Opinión

Messi es un macho que llora; Randazzo, no

Franco Torchia

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¿2021 es el año del llanto varoneril? ¿Qué otras lágrimas habilitan las lágrimas de Lionel Messi, que lloró al irse del Barcelona y lloró hace horas tras el triunfo del equipo argentino? ¿Responden esas lágrimas, como estallido emocional, a aquellos adjetivos que vienen acompañando a la categoría “ser varón” como “nueva masculinidad”, “masculinidad frágil” e incluso “varón feminista” y “varón antipatriarcal”? No. El puchero siempre fue no binario: lo que nunca dejó de ser binario -y mucho menos en el caso del capitán de la Selección Nacional- fue lo llorable, esto es, qué se llora y cuándo. A quiénes se llora y cuánto. La distribución sexual del llanto permanece inalterable. Los ojos vidriosos de un campeón aparecen ante el gol o ante su ausencia; ante la familia agrandada o la muerte de los padres; ante algún trance trágico o ante Cinema Paradiso o el velorio de Maradona. No hay decreto presidencial capaz de ponerle X al dosaje lagrimero de los cuerpos. El artefacto político llamado hombre llora cuando lloran los hombres. 

La religiosidad futbolística mantiene abiertas las glándulas lagrimales y convierte en noticia al macho que llora. Hace casi un año, de hecho, una peregrinación de llorones inundó las pantallas. Para que eso ocurra, Dios tuvo que pasar a mejor vida y ser despedido en Casa Rosada. Sólo así lloraron en manada relatores, periodistas, colegas e incluso detractores. Es lógico: en el entrenamiento de cualquier goleador hay una asignatura no escrita que imparte contención. Desde hace siglos, la instrucción cívica varonera no deja lugar a confusión. Y desde hace décadas proliferan informes de todo tipo y de todos tipos que señalan que las mujeres lloran más porque menstrúan y los señores muchísimo menos porque –“mejores al volante” al fin- la pilotean. En el medio, el país sufre con la llaneza creativa de irresponsables sueltos como el publicista Ramiro Agulla, que convirtió la campaña de Florencio Randazzo en un compilado de escenas de la retaguardia binarista ilusionada con un dirigente testicular que no quiebre la muñeca y retenga la angustia.

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Anclado en un imaginario de fines de los 90, el estilo Agulla -de existir algo semejante al estilo en la publicidad en general y en Agulla en particular- postula un retorno a los estándares de género que convirtieron a “Chupete” de la Rúa y a su esposa Inés Pertiné en el proyecto sexual de aquel alvearismo finisecular. Con sabor a sushi fresco y aroma a Quintana esquina Rodríguez Peña, el publicista creyó lustrar así la escena dorada y grasosa de la década menemista. Su intento, casualmente, concluyó con un fragmento inoxidable de la historia del llanto argentino, una imagen que está por cumplir 20 años: las lágrimas de un hombre migrante vencido ante el hambre de millones. El comerciante chino Wang Zhao He, de Ciudadela, llora derrumbado mientras trescientas personas vacían su local el 20 de diciembre de 2001. Como dicen los protagonistas de uno de los spots proselitistas del ex Ministro de Transporte, Fernando era como Florencio, “un tipo valiente sin miedo a plantarse”. Un tipo que no llora pero logra que el resto llore de desesperación. 

El homoodio rebosante de la pieza citada -en la que en pleno levante heterosexual, una mujer joven respira aliviada tras corroborar que el muchacho que le gusta y con quien dialoga no es gay- vuelve al presidencialismo peniano, la idea de que a una república viril sólo la puede dirigir un pene sostenido, afirmado. Un hombre recto que usa su zona genital como plataforma de despegue y ronda de asesores. Una identidad (mega) cis que tiene, pone y usa los huevos como Agulla manda. En otra propaganda, un hijo veinteañero detiene el mate paterno y la lectura materna para manifestarles a ambos algo muy importante para él. Cita el disgusto ante el “odio que irradian”. ¿Es una salida del armario? No, claro que no. Es que va a votar a Randazzo y quiere ser respetado en su decisión. Como es evidente, los núcleos narrativos de las vidas diversas le sirven al hacedor de “La llama que llama” para igualar simpatías partidarias con instancias problemáticas de la orientación sexual, como si tener que enfrentar a una familia sancionadora, dejar de simular frente a otros o “aclarar” qué se es fuese así de suave como expresar el voto por quien renovó los trenes. 

Ganas de llorar. Los diseños políticos insisten en conservar. Fijar. Sellar superficies descascaradas. No hay nada más tranquilizador que mantener “la esencia”, aunque exploten otras subjetividades y accedan a sus DNIs. Nunca habrá recurso más “tierno” que el fantasma de un embarazo de Estado o la foto del enamoramiento imperturbable de las parejas gobernantes. El poder no se tiene lástima, aunque una vez también lloró en público Oscar Parilli, ex Secretario General de la Presidencia y actual Senador Nacional. El desenlace es conocido: Cristina Fernández de Kirchner supo decirle “Callate, pelotudo”.

Hace exactamente 50 años, el artista visual holandés Bas Jan Ader producía una de sus más célebres obras, un alegato a favor del mundo interno masculino y la ausencia de palabras capaces de describir la tristeza. En el video “I´m too sad to tell you” (1971), Ader llora a cámara. Su cara atraviesa varios estados y su corta vida, otros tantos. A los 33, el performer apareció muerto frente a las costas de Irlanda nueve meses después de haber zarpado de Estados Unidos con la intención de cruzar el Atlántico en un pequeño bote. A esa acción artística él la había bautizado “En busca de lo milagroso”. Un milagro tan imposible como el llanto afuera de los estadios, los gobernantes realmente distintos o los publicistas formados. 

FT

 

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