Opinión

¿A quién putear? De Tinelli a la Covinflación

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Hace tiempo que la impresión sobre Marcelo Hugo Tinelli es que, más allá de su programa, no sabe mucho dónde estar. Una parte de la explicación: juntó tanta guita que ya no sabe dónde invertirla. Otra parte: quiere mudar su popularidad porque ya la tele en la era del on demand tiene un cuello de botella en el rating. Enrarecido él, su entorno, sus tatuajes, los cuerpos de la familia Tinelli son nuestras cuevas de Altamira. 

Lo que vimos estos días: Tinelli medía 6 puntos mientras toreaba al ministro bonaerense Daniel Gollán tras las críticas previsibles a la imagen de doscientos tipos saltando Twist and Shout en vivo durante la peor semana desde que existe la pandemia. Como dice el gran Tartu: en medio de esta mishiadura Tinelli ofreció el espectáculo de una “casta televisiva”. No pareció sintonizar con “la calle”. Solito se sirvió en bandeja, con la voz disfónica y las viejas caras del show con el paso de los años encima. ¿El fútbol, la política? Fue y vino de la presidencia de San Lorenzo y quiso ir por la AFA en ese histórico papelón del empate en diciembre de 2015: 38 a 38 votos de 75. Lo vimos en vivo. Se rompió la matemática en su duelo contra Luis Segura un año después de la muerte de Julio Grondona.  

Su historia no es lineal. En los primeros noventa, con Videomatch, catapultó la que enseguida desde la izquierda se vio como una televisión “colaboracionista” de la joda, el blooper, la cámara oculta y el espectáculo. Su crecimiento, la amplificación de negocios y su olfato animal para detectar los cambios de humor social (¿qué otra cosa es el rating?) lo fueron envolviendo en las capas de la política y los negocios hasta que las costuras mismas de sus “negociaciones” se trasladaron a la pantalla. Tinelli, acusado de escenificar “la fiesta menemista” (su frivolidad, su fast food del entretenimiento), tuvo su paulatina politización: un día aparecieron los “raporteros”, las imitaciones de candidatos y políticos. ¿Hubo algún programa tan poroso a los “climas” como el de Tinelli? Las vueltas de Showmatch, que siempre está volviendo, sus negociaciones en vivo con Adrián Suar (o, más que sus negociaciones, las chicanas de sus resultados), sus pasos de un canal a otro (¿se acuerdan cuando Daniel Hadad lo llevó en su helicóptero desde canal 9 hasta canal 13?), sus idas y vueltas con Kirchner, el alica alicate y la llamada sobre la hora de Néstor antes del cierre de campaña. La fallida imitación a Mónica Fein en su solitaria resistencia para no ser burlada. Los amagues con Macri (¿lo imito, no lo imito, parodio a Juliana Awada?) que terminó en una pipa de la paz con fotos para snapchat, la “última” red social que ya descansa en el basurero de la historia. 

El tema de Showmatch: el poder. Como cuando en el año 2000 llamó en vivo a Toti, el humorista, que tenía parte de enfermo, mitad para joderlo, mitad como si fuera un agente de la ART. Pugilista del minuto a minuto, su programa se trató con los años, y cada vez más, del arte de cazar la liebre del rating en un estudio de televisión: si pega el chiste, si pega la previa, si pega la pelea del jurado, si pega el baile, si pegan las imitaciones, si le pego al gobierno. El Chato Prada por cucaracha armando ese guión en vivo. Tinelli mentor de humoristas colosales y premiador justiciero de talentos: se puede revivir, por ejemplo, el despliegue revelador en el año 2000 del mendocino “Cacho” Garay.

Tinelli es más argentino que el asado. Popular le queda chico. Dosis homeopáticas de “progresismo” también. Porque el sentido más aguzado que tiene es éste: el olfato. El signo bendito de los tiempos. De cortar la pollerita a apoyar el aborto. De poner la plata para una película de Valeria Bertuccelli a las idas y venidas con la “Enana” Feudale. Y así.

