Oíd el ruido Opinión

Silvio Rodríguez, partido en dos

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Hubo un tiempo en que Silvio Rodríguez te daba una canción y se abría una puerta del sentido. De la sombra salía una declaración de amor, a una mujer, pero también a una isla imaginaria. “Me quiero salvar haciendo revolución desde tu cuerpo de cristal”. Primero circuló en Argentina de mano en mano, a través de casetes copiados y recontra copiados. En 1982 ya se había editado un disco, Días y flores. La transición democrática, en especial los primeros meses, tuvo a la Nueva Trova cubana como banda de sonido. Miles de personas asistieron extáticos a esos conciertos en Obras Sanitarias. Una situación parecida se vivió en Chile, a partir de 1990, y en otros países de la región o España. Silvio y Pablo Milanés fueron los mejores portavoces del castrismo menguante, al punto que el propio Fidel los recibió después de que conquistaran Buenos Aires. Había calado tan hondo por esos años la figura del autor de “Mi unicornio azul” que Leo Maslíah reescribió la canción a modo de conjuro, como si hubiera querido, de esa manera, limitar su influjo y, de paso, tratar de enterrar una época sobre la base de los materiales más ramplones posibles: baterías electrónicas y samplers. “Tuve que pagar mucho dinero para averiguar tu paradero, mi unicornio azul, por fin te encontré/ Las flores que dejaste no me decían por dónde te rajaste y si algún día por ellas volverías a mi casa, ¡desagradecido! Te fuiste sin decir si vendrías a cenar”.

En rigor, Silvio nunca ha dejado de tener una audiencia encandilada y fiel, aun bajo las sospechas de anacronismo. “Si miro un poco afuera, me detengo/ La ciudad se derrumba y yo cantando”, escribía a principios de los setenta. Los años pasan, nos vamos volviendo viejos, como los significados de las primeras escuchas. Ya no pueden dar cuenta de lo mismo porque lo que se derrumbó fue La Habana y el mismo sistema verde olivo: arrastró consensos y disciplinas, jergas y consignas, manuales e iconografías (nunca jerarquías). La implosión afectó el propio régimen de verosimilitud que había convertido a la Nueva Trova en una voz estatal. Es interesante en ese sentido fijarse en Lis Cuesta, la actual Primera Dama, esposa de Miguel Díaz-Canel y promotora entusiasta del San Remo Music Awards, un festival, con su propio nombre y lista de ignotos, nos informa sobre los gustos de la burocracia.

A los 75 años, Silvio es una referencia ineludible del más inspirado cancionero latinoamericano, corriendo siempre con la desventaja, frente a un Caetano, Chico Buarque, Violeta Parra o Spinetta, de ser tachado de oficialista, como si se tratara de un Pound caribeño. Desde el estallido social del 11 de julio de 2021 ha intensificado sus comentarios políticos. El más reciente, de días atrás, nos permite entender cómo campea una crisis que ha provocado la mayor migración de cubanos que se recuerde (solo 115.000 han entrado a Estados Unidos por la frontera mexicana). Dijo el trovador: “Una sociedad que no puede garantizar satisfacciones básicas es una sociedad en crisis”. Claro que Rodríguez lo atribuye casi exclusivamente a las sanciones norteamericanas. Por otra parte, “las diversas experiencias reales de socialismo demuestran que, como fue concebido, es impracticable”. El autor de “Fusil contra fusil” reconoce a estas alturas que “hay que tomar lo mejor de cada sistema” y que “las experiencias de China y Vietnam son lo mejor hasta ahora: gobiernos socialistas dirigiendo economías capitalistas”. No llama a “calcar” esos modelos sino a “interpretar” sus resultados. Lo que le resulta obvio es que “Cuba necesita revolucionar la revolución”, una tarea que, admite, “no es fácil, mucho menos en las muy difíciles condiciones actuales”. No obstante, advierte que algo hay que hacer: “¿a dónde vamos si no reconocemos lo que nos pasa?”. 

