. Bailaba sola, iba a boliches gays donde era la mascota de unos putos hermosos que me ponían glitter y me hacían sentir una diosa. Me fui armando una vida en la que pude ser yo“.

Aunque en algunos espacios del espectáculo percibe ciertos cambios, hay experiencias que reflejan el gordoodio que domina en la mayoría de los sets de grabación. Tener que usar el mismo vestido negro con sirenitas en varias películas, un remerón rosa que no paraba de brillar en la pantalla o “varias faldas que me reclamaban cachet”, le produjeron hartazgo. También, que, a falta de canje para “una actriz gorda boló”, los vestuaristas me pidan “que lleve mi propia ropa plus size” para luego inspeccionarla, mirar con asco y cuestionar: “porque usás muchas estampas”.

“¿Por qué traen extras gordas? Estoy podrida, no sé qué ponerles, les queda todo horrible”, gritó una vez una directora de vestuario. Maruja hubiera querido armar una revolución de gordas desnudas, una legión de redondeces sin ropa en rebelión contra las jerarquías ridículas y los profesionales “sin talento que sólo sabe vestir maniquíes”, pero se quedó paralizada detrás de un cortinado. 

Por gorda, Maruja tiene restringido el tipo y categoría de personaje, pero no lo toma como algo personal sino colectivo, político. “¿Viste protagonizar en alguna pantalla a una gorda? ¿1, 2, cuántas? Sí, en una serie que se llama Gorda, cuac. ¿Pero alguna que haga de inteligente, deseable, proactiva y tenga una trama importante? Tal vez haya alguna actriz consagrada que está gorda, pero es una excepción. Esto no lo van a cambiar y temo decirlo porque después no trabajo, pero es así. Vi sufrir a Mirta Wons y no lo podía creer. Qué bronca. Canta, baila y actúa increíble, pero no le dieron una verdadera oportunidad. La nombro a ella y podría mencionar otras. Las cineastas independientes podrían jugarse en sus historias, pero ponen actrices escuálidas y blanquísimas porque está interiorizado que eso es lo que está bien para el audiovisual y lo repiten una y otra vez”. 

Algo similar ocurre con el encasillamiento gordx en el teatro. “Hacemos de matonas, buenudas o graciosas, salvo en la obra que se llama ‘Gorda’. Maruja: adelgazá, me dicen”. Y evoca cuando dos años atrás la humorista canadiense Rebel Wilson, se puso a hacer dieta y las activistas salieron a criticarla. Wilson dijo: quiero que los medios me tomen en serio. “La entiendo, porque la mina es flor de bestia actuando, pero la tienen como la gorda graciosa. Te puede recopar, empoderar, pero también romper los coquitos. Dejen ser feliz a Rebel que adelgazó para que dejen de hablar de su cuerpo y siguen dale que dale, un infierno”.

Lo peor “es que nos pongan como cupo y no nos den tramas, sucesos para actuar. Como si no nos pasara nada. ¿Cómo puede ser?”, pregunta. 

Entre tanto malestar, Maruja celebra “cuando nos juntamos todes, hablamos y nos damos cuenta de que no estamos soles, que tenemos que luchar entre todes. Cada granito alcanza: desde pararle el carro a quien te maltrata en la calle hasta militar en el gordeactivismo, que te da muchas herramientas para responder cuando te increpan. Parezco enojadísima porque tengo un año un poco controversial”, se ríe.

Pese a todo, Maruja Bustamante admite que el ambiente artístico es menos despótico que otros. “Es un poco más abierto, muy pocos te van a maltratar o a opinar sobre tu cuerpo sin permiso porque cada une es como se le canta, pero seguramente te dan menos trabajo y te pagan mucho menos, más si sos una femineidad. Hay una doble moral”.  

La gordura habilita la opinión ajena e impune, cualquiera siempre tiene algo para decir. “Perdón si te jodo, es porque mi hermana pasa por lo mismo”, es una frase que la actriz escuchó infinidad de veces, como otras “de gente que te da lecciones de nutrición y fitness que nunca pediste”.

Asegura que “por suerte hago teatro desde chica y siempre tuve mis amigues ahí, donde al menos se reconocen otros valores, más allá de tener o no un cuerpo hegemónico. Actuar me salvó la cabeza, porque en los ámbitos donde estaban las personas ‘normales’, como la escuela o mi casa, solo recibí violencia que intenté sobrellevar tomando a favor el ridículo en que me ponían, empoderándome, aunque no estuviera de moda la palabra”.

“Mi mamá me cuenta que era alegre, pero que me fui poniendo gris y que ella extraña a aquella nena. A mí me agota esta sociedad que te burla, te aparta, te exige demostrar que podés más y no te da descanso. Es insoportable escuchar una y otra vez personas opinando sobre tu cuerpo, insultándote gratuitamente. Aunque hay días mejores, cuando te rodea la gente amorosa que elegí, admiro, me trata increíblemente bien y quiero con todo mi corazón”. 

 

 LH

 

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