En Showmatch como en ninguna otra pantalla se dio la terna de candidatos de 2015: Macri, Massa y Scioli. El siempre pendiente salto a la política de Tinelli se mantiene porque, mucho antes, ya hizo saltar la política a su show. Tinelli fue un incordio para los catecismos del país progresista y del país liberal. Una picaresca cruel que cultiva el exceso. Exceso de consumo, exceso de derroche. Se llevó bien con los populismos: con el populismo liberal de Menem, con el populismo kirchnerista. Su peor relación histórica finalmente fue con la Alianza, que de populismo no tuvo nada. Come lo que vende, decía un amigo. Tinelli, treinta años de fiesta del consumo en el prime time. El último derecho que el pueblo argentino se resigna a perder: el derecho al consumo. La ilusión de esta democracia de entrar al capitalismo. Un puño lleno de verdades. ¿Y cómo marida Showmatch con la pandemia? ¿Entiende la sociedad que entretiene? ¿A quién engancha hoy ese espectáculo sin barbijos? Tinelli debutó esta vez con la nariz más tapada, sin esos reflejos de las épocas doradas. 

Bailando por un sueño: el de que no suba más

Un nuevo confinamiento necesario por la suba de casos. Pero la pandemia ya es una unidad estallada. Elige tu propia pandemia. La pandemia de los estatalizados. La pandemia de los empleados en blanco. La pandemia de las Pymes que están en picada. La pandemia de los peluqueros. Quien sirve en un bar, es masajista o anima fiestas infantiles no es un hijo de puta: es un trabajador que la pandemia deja afuera. ¿Qué hay para los independientes? A esa puja de siempre entre inflación y consumo se le suma un elemento más. Sobran problemas, faltan soluciones.

“Camine, señora, camine”, selló una época en la voz de Lita de Lázzari. Como casi todos los personajes de esa década, eran intérpretes interpretados. Al servicio del momento: en la punta de la lengua de todo el mundo. Como Tinelli. La Liga de las Amas de Casa. Y una misión: buscar precios. Que no te engrupan. La inflación es el tema, ¿hace cuánto? Hace mil años. El lugar en que ciudadano, consumidor y trabajador se anudan. Punta del iceberg que, con voluntad, el economista Aldo Ferrer ubicaba como síntoma de un país con puja distributiva. Así se organiza: para cierta mirada económica, es el efecto “indeseado” de un Estado que pone plata en el bolsillo. Para otros, la inflación es el peor de los impuestos, el que más sufren los pobres, dicen políticos y economistas liberales. ¿Toleramos hasta qué punto? Hasta que nos perfora. La inflación es como caminar arriba de un hormiguero, pero… ¿de quién es la culpa, a quién putear? ¿Al mercado? Al gobierno. 

El economista Martín Rapetti dice que se piensa el problema de la inflación como una pérdida del poder adquisitivo y “eso no es estrictamente cierto”. Los precios suben de forma continua (a un ritmo, a una velocidad), esa es la tasa de la inflación, pero podría ocurrir que la inflación suba y el poder de compra se incremente. En sus palabras: “Una vez conversando con José Serra, que fue dos veces candidato a presidente por el PSDB l y que perdió primero con Lula y después con Dilma, me preguntó cómo era posible que Cristina Kirchner hubiera ganado la elección de 2011 con 54 por ciento de los votos y un 25 por ciento de inflación. Creía que era inconcebible que en Brasil alguien pudiera tener semejante performance electoral con tanta inflación. Y le hice notar que Cristina había ganado en una economía que efectivamente tenía 25 por ciento de inflación pero que los salarios subían al 30 por ciento anual. O sea, que los salarios reales crecían a un ritmo del 5 por ciento anual.”

