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El rincón de las derrotas auténticas

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Esto empieza por dos lugares distintos, por dos lugares banales. Empiezo por el menos banal: una amiga se puso a ver la serie Conversations with Friends, basada en una novela de la irlandesa Sally Rooney (Normal People) y me pregunta por “estas chicas sin sangre en las venas”. Le digo que no vi la serie todavía, que estos días investigo y le cuento, y me puse a verla.

Mientras entendía el concepto recordé esta otra banalidad que me había dejado pensando, esta sí, de un nivel de estupidez irremontable: después de un reinado más o menos ininterrumpido del tiro alto, volvieron los pantalones tiro bajo, los que llegan por debajo del ombligo. Es el ciclo natural de las cosas: ya hay una generación entera de adolescentes y jóvenes que no llegaron a usarlos en los primeros 2000, y una generación de bloggers y periodistas de moda dispuestas a sobrepensar el giro todo lo que haga falta como si se tratara de una nueva revolución copernicana (las entiendo, por supuesto: las columnas no se escriben solas). Entre las notas que recomendaban formas de usarlo que no cayeran en las grasadas de principios de siglo y las que se preguntaban qué lugar podía tener una moda tan poco favorecedora en la era de la diversidad de los cuerpos, me encontré con una periodización que no había leído nunca y que me recordaba a la pregunta de mi amiga sobre las heroínas abúlicas: decía algo así como que después de los la primera década de los 2000, que se había regodeado en una sensualidad chabacana (pantalones intravenosos que a duras penas te tapaban la cola combinados con tops muy cortitos, joggings que tenían “Juicy” estampado atrás, los vestidos “de salir” que te achuraban en todos los lugares incorrectos) le había llegado el turno, en la década siguiente, al minimalismo modosito de los jeans rectos y tiro alto, las prendas básicas y atemporales, las camisas de seda oversize, todo oversize, la elegancia de quien parece no pensar en lo que se pone o más bien no pensarlo en función de que te miren, la ropa a medida para esas heroínas apáticas que hacen todo ese esfuerzo para que no se note que a veces quieren que alguien las quiera.

Frances, la protagonista de Conversations with Friends escribe, pero es callada. Su amiga la extrovertida, la hipersexuada, es la que no escribe, la que recita junto con ella en una especie de espectáculo de poesía performática pero no tiene las ideas originales. No estoy queriendo hacer un juicio moral, ni digo que la novela o la serie lo hagan: no es el punto. Solo me interesan las subjetividades en las que las ficciones nos están pidiendo que pongamos la atención, las heroínas que nos muestran una y otra vez (Marianne, la protagonista femenina de Normal People, también era una chica rara y callada que hasta que fue grande tuvo sexo con poca gente y no quería ni se divertía con las cosas con las que se divierten las “chicas normales”) como si fuera la primera vez, como si siempre fueran especiales. Frances se engancha con uno: se engancha bastante, pero tampoco tanto. No le cuenta nada a su amiga, no le quema la cabeza a la gente como hacía Hannah Horvath en Girls, y parece ser lo más especial que tiene: la poesía que escribe es frontal y de protesta (no es particularmente buena: no es importante), pero en la vida real ella no jode a nadie; al menos no es una intensa o una excitada como su amiga y ex amante Bobbi.  

Por estos mismos días apareció en las redes de Netflix el trailer de una nueva adaptación de Persuasión, la última novela que Jane Austen llegó a completar. Me resultó una sorpresa el tono: leí muchas veces esa novela, teniendo distintas edades, y aunque termina bien (esto no es un spoiler: todas las novelas de Jane Austen terminan bien) cada vez que la leí tuve la misma sensación de tristeza y melancolía. La volví a revisar: por supuesto que tiene momentos divertidos, pero en general es una historia gris, con una protagonista tímida y hasta seca (que nada tiene que ver con la Elizabeth Bennett de Orgullo y prejuicio o la protagonista de Emma) que se va haciendo mayor y se da cuenta de que va a convertirse en una solterona que dejó ir su única chance de felicidad por no haberse animado a plantarse ante su familia. Es un libro triste, un libro sobre perder el tiempo, sobre dejar la propia vida tratando de complacer a los demás. No me sorprendió que eligieran a Dakota Johnson para hacer de Anne, aunque odio que elijan para representar a solteronas a chicas que no se ven solteronas para nosotros (en el libro no debía llegar a los treinta, pero para que esa sensación de mujer aseñorándose se reproduzca en el siglo XXI mínimo necesitamos una actriz de cuarenta y pico); pero verla hablando a cámara como Fleabag e ironizando sobre sus conocidos me pareció no una infidelidad a la novela, porque en eso no creo, sino un desperdicio. Entiendo que esos dos arquetipos, la Frances de Conversations with Friends y la Anne/Fleabag de Dakota Johnson, son los únicos dos tipos de heroínas que podemos acompañar en la cultura masiva de estos años: las que no pueden fracasar. Una porque es tan calladita que no quiere nada con tantas ganas como para salir perdiendo, y otra porque es tan canchera que incluso cuando pierde no mucho no llora, se ríe. La que desea algo con toda su alma, tanto que no puede disimularlo, tanto que se lo cuenta a todas sus amigas, y que se rompe cuando no se le arma, cuando pierde en un sentido claro e innegable, esa es de mal gusto y no le divierte a nadie. A los chicos no les gusta y nosotras no queremos ser ella, tampoco, ni en el siglo XIX ni en el XXI. No quedan muchos tabúes en nuestra cultura, es más, quizás no queda ninguno; pero quedan rincones oscuros, lugares en los que nadie quiere poner una linterna. A veces pienso que el de los deseos fogosos e intensos pero que al final no se cumplen, el rincón de las derrotas auténticas, es el más anochecido de todos.

TT

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