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Opinión
Economías

Otro problema estructural de la economía argentina

¿Cómo aumentar salarios o el producto de manera sostenible si no aumenta el ingreso de divisas?

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La discusión sobre la orientación del modelo económico adecuado para Argentina es relevante por motivos que deberían ser obvios: si bien entre 2021 y 2022 el país pudo romper la racha y crecer dos años seguidos (algo que no lograba desde 2010), es claro que tiene un problema de crecimiento desde, al menos, la última década. Entre 2011 y 2019 el PIB promedió una variación anual de 0,4%. Ese periodo es llamativo porque incluye gobiernos de dos orientaciones opuestas que, aunque el promedio lo esconda, tuvieron resultados opuestos: el crecimiento promedio del producto 2011-2015 fue de 1,5% mientras que en 2016-2019 fue negativo (-1,0%). Ahora bien, ambos resultados son mediocres y se dieron en un ciclo “serrucho” en el que en los años impares/electorales el PIB crecía y en los pares caía (la excepción a esta dinámica fue el período 2018-2019: se cayó en ambos). ¿Por qué a Argentina le cuesta tanto sostener el crecimiento? A nuestro entender, la respuesta está en su sector externo.

Todos los países tienen, en menor o mayor grado, economías abiertas. Esto quiere decir que realizan transacciones comerciales y/o financieras con el resto del mundo que deben ser saldadas en moneda dura. Así, también en términos generales, si uno vende al resto del mundo recibe dólares y si compra debe hacerlo en esta moneda. Todas estos intercambios se ven reflejados en el balance de pagos de las naciones que, en el agregado y ajustando por la variación de reservas internacionales, suman 0. Lo cual es lógico desde una perspectiva contable: no puede haber gastos que no sean financiados de una forma u otra. Por ejemplo: cuando alguna de las cuentas que componen el balance de pagos supera a las otras esto se compensa con variaciones positivas en las reservas internacionales en manos de la autoridad monetaria y viceversa.  

Así, todos los países del mundo tienen la necesidad de financiar sus gastos con el ingreso de divisas por el balance de pagos (un flujo) o con sus reservas internacionales (un stock). Esta simple idea está en la base de distintas teorías sobre el crecimiento económico y sus restricciones. Quien fue el economista más importante de Argentina durante el siglo XX, Raúl Prebisch, elaboró bastante sobre esto: para él, el crecimiento de los países de la periferia estaba limitado por sus relaciones comerciales con los países del centro. Esto es, en síntesis, el concepto típico de “restricción externa”. Actualmente, en un mundo con fuertes flujos de capital, es posible expandir esta restricción comercial al plano financiero.

Lo anterior es relevante para entender que cuando los países crecen, de manera directa o indirecta, están demandando más divisas. Cuando aumenta la producción local se consumen insumos importados por necesidades vinculadas a los distintos procesos productivos y cuando aumenta el empleo y/o el salario real, aumenta el consumo de bienes o servicios que requieren también de divisas. En un mundo de cadenas de valor globales, prácticamente no existen bienes que no contengan alguna parte elaborada en otro país distinto a aquel en el que encuentra su demanda final. 

Si los dólares son necesarios para aumentar la producción del país, así como también para permitir el consumo de bienes y servicios, ¿Cómo aumentar salarios o el producto de manera sostenible si no aumenta el ingreso de divisas? Una opción es recurrir a las reservas internacionales. Sin embargo, si bien estas permiten amortiguar shocks inesperados, no son infinitas y no pueden disminuir constantemente. Las devaluaciones del tipo de cambio, con sus efectos contractivos sobre el salario real y la actividad económica, tienden a ser consecuencia de una autoridad monetaria que no puede sostener la paridad con el dólar por sus escasas reservas. 

Dado el objetivo (mejorar la calidad de vida de todos y todas), el medio debería ser claro: mejorar el posicionamiento externo de Argentina. Para esto el país tiene potencial y la política económica herramientas: el incentivo del desarrollo de distintos sectores con enorme potencial como la energía, la minería, la agroindustria, las manufacturas de origen industrial, los servicios basados en conocimiento y el turismo receptivo. El periodo de 2003-2011 es un buen ejemplo de relación virtuosa entre exportaciones y dinamismo interno: en esos años el valor de las exportaciones creció casi todos los años al igual que el salario real. Al contrario, entre 2012 y 2019, las exportaciones se estancaron , el producto también y las reservas internacionales cayeron, lo que tuvo su reflejo en el mal desempeño del consumo privado.

Ahora bien, si observamos el desempeño de las exportaciones desde 2021 hasta la actualidad es posible observar un fuerte dinamismo que no se ve reflejado en mejoras del salario real. Aquí se vuelve importante aclarar que el problema de Argentina dista de ser sólo comercial. Exportar más se convierte en una condición necesaria pero no suficiente. 

A nuestro entender, un segundo problema estructural que opera, desde al menos una década en el país, es la “restricción financiera”. En primer lugar, esta se origina porque el peso no cumple la función de ser reserva de valor. Los argentinos y las argentinas tendemos a ahorrar en dólares norteamericanos. La inflación crónica, volátil y la ausencia de instrumentos de cobertura desgastan el valor de la moneda local y moldean el comportamiento de los agentes, impulsando la compra de dólares en aquellos que tienen excedentes.

Si observamos la evolución de la demanda de la formación de activos externos neta -compuesta por la sumatoria de dólares demandados para atesoramiento y los envíos legales de dólares al extranjero-, podemos observar cómo esta alcanzó valores de más de USD 25.000 millones por año. Si bien los grandes capitales influyen en estos números, los incentivos estuvieron dados para que también el pequeño ahorrista que busca mantener sus ahorros o riqueza -comportamiento totalmente racional- colabore a alcanzar esta demanda sumamente elevada. Con estos valores, no hay desarrollo exportador ni balanza comercial superavitaria que aguante. 

Pero además, un segundo componente de esta “restricción financiera” es la deuda externa, sumamente desafiante en el contexto actual dado el perfil de vencimientos de deuda con organismos internacionales y acreedores privados. 

De esta manera, queda claro que en Argentina la restricción externa es tanto comercial como financiera y la política económica debería atender ambos frentes. Aumentar el salario real y el producto requiere, entonces, dotar de dinamismo el sector externo, disminuir la demanda de dólares para atesoramiento por parte del sector privado no financiero y atender las obligaciones con los acreedores del resto del mundo para evitar el endeudamiento irresponsable. Cualquier estrategia que simplifique las causas del problema no hará más que fallar más temprano que tarde. 

CC

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