Un perfil crítico de baja intensidad, más propio de esos años de un sigilo pre internet y de fidelidades arraigadas, despunta en cada intervención. “El Gobierno Revolucionario tuvo que cargar con todos los prejuicios que arrastraba nuestra sociedad desde tiempos de la colonia; entre ellos un machismo patriarcal y homofóbico”, señaló en mayo. En abril pasado salió en defensa de Armando Franco, el director de Alma Mater, la revista de los universitarios, que había sido despedido por la dirección de la juventud comunista. “Me preocupa que la Revolución (o lo que usa su nombre) acabe siendo contrarrevolucionaria”. También ha reclamado espacios “donde cualquiera exprese lo que piensa”. Según Silvio, “hay muchas libertades que merecemos (en trabajo y comercio) y creo que no revierten los logros de la Revolución, aunque sí afectarían el control burocrático y ciertos poderíos impunes que padecemos”. 

Hubo un tiempo, el tiempo de las últimas energías utópicas, en el que Silvio alzó la voz y pagó por hacerlo. “Hace rato que vengo lidiando con gente/ Que dicen que yo canto cosas indecentes”. La canción se llama “Debo partirme en dos”, y forma parta de Al final de este viaje, de 1978, aunque reúne canciones más viejas (aquel que quiera acercarse a esa trama creativa puede leer Silvio, que levante la mano la guitarra, de Luis Rogerio Nogeras y Víctor Casaus, reeditado recientemente por Colihue). En cierta medida, el gran cantautor ha vivido así parte de su larga vida musical: partido por el Partido y en partes desiguales e, incluso, a veces, contradictorias. Esa mezcla de elusión manifiesta y vuelo poético le permitió cruzar la frontera de la enunciación tolerable. “Prefiero hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado”. Un verso temerario mientras la sociedad se lamía las heridas del Periodo Gris o Negro (el debate cromático no cesa). La controversia cultural de mediados de los ochenta lo encontró como espectador (ya no era la suya). Pero cuidado, todo es un poquito más opaco y revestido de matices: derrumbada ya la Unión Soviética y con la isla a la deriva, Silvio grabó una canción que tardó mucho en publicar, “Hojas de enero”. En 1991 la escuché impresionado por el dolor que rezumaba (como en Argentina, el casete pasaba de mano en mano: curiosas informalidades): “Para estrenarme, saluda enero/ Si enero pasa, ¿qué será nuevo?”. Enero –repongamos la mayúscula- es el mes de la Revolución. Pero, también, el Uno. Lo primero. ¿Qué festival hermenéutico nos hacíamos en esa Habana bajo los escombros? ¿Hablaba sobre el Comandante en Jefe o de toda una experiencia colectiva? “Se me hace tarde, enero mío”, concluye la canción. Algo parecía quedar atrás, sugiere una parte de Silvio. La otra daba a conocer “El necio”, el himno a la intransigencia que se batía con el supuesto pensamiento débil de los noventa. 

Hubo un tiempo en que no se sabía nada en Argentina de Silvio, y Cuba quedaba resumida en Carlos Puebla: “se acabó la diversión/ Llegó el comandante/ Y mandó a parar”. Aquella guaracha, “Y en eso llegó Fidel”, funcionó como sentencia y meneo. El verbo “acabar” recorre el enorme cancionero de Silvio. “Ojalá se te acabe la mirada constante” (Ojalá), “¿Por qué fingimos confusión/ Hasta acabar con la razón? (Lo que quisiste decir), ”Me acabo de poner/ nueva esperanza como piel“, ”que el ridículo acaba implacable conmigo (Mujer con sombrero), “la prisión acaba/ la prisión de hierro/ pero continúa/ la prisión del sueño/ del sueño” (La prisión) o “viene la cosa/ aunque no te lo creas/ viene la cosa/ como viento y marea/ Viene más que la luz/ viene para acabar”, en su último disco, Para la espera, lanzado en plena pandemia.

