Panorama

El odio y sus causas

La pistola empuñada a centímetros a la vicepresidenta Cristina Fernández.

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El repudiable magnicidio fallido perpetrado contra la vicepresidenta puso a los famosos “discursos de odio” en debate como si fueran el centro orbital de todos los problemas. Existe un consenso alrededor de que la persona que intentó disparar contra la vicepresidenta no fue un “loco suelto” o, en todo caso, el “loco suelto” tiene un contexto. El marco general está conformado por el desplazamiento de los límites de lo decible o de lo agitable en la esfera pública de la Argentina pos-dictadura. No en términos de una escalada de “violencia política” en general, sino de un proceso que llevó al extremo la personificación de toda disputa política y es la consecuencia de una metamorfosis mayor: la “individuación social” de todo un sector de la sociedad, impuesta por el neoliberalismo.

Pese a todo, la Argentina continúa siendo un país que conserva libertades y derechos democráticos que son el producto de una relación de fuerzas histórica que las derechas pretendieron romper sin éxito, aunque hayan logrado horadar su legitimidad, entre otras causas, como reacción a la estatización de sectores del movimiento de derechos humanos.

Fernando Andrés Sabag Montiel, el brasileño que gatilló contra Cristina Kirchner en la noche del jueves, puede no tener un vínculo directo con ciertas coordenadas ideológicas que atraviesan la época, pero tampoco actuó en el vacío. Abordarlo como un mero hecho individual —todavía hay que confirmar si existió una conspiración criminal más amplia—, o como una mente perturbada y aislada es una forma de despolitizarlo. Hay que encontrar la razón detrás de la locura.

La radicalización

Es cierto que en el gran debate público circulan discursos que eran impensables veinte años atrás y que los agentes más estridentes de esas narrativas son las derechas representadas por uno de los extremos del PRO y, en el último tiempo, por los libertarianos de Javier Milei. La radicalización de esta derecha fue una reacción a su frustrado paso por el poder.

Sin embargo, el interrogante lógico que se desprende de esta constatación es: ¿Cuáles son las causas de la ascendencia social, la centralidad en el discurso público e, incluso, el crecimiento electoral que tienen estas derechas?

La explicación no puede reducirse a dar cuenta del poder real, la jungla de las redes sociales o los medios hegemónicos. Hay razones históricas, institucionales, económicas, políticas y culturales que se deben considerar y que es necesario poner sobre la mesa.

La magnitud de este hecho es muy grave y relevante porque involucra a una expresidenta y actual vicepresidenta que, además, es una figura central de la política argentina. Pero, es una verdad a medias que es la primera vez que asistimos a acontecimientos extraordinarios de esta naturaleza en contexto democrático: la desaparición de Jorge Julio López, complicidad policial y servicial incluida; el asesinato de Mariano Ferreyra en manos de una patota sindical con zona liberada o la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado con el respaldo de las más altas esferas del funcionariado del macrismo, fueron hechos graves. El parlamentarismo negro, la sensación real de que existe un poder detrás del poder o los mil y un privilegios de funcionarios y jueces dejan en evidencia que eso que llaman el “consenso democrático” tiene unos cuantos puntos ciegos en su itinerario. Desde el “con la democracia se come, se cura y se educa” al presente, el régimen democrático se ha degradado, víctima de los límites que le impone su propia naturaleza de clase.

En el terreno económico-social, la precarización de todas las condiciones de vida, la pobreza, la indigencia, la crisis infinita, la inflación eterna y el aumento descomunal de la desigualdad generan un profundo malestar. La promesa de reparación que nunca llegó —al contrario, se profundiza el ajuste— hace su aporte a la frustración general. En algunos de los tantos fragmentos de eso que genéricamente llamamos “la sociedad” se expresa como una nueva disposición a la rebeldía y a la acción; en otros, se manifiesta a través de un desencanto ciego, sordo, mudo que conduce al escepticismo y a la rabia contra todo y contra todos.

En el escenario político, si bien es cierto que los principales difusores de los “discursos de odio” son los referentes de la derecha y la ultraderecha, también encontramos ciertos “odios transversales”. Hasta ayer nomás asistíamos a una campaña de estigmatización del movimiento piquetero irradiada por referentes de las dos grandes coaliciones tradicionales (hasta la vicepresidenta participó a su manera). Y el ministro de Seguridad de la estratégica provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, es un propalador profesional del odio clasista y la mano dura, esencialmente contra los pobres. En la sombra terrible del desalojo de Guernica, el verbo se hizo carne. Sin ir más lejos, una de las flamantes incorporaciones del superministro Sergio Massa (Gabriel Rubinstein), dos semanas atrás era un incontenible profesional del odio en la selva digital de Twitter. 