Los ciudadanos sienten que van perdiendo la batalla aunque el índice salarial diga que en el primer trimestre le ganan aún por poco a la inflación. Hogar de clase media: ese mapa de precios del Día, el Chino, el Carrefour Express, hasta el mayorista, esa cartografía de puntos de dónde están la leche o el yogur o la coca o el vino más baratos. Ajustar en ese tetris de conveniencias. Algunos ya tiraron la toalla porque creen que ese mapa está roto. Pedir un precio es entrar a la Quiniela. Dame un número en el país que todo sale mil pesos. La era del “más, menos”. Encontrar una factura o ticket de hace dos, tres, cinco años es un viaje en el tiempo de la incredulidad: ¿cuánto salía? ¿Cuánto es razonable cobrar o pagar por algo? La investigadora Shila Vilker retoma una frase de Leónidas Lamborghini: “asumir la distorsión y devolverla multiplicada”. “Es una frase espectacular para entender algo de lo que pasa con la dinámica inflacionaria que es un fenómeno básicamente distorsivo y que los argentinos vivimos con profunda naturalidad, prácticamente como si fuese una segunda piel”. Lo sabe porque trabaja de medirlo: la inflación está entre los principales problemas y se recorta de un modo muy marcado en relación con los problemas de la seguridad o los problemas sanitarios incluso en un contexto de pandemia. “En los alimentos, las tarifas o las naftas, se señala su aceleración. Son los tres elementos que hacen que la inflación se vuelva omnipresente y una experiencia cotidiana”, dice Vilker. Agrega: “Muy probablemente la cultura inflacionaria tenga que ver con las conductas de los principales actores económicos del país pero también con el comportamiento de la sociedad que sigue esta inercia y que, básicamente, devuelve los precios multiplicados tras asumir todas esas distorsiones”. 

Pablo hace diez años tiene un almacén en un barrio de San Miguel, en el noroeste del Gran Buenos Aires. La casa al fondo, el almacén adelante, en lo que supo ser un garaje. Como si recogiera el guante de Shila Vilker, dice: “Remarco un poco menos las cosas porque aumentan mucho y también hay mucha especulación. Porque aumenta el dólar o pasa algo y los proveedores enseguida aumentan para cubrirse. Todos apuntamos a eso. O falta algo y lo aumentan y yo también tengo que hacerlo. Entonces, al final, tengo que achicar la ganancia. O después para vender más hago un 2x1, pongo ofertas, envío cosas a domicilio.” Ese pasamanos inflacionario termina en un precio que el vendedor pone en su mostrador y se come la piña, la esquiva o la pega. “Y en el infierno inflacionario, / y entre los líderes del mundo, / tu corazón se abrirá... tal vez”, le daba la bienvenida a la democracia Spinetta con un “Resumen porteño”. En 1991 Spinetta le cantó al televisor Aurora de la marca Aurora Grundig, empresa que también arrancó su producción en 1983. Tele, inflación, consumo: la democracia argentina y su napa subterránea. El movimiento pendular entre esos tres platillos.

“La inflación es más progresiva que el desempleo y que la pobreza. Por eso la reacción a la inflación es más mayoritaria, pero no es organizada porque somos un país con cada vez menos empleo sindicalizado”, dice un funcionario de economía. La inflación golpea el bolsillo de todos. Es “democrática”. Por eso, al pan, pan: “el que puede defenderse de la inflación lo hace y por eso sube el dólar, el problema es que la gran mayoría no puede y como no está claro quién es el culpable, si la emisión, los monopolios, el campo, las exportaciones, entonces la gente no sabe a quién putear.” Y putea al gobierno. 

El “señora, camine” de Lita pareció una forma de incentivar la solución individual a un problema macro que no se quería, no se podía o no se sabía resolver. (Cuando peor estamos más proliferan las “lecciones” de economía personal). Menem lo hizo porque cargó encima esa “solución final”: clavó el precio del dólar y de hecho su segundo gobierno tuvo cero de inflación. Todo lo que podía salir mal, salió mal; menos eso. La otra democracia. 