El verbo da un giro más amargo con Carlos Varela, el ya no tan joven que intentó seguir los pasos de Silvio desde fines de los ochenta.  “Quién ganó, quién perdió/ Si es que al final/ El sueño acabó”. The dream is over, entonces. “Patria y vida” completa la parábola iniciada por Puebla pero la resignifica en dirección contraria. “Se acabó, tu cinco nueve, yo, doble dos/ Ya se acabó, sesenta años trancado el dominó, mira”, cantan los ganadores del Grammy, ya con un fuerte brío termidoriano (el Estado intentó contraponer a esa canción chirle un mismo producto saturado de esperanza: careció de feligreses). La mayoría de los autores se encuentran en Miami y España. El rapero Maykel Castillo Pérez (Osorbo) se ha quedado en Cuba y paga su precio. Junto con el artista y performer Luis Manuel Otero Alcántara, otro referente de la disidencia cultural, acaba de ser condenado a varios años de prisión. Los acusaron de “desacato”, “desórdenes públicos”, “difamación de las instituciones y organizaciones, héroes y mártires”, entre otros cargos. Silvio, quien tras el 11-J había pedido “más puentes” y “menos prejuicios”; menos “ganas de pegar y más deseos de resolver la montaña de temas económicos y políticos pendientes”, no dijo (por ahora) nada sobre estos escandalosos casos. 

En cambio, el hombre que, hubo un tiempo, acusaba a los “delimitadores de las primaveras”, (“Resumen de noticias”, qué canción, por favor), sintió al menos la necesidad de hablar bajito sobre lo que ha sucedido con Abel Lescay, un pianista y compositor de 23 años sentenciado a cinco años de prisión en suspenso por rapear frente a un policía durante el estallido social. Lescay fue sacado por la fuerza de su casa (se lo llevaron en pelotas y lo vistieron con un uniforme de recluso). Además de recibir más de una zurra, lo expulsaron de la Facultad de Música del Instituto Superior de Arte (ISA). Su maestro, Juan Piñera, sobrino del gran Virgilio, fue uno de los pocos docentes que salió en su defensa y decidió seguir dándole clases en privado. Lescay tiene un grupo de rock, El Reflejo de la Piedra en el Agua. Su cantante, Frank Mitchel, muestra algo del Spinetta de Pescado Rabioso. “Buscando el viento, nena, desde hace tiempo”, canta con el soporte del trío que comanda Lescay y que no puedo dejar de asociar con “Como el viento voy a ver”. Además, ese “neeenaaaaa”. Escúchenla porque encierra parte del presente drama cubano. “Ojalá en la apelación en curso haya valentía suficiente para rectificar el error, si lo hay, en la muy elevada sanción que pide la Fiscalía”, escribió en su blog Segunda Cita cuando se tramitaba el juicio.

Hubo un tiempo en el que Silvio podía hablar por muchos, incluso cuando era la anomalía casi contracultural de un país donde Los Beatles eran mala palabra (revisen “Cuba va”). A los que nacieron en el Periodo Especial, es decir, los noventa, o con el cambio de siglo, ya les es un personaje lejano. No lo sienten cerca de sus anhelos ni sus rabias. Tampoco les alcanza que hubiera cantado en los barrios carenciados antes que se incubara la protesta. Ponderan más el disenso abierto de Milanés. “Recontextualizar entonces la eficacia simbólica del mensaje de la Nueva Trova como movimiento representativo de la realidad cubana actual, es un aspecto bien discutible para la cultura musical. Cabría preguntarse ¿qué vigencia tienen los presupuestos enunciados por sus artífices a partir de lo acaecido en la sociedad cubana en los últimos treinta años?”, señala María Victoria Oliver en la revista digital La joven Cuba. 

