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OPINIÓN

Metal argentino, clase obrera y rebeldía

Horcas durante el recital en apoyo a los trabajadores de FATE

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El 26 de agosto, Horcas tocó en Plaza de Mayo por los trabajadores de FATE, que desde febrero sostienen una pelea por la reapertura de la planta de San Fernando y por 920 puestos de trabajo. La empresa había anunciado el cierre y los despidos, y el conflicto llevaba ya meses atravesando asambleas, movilizaciones y acciones callejeras. La presencia de una de las bandas históricas del heavy argentino en ese escenario reabrió una discusión tan vieja como el propio género. En redes aparecieron cuestionamientos porque Horcas “se había metido en política” y porque, para una parte del público, el metal debía mantenerse lejos de ese terreno.

Tres semanas después, la realidad volvió todavía más difícil separar aquella discusión de lo que ocurría alrededor de la banda. El 17 de septiembre, la Sala II de la Cámara de Apelaciones y Garantías de San Isidro ordenó desalojar la planta, donde los trabajadores mantienen una permanencia desde hace siete meses. El SUTNA rechazó la resolución, reforzó la presencia en los accesos y convocó a un abrazo y una conferencia de prensa frente a la fábrica. El sindicato sostiene que la planta conserva energía, personal de seguridad y limpieza y que un inventario realizado en agosto registró materia prima suficiente para producir durante más de un año.

El conflicto de FATE se inscribe además en un escenario de cierre de empresas y destrucción de puestos de trabajo que excede largamente a una sola fábrica. El último Monitor mensual de empresas de Fundar, elaborado con datos de junio de 2026 de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, registra 31.342 empresas empleadoras menos que en noviembre de 2023, una caída del 6,1%. Solo en junio desaparecieron otras 709 y ya se acumulan 17 meses consecutivos de retroceso. La industria manufacturera perdió 138 empresas durante ese mes. Fundar señala que se trata de la mayor caída registrada durante los primeros 31 meses de un gobierno desde que comienza la serie comparable.

Que Horcas haya decidido tocar para trabajadores que llevan siete meses defendiendo sus puestos y que ahora enfrentan una orden judicial de desalojo coloca aquella polémica sobre si el heavy debe “meterse en política” frente a un hecho concreto. La banda eligió subir al escenario de uno de los conflictos obreros e industriales más prolongados del año.

El metal argentino es político. Que lo sea no obliga a cada músico a militar en un partido ni a todas las bandas a pensar igual. La escena metalera contiene posiciones políticas, religiosas e ideológicas muy distintas. Una música puede ser política por los conflictos que expresa, por los sujetos a los que les da voz, por los lugares donde nace y por la manera en que representa una época.

Pedirle al metal que sea “apolítico” implica arrancarlo de buena parte de su historia. V8, una de las bandas fundacionales del heavy local, surgió durante la última dictadura y construyó una identidad alrededor de jóvenes de barrios obreros, trabajadores agotados, marginalidad y rechazo a las instituciones. Sus integrantes contaron las detenciones policiales que sufrían por llevar pelo largo o vestirse como metaleros. Mientras la dictadura llegaba a su final y la clase trabajadora perdía poder adquisitivo, esa bronca encontraba una forma sonora propia.

Después llegó Hermética y esa relación se hizo todavía más evidente. Sus canciones atravesaron la desocupación, el trabajo, la pobreza, la entrega económica, los pueblos originarios y la experiencia de una juventud del conurbano que quedaba afuera de la fiesta menemista. Una tesis de la Universidad Nacional de La Plata sobre la escena bonaerense del metal señala cómo Hermética construyó una identidad colectiva vinculada con sectores excluidos y enfrentada con la policía, los gobernantes y el neoliberalismo. Se podrán discutir sus posiciones y las derivas posteriores de sus integrantes. Cuesta sostener que allí no había política.

Horcas forma parte directa de esa historia. Su fundador, Osvaldo Civile, había integrado V8. En 1997 la banda publicó “Argentina, tus hijos”, una canción atravesada por el paro general, el desempleo, el hambre, las ollas populares y la crisis social. Casi treinta años después, Horcas fue cuestionada por tocar frente a trabajadores que reclaman por una fábrica cerrada y cientos de empleos. Hay una contradicción llamativa entre aceptar esas letras como parte del repertorio clásico y molestarse cuando esa sensibilidad aparece fuera del escenario habitual.

La tradición es más amplia. Tren Loco hizo de la identidad trabajadora uno de sus ejes con canciones como Clase trabajadora. Malón incorporó a su obra la violencia institucional, la desigualdad y una identidad latinoamericana combativa. Durante décadas, el heavy argentino creció en clubes, barrios del conurbano y circuitos independientes. Hasta los debates sobre qué era “auténtico”, qué era comercial y quién pertenecía al metal expresaban tensiones culturales y sociales.

Reconocer todo esto tampoco convierte al arte en un volante partidario. León Trotsky, en Literatura y revolución, planteaba que “el arte debe labrarse su propia ruta por sí mismo” y advertía contra la idea de dirigirlo administrativamente. Esa distinción sigue siendo útil. Una obra está atravesada por su sociedad y, al mismo tiempo, tiene sus propias reglas y búsquedas. Trotsky también definía al arte como una forma de conocimiento del mundo capaz de transformar experiencias sociales en imágenes, emociones y sentidos. El arte conserva autonomía, pero nunca flota por fuera de la historia.

El problema aparece cuando se acepta la rebeldía como estética y su contenido empieza a incomodar. Campera negra, distorsión, calaveras, furia y letras sobre destrucción parecen tolerables mientras todo permanezca dentro del recital. Cuando una banda acompaña a trabajadores despedidos, esa rebeldía deja de ser decoración y vuelve a tocar la realidad. Entonces aparecen los pedidos de neutralidad.

La neutralidad cultural también tiene consecuencias. Las patronales despiden, los gobiernos ajustan y miles de familias viven pendientes de conservar su ingreso, pedir que esos conflictos queden afuera de la música ayuda a presentar como natural lo que está ocurriendo. Una banda puede decidir involucrarse o mantenerse al margen. Ambas decisiones forman parte de su libertad artística. Resulta difícil sostener que hablar de trabajo, hambre, represión o desigualdad pertenece a un territorio ajeno al heavy argentino.

Por eso la presentación de Horcas junto a los trabajadores de FATE no debería sorprender. La banda tomó una posición concreta frente a un conflicto concreto. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo. El dato histórico permanece. El metal argentino se construyó escuchando el ruido de las fábricas, los barrios, las crisis económicas, la policía, la desocupación, Malvinas y las peleas de quienes viven de su trabajo.

Quizás la pregunta correcta nunca fue si el metal debe meterse en política. La política ya estaba ahí cuando nació. Estaba en quién podía subir a un escenario, quién terminaba detenido por su apariencia, quién tenía trabajo, quién lo perdía, qué futuro tenían los jóvenes de los suburbios y qué país describían las canciones.

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