Cuando asumió Macri, Miguel Braun lanzó una web donde encontrar los precios más baratos sin tener que caminar tanto. Misma ideología, misma receta: navegue, señora (y ahora señor), navegue. Cazadores de ofertas somos todos. Jorge tiene dos supermercados en La Plata con casi treinta empleados. Todos en blanco. “Al comercio le sale alrededor de 75 mil pesos cada empleado, más toda la parte tributaria. Por lo cual tenemos que vender infinidad de cantidad de fideos”, resume. Calcula 3 por ciento mensual de inflación y la consecuente devaluación mes a mes frente a dos realidades: achicar un poco el margen de ganancia para no escaparse tanto con el precio de venta, y al mismo tiempo asumir el costo fijo mensual. La tarjeta del Banco Provincia con la promoción de cuenta DNI “ayuda a casi todos los beneficiados que se bajan la app”. “Obviamente es un mimo porque es momentáneo pero es de gran ayuda y se nota: los días viernes en mis comercios en La Plata hay cola de más de una cuadra”, dice. Se hace una devolución del 45 por ciento a diez días de la compra y la gente “por comprar 2.200 mangos y que le devuelvan 1.000, se pierde dos horas de su vida con tal de poder ahorrarse algo”. 

Si la inflación es un fenómeno multicausal es materia de debate entre economistas. Martín Rapetti plante lo siguiente: “La multicausalidad, en primer lugar, refiere a cuáles pueden ser las causas que aceleren la inflación. Hay precios que se aceleran en relación a otros. O sea un precio relativo que sube de forma significativa, como puede ser el dólar, el tipo de cambio; la devaluación típicamente acelera la inflación. O puede ser el caso más argentino del precio de la carne que acelera, que también puede ser un causante de la inflación. Ahora, este fenómeno no implica que la inflación sea, al mismo tiempo, un fenómeno monetario. Para que la inflación se mantenga en el tiempo necesita que haya una emisión monetaria que acompañe esa dinámica inflacionaria. El otro sentido de la multicausalidad es cómo se baja la inflación: es un fenómeno que requiere más de un instrumento. Es multi-instrumental la desinflación. Redondea Rapetti que es menos emisión pero también fijación de algún precio significativo –como el tipo de cambio– y acuerdos entre inflación y salarios. ¿Quién está pensando en bajar la inflación? Guzmán cuida el precio del dólar con marca personal. Pero, ¿de dónde vienen los dólares? No son ningún maná que cae del cielo. Circuló toda la semana un viejo video en el que Alberto lo explica. Pero contrariándose a sí mismo –y a buena parte de economistas y funcionarios afines– prohíbe las exportaciones de carne por 30 días. 

¿Por qué todavía Tinelli puede ponerse el traje de rebelde y putear? ¿Contra qué putearía un tipo como él? Hay algo en las formas de su “desobediencia” que es lo que la democracia se supone que alimentó. En parte la democracia se construyó contra el Estado. En los ochenta contra el Estado autoritario y represivo. En los noventa contra el Estado de servicios. Contra la ESMA y contra Entel. Hay algo que la misma democracia acunó en esa desconfianza de la sociedad. La antipolítica es también un resultado de la política de la democracia. Ese monstruo de dos cabezas, de mil cabezas. Contra los leviatanes criollos. Contra un Malevo Ferreyra suicidándose en vivo, mientras se le astilla la cara en Crónica. Contra un Moreno que quiso mostrarse manejando la economía argentina como si fuera un mayorista. Algo de esa desobediencia anti-estatal o anti-política que es el resultado de muchos años. Una carreta empujada por caballos cansados. Aunque hoy, quizás, esa sociedad, mitad se contiene en la polarización (oficialismo/oposición, internas propias y ajenas), y mitad lo que se respira en estos días: incertidumbre, prudencia y sensatez.

Gomazo, súbete, pero no hay adónde subirse, Marcelo. 

MR

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