“Haciendo crítica social/ Me perfumé de valiente/ Creyeron que era disidente/ Y no era más que natural”, cantó en “Juego que me regaló un 6 de enero”, hace exactos 30 años. ¿Y el hijo? ¿Habla en nombre del padre? No es el caso de Silvito, el libre, como se hace llamar. Primogénito de Silvio, le dio un sonoro portazo al neocastrismo y partió. En su último rap, “Pesadilla”, no se pueden encontrar rastros del linaje creativo, pero sí la furia que, da la sensación, solo el flow puede contener a partir de sus convenciones: la verborrea y el estereotipo musical. “Vengo de una tierra de miseria y apagones, playas con palmeras y también con situaciones, donde los dirigentes viven en mansiones y el pueblo no tiene ni cojones”. Silvito, al igual que “Patria y vida”, pasa la lija del revisionismo absoluto sobre la superficie de las representaciones de la Revolución. “Son 60 años de engaño/ De muchas familias tú le has hecho mucho daño…Cuanto más hay que aguantar mamá/ Que estos hijo e putas vivan en su cabroná”. Tiempo atrás, el padre dijo: “Ni él es tan libre, ni yo soy tan preso (el cambio tipográfico me pertenece)”. Me quedo pensado en la apócope de “tanto”. Dicho de otra manera, o invirtiendo el razonamiento, cuánto de prisionero (de la historia o las circunstancias) tiene por estos días el hombre al que lamentó no haber escrito una canción contra “el oportuno mutilador de tanta ala” (“Testamento”). Partido en dos aun, tironeado entre el deber y las deudas con la contingencia, Silvio a veces prefiere que otros hablen por él. En su blog personal publicó semanas atrás las “Crónicas del desayuno”, del repentista y escritor Aléxis Díaz Pimienta. “14 de abril. La Habana/ Tiempo de COVID y colas/ Oigo un pájaro que llora/ ¿Por qué llora? Me pregunto/ ¿Por la cola? ¿Por la gente? / ¿Por lo tenso del ambiente? / ¿Por el silencio difunto? / ¿Cuántos son? Cuento y apunto/ ¿Trescientos? ¿Quinientos? ¿Mil?”. También postea artículos económicos con severos diagnósticos. 

“Le debo una canción al compañero/ al compañero de riesgos, al de la victoria/ Le debo una canción de canto nuevo/ Una bandera común que vuele con la historia”. ¿Hay tiempo para cumplir esa antigua promesa en este presente expandido de la penuria y la desorientación? ¿Hay aún una historia por hacerse bajo el sol del mundo moral? ¿Podría la canción de Silvio sintonizar con estos días de un activismo digital que quisiera volverse cuerpo y calle, si no llovieran los bastonazos y los juicios exprés? ¿Quisiera? ¿Se puede todavía cantar que la ciudad se derrumba y yo cantando cuando la ciudad y todo se derrumba? Lo que leemos en estos días de él orilla el recato y la, oh melancolía. Como si la era estuviera pariendo otro corazón con el que le cuesta latir.

AG

Hubo un tiempo en que Silvio Rodríguez te daba una canción y se abría una puerta del sentido. De la sombra salía una declaración de amor, a una mujer, pero también a una isla imaginaria. “Me quiero salvar haciendo revolución desde tu cuerpo de cristal”. Primero circuló en Argentina de mano en mano, a través de casetes copiados y recontra copiados. En 1982 ya se había editado un disco, Días y flores. La transición democrática, en especial los primeros meses, tuvo a la Nueva Trova cubana como banda de sonido. Miles de personas asistieron extáticos a esos conciertos en Obras Sanitarias. Una situación parecida se vivió en Chile, a partir de 1990, y en otros países de la región o España. Silvio y Pablo Milanés fueron los mejores portavoces del castrismo menguante, al punto que el propio Fidel los recibió después de que conquistaran Buenos Aires. Había calado tan hondo por esos años la figura del autor de “Mi unicornio azul” que Leo Maslíah reescribió la canción a modo de conjuro, como si hubiera querido, de esa manera, limitar su influjo y, de paso, tratar de enterrar una época sobre la base de los materiales más ramplones posibles: baterías electrónicas y samplers. “Tuve que pagar mucho dinero para averiguar tu paradero, mi unicornio azul, por fin te encontré/ Las flores que dejaste no me decían por dónde te rajaste y si algún día por ellas volverías a mi casa, ¡desagradecido! Te fuiste sin decir si vendrías a cenar”.