Por último, una de las señales de cable que está en poder de uno de los grupos económicos más importantes de la Argentina cobijó a una (des)animadora televisiva que no dejó odio sin propagar (clasista, patriarcal, homofóbico, discriminador, antifeminista y sigue la lista). Los empresarios la dieron de baja sólo cuando su “odio” se direccionaba hacia el nuevo ministro de Economía y el grupo mediático se incorporaba al bloque de poder, gracias a la urgente reconfiguración del Gobierno.

Más en general, sobre la dinámica de los procesos políticos, en su libro sobre las derechas radicalizadas (¿La rebeldía se volvió de derecha?, Siglo XXI, 2021), Pablo Stefanoni cita al filósofo Nick Land cuando afirma que “la izquierda [se refiere a la centroizquierda] se encuentra encerrada con frecuencia en una lucha por defender al capitalismo tal como es frente al capitalismo tal como amenaza a convertirse”. El famoso círculo vicioso del mal menor que, a veces, es el camino más directo hacia el mal mayor.

Con la misma lógica, el economista Daniel Feldmann y el historiador Fabio Luis Barbosa dos Santos tratan de descifrar las claves del bolsonarismo huyendo de ciertos lugares comunes en su Brasil autofágico. Aceleración y contención entre Bolsonaro y Lula (Tinta limón, 2022). Los investigadores dicen que el progresismo está agotado no necesariamente “como alternativa electoral, sino que lo está como alternativa de cambio. Incluso quienes lo eligen rara vez esperan un mundo mejor, pero sí temen algo peor: el miedo venció a la esperanza, incluso entre quienes todavía la cultivan”. El par aceleración y contención guía su análisis: las derechas aceleran las crisis (y gobiernan a través de las crisis), mientras que los progresismos intentan contenerla. El problema radica en que la contención en las circunstancias del mundo actual, contiene hoy lo que acelera mañana. Sus ejemplos van desde el nombramiento temprano por parte de Lula del ortodoxo Henrique Meirelles al frente del Banco Central bajo su primer gobierno a la designación de Michel Temer (del PMDB) como vicepresidente en dos oportunidades. En su momento, fueron puestos para contener crisis (una económica potencial y una política con el escándalo de corrupción conocido como mensalão); en un segundo tiempo, uno terminó siendo el cerebro del golpe institucional contra Dilma Rousseff y el otro, ministro de Hacienda del régimen golpista.

Un problema político

La apelación moral al consensualismo democrático vacío como forma de obturar la emergencia de las derechas y sus relatos es impotente hasta en sus propios términos. Se puede hacer llorar un mar de lágrimas sobre la Constitución a Ricardo López Murphy y al otro día germinarán los mismos problemas y similares personajes. El malestar con la democracia tiene raíces profundas y entendibles. No se reduce a un problema ideológico o de falta de maduración cívica, es material y, por la misma razón, profundamente político.

Una de las armas panfletarias de los milicianos franquistas en la guerra civil española se sintetizaba en una interpelación que hacían desde sus trincheras hacia los campesinos pobres que combatían en el bando republicano: “¿Qué te dio de comer la república?”, gritaban. Y la interrogación sintetizaba el drama y las dos grandes estrategias ante el franquismo: ¿guerra o revolución o guerra y revolución? El ejemplo, lejano en tiempo y contexto (pero con similitudes en su contenido último) viene a cuento de que hay algo mucho más sustantivo que la “arquitectura institucional” que se juega en la lucha contra la derecha y sus discursos.

Tampoco las diatribas contra “el odio” en general pueden tener resultados, porque el tema es el odio de quién, contra qué y para qué.

El odio fue el tituló de una película francesa icónica estrenada en 1995 y dirigida por Mathieu Kassovitz. Tras una noche de disturbios en un barrio marginal de las afueras de París, tres amigos adolescentes (un judío, un árabe y un negro) son testigos de un hecho en el que su amigo Abdel resulta herido por la policía, luego de ser detenido. Las revueltas de los suburbios parisinos (banlieues) fueron la precuela de un movimiento social más amplio desatado el mismo año contra los planes neoliberales. Un poco de odio francés del que nació una esperanza.

En sus memorables tesis Sobre el concepto de historia, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió que la socialdemocracia cortó el nervio de la mejor fuerza de la clase obrera alemana al asignarle el mero papel de redentora de las generaciones futuras. En esa escuela —decía Benjamin— desaprendió “lo mismo la capacidad de odiar que la voluntad de sacrificio. Pues ambos se nutren de la imagen de los antepasados esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados”. Benjamin consideraba que —a veces— perder el odio puede ser problemático porque el odio —como la fe— mueve montañas.

La cuestión no pasa por impugnar moralmente al “odio” o la “violencia” desde un pedestal de presuntas verdades eternas. Simplemente porque son fenómenos y sentimientos que seguirán brotando del suelo desgarrado de una sociedad atravesada por contradicciones lacerantes e irreconciliables. El problema, como siempre, es la política o lo que hacemos con lo que el odio hizo de nosotros.

 CC

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