Y DESPUES ES AHORA NARRATIVAS

Una mujer sola

Una escena de Bonheur

En estas últimas semanas se ha escrito bastante acerca de La hija oscura. Uno de los aspectos de la película en el que se reparó especialmente es en el de la mujer adulta de vacaciones en un lugar paradisíaco, sola. Una mujer que disfruta sola: lee, escribe, se baña, descansa, se viste elegante, sale a comer. Sola. Y de cómo eso puede resultar irritante, desafiante o por lo menos inquietante para lxs demás. ¿Qué es lo que busca esa mujer tan sola, qué espera? ¿O qué no pudo hacer o cuidar como para haber quedado sola así?

Nadar en el sinsentido

Nadar en el sinsentido

Veo Le bonheur de Agnès Varda casi al mismo tiempo y como casi siempre con las sincronías, se arma un díptico perfecto, en este caso por oposición: acaso la mujer que en la película de Varda no tuvo opción y fue reemplazada como un par de zapatos, en la de Gyllenhall pateó el tablero y se mandó a mudar. Y después volvió, porque eso también es parte del libre albedrío, el poder volver a lxs hijxs si así se lo desea. Que esa puerta que cierra Nora Helmer detrás suyo pueda volver a ser abierta cuando se le cante, porque sino sería demasiado caro el precio que habría que pagar si siempre se tratara de elegir entre deseo y maternidad. Yo digo no, yo digo sumar, digo deseo y maternidad, todo lo que se pueda, quiero poder entrar y salir por esa puerta todo lo que se me da la gana porque para eso están las puertas, para atravesar la pared. 

Siempre se tratara de elegir entre deseo y maternidad. Yo digo no, yo digo sumar, digo deseo y maternidad, todo lo que se pueda, quiero poder entrar y salir por esa puerta todo lo que se me da la gana porque para eso están las puertas

Pasé la navidad en casa de mi tía con mi mamá, dos de mis primos y la familia de uno de ellos. Pasé la navidad sin mi hijo que la pasó con el padre porque me tocaba el Año Nuevo, y la navidad sin hijo pero con la familia vuelve a ser casi tan aciaga como en la adolescencia. Bien mirado es una cena agradable en familia. Mirado como se puede es pura desolación. Creí que había podido quedarme del lado de la cena agradable, porque en un punto sí, pero no. Delgada línea, sí y no. 

Mi tía Kiki, la hermana de mi papá, tiene tres hijos. Tres varones que ahora son tres hombres gigantes con los que siempre tuvimos mucha relación. De hecho aún hoy que mi papá falleció hace ya más de diez años, mi mamá se reúne con su cuñada todo lo que puede. Compartimos la infancia con esos primos, mucho fin de semana con ellos en una quinta compartida en Escobar. Todos los cumpleaños, todas las fiestas, muchas vacaciones, mucha proximidad. Es particular el vínculo con el primo, a medio camino entre el amigo y el hermano, siempre cerca, nunca toda la intimidad. Además, las alianzas entre nosotrxs, ellos tres, mi hermana, mi hermano y yo, fueron cambiando, según las edades, según los intereses. En mis primeros años de infancia me las pasé fascinada por mi primo del medio, decía que quería casarme con él. Después, él creció y se me hizo entrañable el más chico, al que le llevo un año nada más. Así los primos cerca siempre.

En esta navidad mi primo mayor estaba muy charlador y bastante preguntón. Con él y el primo del medio quedamos en triángulo en la mesa. En un momento me tocó moderar una discusión entre ellos, acerca de su papá. Y en otro momento me tocó ser la interpelada. Impulsado por la charla acerca de la muerte de su padre, me pregunta mi primo mayor, cómo habrá sido para mí, cómo será para mí, qué cosa, haber quedado tan sola desde tan chica, zás. Dice que su primer duelo importante de familia núcleo fue esa pérdida, la de su papá, cerca de sus cuarenta. Que hasta entonces siempre había tenido a su familia completa y cerca. Que cómo habrá sido para mi, con la muerte de mi hermana tan pronto, la de mi papá después, y mi hermano en Suiza, quedar sola, con mi mamá. Me quedo pasmada, nunca me había autopercibido como una persona sola. Una mujer adulta sola. Con hijo, sí, pero sin marido también que ¿sería lo que sellaría la nueva familia núcleo y funcionaría como antídoto para esa soledad? Lo primero que hago es callar e intentar leerme como lo acaba de hacer él, verme desde su punto de vista, verme así. Como alguien a quien se le murió y se le fue gente de la primera familia y quedó sola. Ni siquiera entramos en el tema parejas; él no lo hace, no lo hago yo. Intento estar atenta a si se me escapó la tortuga, a si estoy en negación. De buenas a primeras no me siento sola, o no me leo así, o no espero ni esperé nunca que mi familia de nacimiento fuera toda mi compañía. Quizás en eso seamos bastante distintos, él y yo. ¿Lo somos porque él tuvo a su familia núcleo todo el tiempo o yo habría tenido esa curiosidad de salir a buscar gente afuera de todos modos? Es imposible de saber y tampoco tendría mayor importancia. Me veo en el peculiar ejercicio de explicar mi vida entonces, me veo diciendo que no me siento sola, que tengo muchas amigas y amigos, que ellos son mi familia a elección. No recuerdo particularmente si esa respuesta lo satisfizo o si le habrá reforzado lo de la soledad para su hipótesis de la sangre, de estar cerca de quien nos crió. A mí sin embargo sí me dejó pensando en cómo nos ven o pueden ver lxs demás, tan lejos de como unx se percibe, a veces para peor, otras desde la idealización.

Le bonheur es la auténtica pesadilla del olvido, de haber estado en el mundo para nada, sin huella, por más bien que se haya actuado.

Le bonheur es una película de 1965, que Varda escribió y dirigió a los ¡28! años. Le bonheur es una película de terror que sucede en verano, en la campiña, regada de flores, de girasoles, de sol. En Le bonheur no se ve una gota de sangre, porque el desgarramiento es interno. En Le bonheur de Varda la mujer ni siquiera llega a ser vieja ni sola porque es una mujer herramienta, instrumento, que fácilmente se deja reemplazar, incluso siendo funcional y prodigando felicidad. La historia que cuenta Le bonheur es la auténtica pesadilla del olvido, de haber estado en el mundo para nada, sin huella, por más bien que se haya actuado. 

El plano final de La felicidad, que replica el primero pero en otoño en lugar de verano, con la familia fuera de foco, que luce igual, solo que esta vez se aleja de la cámara en lugar de acercarse, funciona de un modo tan asfixiante: haga lo que se haga en una familia tipo no hay individualidad, es sólo una cantidad de roles preestablecidos que se interpretan con mayor o menor pericia, sin mucha movilidad. Y sin embargo por alguna extraña razón el bloque, la visión de lxs cuatrx juntxs, papá, mamá, nena, nene, sigue dando de cerca y de lejos la tranquilidad que la señora sola en la reposera no. A menos que se sea Varda o Gyllenhall o Ferrante, o cualquiera que así se lo proponga, y se pueda volver a mirar.

RP

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