En rigor, Silvio nunca ha dejado de tener una audiencia encandilada y fiel, aun bajo las sospechas de anacronismo. “Si miro un poco afuera, me detengo/ La ciudad se derrumba y yo cantando”, escribía a principios de los setenta. Los años pasan, nos vamos volviendo viejos, como los significados de las primeras escuchas. Ya no pueden dar cuenta de lo mismo porque lo que se derrumbó fue La Habana y el mismo sistema verde olivo: arrastró consensos y disciplinas, jergas y consignas, manuales e iconografías (nunca jerarquías). La implosión afectó el propio régimen de verosimilitud que había convertido a la Nueva Trova en una voz estatal. Es interesante en ese sentido fijarse en Lis Cuesta, la actual Primera Dama, esposa de Miguel Díaz-Canel y promotora entusiasta del San Remo Music Awards, un festival, con su propio nombre y lista de ignotos, nos informa sobre los gustos de la burocracia.

A los 75 años, Silvio es una referencia ineludible del más inspirado cancionero latinoamericano, corriendo siempre con la desventaja, frente a un Caetano, Chico Buarque, Violeta Parra o Spinetta, de ser tachado de oficialista, como si se tratara de un Pound caribeño. Desde el estallido social del 11 de julio de 2021 ha intensificado sus comentarios políticos. El más reciente, de días atrás, nos permite entender cómo campea una crisis que ha provocado la mayor migración de cubanos que se recuerde (solo 115.000 han entrado a Estados Unidos por la frontera mexicana). Dijo el trovador: “Una sociedad que no puede garantizar satisfacciones básicas es una sociedad en crisis”. Claro que Rodríguez lo atribuye casi exclusivamente a las sanciones norteamericanas. Por otra parte, “las diversas experiencias reales de socialismo demuestran que, como fue concebido, es impracticable”. El autor de “Fusil contra fusil” reconoce a estas alturas que “hay que tomar lo mejor de cada sistema” y que “las experiencias de China y Vietnam son lo mejor hasta ahora: gobiernos socialistas dirigiendo economías capitalistas”. No llama a “calcar” esos modelos sino a “interpretar” sus resultados. Lo que le resulta obvio es que “Cuba necesita revolucionar la revolución”, una tarea que, admite, “no es fácil, mucho menos en las muy difíciles condiciones actuales”. No obstante, advierte que algo hay que hacer: “¿a dónde vamos si no reconocemos lo que nos pasa?”. 

Un perfil crítico de baja intensidad, más propio de esos años de un sigilo pre internet y de fidelidades arraigadas, despunta en cada intervención. “El Gobierno Revolucionario tuvo que cargar con todos los prejuicios que arrastraba nuestra sociedad desde tiempos de la colonia; entre ellos un machismo patriarcal y homofóbico”, señaló en mayo. En abril pasado salió en defensa de Armando Franco, el director de Alma Mater, la revista de los universitarios, que había sido despedido por la dirección de la juventud comunista. “Me preocupa que la Revolución (o lo que usa su nombre) acabe siendo contrarrevolucionaria”. También ha reclamado espacios “donde cualquiera exprese lo que piensa”. Según Silvio, “hay muchas libertades que merecemos (en trabajo y comercio) y creo que no revierten los logros de la Revolución, aunque sí afectarían el control burocrático y ciertos poderíos impunes que padecemos”. 

Hubo un tiempo, el tiempo de las últimas energías utópicas, en el que Silvio alzó la voz y pagó por hacerlo. “Hace rato que vengo lidiando con gente/ Que dicen que yo canto cosas indecentes”. La canción se llama “Debo partirme en dos”, y forma parta de Al final de este viaje, de 1978, aunque reúne canciones más viejas (aquel que quiera acercarse a esa trama creativa puede leer Silvio, que levante la mano la guitarra, de Luis Rogerio Nogeras y Víctor Casaus, reeditado recientemente por Colihue). En cierta medida, el gran cantautor ha vivido así parte de su larga vida musical: partido por el Partido y en partes desiguales e, incluso, a veces, contradictorias. Esa mezcla de elusión manifiesta y vuelo poético le permitió cruzar la frontera de la enunciación tolerable. “Prefiero hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado”. Un verso temerario mientras la sociedad se lamía las heridas del Periodo Gris o Negro (el debate cromático no cesa). La controversia cultural de mediados de los ochenta lo encontró como espectador (ya no era la suya). Pero cuidado, todo es un poquito más opaco y revestido de matices: derrumbada ya la Unión Soviética y con la isla a la deriva, Silvio grabó una canción que tardó mucho en publicar, “Hojas de enero”. En 1991 la escuché impresionado por el dolor que rezumaba (como en Argentina, el casete pasaba de mano en mano: curiosas informalidades): “Para estrenarme, saluda enero/ Si enero pasa, ¿qué será nuevo?”. Enero –repongamos la mayúscula- es el mes de la Revolución. Pero, también, el Uno. Lo primero. ¿Qué festival hermenéutico nos hacíamos en esa Habana bajo los escombros? ¿Hablaba sobre el Comandante en Jefe o de toda una experiencia colectiva? “Se me hace tarde, enero mío”, concluye la canción. Algo parecía quedar atrás, sugiere una parte de Silvio. La otra daba a conocer “El necio”, el himno a la intransigencia que se batía con el supuesto pensamiento débil de los noventa. 

Hubo un tiempo en que no se sabía nada en Argentina de Silvio, y Cuba quedaba resumida en Carlos Puebla: “se acabó la diversión/ Llegó el comandante/ Y mandó a parar”. Aquella guaracha, “Y en eso llegó Fidel”, funcionó como sentencia y meneo. El verbo “acabar” recorre el enorme cancionero de Silvio. “Ojalá se te acabe la mirada constante” (Ojalá), “¿Por qué fingimos confusión/ Hasta acabar con la razón? (Lo que quisiste decir), ”Me acabo de poner/ nueva esperanza como piel“, ”que el ridículo acaba implacable conmigo (Mujer con sombrero), “la prisión acaba/ la prisión de hierro/ pero continúa/ la prisión del sueño/ del sueño” (La prisión) o “viene la cosa/ aunque no te lo creas/ viene la cosa/ como viento y marea/ Viene más que la luz/ viene para acabar”, en su último disco, Para la espera, lanzado en plena pandemia.

El verbo da un giro más amargo con Carlos Varela, el ya no tan joven que intentó seguir los pasos de Silvio desde fines de los ochenta.  “Quién ganó, quién perdió/ Si es que al final/ El sueño acabó”. The dream is over, entonces. “Patria y vida” completa la parábola iniciada por Puebla pero la resignifica en dirección contraria. “Se acabó, tu cinco nueve, yo, doble dos/ Ya se acabó, sesenta años trancado el dominó, mira”, cantan los ganadores del Grammy, ya con un fuerte brío termidoriano (el Estado intentó contraponer a esa canción chirle un mismo producto saturado de esperanza: careció de feligreses). La mayoría de los autores se encuentran en Miami y España. El rapero Maykel Castillo Pérez (Osorbo) se ha quedado en Cuba y paga su precio. Junto con el artista y performer Luis Manuel Otero Alcántara, otro referente de la disidencia cultural, acaba de ser condenado a varios años de prisión. Los acusaron de “desacato”, “desórdenes públicos”, “difamación de las instituciones y organizaciones, héroes y mártires”, entre otros cargos. Silvio, quien tras el 11-J había pedido “más puentes” y “menos prejuicios”; menos “ganas de pegar y más deseos de resolver la montaña de temas económicos y políticos pendientes”, no dijo (por ahora) nada sobre estos escandalosos casos. 

En cambio, el hombre que, hubo un tiempo, acusaba a los “delimitadores de las primaveras”, (“Resumen de noticias”, qué canción, por favor), sintió al menos la necesidad de hablar bajito sobre lo que ha sucedido con Abel Lescay, un pianista y compositor de 23 años sentenciado a cinco años de prisión en suspenso por rapear frente a un policía durante el estallido social. Lescay fue sacado por la fuerza de su casa (se lo llevaron en pelotas y lo vistieron con un uniforme de recluso). Además de recibir más de una zurra, lo expulsaron de la Facultad de Música del Instituto Superior de Arte (ISA). Su maestro, Juan Piñera, sobrino del gran Virgilio, fue uno de los pocos docentes que salió en su defensa y decidió seguir dándole clases en privado. Lescay tiene un grupo de rock, El Reflejo de la Piedra en el Agua. Su cantante, Frank Mitchel, muestra algo del Spinetta de Pescado Rabioso. “Buscando el viento, nena, desde hace tiempo”, canta con el soporte del trío que comanda Lescay y que no puedo dejar de asociar con “Como el viento voy a ver”. Además, ese “neeenaaaaa”. Escúchenla porque encierra parte del presente drama cubano. “Ojalá en la apelación en curso haya valentía suficiente para rectificar el error, si lo hay, en la muy elevada sanción que pide la Fiscalía”, escribió en su blog Segunda Cita cuando se tramitaba el juicio.

Hubo un tiempo en el que Silvio podía hablar por muchos, incluso cuando era la anomalía casi contracultural de un país donde Los Beatles eran mala palabra (revisen “Cuba va”). A los que nacieron en el Periodo Especial, es decir, los noventa, o con el cambio de siglo, ya les es un personaje lejano. No lo sienten cerca de sus anhelos ni sus rabias. Tampoco les alcanza que hubiera cantado en los barrios carenciados antes que se incubara la protesta. Ponderan más el disenso abierto de Milanés. “Recontextualizar entonces la eficacia simbólica del mensaje de la Nueva Trova como movimiento representativo de la realidad cubana actual, es un aspecto bien discutible para la cultura musical. Cabría preguntarse ¿qué vigencia tienen los presupuestos enunciados por sus artífices a partir de lo acaecido en la sociedad cubana en los últimos treinta años?”, señala María Victoria Oliver en la revista digital La joven Cuba. 

“Haciendo crítica social/ Me perfumé de valiente/ Creyeron que era disidente/ Y no era más que natural”, cantó en “Juego que me regaló un 6 de enero”, hace exactos 30 años. ¿Y el hijo? ¿Habla en nombre del padre? No es el caso de Silvito, el libre, como se hace llamar. Primogénito de Silvio, le dio un sonoro portazo al neocastrismo y partió. En su último rap, “Pesadilla”, no se pueden encontrar rastros del linaje creativo, pero sí la furia que, da la sensación, solo el flow puede contener a partir de sus convenciones: la verborrea y el estereotipo musical. “Vengo de una tierra de miseria y apagones, playas con palmeras y también con situaciones, donde los dirigentes viven en mansiones y el pueblo no tiene ni cojones”. Silvito, al igual que “Patria y vida”, pasa la lija del revisionismo absoluto sobre la superficie de las representaciones de la Revolución. “Son 60 años de engaño/ De muchas familias tú le has hecho mucho daño…Cuanto más hay que aguantar mamá/ Que estos hijo e putas vivan en su cabroná”. Tiempo atrás, el padre dijo: “Ni él es tan libre, ni yo soy tan preso (el cambio tipográfico me pertenece)”. Me quedo pensado en la apócope de “tanto”. Dicho de otra manera, o invirtiendo el razonamiento, cuánto de prisionero (de la historia o las circunstancias) tiene por estos días el hombre al que lamentó no haber escrito una canción contra “el oportuno mutilador de tanta ala” (“Testamento”). Partido en dos aun, tironeado entre el deber y las deudas con la contingencia, Silvio a veces prefiere que otros hablen por él. En su blog personal publicó semanas atrás las “Crónicas del desayuno”, del repentista y escritor Aléxis Díaz Pimienta. “14 de abril. La Habana/ Tiempo de COVID y colas/ Oigo un pájaro que llora/ ¿Por qué llora? Me pregunto/ ¿Por la cola? ¿Por la gente? / ¿Por lo tenso del ambiente? / ¿Por el silencio difunto? / ¿Cuántos son? Cuento y apunto/ ¿Trescientos? ¿Quinientos? ¿Mil?”. También postea artículos económicos con severos diagnósticos. 

“Le debo una canción al compañero/ al compañero de riesgos, al de la victoria/ Le debo una canción de canto nuevo/ Una bandera común que vuele con la historia”. ¿Hay tiempo para cumplir esa antigua promesa en este presente expandido de la penuria y la desorientación? ¿Hay aún una historia por hacerse bajo el sol del mundo moral? ¿Podría la canción de Silvio sintonizar con estos días de un activismo digital que quisiera volverse cuerpo y calle, si no llovieran los bastonazos y los juicios exprés? ¿Quisiera? ¿Se puede todavía cantar que la ciudad se derrumba y yo cantando cuando la ciudad y todo se derrumba? Lo que leemos en estos días de él orilla el recato y la, oh melancolía. Como si la era estuviera pariendo otro corazón con el que le cuesta latir.

AG

Hubo un tiempo en que Silvio Rodríguez te daba una canción y se abría una puerta del sentido. De la sombra salía una declaración de amor, a una mujer, pero también a una isla imaginaria. “Me quiero salvar haciendo revolución desde tu cuerpo de cristal”. Primero circuló en Argentina de mano en mano, a través de casetes copiados y recontra copiados. En 1982 ya se había editado un disco, Días y flores. La transición democrática, en especial los primeros meses, tuvo a la Nueva Trova cubana como banda de sonido. Miles de personas asistieron extáticos a esos conciertos en Obras Sanitarias. Una situación parecida se vivió en Chile, a partir de 1990, y en otros países de la región o España. Silvio y Pablo Milanés fueron los mejores portavoces del castrismo menguante, al punto que el propio Fidel los recibió después de que conquistaran Buenos Aires. Había calado tan hondo por esos años la figura del autor de “Mi unicornio azul” que Leo Maslíah reescribió la canción a modo de conjuro, como si hubiera querido, de esa manera, limitar su influjo y, de paso, tratar de enterrar una época sobre la base de los materiales más ramplones posibles: baterías electrónicas y samplers. “Tuve que pagar mucho dinero para averiguar tu paradero, mi unicornio azul, por fin te encontré/ Las flores que dejaste no me decían por dónde te rajaste y si algún día por ellas volverías a mi casa, ¡desagradecido! Te fuiste sin decir si vendrías a cenar”.

En rigor, Silvio nunca ha dejado de tener una audiencia encandilada y fiel, aun bajo las sospechas de anacronismo. “Si miro un poco afuera, me detengo/ La ciudad se derrumba y yo cantando”, escribía a principios de los setenta. Los años pasan, nos vamos volviendo viejos, como los significados de las primeras escuchas. Ya no pueden dar cuenta de lo mismo porque lo que se derrumbó fue La Habana y el mismo sistema verde olivo: arrastró consensos y disciplinas, jergas y consignas, manuales e iconografías (nunca jerarquías). La implosión afectó el propio régimen de verosimilitud que había convertido a la Nueva Trova en una voz estatal. Es interesante en ese sentido fijarse en Lis Cuesta, la actual Primera Dama, esposa de Miguel Díaz-Canel y promotora entusiasta del San Remo Music Awards, un festival, con su propio nombre y lista de ignotos, nos informa sobre los gustos de la burocracia.